Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

13 de diciembre de 2025

EL HÁBITO HACE A LA MONJA

Gabriela Baby

@gabrielababy80
Cultura
Tiempo de lectura: 7 minutos

La hermana (Ed. Anagrama) es un ping-pong entre dos mujeres, situadas a un lado y al otro de la fe. La monja que entregó su vida a Dios (y eso la llevó a las calles, a la lucha popular), en contrapunto con la periodista, atea a rabiar, bicho de escritorio y archivo. Ambas van hilando la trama cruel de la trata de menores, el tráfico de bebés y la falta de justicia.

“¿Y usted no tiene miedo de que la maten?”. Con esta pregunta comienza La hermana, la crónica escrita por Liliana Viola que cuenta la historia de Martha Pelloni, de 84 años, que hace 35 fue una de las protagonistas de la lucha por el esclarecimiento del caso María Soledad, un crimen horroroso ocurrido en Catamarca que descolocó a la plana política de entonces. Martha Pelloni, siempre con su hábito marrón, su camisa blanca, la cruz y el tocado, es también la monja que dijo acerca del caso Loan ─el niño desaparecido en Corrientes en junio de 2024─: “Busquen en la familia”. Y ella sabe.  

Con su sonrisa cándida y su mirada transparente, Pelloni no teme enfrentarse con las redes de trata, el robo de niños y la transa de órganos, para buscar justicia.

“¿No tiene miedo de que la maten?” pregunta la cronista. Pero ¿a quién se dirige la pregunta? ¿A la monja? ¿A ella misma?

La autora de la crónica (que acaba de ganar el Premio Anagrama), por las dudas, se escuda: “Soy una cronista de escritorio” dice y, agrega: “soy tímida,” “apenas salgo de mi casa”, “soy torpe también para preguntar”. Cosas así acota a lo largo del texto. Y cuenta de su método: “Leo noticias, busco en archivos, uso la imaginación, encuentro incongruencias y asociaciones, pero siempre entre documentos. Mi timidez es más fuerte que mi curiosidad”.

Sin embargo, se atreve y, después de algunos titubeos, entrevista a Pelloni. Dos veces la entrevista, en realidad. De esas entrevistas, una minuciosa pesquisa en los archivos y un trabajo de escritura preciosista nace este libro.

Porque ante aquella pregunta de la periodista, que se repetirá varias veces en el libro, Pelloni responde con silencio, las tretas del silencio, y una mirada amable y frontal de sus ojos claros: “Tuviste suerte, me pescaste justo. En un rato me vuelvo para mi casa. Yo estoy jubilada…” etc.

Las tretas del silencio, de eso Pelloni sabe. Las tretas del tímido o del torpe que lanza preguntas sin querer, preguntas-dardo, preguntas incómodas, de eso se encarga la periodista.

¿Usted se enamoró de Jesús? ¿Qué le vio? ¿Ser monja es casarse con Jesús? Pelloni sonríe y responde. “A mí Jesús me flechó. Vi a ese hombre que vivió por y para la humanidad y sin discriminación, sin nada que pudiera destruir la dignidad humana que los humanos nos ocupamos de destruir diariamente. Yo de ese Jesús me enamoré. Dije: este amor quiero vivir yo”

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¿Usted se enamoró de Jesús? ¿Qué le vio? ¿Ser monja es casarse con Jesús?

Pelloni sonríe y responde. “A mí Jesús me flechó. Vi a ese hombre que vivió por y para la humanidad y sin discriminación, sin nada que pudiera destruir la dignidad humana que los humanos nos ocupamos de destruir diariamente. Yo de ese Jesús me enamoré. Dije: este amor quiero vivir yo”.

Una monja lanzada al mundo, a las atrocidades del mundo: crímenes, trata, tráfico de órganos y de bebés. La hermana no le saca el cuerpo a nada.

Soledad y después

Quienes hayan vivido durante el menemismo, recordarán el caso. María Soledad Morales, 17 años, alumna del Colegio del Carmen en Catamarca, cuya rectora era la hermana Pelloni, fue atrozmente asesinada el 8 de septiembre de 1990. La última vez que la vieron con vida, salía del boliche donde había festejado con sus compañeras de curso la terminación inminente del colegio secundario. Cursaba quinto año y la recaudación de las entradas de esa noche sería destinada al viaje de egresados. Pero nunca hubo viaje. El lunes siguiente a ese viernes fatal, Elías Morales, padre de María Soledad, apareció en la escuela buscando a su hija. Ninguna de las chicas sabía nada de ella. A las pocas horas, su cuerpo apareció al costado de una ruta, mutilado y violentado de manera siniestra. 

Autopsias, pericias, demoras en la investigación, ninguneo de las autoridades, lo de siempre.

Las compañeras de curso y todo el colegio, sus padres y los vecinos, se alzaron en una protesta silenciosa que se multiplicó por semanas, meses, años. Las marchas del silencio conmovieron al país. El hijo del intendente, el hijo de un juez y otros hijos de la casta política catamarqueña fueron los principales sospechosos y acusados del crimen. El terremoto político sacudió no solo al gobernador ─la provincia fue intervenida por el presidente Menem─  sino también a Pelloni: en enero de 1992, la curia la trasladó a Goya, provincia de Corrientes.

De un feudo a otro, dice Viola en La hermana: “Del dominio de los Saadi, en Catamarca la trasladaron al de los Romero Feris, en Corrientes. A Romero Feris más le valdría haber temblado al verla llegar, pero no lo hizo. Y también cayó. La monja, recién llegada, participó de las huelgas docentes que ocuparon las plazas y los diarios del país. También se puso al frente de las denuncias de corrupción que terminaron con la cabeza del gobernador”.

En Goya, además de adherir a las protestas de la era Menem, Pelloni empezó a recibir llamadas telefónicas de mujeres a las que les habían quitado sus bebés recién nacidos. Si Catamarca la involucraba en el infierno de la trata de menores, Corrientes la puso frente al horror del tráfico y venta de niños. “Dos chicas fueron las primeras que se atrevieron a contarle cara a cara que habían quedado embarazadas de sus respectivos empleadores y que, luego, sus patronas las habían amenazado con echarlas del trabajo si no entregaban a sus bebés”, cuenta Viola en La hermana. La trama dantesca continúa, cada región del país parece tener su versión particular del espanto. La monja no esquiva nada.

Cuenta Viola que en una entrevista realizada en 2019 un periodista le preguntó a Pelloni:

“¿Es usted mística?” La hermana iba a denunciar a un programa de TV la existencia de una red de funcionarios públicos vinculados al robo de bebés y la pregunta aludía a posibles visiones o alucinaciones de la denunciante. Martha Pelloni, sonrisa clara siempre, respondió: “No, soy señor, yo no soy mística. Soy racional. Miro la realidad. Y después, sí, voy a la oración, soy contemplativa, es decir, me retiro a contemplar lo que veo. Y lo que veo es un problema social, por lo tanto, de todos”.

En 2008 nace la Red Infancia Robada que trabaja en todo el país con denuncias de robos de niños y bebés. Infancia robada tiene equipos de abogadas, trabajadoras sociales y otros especialistas que se encargan de las denuncias y de la asistencia de las víctimas de una red de trata y tráfico de niños que funciona en todo el país.  Una alianza que tiene más de 30 nodos.

En foros internacionales, Martha Pelloni sigue denunciando la explotación sexual infantil, especialmente en el ámbito familiar, y el problema de los niños y las niñas utilizados en la prostitución o el tráfico de órganos, un lucrativo negocio en el que están involucrados diversos actores del sistema, incluidos hospitales y clínicas, jueces y familias.

─¿Cuál sería para usted el primer paso para salir de todo esto?─ pregunta Liliana Viola en un momento de la charla. Pelloni responde: “Falta escuchar, conversar con las personas que viven una realidad muy diferente de la que se ve en la capital o en las redes. Además, los problemas no son siempre los mismos. Hoy tenés a papás y mamás muy jóvenes, sin trabajo, que se drogan y maltratan a sus hijos a tal punto que el Estado interviene y los llevan a guarderías donde muchas veces vuelven a recibir malos tratos. Es una rueda perversa con muchos intereses y mucho desinterés”.

El libro, el premio

“Lo primero que hace cada mañana cuando se despierta a las cinco de la mañana es decirle a Dios. Gracias porque hoy, otra vez, amanecí y no me duele nada”. Ronda los ochenta años, pero dice que se siente de sesenta y cinco. (…) Comienza a trabajar. Recibe alrededor de cinco denuncias o pedidos de auxilio a diario. ¿Y para distraerse? Escucha los cuentos del cómico chaqueño Luis Landriscina. Sin humor, no hay nada”, cuenta Viola: “No se separa demasiado de su celular. Y, sí, habla con Dios.

─ ¿Fluidamente?

─Lo necesario”.

El relato de La hermana crece de a poco: desde ese primer encuentro y esa pregunta desbocada sobre el miedo a ser asesinada (la cronista reflexionará varias veces sobre las implicancias de esta pregunta), las dos mujeres fijan su posición respecto de la fe y la devoción religiosa.  

El relato de La hermana crece de a poco: desde ese primer encuentro y esa pregunta desbocada sobre el miedo a ser asesinada (la cronista reflexionará varias veces sobre las implicancias de esta pregunta), las dos mujeres fijan su posición respecto de la fe y la devoción religiosa

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Liliana Viola, la cronista de escritorio, expresará su persistente ateísmo. Atea. Racional. Apática a todo lo que implique religiosidad. Viola se expone ante la entrevistada y, de paso, se cuestiona su exposición. Duda y, a la vez, confirma. Dice que de chica fue a una escuela de monjas, que rezaba, que ahora no cree ni en Dios, ni en nada.

Pelloni, una vez más, sonríe. “Ya vas a volver a creer”, dice.

El duelo verbal entre dos mujeres, inteligentes y honestas, a un lado y al otro de Dios, mantiene la tensión del texto. La narrativa de los hechos es precisa: cita de manera económica los datos históricos e involucra a otras voces cuyas opiniones se ajustan a la necesidad del relato. Doscientas páginas de crónica periodística de alta calidad.

Que le valió a su autora un prestigioso premio: “El 30 de enero de 2025, el jurado compuesto por Martín Caparros, Carlo Feltrinelli, Leila Guerriero, Juan Villoro y la editora Silvia Sesé concedió el sexto Premio Anagrama de Crónica / Fundación Giangiacomo Feltrinelli a La hermana, de Liliana Viola”, dice la primera página del libro. 

La hermana es, definitivamente, un libro singular que narra las andanzas de una monja que después de 84 años de pasión religiosa y popular sigue dando batalla en terrenos escabrosos de la realidad nacional. Y también, las andanzas de una periodista que con las herramientas de la investigación comprometida ofrece su palabra y sus silencios para volver al paisaje de cierta realidad que reclama.

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