20 de julio de 2026
1. La parte de la pantalla
El futuro siempre es móvil, inaprensible, fantasmal. Y también una serie de apuestas.
Con el objetivo de relatarse comprensiblemente en una obra de arte, el futuro suele desperdigarse en batallas más o menos íntimas, en un conjunto de relatos, en la asociación por corte. Este collage de puntos de vistas paralelos que refieren un núcleo más o menos accesible tiene una jurisprudencia, que incluye desde los relatos de Bradbury y los episodios de 2001: Odisea del espacio, de Clarke y Kubrick, hasta los actuales Black Mirror y El Colapso. El futuro se abre en la ficción, tiende al universo coral, quizás porque nuestra perspectiva biológica se inclina a pensar en la extensión de reproducciones, en variaciones más o menos simultáneas y variables de un sucesivo firme -nosotros-. Y, también, porque habitamos en la percepción de que tenemos un sólo pasado, un presente abierto pero único, y, sí, múltiples futuros -aunque sabemos que los tres tiempos están sujetos a cambio; intervenidos, sobrenarrados-.
Estos días vi 2073, la última película del gran documentalista Asif Kapadia (Amy, Senna, Diego Maradona), estrenada los últimos días del año pasado. En esta obra el procedimiento es inverso al histórico: el futuro aquí es uno sólo -una mujer atrapada en las catacumbas de un gobierno totalitario en un neo San Francisco, sin posibilidad de alterar nada- y la fragmentación sucede en el pasado referenciado, que es nuestro presente. La película es una reversión de La Jetée, célebre cortometraje de Chris Marker, de 1962, sobre el que se basó luego Doce monos (Terry Gilliam, 1995). El argumento de 2073 es el mismo de sus predecesoras: un visitante del futuro alerta sobre un apocalipsis cercano. Los condimentos novedosos de la versión de Kapadia son que el futuro será único y cerrado, y que el pasado de los protagonistas es nuestro presente, retratado con material documental. Hablaremos luego del porqué del formato híbrido de la película, pero hay ciertamente dos tonos: la ficción de formato clásico cinematográfico para el futuro quieto, con los actores y la trama del encierro subterráneo, y la parte “documental”, con un resumen coral de batallas globales actuales, sobre registros existentes. Ahí están el surgimiento de los poderes de líderes políticos como Trump, Bolsonaro, Milei, pero sobre todo de los líderes de las corporaciones que quizás los sobrevivirán: Musk, Bezos, Zuckerberg -en este “quizás” se juega el peligro que quiere presentar la película-.
El futuro se abre en la ficción, tiende al universo coral, quizás porque nuestra perspectiva biológica se inclina a pensar en la extensión de reproducciones, en variaciones más o menos simultáneas y variables de un sucesivo firme -nosotros-
2073 presenta una estructura desafiante. El conflicto que necesita la narración para avanzar aparece tarde y mal, y genera frustración en el espectador, porque de pronto se encuentra inmerso en un dispositivo narrativo insoluble, en donde los personajes son incapaces de modificar nada. ¿Es una intención del director? Es posible, porque el futuro quieto tensiona el presente que la película quiere poner en juicio, y otorga un llamado a la acción al espectador, que vive en el mundo referenciado.
El tema es que los problemas del mundo para el universo de Kapadia, las amenazas, son diez, doce personas, que encima están por ahí, caminando, comiendo, haciendo sus cosas. Y es en ese punto en donde el lector ideal de la obra parece ser Luigi Mangione, el asesino de CEOs. Porque sí, podemos organizar formas de democracia auditadas que de alguna manera limiten progresivamente la concentración -ése parece ser el mensaje de Kapadia-, pero es difícil no ver la solución a los problemas del mundo en unos pocos asesinatos puntuales. Pero, ¿es posible eso?

2. La parte del mundo
En una época de redes sociales y de grandes narrativas identitarias algoritmizadas, en donde la voluntad del individuo es un mandato rígido pero su disposición es poco más que una utopía, 2073 hace hincapié en la obligatoriedad reciente de las caras de las corporaciones y gobiernos de hacerse de una marca pública, de ser alguien en el discurso. La contracara precisa de un supuesto y deseable orden democrático de sana renovación constante, pero cuya narrativa es, para esta época, menos sexy, menos efectiva.
Hay, y con esto cierro, otra lucidez en la fallida 2073: la de que hay una fragmentación en el presente, en la que todo es nicho, y es porque el futuro se le vino encima. Porque ya no sabemos qué es futuro, porque quizás está entre nosotros. Porque ya no hay un futuro múltiple y lejano al cual especular ni temer sino una serie de futuros amenazas intermedios, cercanos o incluso pasados, en este presente.
Habitamos en la percepción de que tenemos un sólo pasado, un presente abierto pero único, y, sí, múltiples futuros
El crecimiento exponencial de las tecnologías hizo que el carácter especular reservado para un lejano externo forme parte ahora de un presente fragmentado, líquido, seguro más incomprensible que presentes históricos anteriores. Un presente en el cual una serie de narrativas globales se deben ocupar específicamente de la gente que queda suelta.



