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20 de julio de 2026

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5 de octubre de 2025

EL CIUDADANO ÁLVAREZ

Luciano Chiconi

@mazorcablanca
Dossier Chacho
Tiempo de lectura: 11 minutos

El tiro del final del Hotel Castelar lo dejó fuera del cuadro de honor de la historia del poder, pero también lo disoció, en parte, de la gran foto de egresados de la política de los ´80 y ’90: en ese gesto final de lealtad a la representación que fue su renuncia, Carlos Álvarez anticipó como casi ningún político de la época su firma al pie del Que se vayan todos. Fue el único que perdió y no volvió, el único que se equivocó y pagó.

Después de su renuncia, solo tuvimos un Álvarez ciudadano, un hombre que prefirió ser recordado por estar más cerca de la sociedad que del poder, aun cuando ese recuerdo, desde lo político, remita de manera intempestiva a la experiencia de un fracaso. En esa decisión de “no volver” y diluirse en la vida cotidiana porteña hay un rasgo intuitivo de la construcción política que acompañó a Álvarez en sus mejores años, y que hoy sería muy bien pagado por la sociedad en busca de representación: si hubiese que contar la historia política de Álvarez entonces hay que contar la historia de un político anti-casta, un tipo signado por la convicción de que la verdadera política se hacía contra las elites corporativas que distorsionaban la democracia y jugaban más a favor de los poderes que de la sociedad.

Bajo esa lógica se desarrollaron todas sus rupturas y armados: el Grupo de los Ocho era “la representación” contra el poder del PJ, el Frente Grande era el partido joven contra los aparatos del PJ y la UCR, el Frepaso era el partido de la gente contra un poder menemista dentro del cual Álvarez ponía en litigio la validez democrática de casi todo el sistema de poder pejotista (barones del conurbano, sindicatos, jueces federales, burguesía nacional).

Carlos Álvarez: un político cosmopolita que predicaba el anti-elitismo, un político que se edificó probándole a la sociedad que representar bien era más importante que ejercer el poder (el huevo o la gallina del orden democrático) y que cimentó su camino de gloria enumerando, como pocos, aquello que la clase media amaba odiar.

Las dos caras de los ´90: si Menem armó una economía para la clase media, Álvarez le parió una política a la clase media. Menem le entregó un modelo de consumo, Álvarez le entregó un modelo de representación

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La gran vocación de mayorías de Álvarez fue crearle un nuevo amor a la clase media después de la derrota de Alfonsín, lo cual significaba también darle un upgrade al sistema democrático: el Frepaso no venía a reemplazar a la UCR ni a recuperar tradiciones partidarias “aparatistas”; Álvarez entendía que la disputa por la clase media ya no se materializaba a través de afiliaciones, marchitas, partidos de cuadros, encuadres movimientistas o reivindicaciones nostálgicas del pasado, sino con una camada de dirigentes más parecidos a sus votantes que a sus propias biografías ideológicas. La hegemonía chachista se fundó en una conquista líquida, ética, más amorosa que política, de los valores culturales de la clase media. El Frepaso fue más un partido cultural que un partido político, y Álvarez fue un extraordinario malabarista terapéutico para entender y aceptar los nuevos límites posmodernos que la clase media le ponía a su confianza en la política y a su compromiso con la democracia.

Aquí radica uno de los legados (quizás poco reconocido) de Álvarez a la praxis política: fijó un modelo de partido liviano y militancia más ciudadana que orgánica como manual político de llegada a la clase media que luego se institucionalizaría (ARI, CC, Acción por la República, PRO, LLA) y fundó la identidad progresista argentina de masas sobre una base social líquida, más pragmática que dogmática, que apelaba constantemente a valores y no a un programa político férreo.

Lo que no se comprendió claramente luego de la experiencia de masas del Frepaso por parte de los nuevos progresismos que vinieron después de 2001 (incluido el kirchnerismo) fue hasta qué punto esa base social líquida del partido progresista era constitutiva de cualquier hegemonía progresista exitosa en la Argentina. El teorema de Álvarez supone que no hay progresismo sin clase media (no hay política sin clase media) y que esa conjunción implica una ruptura permanente con el pasado político. La singularidad del Frepaso fue que no se construyó a través de la evocación del peronismo o de la izquierda, y que Álvarez siempre le escapó al nacanpopismo y a visiones nacionalistas de la historia que eran incompatibles con su idea de hacer un partido popular de clase media (una cuestión clave que explica su ruptura con Pino Solanas en 1994 y su confluencia con la UCR en 1997); si hacemos la secuencia aluvional del partido chachista desde su ruptura con el peronismo en 1990, vemos la construcción de un progresismo cosmopolita (más ligado a la experiencia progresista global, desde el PT o el Frente Amplio hasta el giro posmo de Blair y Giddens) y de outsiders (el entonces fiscal Aníbal Ibarra, Fernandez Meijide, el obispo De Nevares, el dirigente agrario Humberto Volando) que interpretaba con mucha más fidelidad el afán de novedades que la sociedad noventista buscaba en la política, que cualquier referencia a Perón, Cámpora o la izquierda nacional de Abelardo Ramos.

Las dos caras de los ´90: si Menem armó una economía para la clase media, Álvarez le parió una política a la clase media. Menem le entregó un modelo de consumo, Álvarez le entregó un modelo de representación. La clase media y sus dos maridos: una utopía que haría su síntesis ganadora, tan lógica como imposible, en la Alianza de 1999.

La hegemonía chachista se fundó en una conquista líquida, ética, más amorosa que política, de los valores culturales de la clase media

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Su “condición peronista” era esquiva, casi ausente en los gestos telúricos de la pertenencia (deditos en v, marchita) y difícil de detectar en sus dotes retóricas de cuadro socialdemócrata, más tendientes a encarnar en cuerpo y verbo la idea moderna de la superación del peronismo realmente existente. Quizás lo peronista de Álvarez estaba en su sensibilidad para ir ajustando los tonos de su partido progresista a las mutaciones anímicas de esa clase media indómita que era su obsesión y su razón de ser en la política. Del Grupo de los Ocho a la Alianza, lo que avanza es la construcción de una identidad progresista que se aleja de sus amenazas dogmáticas setentistas (el peronismo, la izquierda, el nacionalismo, la teoría de la dependencia) para firmar al pie de las reglas de juego elegidas por la clase media para bendecir mayorías: las de la democracia liberal.

Desde un plano más social y quizás íntimo, el gesto peronista de Álvarez podía descubrirse también en el inédito feedback familiar que desarrolló para tutearse con la clase media porteña y del país, para entender sus códigos, para lograr que sus votantes lo llamaran por su apodo con la naturalidad de quién habla de o con un tío, un hermano o un vecino de toda la vida. Alvarez alimentaba ese fuego sagrado de la representación con ironías, chistes, redoblaba la picardía para traspasar la pared ideológica (el progresismo no podía ser testimonial, decía), militaba el galanteo con la señora cuarentona de Flores en la calle y también con Mirtha Legrand o Dolores Barreiro en la televisión. Alvarez fue el político de su época que mejor comulgó con la intimidad política de la clase media y al que la clase media eligió sin pedirle nada a cambio (un político del llano, que no era elegido por su obra en el poder), lo cual luego explicaría el extremo dramatismo que suscitó su renuncia a la vicepresidencia.

Estos berretines políticos de Álvarez (la clase media, las mayorías, la democracia, el posperonismo) serían un ejemplo más del alcance de la larga huella de la Renovación Peronista a la hora de fijar los diez mandamientos de la teoría y praxis de la política pos 1983. En el caso particular de Carlos Álvarez, quizás se trató de un hijo pródigo de esa Renovación, que no se dedicó a pensar al peronismo desde adentro como partido de poder, pero que se valió del decálogo renovador para armar un “partido de izquierda” de mayorías y en ese proceso “proteger a la clase media” de los embates corporativos de los sindicatos, del vanguardismo de las orgas y de la infalibilidad descamisada que muchos dirigentes invocaban en nombre de los valores peronistas.

En un sentido conceptual, el “Álvarez cuadro” era un peronista blanco que no consideraba que la representación sindical cegetista fuera más ampliamente democrática que la que se construía desde la política o el partido. Como buen renovador, Álvarez tenía un reflejo antisindical que se expresaría en la incorporación de cuadros sindicales anticegetistas al Frepaso (Germán Abdala, Mary Sánchez, Alberto Piccinini), y más tarde, en el marco de su adhesión cauta al gobierno de Kirchner, en la crítica de su alianza con Moyano y D´Elía, que luego de la crisis del campo de 2008 terminaría de alejar al kirchnerismo de la clase media.

Si hubiese que contar la historia política de Álvarez entonces hay que contar la historia de un político anti-casta, un tipo signado por la convicción de que la verdadera política se hacía contra las elites corporativas que distorsionaban la democracia

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La formación renovadora sería crucial para erigirlo en soldado de la clase media casi como un posicionamiento pre-político, anterior a cualquier dogma peronista, izquierdista o progresista liberal. Para Álvarez, esa lealtad hacia la sociedad estaba por encima de la lealtad hacia la política; de ahí el sarcasmo antiperonista de su famosa frase del “librito de Jauretche” (“sacamos el librito de Jauretche para enseñarle a la clase media cómo es un verdadero proyecto popular”) que fue un principio político clave para pujar “por izquierda” en la disputa de mayorías frente al menemismo y la UCR durante los ´90, y que luego sería el salmo táctico para que la Alianza ganara en 1999. No hacer gorilismo de izquierda: otro legado vigente del teorema de Álvarez, si pensamos en la actualidad del peronismo.

Nuevamente, ahora en la pertenencia común a la Renovación de los ´80, las dos caras de los ´90: Menem y Álvarez pensaron el neoliberalismo y el progresismo no tanto como un despliegue de ideas sino como una fórmula de gobernabilidad de la clase media argentina. Menem construyó un partido del orden, Álvarez construyó un partido de la sociedad.

Sin embargo, esa lealtad privilegiada a la sociedad por encima de la política, ese flotar líquido que le insuflaba el carisma ciudadano y lo fortalecía en la opinión pública no era una pura virtud; también era un exceso de llano que se desentendía de pensar un poder y una economía para el “día después”, para lidiar con las (ahora sí) exigencias de la sociedad en su hora victoriosa, y para finalmente cumplir con la utopía chachista: “superar” al peronismo como proyecto partidario de masas. No es ninguna novedad decir que el punto ciego del proyecto de Álvarez era la Convertibilidad. La sombra terrible de su disputa por la clase media no era contra el peronismo político de Menem, frente al cual logró imponer una política superior en la lucha contra la corrupción o en la defensa de intereses sociales que el Frepaso instaló poder gestionar mejor (la educación vía Carpa Blanca), sino con la inasible dimensión cultural de la economía menemista. El “uno a uno” tomó vida propia, ya no era una causa peronista, y a lo largo de la disputa de los ´90 se transformaría en el hecho maldito de la hegemonía progresista de Álvarez.

Se podía ver ya en la campaña de 1995, como una variante dramática del teorema de Baglini: a medida que el Frepaso rompía el bipartidismo y crecía, no podía militar en contra de la Convertibilidad. Ese largo proceso que se consumaría con la experiencia de la Alianza reflejó hasta qué punto la decisión de no pensar un poder progresista hasta las últimas consecuencias (con menos lealtades sociales y más coraje reformista, que era como el peronismo pensaba su poder) privó al proyecto de Álvarez de ensayar una economía propia, capaz de matar al “uno a uno” cuando se hiciera necesario. La pregunta todavía hoy es si eso era posible, si se podía vencer a la Convertibilidad sin matar a la clase media, porque en la crisis de 2023 que coloca a Milei en el poder (y más que eso, que jubila a la clase política de 2001-2023) lo que sigue resonando es el malestar social por la ausencia de una convivencia entre democracia y mercado que la Convertibilidad había soldado, “por última vez en la historia”, como una Moncloa de la sociedad.

Esa conversión de Álvarez al “uno a uno” tomaría la fuerza de una convicción con el ejercicio de poder concreto que ejecutaría para, como se dijo mucho, colocar a Cavallo en el gobierno de De la Rúa, casi un único y último gesto de poder en el centro del poder. Pero aun en ese poder había una decisión que no se tomaba para salvar al gobierno o por la asunción de una verdad neoliberal de última hora (comparable a la conversión “socialista” de Adolfo Suárez en sus últimos años de gobierno como una concesión a la verdad histórica que traía la llegada del PSOE al poder), sino para cerrar filas con los sentimientos invencibles de la clase media. Su renuncia a la vicepresidencia y el lobby para meter a Cavallo en un gobierno que ya no era el suyo tienen la marca que dejó Álvarez en la democracia, para bien y para mal: la representación era la luna de miel o el pacto suicida con la sociedad antes que la “conservación autoritaria” de un poder.

Se podía ver ya en la campaña de 1995, como una variante dramática del teorema de Baglini: a medida que el Frepaso rompía el bipartidismo y crecía, no podía militar en contra de la Convertibilidad

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Quizás sería demasiado injusto ligar la figura de Álvarez con la displicencia del poder; en los tiempos ascendentes del Frepaso había una ucronía del poder, un sueño de llegar solo, Álvarez como el amo y señor de una transversalidad socialdemócrata que se despegaba de los vicios bipartidistas, Álvarez quería llegar solo como Frondizi, depender de él mismo tanto para esperanzar como para fracasar. La luz de ese poder sería progresivamente eclipsada por el mito y la realidad de un bipartidismo que siempre “metía la cola”: la derrota imposible contra Bordón en la interna del ´95 quedó en la historia como el fraude conceptual del aparato peronista (Duhalde, Moyano) contra el candidato de la gente, y a partir de allí Álvarez asumiría una visión más realista y frustrada de su poder. En el marco de la alianza con la UCR ya evitará poner la cara como candidato en la interna y negociaría su lugar como vice aceptando de antemano la cooptación radical de la nueva coalición. En ese aspecto, la Alianza nació con la renuncia política de Álvarez a su poder frente a los radicales que desde el día cero forjaría, como una profecía, la renuncia institucional del 6 de octubre de 2000.

Fuera de la Banelco y de las internas, ¿qué fue la renuncia de Carlos Álvarez? En términos sociales, significó la fractura hegemónica de la Alianza por el lado de quien había provisto los lineamientos políticos, carismáticos y culturales para reconstruir al partido de la clase media. La salida de Álvarez del gobierno implicaba una salida simbólica de la clase media del proyecto aliancista: la propia inconsistencia política del armado de la Alianza hacía que una porción amplia del electorado hubiese votado, en una situación inédita, más al vicepresidente que al presidente. Se iba la sociedad, quedaba la casta.

Por esa razón, la renuncia de Álvarez provocó una falla tectónica de la representación: fue una especie de corralito político, un corralito constitucional que dejó sin opciones de voto a la clase media. O, mejor dicho, le dejó una única opción: el Que se vayan todos. Es muy probable que la decisión de Álvarez apuntara a traducir en un veto extremo el descontento de la sociedad para erigirse en el árbitro político del apoyo social a De la Rúa, pero la renuncia causó un sismo profundo que rompió el partido de la sociedad que Álvarez había construido pacientemente a lo largo de una década. Esa fractura se proyectaría más allá de la crisis del 2001, ya que la construcción de una hegemonía de clase media para gobernar la Argentina sería un problema latente tanto para el peronismo como para el no peronismo que llega hasta nuestros días.

Tampoco sería una novedad decir que Álvarez afrontó el invierno de su propia decisión: casi toda esa clase media que lo había elegido ahora se dividía entre quienes le habían pedido que siguiera en el poder y los que “entendían” su renuncia como un destino dramático y pesimista del “país sin solución”. En ese last dance de la representación en el Hotel Castelar, Carlos Álvarez sería fiel al mismo instinto que le había dado un nombre en la historia política argentina: se dejaría llevar por los vientos de la sociedad civil en contra del orden marcial de la política, y en ese dilema, preferiría ser un ciudadano.

A veinticinco años de los hechos, quizás aquella renuncia pueda traer algunas enseñanzas positivas: en principio, porque además de ser una “decisión irresponsable”, fuera del cálculo político, también fue el último capítulo de una tradición en la cual los políticos laburaban a destajo para crear representación en la selva sociológica de la sociedad argentina. Álvarez fue un profesional de la representación que hoy no tiene herederos, mientras todavía existe esa sociedad (quizás más que ayer) que reclama la aparición de un Álvarez que esté dispuesto a brindarle un exceso de lealtad.

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