Un momento...

03 de julio de 2026

03 de julio de 2026

30 de junio de 2026

EL EXPRESO DE LAS 5

Carlos Lazzarini

@calilazzarini
Política
Tiempo de lectura: 7 minutos

La ciudad más racional de Argentina fue construida para darle cabeza a una provincia que todavía no se anima a pensarse. Una paradoja que nos persigue hasta estos tiempos.

La Plata no surgió de la historia. Surgió de una emergencia. Cuando la federalización de Buenos Aires le arrancó a la provincia su ciudad, su centro económico, su capital simbólica y su escenario político, la respuesta bonaerense fue inventar otra. No fue adaptar una existente, ni improvisar una solución administrativa. Fue fundar, desde cero, una ciudad nueva, geométrica, higienista y progresista. Una capital diseñada para irradiar modernidad, poder, visión y futuro.

En ese gesto había una idea de provincia. Pero también había una plataforma política para su fundador. Dardo Rocha imaginó La Plata como el trampolín hacia la presidencia. La ciudad como proyecto y como ambición. Las dos cosas a la vez, sin contradicción. ¿Fue La Plata el último gran proyecto de la provincia? ¿El último intento por pensarse?

Lo que vino después es la paradoja. La Plata asombró al mundo. Y la provincia siguió sin animarse a mirarse y reconocerse como comunidad política. Incluso, ese origen extraordinario se convirtió, con el tiempo, en una trampa. El mito fundacional de 1882 funciona como un peso tanto como un orgullo. Una promesa tan grande que inhibe en lugar de inspirar. Una provincia que organiza su presente alrededor de lo que fue, en lugar de animarse a imaginar lo que puede ser. Así, la cabeza nueva nunca terminó de pensar el cuerpo en el que fue implantada.

La gravedad y la antesala

La cercanía geográfica nunca fue un dato menor. La Plata está a poco más de cincuenta kilómetros del centro de poder del país. Una proximidad que no es solo logística. Es política, simbólica y mediática. La Gobernación queda cerca de la Casa Rosada. La Legislatura, a pocos minutos del Congreso. Los funcionarios provinciales se mueven en un corredor con agendas que se mezclan, los lenguajes se confunden y las ambiciones se nacionalizan demasiado rápido.

Buenos Aires no solo atrae dirigentes. Centraliza la conversación, el reconocimiento, el prestigio, la validación y el futuro. Lo que ocurre en la provincia se narra desde Capital. Sus conflictos y elecciones se leen en clave país. Sus problemas sociales se convierten en metáforas del todo. Y hasta sus intendentes más poderosos, verdaderos mini gobernadores, terminan siendo piezas de un tablero donde se juegan las ligas mayores.

Alguna vez el entonces gobernador Ruckauf explicó que los anuncios importantes los hacía desde sus oficinas en Capital porque así las señales de televisión no tenían que enviar sus móviles a La Plata. Fue desde las oficinas porteñas del Banco Provincia desde donde, por ejemplo, puso en marcha los Patacones. La anécdota es brutal por su sencillez. No se trataba de comodidad técnica. Era una confesión sobre el verdadero escenario de la visibilidad política bonaerense. Los tiempos cambiaron, la tecnología hizo lo suyo y transformó el ecosistema mediático. Pero la metáfora conserva su vigencia y describe el presente.

La proximidad convierte a la provincia en antesala de la política nacional. La deja en espera. Lo que se gana en influencia sobre la Argentina se pierde en capacidad para construir una agenda propia. La provincia más decisiva del país queda impedida de hablar en nombre propio.

Dardo Rocha imaginó La Plata como el trampolín hacia la presidencia. La ciudad como proyecto y como ambición. Las dos cosas a la vez, sin contradicción. ¿Fue La Plata el último gran proyecto de la provincia? ¿El último intento por pensarse?

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El tren de los funcionarios

Pero la dificultad para construir una identidad bonaerense arranca antes. Arranca casi con la fundación misma de La Plata.

Durante años, buena parte de los legisladores, funcionarios y miembros de la élite política bonaerense llegaban por la mañana a La Plata y regresaban a Buenos Aires en el célebre Expreso de las 5. Cumplían funciones en la nueva capital, pero no la habitaban. Ejercían el poder en La Plata, pero política, cultural y afectivamente estaban en otra ciudad. La ciudad alojaba al Estado, pero no organizaba su sentido.

Aquel convoy vespertino fue mucho más que un servicio ferroviario. Fue la metáfora de una dirigencia que nunca se quedó. Hay símbolos que duran porque explican más de lo que cuentan. El Expreso de las 5 no importa como episodio histórico. Importa porque evidencia una dificultad que persiste: la de una dirigencia bonaerense que ejerce el poder desde el terreno, pero lo piensa fuera de sus límites. Como si fuera una cuestión que no le incumbe o no está en sus competencias. Más que un tren, fue una forma de entender el poder bonaerense.

El siglo XX transformó profundamente la geografía política de la provincia. El crecimiento del conurbano modificó las relaciones entre territorio, representación y poder. Las migraciones internas alteraron el mapa demográfico. La industrialización primero, y las sucesivas crisis económicas después, dibujaron una provincia muy distinta a la que imaginaron sus fundadores. La Plata conservó funciones. Pero perdió centralidad en la construcción del relato.

No es casual que, en su primer gobierno, el intendente Julio Alak hablara de la ciudad inconclusa. La expresión se refería a obras que faltaban. A la Catedral sin terminar, al Teatro Argentino en reconstrucción, a la autopista postergada, o a la electrificación del tren Roca. Pero decía algo más. Lo inconcluso no era solo esa cuestión edilicia. Era el proyecto. La Plata fue diseñada para ser el centro de gravedad de una provincia que nunca terminó de girar a su alrededor. La cabeza que no podía pensar su cuerpo. La capital racional de una comunidad política que no llegó a constituirse como tal. Una ciudad que cumplió con creces su misión fundacional hacia afuera. Que asombró al mundo, formó generaciones, y alojó instituciones, pero que no logró completar la tarea más difícil: organizar el sentido político del territorio que debía gobernar. La ciudad inconclusa no es una metáfora de obras pendientes. Es una metáfora de imaginación política interrumpida. Ahí hay una oportunidad.

La ciudad taller

Alguna vez el experto en marca ciudad Toni Puig, protagonista en la transformación de Barcelona, sostuvo que La Plata es el taller y Buenos Aires la vidriera. La frase es quirúrgica. La Plata produce. Buenos Aires exhibe. La Plata forma. Buenos Aires valida. La Plata fabrica, y Buenos Aires consagra.

El Indio Solari lo dijo a su manera en una de sus más célebres entrevistas. La Plata genera talento. Pero ese talento después debe ponerse a prueba en Buenos Aires. Según esa imagen, La Plata parece condenada a producir para que otros escenarios legitimen.

Las preguntas que siguen son incómodas. ¿Por eso ningún gobernador bonaerense llega de manera directa a la presidencia? ¿Por eso la provincia no pudo construir un ecosistema mediático verdaderamente propio? ¿Por eso se importan liderazgos porteños? ¿Por eso La Plata no logra transformar su enorme capacidad institucional en una conversación política de mayor escala?

El bonaerense suele reconocer antes a su intendente que al gobierno provincial. La identidad bonaerense se fragmenta en identidades locales muy potentes y rara vez se organiza en torno a una narrativa común. La Provincia aparece, muchas veces, como una instancia lejana, burocrática o difusa. Del municipio a la Provincia no hay solo un salto de escala. Hay un cambio de mundo.

El Indio Solari lo dijo a su manera en una de sus más célebres entrevistas. La Plata genera talento. Pero ese talento después debe ponerse a prueba en Buenos Aires.

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¿Verdaderamente fue La Plata el último gran proyecto bonaerense? La pregunta puede parecer exagerada o provocadora, pero es igualmente necesaria y pertinente. Porque sugiere que, desde 1882, la provincia no volvió a atreverse a tanto. Y hay algo de verdad en esa incomodidad.

Aquella fundación no fue solo una decisión administrativa. Fue un acto de audacia política extraordinaria. Una generación que enfrentó una crisis institucional grave que terminó con la amputación de su ciudad histórica y, lejos de responder con resignación, lo hizo con imaginación.

Decidió que la solución no era adaptarse a la mutilación, sino que era inventar algo nuevo. Incluso mejor. Una ciudad que no existía, trazada sobre el papel, levantada sobre el barro, proyectada hacia el futuro. Un gesto que, como dijimos, combinaba modernidad, visión estratégica y una confianza en la capacidad del Estado para transformar la realidad que hoy cuesta imaginar.

Desde entonces, la provincia creció. Se complejizó. Se fragmentó. Acumuló problemas que sus fundadores no pudieron prever. Pero hay algo difícil de perdonar. No volvió a producir un proyecto de esa envergadura. No volvió a preguntarse con esa audacia qué quiere ser, cómo quiere organizarse, desde dónde pensarse. Cada generación heredó la pregunta y la postergó. La administró. La gestionó. Pero no la respondió.

El mito fundacional de 1882 pesa sobre la provincia como orgullo y, a la vez, como trampa. Un origen tan extraordinario que inhibe en lugar de inspirar. Una hazaña tan grande que disminuye lo que sigue. Y así, paradójicamente, la ciudad más ambiciosa que produjo la provincia se convirtió en el argumento para no volver a ser ambiciosos. Ya lo hicimos una vez. Como si eso alcanzara. Y no alcanza. Nunca alcanzó.

Imaginar lo bonaerense

A poco de alcanzar los 150 años, La Plata enfrenta una oportunidad singular. No la de celebrar su historia, sino la de volver a discutir su misión. Durante demasiado tiempo la conversación sobre la ciudad osciló entre la nostalgia y la gestión. Entre el orgullo por el pasado y las urgencias del presente. Entre el mito fundacional que acecha y la necesidad de futuro.

Pero la pregunta más importante es otra: ¿qué papel puede desempeñar la ciudad en la construcción de una nueva imaginación bonaerense? Esa pregunta no es solamente urbana. Es política. Porque la fundación de La Plata fue, antes que nada, un ejercicio extraordinario de imaginación política.

Desde la propia capital se insinúa, ahora, la posibilidad de poner estos temas en agenda. El exsenador Juan José Amondarain es uno de los que piensa y trabaja en ese sentido. Un paper que circula entre intelectuales y dirigentes estimula la conversación en torno a lo bonaerense como categoría política propia. Está por verse si esa innovación logra irrumpir en la campaña electoral con miras a las elecciones del año próximo y si, esta vez, alguien decide quedarse a discutir la provincia desde adentro. No es bueno dejarse pensar por otro.

Las provincias no se vuelven inviables por su tamaño o sus contradicciones. Se vuelven inviables cuando renuncian a imaginarse.

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Tiempo de innovar

Los desafíos del siglo XXI no parecen menores. Gobernanza metropolitana, transformación tecnológica, transición ambiental, crisis de representación, reorganización territorial y nuevas desigualdades configuran una agenda que difícilmente pueda resolverse con las herramientas del pasado.

¿Descentralizar? ¿Dividir? ¿Regionalizar? ¿Otorgar finalmente las autonomías municipales que quedaron truncas en la reforma constitucional de 1994? ¿Construir una gobernanza metropolitana para el conurbano? ¿Pensar regiones productivas, corredores urbanos, nuevas formas de representación? El problema bonaerense no se resuelve solamente con plata. No se trata solo de reclamar los puntos perdidos de coparticipación o de emular el fondo de reparación histórica del conurbano como en tiempos de Duhalde. Tampoco de resolver una cuestión impositiva. Se resuelve, también, con imaginación, creatividad y coraje político.

Si la fundación de La Plata fue el gran proyecto bonaerense, la pregunta resulta inevitable: ¿cuál será el próximo? Porque las ciudades no se vuelven irrelevantes cuando envejecen. Se vuelven irrelevantes cuando dejan de formular las preguntas que su tiempo necesita. Y las provincias no se vuelven inviables por su tamaño o sus contradicciones. Se vuelven inviables cuando renuncian a imaginarse.

Tal vez el desafío de esta generación no sea construir otra ciudad. Sino animarse, por fin, a construir una idea de provincia. Porque el tren sigue pasando, pero ese Expreso de las 5 ya no es el mismo. Toda provincia necesita una capital. Pero, sobre todo, necesita imaginación. El verdadero viaje pendiente ya no es el del Expreso de las 5, sino el regreso de la dirigencia bonaerense a la provincia que todavía no terminó de pensar.

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