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17 de diciembre 2022

Juan Di Loreto

EL FIN

Tiempo de lectura: 3 minutos

Hace tiempo que no pasa. Vamos a jugar una final del mundo sin miedo. Expectativa, nervios y ansiedad no van a faltar, pero miedo no va a haber. Porque Argentina ya ganó algo más que una final, ganó una época. Así como el ´86 y el ´90 tienen sus imágenes, sus músicas y su anecdotario, el ´22 ya tiene el guión para hacer una nueva versión de Héroes. Porque llegar a una final se llega, como en el 2014, pero llegar a la final construyendo una época, eso no sucede con frecuencia. Porque hasta el “Vamos, vamos… Argentina”, parece haber quedado atrás. La que hay que cantar es “Muchachos…”, un música de aliento que no se olvida de Malvinas y que tiene en su querer al jugador más maravilloso que dio el siglo XXI: Lionel Messi.

Pase lo que pase el domingo todos vamos a salir a la calle. No será un tiempo de diferencias, estaremos mezclados en la inmanencia de un festejo en donde una religión nos unirá para el recuerdo: la selección de Scaloni. El espíritu quedó condensado en lo que le dijo la periodista Sofía Martínez a Messi: “Se viene una final del mundo y, si bien todos queremos ganar la copa, más allá del resultado, hay algo que no te va a sacar nadie. Atravesaste a cada uno de los argentinos, no hay nene que no tenga tu remera, sea la original, la trucha o la inventada. Marcaste la vida de todos, algo más grande que cualquier Copa del Mundo y eso no te lo va a sacar nadie”. Messi, una época hermosa de la vida.

Hay 8 mil millones de seres humanos y dos países apenas, Argentina y Francia, que tienen el privilegio de jugarla. Pero Argentina esta vez es más, suma hinchada en serio en lugares lejanos como Bangladesh o la India. Cosa rara, propia de un mundo que permite vivir otros mundos simbólicos distantes

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El Mundial nos invadió por completo y es un teatro que vivimos con intensidad. Nos dio todo lo que se pudo. La derrota del principio fue clave. Veníamos con demasiados partidos sin perder, se había perdido un poco la noción de realidad. Caer frente a Arabia nos dio la exasperada conciencia que necesitábamos (una llamada de atención) y convirtió a todos los partidos que siguieron en una final. Literal: se perdía y marchábamos. Pero no solo era quedar fuera del Mundial. El drama se acrecentaba porque cada partido podía ser el último de Messi en un Mundial vestido de Argentina. La tragedia personal y colectiva se podía hacer realidad y, como venía el Mundial de las sorpresas, cualquier cosa podía pasar.

¿Y si por fin nos ganaba México? Pero no. La cosa empezó a cambiar. Luego vino Polonia. Ojo con Lewandowski… y nada, no existió el pobre. Incluso se desdibujó un poco con la indiferencia de Messi. Casi como una previa para lo que iba a pasar con Holanda. Y pasó Australia sin pena ni gloria, que sigan viendo la corona desde su lejanía insular. Y el quiebre llegó con los Países más bajos que nunca. Porque Argentina nunca se quebró, incluso después que le empaten en el último segundo de partido. Ese espíritu mantuvo un fuego que no parece extinguirse con nada. Y toda la previa y los penales acrecentaron una mística que unía la final de la Copa América con los cuartos de final de Qatar. Y llegó Croacia. Se ganó y con comodidad. Pero hasta que terminó el partido nadie quería decir nada. Estamos muy curados de espantos, tanto que no podíamos creer que no nos empaten sobre la hora o los croatas nos acosen con jugadas.

Llegar a una final se llega, como en el 2014, pero llegar a la final construyendo una época, eso no sucede con frecuencia

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Y al final llegó la final. En las vísperas toda palabra es inútil como se sabe. Hay 8 mil millones de seres humanos y dos países apenas, Argentina y Francia, que tienen el privilegio de jugarla. Pero Argentina esta vez es más, suma hinchada en serio en lugares lejanos como Bangladesh o la India. Cosa rara, propia de un mundo que permite vivir otros mundos simbólicos distantes. Una final no se puede explicar, es como la vida. La única es vivirla, transitarla, sufrirla, putearla, gritarla, llorarla, transpirarla, emocionarla, cagarla, maradonearla… Ahora estamos en la espera, la antesala, en la llanura, como decía Borges, que quizás nos diga algo, pero todavía no sabemos escucharla. Es un grito sordo que no se entiende, y quizás sea… ta, ta, ta… gooolll.

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