20 de julio de 2026
Estuvo en cartelera de las principales cadenas, ahora en menos cines. La vimos en el Belgrano Multiplex de CABA, en una pequeña sala, una de las dos del segundo piso, en la esquina de Vuelta de Obligado y Mendoza. Los niños, con la abuela. Aunque el cine se puede ver por Mubi, pagando menos que a la industria de las demás plataformas; sin embargo, está filmado para ser visto en pantalla grande; y la última película de Lucrecia Martel, como todas las que filmó, no está hecha para el televisor.
Se paseó por radios y canales de streaming con el estreno de Nuestra tierra, de un modo calculado como sólo hacen los artistas de vanguardia, con pleno control de lo que busca cuando deambula por medios después de un estreno; en las distintas intervenciones casi no se repite. Despliega un proyecto y una poética. Y como Martel sabe, el algoritmo va a hacer su tarea, y quienes salimos del cine la buscamos en YouTube y escuchamos, por ejemplo, una charla que dio en Colombia hace unos meses, o que al día siguiente la vamos a escuchar en entrevistas con Jorge Fontevecchia, Pedro Rosemblat, Julia Mengolini, Rosendo Grobocopatel o Elizabeth Vernaci; habla sobre cine y sobre el mundo, sobre el rol de los artistas del sonido y de la imagen en la cultura y la política contemporáneas.

Nuestra tierra es uno de los documentales más importantes del cine argentino, a la altura de los de Werner Herzog. A diferencia de las otras películas de Martel, Nuestra tierra fue elaborada íntegramente con archivos. La documentalista produce su propio material de archivo. A su manera, el modo singular de Martel que habría que definir con precisión –en su diferencia, por ejemplo, con Los rubios de Albertina Carri–, borra los límites entre realidad y ficción. Como el director chino Jia Zhangke en Naturaleza muerta, trabaja con la libertad del relato de ficción y con materiales que provienen del mundo no ficcional. En el caso del director chino, el fondo de la historia son los pueblos que se inundan por la construcción de la represa más grande construida en el planeta, la de Tres Gargantas. En Martel, se trata del asesinato de un cacique indígena, Javier Chocobar. En Zhangke el fondo es documental y las historias de los personajes son ficcionales, no obstante, se trata de historias “mínimas”, un obrero de la construcción viaja en busca de su hija después de años de distancia y un desencuentro amoroso, superpuestos sin mayor explicación; lo que interesa es la radical transformación del mundo alrededor.
Nuestra tierra es uno de los documentales más importantes del cine argentino, a la altura de los de Werner Herzog. A diferencia de las otras películas de Martel, Nuestra tierra fue elaborada íntegramente con archivos.
En Martel, las tramas ficcionales son instrumentos también “mínimos”. Una pareja joven del pueblo de Chuschagasta sueña con tener hijos y mudarse a una casa que podrían construir dentro de esas mismas tierras. O el diseño de los personajes reales que dan testimonio en escenarios singulares; el mundo ficcional inunda toda Nuestra tierra. Sin embargo, la última película de Martel a diferencia de sus anteriores largometrajes es un documental. Las escenas donde se ve a los propios pobladores observando fotografías o videos recuerdan a los protagonistas a La batalla de Chile, mirando esa película en La memoria obstinada de Patricio Guzmán. El documental de Martel tiene en el centro al archivo del juicio por el asesinato de una autoridad del pueblo originario. Mientras filma el juicio, ella no sabe que los asesinos van a ir presos. Recurre al género de las películas de jueces, abogados y fiscales, en base a un juicio real filmado en vivo por la mejor directora de cine argentina de todos los tiempos. En cierta forma se podría comparar con otras películas, El Juicio de Ulises de la Orden –177 minutos que seleccionan escenas de 530 h. de material de archivo del Juicio a las Juntas–, con 1985; todas dialogan con el subgénero de ficción que incluye –según IMDB en el podio– a Cuestión de honor con Tom Cruise.
Nuestra tierra es la historia de un juicio que termina bien. Los responsables del crimen de Javier Chocobar, un hombre del pueblo Diaguita de los Chuschagasta, en Tucumán, terminaron presos. El juicio es también un proceso a nuestra historia como país con los pueblos de nuestra tierra. En el juicio se disputa la propiedad. El hombre que contrató dos sicarios para amenazar y terminar matando a Chocobar, en algún momento, pagó por una tierra poblada. A los habitantes constituidos como una comunidad con autoridades originarias, los diferentes dueños les cobraban con parte del ganado y del cultivo; igual que en el feudalismo. En determinado momento, a un propietario se le ocurre que lo mejor que puede hacer con esas tierras ya no es explotar indios sino minerales y se enfrenta ante una comunidad organizada. El dueño, Darío Amín, se asocia a un sicario, Luis Humberto Gómez, policía retirado, y junto a otros policías llevan adelante un operativo para intimidar a los habitantes de Nuestra tierra. El asesinato quedó filmado. Cuando se produce el forcejeo había una cámara prendida que cae al piso, se escuchan los disparos y los gritos.
Esas imágenes de archivo que son parte fundamental de la causa están rodeadas por otras pruebas; Martel filma la reconstrucción de los hechos en el lugar, diseñada por peritos con participación de los protagonistas. El juicio real se vuelve ficción para dar cuenta de la verdad. Martel hace lo mismo que Borges con el género policial en Emma Zunz: invierte al género documental, apela a la memoria del espectador del subgénero ficcional de los juicios, aunque con base en un archivo –en parte filmado en vivo– de un juicio real. Con la perspectiva de la diégesis, la historia comienza desde el punto de vista de la coartada de los victimarios; en el juicio, los asesinos imponen su discurso. Los pobladores originarios hablan poco, y mal, ante el micrófono y la jueza. Luego, la película como una novela corta introduce un punto de giro que trastoca la percepción. En cierto momento, se abre a las vidas de los pobladores originarios, a partir de un archivo insurgente: una extraordinaria colección de fotos “privadas” acompañadas por archivos de audio tomados de los celulares de los pobladores. Nuestra tierra discute el lugar dado a los habitantes originarios en la historia política y cultural, de un modo nunca antes realizado en Argentina. Javier Chocobar fue asesinado nada menos que un 12 de octubre del año 2009. En 2018, los asesinos fueron sentenciados en primera instancia. En 2025, dieciseis años más tarde, la Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmó las condenas. En 2017, asesinaron a Rafael Nahuel, y, sin embargo, la película no lo menciona, jamás pierde el foco. El caso de los Chuschagasta es seguido por Martel, durante más de una década.

Su orientación política, aspecto acerca del cual ella habla en distintas ocasiones, pone al cine a disposición de una lucha contra el discurso hegemónico. Se refiere menos al concepto de “batalla” que al de guerra. El cine como forma pacífica de hacer la guerra, de introducir un tema al pensamiento y la reflexión. Nuestra tierra incorpora al cine argentino en América Latina, permite pensar diálogos con el boliviano Jorge Sanjinés, con el indigenismo y con el ensayista peruano, José Carlos Mariátegui. La historia del pueblo de Chuschagasta en Argentina no estaba contada. En los créditos, cuando termina, se listan detalles significativos: la nómina de personas involucradas en el juicio, y, entre otros nombres, un colectivo de cine local, un taller de cine. Martel construye su propio archivo, trabaja con la comunidad. Igual que Sanjinés en Sangre de cóndor, el cine ingresa al territorio y se involucran los pobladores. El archivo de fotos evoca un mundo en el siglo XX. El peronismo. Viajes de mujeres que trabajan como personal doméstico desde Tucumán a Buenos Aires, hasta el barrio de Villa Urquiza –cerca del complejo de cines Belgrano Multiplex–, historias de casamientos y fiestas populares. El archivo insurgente de Nuestra tierra, exhibe al mundo negado por las instituciones de la “República”, evocadas en la voz de la abogada que defiende a los acusados del crimen.
Nuestra tierra es la historia de un juicio que termina bien. Los responsables del crimen de Javier Chocobar, un hombre del pueblo Diaguita de los Chuschagasta, en Tucumán, terminaron presos. El juicio es también un proceso a nuestra historia como país con los pueblos de nuestra tierra.
A partir del sonido, Martel trata al archivo como cine de ficción. El sonido extraña la percepción, y cuenta la historia. En la charla de Colombia dedica parte de su discurso a la cuestión del sonido y es una marca en su obra señalada por la crítica. La obsesiona lo que nombra como “retracción del espacio y del tiempo”. Una nueva forma de existencia, en el mundo contemporáneo de los dispositivos móviles y la IA. Sin embargo, cuando habla de su manera de hacer cine se refiere al sonido, a lo que hace con los audios. Blow out. Mediante la preponderancia del sonido desconfía de la visión; se dedica a contar historias, desde el punto de vista de lo que escuchamos los espectadores. La tensión, que nunca cae, está provocada por las imágenes de drones sobre el valle, el sonido y las voces. El sonido abre la percepción del espacio, las voces, la historia que se cuenta con palabras en la cabeza, es la de un pueblo que preexiste a la propiedad de Nuestra tierra. ¿La tierra de quién? ¿De los “argentinos que bajamos de los barcos”, según la célebre frase de Alberto Fernández en 2021, o de los pueblos que estaban ahí? Si somos un mismo pueblo –como pretende con acierto la modalidad de Educación Intercultural Bilingüe, de la educación pública–, el primer paso es reconocer nuestra mezcla entre los gauchos de Güemes y el colono, en la literatura de Hudson o Hernández. La cruza criolla entre el trabajador inmigrante y el poblador originario, con el ritmo afro del tango y otras músicas de América.
Desde la perspectiva brasileña, Bacurau, se trata de la mezcla que pone en evidencia el ensayista Gilberto Freyre; en ese caso, con la influencia africana, lusitana y originaria. ¿Somos un pueblo? Se pregunta Martel en sus intervenciones públicas. Propone una idea detrás de otra, tiene un punteo y cuestiones que quiere desarrollar, pero va al hueso de ideas que tiene pensadas y las va hilando; incluso con humor. La cultura debe estar al servicio de una causa; se autopercibe por momentos hablando como un “pastor” –por el bastón o el cayado de Moisés–, sin embargo, se trata de una posición política en sentido sartreano. ¿Qué hacer con lo que hacen de nosotros? En otra entrevista años atrás, cuando reflexiona sobre lo que se veía venir con las nuevas derechas y la pandemia, Martel dice que el problema no sólo es político, sino también cultural. En efecto, se trata de dar una “batalla” cultural. En su caso, la diferencia aunque tiene menos impacto inmediato en las redes sociales que las “victorias” de la supuesta “batalla” cultural de los nuevos fascistas; a la larga, películas de Martel se seguirán viendo por siempre, y los libertarianos que se auto perciben dando “batallas” entre las cuatro paredes de su algoritmo de las redes sociales, no duran más que instantes.

El cine es configurador del mundo, al menos desde la segunda mitad del siglo XX. El éxito de Nuestra tierra no se restringe a la “batalla” de una secta política. Se trata de un acontecimiento cultural, en el sentido de que antes y después la historia cambia. El documental permite volver a pensar sin prejuicios. La voz en off en los últimos minutos de Nuestra tierra,que interpela al tribunal con su propia versión de los hechos, que no es la voz de Martel, y que no obstante responde al punto de vista del film sobre el caso, resume el testimonio de una investigación: los pobladores a sus ancestros enterrados en el Cementerio del lugar. Sobre el final, provoca un efecto: la parte del pueblo que está presente en el juicio, un grupo numeroso de personas, al escuchar la sentencia en favor de los Chuschagasta, se emociona: vemos jóvenes desahogarse y a los sentenciados salir con esposas en las muñecas. La lucha colectiva por Javier Chocobar que se extiende a la calle, a las pancartas y la movilización popular, consigue justicia, y la identificación de los espectadores en el cine con las víctimas es total.
¿La tierra de quién? ¿De los argentinos que bajamos de los barcos, según la célebre frase de Alberto Fernández en 2021, o de los pueblos que estaban ahí? Si somos un mismo pueblo, el primer paso es reconocer nuestra mezcla entre los gauchos de Güemes y el colono, en la literatura de Hudson o Hernández.
Avanzados los créditos, cuando prendieron las luces, todavía había personas conmocionadas. Salimos casi sobre la última línea de los créditos, directo a escucharla a YouTube; mientras cocinamos algo en casa. De ahí a tomar este apunte. La perspectiva latinoamericana de Nuestra tierra, dialoga con el final de la película Puán. Un profesor de filosofía porteño canta un tango en Perú. Con Nuestra tierra, Martel abre un universo postergado no sólo en el cine –habría que seguir la pista del mensú, que abren Javier Trímboli y Guillermo Korn–, sino en la cultura en general. El componente originario de nuestra identidad nacional no es un asunto nuevo; está en la frase célebre de San Martín y también en Eurindia de Ricardo Rojas. Incluso en la poesía inicial de Ezequiel Martínez Estrada. Existe una tradición del pensamiento a contramano de los asesinos de Rafael Nahuel y Javier Chocobar. La discusión posible para una agenda pendiente, se podría organizar alrededor del concepto de Estado “plurinacional”, tal como se discutió en Bolivia. Cuando debatan en el Congreso o en una eventual asamblea constituyente una medida de esas características, que sea capaz de transformar la asignación de identidad del Estado asociada a “los que bajaron de los barcos”, sería pertinente que usen el documental de Martel como argumento en favor de reformas concretas, todavía más profundas que la reforma de 1994.



