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28 de junio de 2026

28 de junio de 2026

9 de mayo de 2026

EL LUGAR DE LA ARGENTINA EN LA ERA CENTRÍFUGA.

Agustín Hoya & Agustín Vázquez

@agustin_hoya @cumbia_burrito
Política
Tiempo de lectura: 11 minutos

Nación, capacidades y el desafío de la época

TESIS. En esta época, lo que define el destino de una Nación es su capacidad efectiva para sostener decisiones propias en un mundo en el que la autonomía tiene costos crecientes. El debate ya no pasa por la oposición entre Estado y mercado, ni entre proteccionismo y apertura. Esas son dicotomías de una etapa cerrada, cuya disputa central giraba en torno al grado y las condiciones de integración al orden económico global. La línea divisoria es otra: de un lado, las naciones que acumulan el poder material, tecnológico e institucional necesario para decir “no” cuando las condiciones lo exigen; del otro, aquellas cuyas decisiones están subordinadas a los intereses de otras potencias.

POSTULADO 1. Dentro de los límites que impone cada bloque histórico, las naciones pueden, atendiendo a sus características, recursos y capacidades, adoptar distintos cursos de acción más o menos eficaces para realizar sus intereses nacionales.

El capitalismo no tiene una forma última y definitiva. Tiene fases que expresan una conjugación determinada de tecnologías dominantes, sistema de ideas, instituciones que organizan el ciclo económico y hegemonías que custodian el orden en el que circulan bienes, capital y trabajo. Cada fase constituye un bloque histórico que moldea, jerarquiza y delimita los intereses y los márgenes de acción de los Estados. Cuando una fase se agota, el orden que la sustentaba empieza a descomponerse. Los períodos de transición rara vez son pacíficos.

Estamos en una de esas transiciones. La fase neoliberal (con su promesa de mercados integrados, fronteras disueltas y eficiencia como principio supremo) se cierra, y aquello que emerge, si bien no tiene rasgos definidos, exhibe tendencias reconocibles: la composición de un ordenamiento bipolar con la posibilidad verosímil de fragmentación del espacio económico global; la subordinación de la eficiencia económica a criterios de seguridad nacional; la aceleración de la disputa por la supremacía tecnológica, energética y territorial, y el debilitamiento del orden internacional basado en reglas. En definitiva, se dibuja un mundo con dinámica centrífuga, que reemplaza la lógica convergente de la globalización neoliberal.

Frente a ese mundo en ciernes, hay dos respuestas posibles para un país como la Argentina. La primera es el satelitismo, que implica alinearse con un hegemón y subordinar el interés nacional al suyo. Es una apuesta que reduce la incertidumbre y asegura cierta cobertura diplomática. El problema es el precio: el riesgo de que los intereses del hegemón y los propios colisionen o sean directamente incompatibles. Si bien esta alternativa tiene sus defensores tanto entre quienes miran hacia Washington, como entre quienes miran hacia Beijing, en la actualidad es el gobierno libertario la expresión más cabal de este sendero. Apalancados en décadas de fracaso, manifiestan una vocación explícita por claudicar a cualquier forma de voluntad soberana.

La historia económica argentina no es solo una historia de fracasos. En la fase liberal-agroexportadora y en la keynesiana-industrializadora por sustitución de importaciones fue posible combinar crecimiento sostenido con integración social ascendente.

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La segunda alternativa consiste en la acumulación deliberada de capacidades que permitan, a un país mediano como el nuestro (con escala suficiente para disponer de objetivos autónomos, pero poder insuficiente para imponerlos), perseguir su propio interés dentro de un esquema global en el que las pequeñas naciones son cada vez más insignificantes y las grandes, cada vez más propensas a imponer por la fuerza sus preferencias.

Nuestra propuesta, el nacionalismo de capacidades, se inscribe en esta segunda línea de acción.

POSTULADO 2. Durante la fase neoliberal, la Argentina alternó entre proyectos de inserción internacional subóptimos que fallaron en la cimentación de un modelo de desarrollo económico que compatibilizara, de un lado, las expectativas de una sociedad acostumbrada a la inclusión ascendente y, del otro, los imperativos de un mundo económicamente integrado.

La historia económica argentina no es solo una historia de fracasos. En la fase liberal-agroexportadora y en la keynesiana-industrializadora por sustitución de importaciones fue posible, con todas sus tensiones, inestabilidades y desigualdades, combinar crecimiento sostenido con integración social ascendente. No ocurrió lo mismo en la fase neoliberal.

Desde fines de los años ’70, el capitalismo transitó hacia una etapa de integración profunda. Su arquitectura descansaba sobre tres pilares: la liberalización del movimiento de capitales, la primacía de la eficiencia como criterio rector de la política económica, y la hegemonía estadounidense como garante de ese orden centrípeto. La desintegración de la Unión Soviética, en 1991, y la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2001, le dieron un alcance verdaderamente global.

Este nuevo capítulo de la evolución capitalista impuso a nuestro país un desafío arduo. En un mundo progresivamente más abierto, con creciente circulación de capitales, deslocalización e incorporación de mano de obra asiática de bajos costos, la economía argentina fue enfrentando dificultades cada vez mayores para insertarse en un mercado global que exigía competitividad en sectores en los que no tenía ventajas claras. La estructura productiva y social heredada, con tradición industrial, sindicatos fuertes, un entramado de protección social prolífico y una sociedad organizada, generó una dependencia de la trayectoria que dificultaba la adaptación a ese nuevo entorno. Frente a este desafío estructural, se perfilaron dos respuestas arquetípicas: convergencia o encapsulamiento.

De un lado, la alternativa liberal buscó, ya sea por vía autoritaria o democrática, la convergencia con un mundo más integrado mediante la apertura, la desregulación y la integración financiera. Acoplar la economía a las condiciones del capitalismo neoliberal suponía librar a su suerte a los actores económicos, de modo que: a) se sostengan sólo aquellos capaces de competir en el mercado global, fundamentalmente el agro y, eventualmente, la energía y la minería; y b) se desarmen los sectores productivos menos competitivos, especialmente la industria manufacturera nacional, relevante como generadora de empleo y salarios altos. Aunque produjo una modernización selectiva en sectores altamente competitivos, este proceso esencialmente destruyó capacidades productivas y humanas con costos sociales elevados: la destrucción de empleo industrial fue apenas compensada por formas más precarias de inserción laboral, en sectores de servicios y comercio o, directamente, por actividades de subsistencia, perforando niveles básicos de integración.

La otra respuesta supuso un encapsulamiento relativo. Orientada al mercado interno, buscó mantener el entramado productivo mediante distintos mecanismos de intervención cuya finalidad era resguardar a nuestra economía de un marco global más severo. Este enfoque, que tuvo como expresión más extensa al kirchnerismo, permitió dinamizar la actividad, sostener niveles de empleo y mejorar condiciones salariales. Sin embargo, enfrentó límites infranqueables: en el frente fiscal, la persistencia de desequilibrios y su financiamiento monetario aceleraron la dinámica inflacionaria; en el externo, aún con un esquema más cerrado y con controles cambiarios, la economía argentina mantuvo una acuciante dependencia de divisas. Pero hubo, incluso, un problema mayor: en un sentido más profundo, este modelo sostuvo la actividad al costo de debilitar los incentivos a la transformación productiva que impone la competencia internacional.

En un mundo progresivamente más abierto, con creciente circulación de capitales, deslocalización e incorporación de mano de obra asiática de bajos costos, la economía argentina fue enfrentando dificultades cada vez mayores para insertarse en un mercado global.

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Entre ambas respuestas se configuró, de manera transitoria, una experiencia que no encajó en ninguna de las dos, y tal vez, pudo haber significado una respuesta exitosa al desafío neoliberal. La salida de la convertibilidad en 2002 dio lugar a un esquema en el que la economía permanecía abierta, pero el tipo de cambio alto operaba como un mecanismo indirecto de protección y recomposición productiva. Este arreglo permitió recuperar actividad, empleo y márgenes fiscales sin recurrir a un cierre estricto. Sin embargo, su perdurabilidad parecía descansar sobre condiciones excepcionales antes que en una transformación estructural. A medida que esas condiciones se extinguieron, también se evaporó esa diagonal histórica.

Lo cierto es que tras medio siglo de inserción internacional fallida, el resultado es una sociedad empobrecida, degradada y debilitada en múltiples niveles. Se trata, en definitiva, de los síntomas de un dilema irresoluto.

POSTULADO 3. El bloque histórico neoliberal ingresa en su ocaso. Para una nación mediana con recursos naturales decisivos, capacidades científico-tecnológicas acumuladas y una posición geográfica privilegiada en el Atlántico Sur, este reordenamiento vuelve a plantear, bajo nuevas condiciones, el problema persistente acerca de nuestro lugar en el mundo.

La lógica de la convergencia neoliberal empezó a debilitarse incluso antes de la segunda década del siglo XXI. A partir de 2008, el comercio internacional dejó de crecer por encima del PBI y se quebró la relación sobre la que se había sostenido la expansión de la globalización durante varias décadas. En otras palabras, marcó el agotamiento de un modelo basado en la extensión indefinida de las cadenas de valor.

Este proceso se vio acelerado por una serie de acontecimientos de impacto mundial. Por un lado, la profundización de la rivalidad entre Washington y Beijing, lo que derivó en una guerra comercial a través de aranceles, y una guerra tecnológica orientada a contener el ascenso chino en semiconductores y telecomunicaciones.

Por otra parte, una secuencia de disrupciones ―la pandemia de COVID-19; la invasión rusa de Ucrania; la escalada en Medio Oriente― puso sobre la mesa la endeblez del orden menguante. En un sistema organizado sobre cadenas largas y altamente interdependientes, la perturbación de un solo nodo puede propagarse sobre el conjunto: un estrecho bloqueado, una fábrica atacada, una sanción unilateral pueden interrumpir el suministro de bienes críticos en cualquier punto del planeta. La interdependencia, que el neoliberalismo presentó como garantía de paz y prosperidad, resultó ser también una fuente de vulnerabilidad.

Como en toda fase transicional, las pujas entre naciones se intensifican para modificar sus posiciones relativas e incidir en el reparto de poder dentro de la estructura naciente. Así, los Estados vuelven al primer plano como agentes con intereses propios que intervienen directamente allí donde el mercado produciría dependencias inaceptables. La economía internacional se securitiza y el desacople entre Estados Unidos y China se profundiza. Al mismo tiempo, las instituciones multilaterales pierden capacidad efectiva para arbitrar conflictos a partir de reglas comunes.

Este reordenamiento está produciendo una geografía del poder que se organiza en torno a dos polos y un conjunto de actores intermedios con estrategias propias. Estados Unidos conserva ventajas decisivas en capacidad tecnológica, liderazgo militar, arquitectura financiera global y escala de mercado, pero enfrenta el desafío de recomponer capacidades industriales erosionadas, la fragmentación social interna y una política exterior que pareciera empantanarse frecuentemente en zonas no prioritarias, como Medio Oriente. China, por su parte, combina una formidable base manufacturera con avances tecnológicos veloces, aunque condicionada por restricciones de primer orden como la contracción demográfica, el envejecimiento poblacional y la dependencia sistémica en alimentos y energía. Entre ambos opera un conjunto heterogéneo de potencias regionales ―por ejemplo, la India, Rusia, Brasil y Turquía― que, más allá de las diferencias, coinciden en buscar márgenes de autonomía respecto a ambos polos.

Como telón de fondo, esta transición está sobredeterminada por tres tensiones. Una de ellas es la tecnológica ―principalmente, la carrera hegemónica por el control de tecnologías críticas, el rol ascendente de grandes corporaciones, los efectos socioantropológicos que se derivan de la automatización cognitiva; otra, la ambiental; y la tercera, la demográfica.

En este marco, la encrucijada para la Argentina es qué tipo de inserción puede sostener sin quedar subordinada a intereses ajenos, y a la vez dar respuesta a las demandas de crecimiento económico e integración.

POSTULADO 4. El nacionalismo de capacidades puede encarnar una respuesta argentina ante una nueva fase del capitalismo que ya no garantiza reglas estables ni soberanía para quienes no estén en condiciones de defenderla. La autonomía solo es posible si se logra acumular un conjunto de capacidades nacionales que permitan, frente a presiones externas relevantes, evaluar opciones y elegir la más adecuada conforme a los propios intereses sin que el costo de esa decisión destruya las condiciones de reproducción de la Nación.

La Argentina llega a esta inflexión con la carga de cinco décadas de declive. La pregunta es ¿qué herramientas y conocimientos necesita una comunidad política para dar cumplimiento a sus objetivos nacionales en esta fase histórica que se inaugura? Nuestra propuesta es la edificación de una alternativa nacionalista basada en la acumulación de capacidades.

Partimos de un supuesto: si el mundo contemporáneo está definido por el conflicto estructural y multidimensional, la inserción económica no puede definirse únicamente por lo que la economía puede producir en situaciones normales; así como tampoco puede pensarse desde las clásicas coordenadas de las ventajas comparativas. No porque sean esencialmente erróneas, sino porque no capturan el desafío de la época en su totalidad. En su lugar, importa la facultad de sostenerse, adaptarse y prevalecer en contextos de presión, disrupción e incertidumbre. En otros términos, para una nación mediana como la Argentina, que aspira a una realización autónoma de sus intereses, la cuestión central es organizar su estructura económica en función del principio de resiliencia.

Las capacidades nacionales no son todas del mismo tipo ni tienen el mismo costo de reposición. Algunas son capacidades de flujo que pueden interrumpirse y reconstituirse con cierta facilidad. Otras son capacidades de stock: una vez destruidas, no se recuperan en plazos breves. Una comunidad científica especializada, una industria de precisión, una tradición de pilotos de combate, por citar ejemplos, pueden tardar generaciones en reponerse. Lo que el nacionalismo de capacidades propone es una política de preservación, fortalecimiento y expansión de stocks.

Sin duda, las capacidades nacionales abarcan dimensiones que van más allá de lo económico, dado que incluyen la cohesión institucional, la cultura cívica, la capacidad defensiva y el conocimiento acumulado, entre otros atributos y características. De todos modos, en el centro de estos debates se nos presenta una pregunta inevitablemente económica: qué produce el país y con qué saberes cuenta para ello.

Una primera aproximación: hay sectores en los que debe primar la eficiencia como principio ordenador; mientras en otros, esa lógica resulta insuficiente. Por ejemplo, las actividades que generan conocimientos con externalidades positivas sobre el conjunto de la economía, las que preservan e incrementan saberes que no se reconstruyen fácilmente, o aquellas indispensables para la seguridad nacional.

Hay una segunda aproximación: considerar a un sector o actividad de acuerdo con su contribución a la resiliencia del conjunto en términos de capacidades. Una capacidad es estratégica cuando se verifica al menos un criterio en cada uno de los siguientes grupos de factores. El primero refiere a su valor estratégico: i) que su ausencia comprometa la seguridad en alguna dimensión crítica (alimentaria, energética, defensiva, sanitaria o cognitiva) o ii) que genere conocimiento con externalidades que se derraman sobre otras actividades. El segundo se refiere a su vulnerabilidad estructural: iii) que su pérdida sea irreversible en un horizonte de tiempo extendido, o iv) que su costo de reposición supere su costo de mantenimiento. Donde no se verifica ningún criterio del primer subgrupo, la apertura es la respuesta correcta. Donde se verifica al menos uno de cada subgrupo, su fortalecimiento es un objetivo de política pública.

Lo que el nacionalismo de capacidades propone es una política de preservación, fortalecimiento y expansión de stocks.

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Con este criterio, proponemos cuatro vectores de capacidades nacionales:

Vector bioeconómico: el país combina tierra, agua y conocimiento acumulado. Sobre esa base, la frontera del valor está en la agregación de tecnología, que incluye genómica aplicada a semillas, bioinsumos, maquinaria agrícola de precisión, agroindustria con mayor grado de transformación e infraestructura logística propia. Lo mismo vale para la proteína animal ―ganadería, pesca y acuicultura. En este dominio, el rol del Estado es, antes que nada, garantizar estabilidad macroeconómica, reglas claras para la inversión y promover el desarrollo de capacidades tecnológicas, por ejemplo a través del financiamiento de instituciones como el INTA, el INTI, el SENASA y el CONICET, entre otros.

Vector energético-mineral: Vaca Muerta posicionó al país como proveedor estable de hidrocarburos en un mundo en el que las tensiones belicistas tornan incierta su provisión. La transición energética y la expansión de la inteligencia artificial amplían esa ventana. La Argentina cuenta con reservas de litio entre las mayores del planeta, recursos significativos de cobre y condiciones excepcionales para energías renovables e hidrógeno. Estos sectores tienen la capacidad de generar las divisas necesarias para financiar la acumulación en los otros dominios. El desafío es agregar encadenamientos aguas arriba y abajo.

Vector de conocimiento aplicado: articula capacidades en campos como la biotecnología, la tecnología satelital, el sector nuclear y el software. El sistema científico-tecnológico universidades, CONICET, INVAP, INTI, INTA, CNEA, CONAE y otras agencias especializadas constituye una capacidad de stock crucial cuyo valor depende de una mayor coordinación con el sector privado para orientar ese conocimiento hacia problemas productivos concretos. Dentro de este vector, la economía del conocimiento y los servicios digitales ocupan un lugar clave, ya que constituyen una fuente de divisas que no enfrenta restricciones físicas ni logísticas, pero cuya sostenibilidad depende de la formación y retención del capital humano.

Vector industrial: incluye aquellos núcleos manufactureros que permiten sostener la operación del sistema económico en contextos de restricción. Desde la siderurgia y la metalurgia hasta la industria de defensa, las capacidades navales y la producción de insumos críticos como los farmacéuticos. Su importancia no puede evaluarse únicamente desde el prisma de la eficiencia ―lo que no supone desatenderla―, sino en relación a su contribución a un umbral mínimo de autonomía operativa.

En la era centrífuga, la Argentina sólo podrá sostener una inserción no subordinada si asume que la autonomía es el resultado de decidir, con criterio político y vocación nacional, qué capacidades desarrollar, cuáles preservar y en qué ámbitos aceptar la disciplina de mercado.

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Estos vectores demandan un conjunto de condiciones transversales: i) capacidad de disuasión efectiva, control del espacio marítimo y aéreo y resiliencia de infraestructuras críticas, ii) orden macroeconómico que garantice estabilidad y previsibilidad, iii) niveles mínimos de cohesión política, iv) capacidad estatal con autonomía y legitimidad suficiente para ejercer un rol efectivo de coordinación.

Finalmente, hay sectores en los que la competencia externa disciplina: aquellos sin externalidades sistémicas; los orientados al ensamblaje de bienes de consumo sin componente tecnológico propio; o los que capturan renta pública derivada de la protección sin generar innovación ni empleo de calidad escalable. En estos casos, la política económica debe exponerlos a la competencia internacional, sin más resguardo que un tipo de cambio que refleje condiciones de competitividad reales.

CIERRE. En la era centrífuga, la Argentina sólo podrá sostener una inserción no subordinada si asume que la autonomía es el resultado de decidir, con criterio político y vocación nacional, qué capacidades desarrollar, cuáles preservar y en qué ámbitos aceptar la disciplina de mercado. En última instancia, no se trata de elegir entre Estado o mercado, sino de construir el poder necesario para que esa elección, cuando importe, sea propia.

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