Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

22 de marzo de 2026

EL GRITO

Pablo Semán & Josefina Salvatierra

Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

El joven de unos 20 años atraviesa el parque con la bicicleta y la mochila de reparto en la espalda. En el manubrio intenta transportar un escritorio de melamina recién encontrado que entorpece el desplazamiento. El pluriempleo hasta no poder más es así: pedalear, encontrar, recoger y vender mientras haces entregas. No hay momento que no pueda ser una oportunidad de ganar o perder el sustento diario. El escritorio cae, la bicicleta se choca con el escritorio y el joven tropieza. Se pone de pie, se acomoda la mochila y grita: “Mierda! qué vida de negro, hermano!”.

Una parte creciente de la sociedad vive con cada vez más insatisfacción y con la muy modesta expectativa de perder lo menos posible. No hay tiempo que no esté dedicado a tratar de salir del ahogo: la comida del día, el pago de los servicios luz antes del corte, los útiles escolares de los hijos, la deuda con la aplicación que te obliga a cobrar en efectivo para salvar la plata del débito automático. El antimileismo de la sociedad mileista, que había aflorado en septiembre de 2025 y se contuvo en octubre ante el peligro del retorno del pasado, se enciende con la espiralización de las pérdidas económicas y con la chispa de las noticias sobre corrupción. Los que confiaron y ya no confían se suman a los que nunca lo hicieron, aunque no formen un mismo caudal.

Una economía del presente, en la que todo lo que entra se asigna rápidamente a cubrir necesidades básicas del hoy, se ha transformado en una preocupación exclusiva y absorbente

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No es casualidad: en los barrios más pobres del Gran Buenos Aires se desbloquean todos los días nuevos padecimientos. La vida cotidiana se ha economizado hasta la médula, junto con un equilibrio a la baja cada vez más frágil, como lo puede revelar el caso del policía endeudado que salió a robar y terminó asesinando al docente que hacía horas en UBER. La caída de cada arreglo precario que permite que un hogar sobreviva lleva a sucesivos arreglos más precarios aún. Y cada vez que fracasa uno de estos arreglos y se cae un escalón más abajo, se desencadenan reacciones amargas y a veces autoincriminatorias, como las del joven del inicio y su muy poco “políticamente correcto” grito. Muchos cómo él no esperaban tanta sequía incluso de un gobierno que prometía sangre, sudor y lágrimas. Hace algunos meses contrastábamos análisis y evidencias empíricas con Rodrigo Zarazaga y Daniel Hernández. Ellos nos mostraban que aquellos jóvenes que nosotros entendíamos movilizados por una posibilidad de progreso en base al esfuerzo personal, estaban en una situación diferente de la de aquellos que su investigación hallaba sin perspectivas de futuro. Intentábamos verificar si pertenecían a diferentes segmentos socioeconómicos. La evolución socioeconómica reciente, que revela un desmejoramiento abrupto en muchos segmentos, tiende a volver relativamente irrelevante la cuestión: en los segmentos de la clase media baja empieza a advertirse la misma falta de futuro que en la parte más pobre de los sectores populares. Como en la época del triunfo electoral de La Libertad Avanza, pero a la inversa, un viento arrasa las sensibilidades sociales distribuidas, aparentemente, por nichos sociodemográficos.

Se angostan los recursos económicos, el tiempo, los lazos sociales e, incluso, la circulación espacial. Un fondo de bienes y medios variables y decrecientes, generados a través de ingresos móviles, como trabajos que se puedan conseguir, e ingresos fijos que corresponden a la Asignación Universal por Hijo (AUH) o alguna otra transferencia del Estado, junto con la toma de deuda. Mientras el trabajo se cae a veces de  a poco, a veces en oleadas, ingresos cada vez más flacos frente a gastos que no paran de aumentar y el desánimo crece. En los sectores más bajos la dedicación a múltiples trabajos, más que nada informales, esporádicos y de corta duración, está orientada casi exclusivamente a conseguir el sustento cotidiano mínimo e inmediato: una incierta próxima ingesta. No es casual que en los barrios pueda observarse que los habitantes estén continuamente buscando trabajo de “lo que salga” y oportunidades de “conseguir cosas” en una actividad de disposición permanente y de cálculo constante.

El antimileismo de la sociedad mileista, que había aflorado en septiembre de 2025 y se contuvo en octubre ante el peligro del retorno del pasado, se enciende con la espiralización de las pérdidas económicas y con la chispa de las noticias sobre corrupción

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En este escenario el manejo del tiempo es tan importante como el del dinero. Implica no sólo el pluriempleo, sino también invertir un tiempo enorme en saber cuándo cobrar, cuándo comprar y cuándo aguantar: todas cuestiones ponderadas dentro de plazos cortos (día a día, comida a comida). Una economía del presente, en la que todo lo que entra se asigna rápidamente a cubrir necesidades básicas del hoy, se ha transformado en una preocupación exclusiva y absorbente.

Pero hay algo peor aún: con recursos cada vez más insuficientes, la toma de deuda en sus diferentes formas, pasa a tener un rol fundamental en una sustentabilidad que a corto o medio plazo está amenazada. Lejos de resolver un mal momento económico, o una inversión a futuro, la deuda es parte normalizada de la vida cotidiana. Y no se toma para disfrutar de un bien por adquirir, sino para pagar bienes o servicios usufructuados y, probablemente liquidados, en el pasado. Al tiempo acelerado y consumido por las múltiples, y cada vez menos rendidoras ocupaciones, se le suma el flashback maldito del horizonte de tiempo invertido: deudas a pagar mañana para salvar deudas de ayer para pagar consumos de antes de ayer.

Bajo este escenario también se estrecha la sociabilidad. “El que trajo pollo come pollo, si no podés traer nada no te puedo invitar.”  Si se observa cómo se achica el círculo de los invitados a cumpleaños y festejos se concluye que transcurre así una nuclearización de la familia proporcional al crecimiento de las carencias. Los lazos familiares y vecinales se vuelven selectivos, priorizando la previsibilidad y el control del intercambio por sobre la apertura. La trama familiar por sí misma se ha vuelto cada vez más relevante frente a la escasez de recursos económicos, de contribuciones estatales y frente al desprestigio y debilitamiento de las organizaciones sociales. La familia realmente existente es, cada vez más, la que puede sostener vínculos de reciprocidad en su doble dimensión de bienes y afectos. Las instancias tradicionalmente asociadas al encuentro y la celebración dejan de ser vividas tanto como espacios de distensión o refuerzo simbólico de los lazos, para convertirse más en decisiones que implican conflictos, tristezas y una inversión a justificar.

Como en la época del triunfo electoral de La Libertad Avanza, pero a la inversa, un viento arrasa las sensibilidades sociales distribuidas, aparentemente, por nichos sociodemográficos

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Mientras la cotidianeidad se redujo a la administración de grados crecientes de malestar no extraña que, lo que en otra época llamó a risa (que un ministro de la economía de la Ciudad de Buenos Aires propusiese a los vecinos alquilar su reposera para mejorar sus ingresos), sea la iniciativa de una vecina politizada nacional y popular del GBA (poner una pelopincho para alquilar los chapuzones). En la gestión de la escasez creciente y absoluta, la expectativa es caer lo menos posible. Esta lógica, lejos de constituirse como excepcional o transitoria adquiere centralidad: cálculo, racionalización y evaluación costo-beneficio de los recursos materiales y de las prácticas sociales constitutivas de la trama relacional.

¿Politizar el malestar? Sí, pero antes hay que saber que el malestar ya está politizado. Cuando la frustración obliga a los sujetos a gritar su malestar en público y solitariamente, como lo hizo el repartidor que no podía llevarse el escritorio, no es que esté ausente la evaluación política. Es el fin de un camino en el que no hay política que no haya decepcionado a la ciudadanía que soporta la malaria acumulando odios sucesivos y cruzados. Aunque (aún) no haya decantado en una acción política común, organizada o espontánea, clara y persistente, son políticas la indiferencia, el escepticismo, las maldiciones contra todos y por todo, el ausentismo electoral y la pérdida de confianza en el estado, pero, más que nada, lo es la sensación de frustración arrastrada por lustros. En el inicio de la crisis de gobierno de Macri, en 2018, muy poco después de una victoria apabullante del partido del presidente, Alberto Rodríguez Saá quiso animar al peronismo entonces melancólico con una frase que hizo su pequeña historia: ¡Hay 2019! Podemos preguntarnos: ¿Hay 2027?, por ahora es ¡Ay 2026!

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