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23 de julio de 2026

23 de julio de 2026

10 de agosto de 2025

EL FUEGO SAGRADO

Mariana Fossati

@MarianaFoss
Cultura
Tiempo de lectura: 12 minutos

La vida y la obra del santito antimufa de los músicos argentinos siguen dejando huella. El pasado 25 de julio se cumplieron 30 años de la muerte de Osvaldo Pugliese, sin embargo, su estética y su ética están presentes como faro de la música popular argentina. Mantuvo su orquesta activa -con organización cooperativa- desde 1939 hasta poco tiempo antes de morir. Fue un hombre del pueblo y sus obras se tocan y se bailan en todo el mundo. Este puñado de historias pueden graficar su vigencia.

Es el año 1984, la Argentina respira aires democráticos. Analía tiene 10 años y hace un tiempo está estudiando piano. Con su viejo tienen la pequeña tradición de ir a comer unas porciones de pizza a la San Miguel, de Gascón y Corrientes. Ese día no iba a ser uno más, aunque todo pintaba bastante normal: llegaron, eligieron la mesa, pidieron lo de siempre y comenzaron la charla de padre e hija. Hasta que lo vieron, el maestro Pugliese estaba sentado en una mesa cercana. En realidad, el que lo reconoció fue el padre, que era tanguero y muy fana de don Osvaldo por esos días. “Mirá, en esa mesa está sentado el maestro Osvaldo Pugliese”, le dijo a Analía. Y allá fueron los dos.

-Maestro, disculpe que lo molestemos, queríamos saludarlo.

-Cómo no…

-Ella es mi hija Analía, está estudiando piano, ¿podría darle su bendición?

El maestro sonrió con gesto buenazo, le dio un beso a la pequeña y le dijo:

-Que tengas mucha suerte, que sigas estudiando, lo mejor para vos.

Al año siguiente Pugliese celebraría su cumpleaños 80 en ese escenario que su vieja siempre supo que lo iba a recibir: el Teatro Colón. Sobre las tablas que esa noche fueron para la cultura popular, actuó la orquesta proletaria de Pugliese y cerca del final se sumaron varios músicos de las distintas épocas para tocar “La Yumba”, una tropa gloriosa haciendo temblar el Colón. Quique Lanoo. Ismael Spitalnik, Arturo Penón Alcides Rossi, Julián Plaza, Osvaldo Ruggiero, Víctor Lavallén, Daniel Binelli fueron algunos de los ex miembros que se sumaron, presentados uno a uno por Héctor Larrea. Mucho de la escuela puglieseana puede verse ahí, en esa estirpe de músicos que se formaron en sus filas, al calor de sus exhaustivos ensayos. En esa noche en el Teatro Colón el maestro dijo su frase tan citada, toda una declaración de principios: “nosotros somos un poroto de la máquina tanguera, un tornillo de esta máquina, nada más”.

Recuerdo a mi abuelo escribiendo en hojas pentagramadas -repasa Carla- y como pasaba muchos meses preso durante el gobierno de Perón, mi abuela Chola le llevaba las hojas a la cárcel para que siguiera escribiendo

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En 1987 la orquesta de Pugliese hizo una actuación especial con el Polaco Goyeneche como cantor en el Teatro Ópera, entre el público estaba Analía, que seguía tocando el piano, pero todavía no tocaba tango. Su primer novio, a los 14, era hijo de un milonguero amigo y fana de Pugliese y las horas pasaban al ritmo de su música. Tiempo después, en 1999, iba a cruzarse con Roberto Álvarez al mando de Color Tango, quien fuera primer bandoneón de la orquesta de Pugliese desde 1978 y su agrupación, con la que siguió desarrollando el estilo del creador de “La Yumba” y el suyo propio. Estaba buscando pianista y Analía, que formaba parte de la generación que desde mediados de la década del `90 revitalizaba el tango, sintió que estaba predestinada para ese rol. “El maestro Álvarez me convocó para dar una prueba tocando ‘La Yumba’ en el Club Almagro, donde se hacía una milonga muy conocida en aquella época”, rememora. “Era muy joven, tenía 23 años y no había muchas mujeres aún que tocaran el piano en orquestas de tango, éramos un par no más”, dice hoy Analía Golberg, pianista, compositora, arregladora, ya con varias agrupaciones propias en su haber. “Pugliese estaba arraigado en mí como un sentimiento”, reflexiona, “cuando ingresé a Color Tango sentí que ese lugar era para mí, que realmente había sido una cuestión del destino y de la bendición que había recibido del maestro en la pizzería San Miguel”. Con el tiempo, aprendió el estilo de Pugliese con músicos que habían estado en la orquesta, “de una manera vivencial”, explica. “Me integraron muy amorosamente, me cuidaron muchísimo, fue una parte fundamental en mi carrera como música”.

Analía Goldberg acaba de sacar un disco de tangos para milonguear, “Poliya”, donde incluye versiones de tres obras de Pugliese: “Mandraca”, “Negracha” y “Recuerdo”. En su disco anterior grabó una obra propia, “Osvaldos”, dedicada al cantor Osvaldo Peredo y a Pugliese. “En mi ser artista sigue estando muy fuerte su influencia”, afirma, “primero en el sentido rítmico, esa forma de marcar casi revolucionaria, queriendo reproducir el sentido del trabajo, el trabajo obrero en sí mismo”. También se siente unida a la concepción del maestro de Villa Crespo porque en la incorporación de nuevos sonidos y colores siempre procura mantener la esencia del tango. “Él buscaba que su obra estuviera en concordancia con la gente, que no se despegara de lo popular”, dice y concluye: “en mis grupos soy muy abierta a escuchar temas de mis compañeros, a los aportes que podamos hacer todos musicalmente y me gusta trabajar en cooperativa”.

No es necesario describir la época, con decir que era el año 2001 en Buenos Aires basta y sobra. Un grupo de jóvenes empezaba a tirar del carro de lo que hoy se llama “Tango Siglo XXI”, un movimiento que incluye grupos, solistas, orquestas y -sobre todo- composiciones y letras que dieron nueva vida al tango y que hacen que algunos afirmen que estamos viviendo una nueva etapa dorada, como los `40 pero autogestiva y, claro, sin la masividad de ese tiempo. Un grupo de egresados de la Escuela de Música Popular de Avellaneda había creado en 1998 la Orquesta Típica Fernández Branca y en 2001 salieron a la calle –literalmente- como Orquesta Típica Fernández Fierro. No se disfrazaron de tangueros, fueron ellos mismos con un piano vertical sobre el empedrado de San Telmo, bandoneones, violines, contrabajo y cantor. Con actitud que algún que otro transeúnte consideraba rockera o punk, hacían tangos. En su primer disco grabaron un tango de Pugliese y Horacio Ferrer bastante desconocido: “Yo payador”, con la participación en recitado del propio Ferrer y también grabó un solo de bandoneón Roberto Álvarez, integrante de la orquesta de don Osvaldo y creador de la Color Tango.

Al piano y como autor de dos composiciones de ese primer álbum estaba Julián Peralta, hoy al frente de la Orquesta Típica Julián Peralta y la agrupación Astillero. Recuerda haber ido a las últimas presentaciones en vivo de la Orquesta de Pugliese, allá por 1994: “Fue muy impactante, fui con mi viejo que era fanático y no solamente la orquesta era una aplanadora de sonido y gesto, sino que también la gente estaba totalmente conectada con la música”. Cuando apareció la Fernández Fierro algo de lo puglieseano se colaba en el sonido: las disonancias en lo bandoneones, la marcación del piano, detalles en los arreglos, el nervio. “La concepción formal y estética de la música, así como el planteo político del proyecto fueron hilos de los que tirar para pensar los comienzos de la Fierro. Lo que nos conmovía de la gestualidad y la profundidad de la música de Pugliese, se tradujo en muchos recursos que intentamos aplicar a nuestra propuesta: desde los arreglos primero y después en las composiciones”, dice el pianista y compositor Julián Peralta.

Andaban por los veintipocos y encontraban inspiración en Pugliese. “Supongo que nos quisimos conectar con esa música, por un lado, por el impacto estético, porque es intelectual y sugerente al mismo tiempo, combinando en elegantes dosis el cielo y el infierno y con una enorme cantidad de recursos para investigar, probar y aplicar”, piensa más de 20 años después Julián Peralta. Pero había algo más que lo musical: “por otro lado el impacto filosófico de que fuera una música nuestra, de que oficiara como un acto de resistencia cultural, de rebeldía a lo establecido en ese momento”, agrega. Algo así como ser rebeldes y antisistema a lo Pugliese. Hoy la Fernández Fierro sigue tocando y gestiona un club de música, el CAFF, en forma cooperativa.

Julián Peralta es un hacedor incansable dentro del tango actual, maestro de las nuevas generaciones que se siguen sumado con su aporte de estéticas renovadas. “Afortunadamente hoy lo puglieseano está combinado con muchos otros recursos en los que tal vez no está tan presente el gesto original”, concluye Peralta, “yo lo escucho en todos lados, aunque no sé si puedo ser objetivo”.

Carla Pugliese nació en 1977. Su madre es la única hija de Osvaldo, Beba: pianista, compositora y directora de su propia orquesta. En una entrevista Beba describió la emoción de ser testigo de la música de su padre: “Recuerdo las melenas de (los bandoneonistas) Ruggiero y de Caldara, concentrados, esperando el momento del arranque musical. A Camerano lo veo todavía preparando el arco para su entrada triunfal, brillante. También lo veo a Aniceto Rossi aguardando al lado del piano. Todos esperando la marcación del director, como gladiadores prestos a salir a la arena, o como jugadores preparándose a salir a la cancha donde la multitud de los hinchas gritaban enfervorizados”.

Carla empezó sus estudios como pianista a los 6 años, hoy es bandoneonista y lleva adelante sus propios proyectos, compone y es arregladora. Poco tiempo antes de que se cumplieran los 30 años del fallecimiento de su abuelo Osvaldo, el 25 de julio pasado, se reencontró con una reliquia familiar. Había decidido empezar a dar clases y fue a la Fundación La Casa del Tango, espacio fundado en 1967, que fue un lugar de resistencia del tango en épocas de vacas flacas y que también cobijó a las nuevas generaciones que revitalizaron el género desde mediados de los `90. Allí le asignaron un piano para desarrollar su tarea docente: “me dijeron: te toca el piano del fondo”, cuenta la música, “voy, abro la tapa y descubro que era el Förster, un piano alemán que mi bisabuelo Adolfo Pugliese compró en el año 1922 para mi abuelo”. Ahí estaba, esperándola, ese piano vertical donde “pasó todo”, según define.

Cuando Osvaldo Pugliese decidió ser músico había elegido el violín, como sus dos hermanos mayores, pero su padre le regaló un piano, tener tres violinistas en la casa era demasiado. A los 14 años ya estaba trabajando en un café llamado “La Chancha”, que quedaba en la calle Triunvirato. Tocaba desde las 6 de la tarde a la 1 de la mañana. Todas las mañanas le daba a su vieja los 4 pesos que había ganado el día anterior. Una tarde, yendo a trabajar en el tranvía 96, se le ocurrió la primera idea del que sería su primer tango conocido, “Recuerdo”, y un par de años después lo terminó en la casa familiar de la calle Acevedo. Era 1924 y tenía 19 años.

También tuvo problemas con el gobierno de Frondizi, con los golpistas del `55, con la dictadura del `76. Cuando Pugliese estaba preso, otro músico tomaba su lugar y un clavel rojo reposaba sobre el piano

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El piano que Carla Pugliese acaba de encontrar y que hoy se puede visitar en La Casa del Tango rodeado de fotos históricas, estuvo en la familia hasta la década del `80. “Mi mamá hizo ahí toda su carrera como estudiante, el aprendizaje de la técnica de Vicente Scaramuzza”, cuenta Carla. Scaramuzza es de los maestros de piano más influyentes del Siglo XX, por la escuela de este italiano nacido en Crotona en 1885 no sólo pasaron Beba y Osvaldo Pugliese, sino también Martha Argerich, Bruno Gelber, Orlando Goñi, Enrique Barenboim (padre de Daniel) y Atilio Stampone, entre otros.

“En el pasillo que te lleva hasta el piano –que está en el primer piso de fundación- pusimos imágenes de la vida cotidiana alrededor de ese Förster alemán”, relata Carla, “mi abuela Chola (la primera esposa de Osvaldo Pugliese y madre de Beba), mi bisabuelo Adolfo de picnic con la bisabuela Aurelia y mi abuelo, mi mamá en sus 15 años con toda la orquesta, la orquesta de mi bisabuelo llamada “Pocholo”, mis abuelos en Japón, en Rusia”. También recorre la ciudad un taxi que homenajea en amarillo y negro al maestro Osvaldo Pugliese y Carla fue la encargada de estrenarlo.

“Recuerdo a mi abuelo escribiendo en hojas pentagramadas -repasa Carla- y como pasaba muchos meses preso durante el gobierno de Perón, mi abuela Chola le llevaba las hojas a la cárcel para que siguiera escribiendo. Eran mucho tiempo sin poder tocar, entonces desarrolló la escritura como una defensa natural. Cuando volvía al Förster, probaba en el piano con mi mamá lo que había escrito”. En el libro de Arturo Marcos Lozza que celebra la llegaba de Pugliese al Teatro Colón, el propio maestro -que era el afiliado 108 del Partido Comunista Argentino- cuenta sobre el comienzo de la persecución: “Cuando me suspendieron el trabajo en el `48 mucha gente de la Sociedad de Autores me aconsejaba que fuera a verla a Evita, querían que me acomodara. `Disculpame –les contestaba- yo no voy a pedir limosna a nadie, mi laburo es un derecho, voy a pelear por mi laburo´”. Ese fue sólo el comienzo, también tuvo problemas con el gobierno de Frondizi, con los golpistas del `55, con la dictadura del `76. Cuando Pugliese estaba preso, otro músico tomaba su lugar y un clavel rojo reposaba sobre el piano. Cuando Perón volvió en 1973 Osvaldo Pugliese y su orquesta fueron parte de los festejos en el obelisco. “Actuamos y después hubo una convocatoria de Perón a todos los artistas que había estado presentes”, le contó Pugliese a Lozza, “fui a la residencia de Olivos, Perón me saludó efusivamente. Ni López Rega ni Isabelita, que estaba a su lado, me dirigieron la palabra. En cambio, en el momento del saludo, Perón me dijo: `Gracias por saber perdonar´. Y quiero resaltar que mientras el general Perón estuvo vivo, no volví a tener impedimentos. Pero al poco tiempo de asumir Isabel, volvieron a prohibirme en televisión”.

Uno de los melenudos que recordaba Beba Pugliese es el bandoneonista Osvaldo Ruggiero. Fue miembro fundador de la orquesta de Pugliese desde 1939, cuando tenía sólo 17 años, y en 1943 ya era el primer bandoneón (el solista) de agrupación. Estuvo hasta 1968 y no sólo fue instrumentista sino arreglador y en los discos hay varias composiciones suyas, como la milonga “Bordoneo y 900” o “A mis compañeros”. Ruggiero -y varios músicos importantes- se fueron de la orquesta en ese 1968 para crear el Sexteto Tango y fue motivo de enojo y distanciamiento con Pugliese.

Osvaldo Ruggiero, fallecido en 1994, tuvo dos hijos, ambos son bandoneonistas: Adrián y Daniel. Para el centenario del nacimiento de su viejo, en 2022, los hermanos produjeron el disco “Rompelo Tano”, que es lo que le gritaban los fanáticos para alentar a su padre. Su compañero de la orquesta y del Sexteto Tango, Víctor Lavallén, asegura que literalmente rompió tres bandoneones durante una presentación en un canal de televisión. El álbum incluye composiciones de Osvaldo Ruggiero para orquesta típica, con arreglos escritos por diferentes bandoneonistas contemporáneos. El estilo de Osvaldo Ruggiero, vigoroso ejecutante del fueye, fue uno de los elementos que forjó el sonido de Pugliese. En una entrevista, contó: “La de Pugliese siempre fue una orquesta de avanzada y, dentro de ella, uno iba formando su personalidad. Tenía que hacerlo porque Osvaldo era muy exigente. Me decía: `Tenés que estudiar, ¡estudiá!´. Y yo lo tomé muy en serio porque quería sobresalir”.

Daniel Ruggiero cuenta que Pugliese era toda una presencia en su casa, pero la primera vez que dimensionó su importancia fue cuando vio a su viejo profundamente emocionado por una nota del periodista Jorge Göttling donde Pugliese decía que Osvaldo Ruggiero era su continuador y que era como un hijo para él. Pugliese y Ruggiero se reencontraban luego de haber estado distanciados por la partida de los músicos de la orquesta para armar el Sexteto Tango. “Creo que llevó años esa reconstrucción, pero cuando volvieron a acercarse, la presencia de Pugliese fue cada vez más cotidiana”, cuenta Daniel, “entre ellos había una relación alucinante como de padre e hijo, mi viejo no lo tuteaba”.

Cuando apareció la Fernández Fierro algo de lo puglieseano se colaba en el sonido: las disonancias en lo bandoneones, la marcación del piano, detalles en los arreglos, el nervio

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“La Casa del Tango tuvo mucho que ver con ese reencuentro”, recuerda Daniel Ruggiero, “la fundó un grupo de amigos dedicados al tango, todos laburaban ahí, se juntaban los domingos y lo empezaron a invitar a mi viejo, estaba Pugliese, y ahí se empezó a recomponer la relación entre ellos”. Daniel comparte con Panamá una foto de unos de esos encuentros, está junto a su hermano Adrián y Pugliese en medio de ambos. La ya mentada Casa del Tango queda en Guardia Vieja 4049 y mantiene sus actividades hasta el día de hoy. Pugliese fue su presidente honorario.

“Hay un porcentaje alto del sonido de Pugliese que estuvo en las manos de mi viejo: en su creatividad y en sus composiciones y arreglos”, analiza Daniel Ruggiero, “el toque de las orquestas típicas tiene una característica asignada por la fila de bandoneones y desde que mi viejo fue primer bandoneón, el estilo fue evolucionando notablemente: se tornó más caprichoso, más rabioso y estaría seguro de afirmar que ese último estilo de los años `60 es el que duró hasta el final de la orquesta”. Además, Osvaldo Ruggiero tomaba la posta en la dirección de la orquesta cuando Pugliese no podía trabajar por razones políticas y hasta realizó grabaciones en esos períodos.

Cuando murió, un año antes que Pugliese, Daniel recuerda que Don Osvaldo les dijo a él y a su hermano: “Ustedes ahora no se preocupen que yo voy a ser su abuelito”. Y así era, el recuerdo lo trae en escenas cotidianas, de familia: tardes en la playa, partidas de truco.

En su propia actividad artística Daniel Ruggiero cree que Pugliese dejó una marca fundamental: “En principio el hecho de trabajar en cooperativa, de la horizontalidad, de que es necesario aportar desde varias aristas a un conjunto y no simplemente ir, sentarse y tocar. De que los ensayos son para borrar, para reescribir, para charlar, debatir y opinar. Por más que, en mi caso, escribo hasta la última de las notas, ahí hay un gran aprendizaje que es saber soltar y dejarse llevar por lo que el cuerpo del músico siente y, sin duda, es mucho más sabio que cualquier idea musical que no está puesta en instrumento”.

En las salas de teatro y música de todo el país está su imagen, los estuches de los instrumentos cobijan su cara de hombre bueno que, con ese par de anteojos de vidrio grueso, mira como la escena de la música argentina lo tiene como ejemplo. Osvaldo Pugliese venía a nacer hace 120 años en un Villa Crespo de conventillos y cafés con musiqueros. Pasó su vida -casi todo el Siglo XX- como un laburante del piano y la música popular, sin darse el lujo de ser un elegido de las musas. Es leyenda y camino.

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