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08 de julio de 2026

08 de julio de 2026

16 de agosto de 2025

EL HOMBRE QUE ESTÁ SOLO Y POSTEA

Pedro Yagüe

@peyague
Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

En algunos de sus trabajos sobre mitología griega, Roberto Calasso define a la posesión como la más elevada forma de conocimiento y el más elevado poder. Estar tomado por algo o alguien era para los griegos un modo de ir más allá, de conectar con lo sagrado. Calasso explica que en el mundo helénico no se entendía a la posesión como un tipo de locura (en el sentido moderno de la palabra), sino como una forma de conocimiento. La mente es un lugar abierto, sujeto a invasiones, incursiones, súbitas o provocadas. Esa apertura, esa presencia de lo ajeno en uno, era lo que permitía pensar, saber o sentir de un modo distinto al que habitualmente se hacía.

El poseído, al igual que el enamorado, se deja capturar por lo externo asumiendo el riesgo que le espera. Desde el momento en que uno se entrega al trance, las cosas empiezan a cambiar. Algo muere, algo nace. Por eso, la posesión erótica es el verdadero fondo de este movimiento. Se inviste un lazo y, al hacerlo, se renuncia a lo idéntico en busca de lo diferente. Para poder salir, hay que saber perder. La paradoja de la ninfa, dice Calasso, es esta: poseerla significa estar poseído.

Si en los ‘90 Claudio Uriarte indicaba que el destino inevitable de su generación sería el periodismo, hoy eso parece viejo. El destino de esta época es, sin lugar a dudas, el panelismo

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No por nada Héctor Libertella destacaba cierta revelación que nos ofrece nuestra lengua. Entre los mil idiomas que existen en el mundo, solo el castellano permite referirse a la primera persona como algo conformado por la letra que une (“y”) y por otra que, de inmediato, separa (“o”). Esa ficción cotidiana a la que llamamos “yo” es en verdad el terreno donde el saber se produce, no tanto por obra de la voluntad, sino más bien como resultado de una elaboración sobre aquello que nos afecta y modifica. La posesión es el proceso por el que lo mismo se vuelve ajeno y lo externo se vuelve propio.

¿No sucede algo similar cuando nos fascinamos con alguien al punto de sentirnos tomados, cuando de manera obsesiva recorremos su obra o su vida sin más propósito que acercarnos a él? Es como si en el fondo de la fascinación existiera una sospecha: ese algo o alguien se presenta como la puerta de entrada hacia un conocimiento que, por ahora, no nos pertenece. La posesión hace sentir lo que no se sabe que se siente, hace pensar lo que no se sabe que se piensa. Y, como es habitual en los milagros, para que acontezcan se necesitan dos. Es el otro quien, con su aparición, rompe con la habitualidad cerrada de la propia vida. Por eso, parafraseando a Henri Meschonnic, podríamos decir que, si no se piensa a la posesión, no se piensa, ni se sabe que no se piensa. Uno se dedica a sus asuntos.

Tal vez la suspensión de este “dedicarse a sus asuntos” sea una de las experiencias más maravillosas que el poseído vive cuando le toca. ¿Pero cómo nombrar esa fuerza capaz de arrasar con todo? Una respuesta rioplatense: aquello que está en mí, que no soy yo y que busco. Otra posibilidad: aquello que está en el otro, que podría ser yo y que encuentro. ¿No sucede algo parecido cuando nos vemos tomados por una idea, un proyecto o la fabulación de algún delirio? Imagino que todos debemos tener una experiencia de esto: el descubrimiento de un algo o alguien que produjo un impacto irreversible en nuestras vidas.

Una vida dedicada por completo a la opinión propia y a la ajena, a la ansiedad por decir o ser dicho por los demás: no se me ocurre nada más lejano de esa forma de conocimiento y poder a la que se refería Calasso

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Por todas estas razones, existe un justificado terror a ser tomado. Ese otro que enloquece al sujeto, que irrumpe en su vida y lo arranca de la monotonía habitual, abre un camino cuyo destino es incierto. Florencia Abadi, minuciosa lectora de Calasso, se refiere a este asunto en El sacrificio de Narciso. Ahí sostiene que son la soberbia y la enorme consideración sobre sí mismo las que alejan a Narciso de la posibilidad de ser seducido por sus pretendientes. Hay una línea que recorre el rechazo al otro, la falta de pulsión sexual y el encierro interior. El temor de Narciso, según Abadi, es a quedar atrapado (poseído) en el deseo del otro. Al igual que el juego erótico, la posesión divide al sujeto y lo desquicia en una aventura cuyas consecuencias son impredecibles.

Hoy en día, el terror a ser tomado recorre como un fantasma la escena pública argentina. La obsesión de dirigentes políticos, streamers y trolls honoris causa por ver lo que otros opinan o comentan implica, por añadidura, la elaboración de anticuerpos contra la posesión. Confundir la música, el cine o la literatura con el kiosco y el mensaje político, también. Una vida dedicada por completo a la opinión propia y a la ajena, a la ansiedad por decir o ser dicho por los demás: no se me ocurre nada más lejano de esa forma de conocimiento y poder a la que se refería Calasso. Una lengua imperativa que nos deja, como un péndulo maniático, oscilando entre el autofestejo y la frustración.

Entre los mil idiomas que existen en el mundo, solo el castellano permite referirse a la primera persona como algo conformado por la letra que une (“y”) y por otra que, de inmediato, separa (“o”)

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Si en los ‘90 Claudio Uriarte indicaba que el destino inevitable de su generación sería el periodismo, hoy eso parece viejo. El destino de esta época es, sin lugar a dudas, el panelismo. Esa es la condena que pesa sobre nosotros. Con el tiempo, todo el mundo será Paulo Vilouta, en potencia o en acto. Y no se trata de las ideas estéticas o políticas que se defiendan, sino del modo en que nos vinculamos con ellas. No se puede estar en una y en uno al mismo tiempo. Incluso en la literatura del yo puede existir la posesión, la experiencia de ser tomado por algo más grande que aparece cuando escribimos, cuando perdemos el control y tenemos la sensación (por más malo que sea el resultado) de que estamos en una de verdad.

A lo largo de estos años, elaboramos anticuerpos contra ese otro capaz de irrumpir en nuestro desierto personal. Nos convertimos en panelistas pro bono y así generamos una barrera. Sin embargo, la vida siempre es un lugar abierto, poroso a nuevos trances e invasiones. Y toda permeabilidad -vale la pena aclararlo- requiere de coraje. Uno distinto al del hombre que está solo y postea. Un coraje que escape del bodrio infernal de la comunicación, de la pedagogía, de la bajada de línea. Una conexión con lo impersonal, una vivencia sagrada de algo más grande que me toma y transforma: así podría pensarse a la política, así podría pensarse al arte. Quizás la aversión a ser tomado opere, como en el mito Narciso, sobre el fondo de un temor. Ese que, en mayor o menor medida, nos recorre a todos. El temor a que se desarme esa cuidadosa identidad que cada quien monetiza a su manera.

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