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03 de julio de 2026

03 de julio de 2026

3 de julio de 2026

EL MALENTENDIDO VIRTUOSO: APUNTES SOBRE LA SOCIEDAD MODIFICADA Y EL PERONISMO POSIBLE

Santiago Stura

@santi_stura (IG)
Política
Tiempo de lectura: 4 minutos

1. El péndulo de la frustración

El horizonte de 2027 ya resuena en el almanaque político y lo hace bajo el signo de una sospecha: llegar con la posibilidad de una nueva decepción colectiva. No hablamos acá de los núcleos duros, de las tribus que habitan los márgenes de la polarización: ni el peronismo/kirchnerismo, ni el antiperonismo visceral y conservador. La llave de la próxima encrucijada electoral la tiene ese 35 o 40 por ciento fluctuante, una masa ondulante de ciudadanos que acumula más de una década de promesas rotas y frustraciones en serie.

En ese territorio difuso se cocina el sentido del país que viene. Lo que ahí crece no es una opción ideológica clásica, sino un malestar espeso, una distancia que no para de ensancharse entre la vida cotidiana y las estructuras del Estado. Es un divorcio que acumula desconfianza y fatiga. Ante este paisaje de despolitización y repliegue, la pregunta por el peronismo vuelve a volverse analíticamente inevitable, pero no por nostalgia, sino por su virtud histórica más evidente: su capacidad de interpretar, representar y conectar con el pulso de su época. En sus momentos más lúcidos, el peronismo no fue una doctrina abstracta, sino una estrategia de modulación, un conjunto de gestos capaces de sintonizar el drama del presente.

2. La doctrina Mostaza y el asado de los domingos

Conviene volver a 2003 para revisar el manual de operaciones ante las crisis de representación. Mariana Moyano solía recordar una de las primeras directivas de Néstor Kirchner a su gabinete recién asumido: la política tenía que lograr que los domingos volviera a haber olor a asado en los barrios, que los vecinos ni se supieran los nombres de los ministros y, fundamentalmente, “romperle las pelotas lo menos posible a la gente”.

Había allí un mandato casi franciscano, pero sobre todo una genialidad en el tono. En tiempos donde se suele confundir intensidad discursiva con compromiso militante, o radicalización de superficie con transformación estructural, aquel ejemplo reubica los términos. La intensidad de la que hablaba Kirchner no medía el nivel de decibeles de las frases hechas, sino el registro de conversación que la política le proponía a una ciudadanía herida. Era el paso a paso “a lo Mostaza Merlo”, una artesanía política diseñada para acortar la distancia con una sociedad que venía de eyectar el sistema con el grito del “que se vayan todos”. Kirchner entendió que para reconstruir los puentes rotos primero había que dejar de aturdir.

¿Quién habla hoy por los endeudados de las aplicaciones de microcréditos? ¿Quién contiene la demanda silenciosa pero feroz de la salud mental en los jóvenes? ¿Dónde entran los mejoristas (de Semán), esos trabajadores precarizados de la formalidad y la informalidad que apuestan a la multiplicación del esfuerzo individual?

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Viene a cuento otra coordenada estética y política de nuestro altar: la película Gatica, el mono, de Leonardo Favio. En una escena fundamental, el protagonista suelta una definición que condensa un tratado de sociología política: “Yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. La frase admite múltiples lecturas, pero ilumina la potencia monumental del peronismo para disputar el sentido común. Esa sustancia esquiva que, por definición teórica, parece ser siempre propiedad de las derechas o de quienes dictan las reglas del juego económico, hubo tiempos en que fue habitada y moldeada por una identidad popular. Ser peronista, para Gatica, no era un hecho de la cartelería partidaria ni de la orgánica; era la forma natural de estar en el mundo.

3. La sociedad modificada

El problema actual es que el mapa sobre el que se desplegaban verdades históricas ha volado por los aires. Negar que este mundo profundamente desigual obedece a las dinámicas medulares de la fase actual del capitalismo -a una concentración de la riqueza inédita y a asimetrías estructurales- sería una torpeza analítica. Pero igual de errado sería creer que ese proceso se desenvuelve de la misma forma que en el siglo XX, o que la sociedad no ha sido radicalmente modificada en sus trayectorias, sus vínculos y sus subjetividades.

Hoy habitamos un escenario cruzado por la aceleración digital, por nuevas formas de habitar el tiempo y la crisis de las instituciones tradicionales, que han perdido su autoridad cognitiva. El lazo social está mediado por lógicas de inmediatez y brevedad que formatean el malestar. En esa trama, la política tradicional opera por inercia: busca desesperadamente seguir siendo una máquina dadora de respuestas universales en un tiempo donde cambiaron casi todas las preguntas. Por eso se vuelve urgente habitar ámbitos que ensayen diagnósticos sobre la sociedad que efectivamente tenemos y dejen de recitar consignas para la sociedad ideal que desearíamos tener.

4. El malentendido virtuoso

El desafío de la época no es sólo gestionar la escasez, sino encontrar las palabras. Nombrar de nuevas formas desigualdades históricas. Porque en el acto de renombrar no hay un mero ejercicio estético: es allí donde se ilumina la posibilidad de transformar con herramientas inéditas, abandonando esas narrativas gastadas que dejaron de morder sentido, de interpelar y de representar.

Mariana Moyano solía recordar una de las primeras directivas de Néstor Kirchner a su gabinete recién asumido: la política tenía que lograr que los domingos volviera a haber olor a asado en los barrios, que los vecinos ni se supieran los nombres de los ministros y, fundamentalmente, “romperle las pelotas lo menos posible a la gente”

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La sociedad argentina actual está fragmentada en demandas y malestares que ya no se aglutinan bajo el viejo orden salarial o sindical. ¿Dónde reside el capital y dónde el trabajo? ¿bajo qué formas? ¿sobre qué tiempo?, ¿cuál es el suelo moral que hace de escenario en estos tiempos? La época le exige al peronismo un desplazamiento hacia su matriz más movimientista y polisémica, una plasticidad capaz de anudar los pedazos rotos de este presente.

¿Quién habla hoy por los endeudados de las aplicaciones de microcréditos? ¿Quién contiene la demanda silenciosa pero feroz de la salud mental en los jóvenes? ¿Dónde entran los mejoristas (de Semán), esos trabajadores precarizados de la formalidad y la informalidad que apuestan a la multiplicación del esfuerzo individual? ¿Cómo se representa al sujeto del pluriempleo, al que está quemado, saturado, al que le falta el tiempo y vive cansado de correr?

Volver a representar implica, necesariamente, que el peronismo vuelva a sumergirse en ese “malentendido virtuoso” que lo caracterizó cuando estaba pulsional: esa capacidad de contener contradicciones internas en pos de un vector mayor, una síntesis superadora que no clausure las diferencias, sino que las cabalgue. Donde deje de ser una búsqueda “saldar discusiones”, donde se pueda desburocratizar lo que lleva años burocratizado. Solo desde ese descentramiento será posible ofrecerle a ese 40% flotante algo más que la administración de la decadencia. Se trata, al fin y al cabo, de construir las condiciones para que volver a imaginar un horizonte común no sea el síntoma de una ingenuidad, sino el punto de partida de una reconstrucción.

(Foto de portada: Gaetano Mignogna)

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