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EL LUGAR COMÚN DEL VESTIDO BLANCO

Tiempo de lectura: 4 minutos

Creemos que miramos distraídamente,

pero sin saberlo repetimos los gestos que miramos.

Nathalie Léger

Todos tenemos una estructura que nos sostiene y que está hecha de mandatos. Hay un carácter imitativo en cada uno de nosotros que va más allá de la voluntad. Aunque siempre reneguemos de eso, ¿cuántas veces nos miramos en el espejo y vislumbramos fugazmente tal o cual gesto de nuestros progenitores?

El libro de ensayo de Nathalie Leger, El vestido blanco, enlaza dos historias en las que las estructuras heredadas juegan un rol fundamental: una es la relación de la autora con su madre en un momento particular; la otra es el periplo de Pippa Bacca, una artista italiana performática que recorre a dedo las rutas de varios países que han dejado de estar en guerra hace poco, enfundada en un vestido blanco de novia.

La primera imagen que sirve como entrada al libro es impactante. Se trata de un tapiz que reproduce el cuadro de Botticelli El asesinato de la dama, donde una mujer es asesinada en el bosque por un hombre que le clava una espada. Esta escena espeluznante cuelga en el comedor de la casa de la infancia de la autora y dice de ella “…no dejábamos de identificarnos, sin siquiera darnos cuenta, con esa imagen enorme que colgaba sobre la mesa. De identificarnos con ella o de imitarla, no está muy clara la diferencia entre una cosa y la otra”. La pintura original que hoy se expone en el Museo del Prado, es una obra de 1483. Esta fecha es relevante porque Léger arma con gran sutileza una suerte de historia universal de las mujeres occidentales, en particular en relación con un tipo de sometimiento silencioso en el que se repite un esquema de vida con mayor o menor conciencia.

La primera imagen que sirve como entrada al libro es impactante. Se trata de un tapiz que reproduce el cuadro de Botticelli El asesinato de la dama, donde una mujer es asesinada en el bosque por un hombre que le clava una espada

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Este breve pero contundente ensayo es lo opuesto a una denuncia en forma de eslóganes -que por haber sido tan utilizados han perdido su capacidad expresiva. Esta omisión produce un efecto conmovedor, porque con viñetas de la realidad que avanzan sin detenerse a hacer juicios de valor o a entregar verdades ya masticadas, permite al lector armar en su cabeza conclusiones propias sin una dirección de lectura.

El intercalado de uno y otro relato está hecho de una manera finísima, es un bordado de dos hilos que se robustecen mutuamente. Cuando presenta la última obra de Pippa, dice sobre el acto de esta artista performática que da nombre al libro: “Si no podemos entenderlos, al menos tendríamos que tomarnos en serio los gestos más demenciales”. Y si bien utiliza la palabra demencial para referirse a sus actos, a cada página va construyendo una duda más grande sobre qué es lo que pudo significar este arrojo de la artista italiana en relación con lo que les pasa a las mujeres que toman los mandatos dedicados a ellas sin interrogarlos. 

El periplo de Pippa, que a primera vista resulta un poco bobo y superficial, incluso quizás lo sea, cobra significado en la lectura que hace Léger de los hechos cuando los contrasta con los hechos de la vida de su propia madre. La vecindad de los relatos nos permite descubrir a los lectores que el patrón demencial no es más que el sistema empujando a las mujeres a “dejar todo por amor”. Nunca se termina ese machaque que dice que las mujeres deben dejar todo por amor. Tanto es así que acaba de salir una nueva versión de la película La Sirenita, en esta oportunidad multirracial, como la corrección política actual lo requiere. Parece un chiste de mal gusto que en pleno siglo XXI asistamos a la triste experiencia de una sirena que deja de serlo para entregarse por completo al amor de un tipo al que ¡solo vio una vez! Eso nunca puede salir bien.  

Este breve pero contundente ensayo es lo opuesto a una denuncia en forma de eslóganes -que por haber sido tan utilizados han perdido su capacidad expresiva

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Cuando leía el libro también recordé la película de Lars von Trier, Breaking the waves. Es una historia de amor entre una débil mental preciosísima interpretada por una joven y aún muy europea Emily Watson y el actor sueco Stellan Skarsgård. Una de las primeras cosas que pasa entre ellos es que se casan. Bess (Watson) se toma muy en serio sus deberes maritales, él queda cuadripléjico y le pide a ella que se prostituya hasta que encuentra la muerte a manos de unos clientes violentos. Hay una inocencia tan absoluta en este personaje parecida a la de Pippa Bacca. Dos mujeres que en un acto de entrega incondicional, se ven despojadas de su vida, ¿por amor?

Para desarmar el sistema de sometimiento hay algo del orden de la palabra que la autora de El vestido blanco deja entrever. La madre le pide a su hija que escriba su historia, porque la de Pippa y la suya son la misma. Asistimos a una reticencia inicial de la autora, primero tiene que poder saltar su propio prejuicio con respecto al fracaso matrimonial de su madre, a la vez que somos parte del gesto de escritura y de la paulatina transformación del sentir de la autora que va de un rechazo preformateado a la comprensión de las miserias familiares observadas en su infancia bajo el tapiz de Botticelli.

Nunca se termina ese machaque que dice que las mujeres deben dejar todo por amor. Tanto es así que acaba de salir una nueva versión de la película La Sirenita, en esta oportunidad multirracial, como la corrección política actual lo requiere.

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El gesto de la escritura en Léger encarna la toma de la palabra en términos de poder. Revierte la ecuación del sometimiento con que el sistema pretende sojuzgar a las mujeres que apuestan por el matrimonio de manera absoluta, pero también a la imitación de determinado deber ser que tomado al pie de la letra puede volverse denigrante y violento. Y vos, hypocrite lecteur, ¿te casaste o te casarías por amor?.