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27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

23 de mayo de 2025

DOÑA MARÍA. HISTORIA DE VIDA, MEMORIA E IDENTIDAD POLÍTICA

Daniel James

Lecturas
Tiempo de lectura: 6 minutos

(Adelanto del libro de Daniel James)

María Roldán: Entré al frigorífico en 1944, en la picada. Cortaba carne y le sacaba el nervio y ponía la carne limpia ahí y el nervio en otro tacho, había que hacer cien kilos de carne limpia por hora. Esa era una sección muy grande, mil doscientas mujeres. Era un pueblo, era una cuadra, usted miraba así, todo blanco de gente trabajando, hermoso, era un espectáculo. La carne la traían los hombres primero en las zorras, y más adelante las trajeron en la noria, una máquina, después fueron entrando otras máquinas. Caía del techo de arriba y venía. Esa línea pasaba por todas las mesas. Tenían que agarrar un pedazo y el cuchillo para sacarle el nervio. No fue difícil de aprender. Las ganas de llevar un peso a la casa y el hambre y la necesidad le obligan a aprender en dos días. Era trabajo duro. Muchas se cortaron, yo me corté acá y la marca me quedó para toda la vida. Otros se cortaron mucho, hubo también accidentes fatales, resbaladas, huesos rotos de las personas, en fin. Comenzábamos a las seis de la mañana, salíamos a las doce, entrábamos a la una, salíamos a las siete, a las ocho. Del mediodía, entrábamos a la una, una hora para comer, ir a casa, todo, no alcanzaba para nada, muchas se quedaban a comer en los boliches de por ahí, un sándwich y una Coca-Cola, y otra vez adentro, pero uno que quería ver a sus hijos venía de una escapadita. Y después volver a la una, hasta las siete, seis y media, ocho, de acuerdo a los animales que se habían matado. Porque todos los días no era igual, no era una cosa fija. Al comienzo del día ya estaba la carne ahí, ya estaba el tacho bien limpito ahí, ya estaba el que pesaba con la balanza ahí, ya estaba el apuntador que apuntaba los kilos. Había un límite, que había que llegar a por lo menos noventa, cien kilos por hora. Y si no llegaba la acusaban. Una vez le dijo un jefe a una chica: “Usted es una inútil”, y yo, que era delegada, le dije: “Cuide la boca, señor, acá no hay ninguna inútil, la chica no puede hacer más de lo que hace, pero cada día va a trabajar más, cada día va a rendir más, pero no la insulte, no la ofenda, es una mujer”. “Usted es una inútil”, le dijo.

Mientras uno estaba trabajando, no había posibilidades de hablar con las compañeras. Lo más que podíamos decir, cuando veíamos que ellos se retiraban un poco, que se iban afuera a fumar un cigarrillo, era: “¿A qué hora saldremos hoy?”; “hoy hay mucho trabajo, vamos a salir tarde”, pero despacito, nunca hablar cuando andaban ellos ahí rondando porque era como estar en una iglesia, en una misa, una esclavitud tremenda, la verdad de las cosas. Para tomar el mate cocido teníamos veinte minutos. En esos veinte minutos que nos tomábamos, había un tanque, una canilla y nos llevábamos en una bolsita una galletita, un pedazo de pan y lo comíamos con el mate cocido para tener algo en el estómago hasta las ocho.

Era trabajo duro. Muchas se cortaron, yo me corté acá y la marca me quedó para toda la vida. Otros se cortaron mucho, hubo también accidentes fatales, resbaladas, huesos rotos de las personas, en fin

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Daniel James: La actitud de las mujeres con respecto a los capataces, ¿cómo era, con algo de miedo?

María Roldán: Miedo al ser humano, al capataz, no; miedo a perder el trabajo y quedar sin pan. Entonces, por ese miedo a perder el trabajo y quedar sin pan, se lo respetaba como a un dios, se veía venir al capataz y había que agachar la cabeza y trabajar lo más que se podía porque de ellos dependía; daban el informe arriba, tal obrera anda bien, tal obrera anda regular o tal obrera anda mal. Cuando el capataz no estaba, hablaban malísimamente de él. Algunas decían: “Qué ganas de darle una trompada”. Nada de chistes, demasiada esclavitud fue. Unos capataces muy bravos, terribles. También había capatazas mujeres.

Yo fui siempre respetada por mis compañeras de trabajo. Llegué a ser dirigente en mi sección casi de entrada. No sé por qué. Dios lo sabe. Hicimos cartoncitos así, mandamos a hacer a una imprenta, afiliados al sindicato y afiliados al laborismo, las dos cosas marchaban juntas. Se entregaban, eran cincuenta centavos por mes la afiliación. “Si no podés pagar no pagás, pero afiliate al sindicato, firmame acá, firmame la ficha”, firmaban, firmaban, hasta que hicimos tres mil afiliados. ¿Sabe cómo hacíamos, profesor? A alguna gente le decíamos que si no se afiliaban al sindicato las íbamos a hacer echar del frigorífico, mentira, pero pobrecita la gente, las rusitas. Después, ya delante de los capataces, las mujeres decían “viva el Sindicato de la carne”, después que marcaban, que ya se iban, despacito, en el oído casi les decían “viva el Sindicato de la carne”, las que habían dicho que no se afiliaban, que tenían miedo: “Tenés que tener miedo si no estás adentro, porque te vamos hacer echar afuera”, y firmaban, firmaban. Acá yo me llevaba las tarjetas y en el baño las afiliaba, yo no, todas las delegadas, fue un momento en que hubo una gran colaboración de hombres y mujeres, porque ninguna golondrina hace sola el verano, lo hicimos todos, trabajamos todos muy bien. Hubo muchos y muchas otras personas que también lograron con la palabra y con los hechos llevar adelante esto tan hermoso que es la ciudad de Berisso, este paño de lágrimas que es hoy la ciudad de Berisso, porque acá si hoy tenemos sinsabores y falta de industrias, y nos falta mano de obra, y tenemos que emigrar para buscar un pedazo de pan, acá hemos tenido grandes satisfacciones, grandes alegrías, hemos sido muy felices los berissenses, cobrábamos nuestro dinero cada quince días, dentro de toda la explotación que existía, dentro de toda esa anarquía del patrón, había una felicidad porque cada quince días se veían unos pesitos frescos para poder seguir alimentando a los chicos, pagando los alquileres, comprando alguna ropita, y vivir pobremente pero con felicidad. Mucha gente nos decía a nosotros: “Ustedes lo que van a hacer es exponerse a que los lleven presos, a que los maten a palos, y que los hagan perder de vista en la Patagonia o por ahí porque con la oligarquía nadie puede, consigan la tranquilidad de seguir con su trabajo y no digan más nada”. Pero nosotros insistimos con nuestra rebeldía de que había que luchar por un mañana mejor, de que esos jornales eran de hambre, que eran nada más para sobrevivir, no para vivir, y conseguimos, a medida que iban pasando los días, los meses y los años, realidades, pero realidades positivas.

Cuando el capataz no estaba, hablaban malísimamente de él. Algunas decían: “Qué ganas de darle una trompada”. Nada de chistes, demasiada esclavitud fue. Unos capataces muy bravos, terribles

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Para mí lo más importante de esas realidades, que pude ver con mis ojos y palparlo, fue el respeto del patrón hacia el trabajador. Ya no se lo trataba como a un animalito, como a un mueble, como a algo que se usa, se lo trataba como se debe tratar al semejante, entonces el patrón respeta al obrero, se ha conseguido mucho más de la mitad, mucho más de lo que valen los salarios. El respeto y la moral de los pueblos están por delante de todo lo demás. Los cambios se fueron sintiendo muy lentamente, pero se sentían, después del 17 de octubre de 1945, cuando el pueblo argentino y extranjeros bien intencionados salieron a la calle a pedir la libertad de un hombre que estaba preso por las Fuerzas Armadas, que se llamaba Juan Domingo Perón. Desde ahí notamos el cambio, y cuando fuimos a trabajar no éramos prepotentes con el patrón, pero sí entrábamos con cierta gallardía, con cierto orgullo, decir “vengo a trabajar contento porque tengo quien me defiende”; desde Trabajo y Previsión ya hay un hombre seguro que nos defiende. Desde ahí fuimos más respetados, pero también nos hicimos respetar. Porque enumerar todos los paros chiquitos que hemos hecho, yo creo que son centenares. Fueron aislados, de dos horas, de cinco horas, de tres horas. Cada vez que ocurría un despido de un señor que, por razones de salud o ambientales o lo que fuera, no podía cumplir con lo que le obligaba la empresa a rendir, entonces nos despedían un compañero y se hacía un paro de media hora, porque, notificábamos a la gerencia: “Fulano de tal está despedido injustamente, si ese señor vuelve al trabajo porque tiene una familia que mantener, nosotros continuamos trabajando”. Ese compañero volvía al trabajo y nosotros continuábamos trabajando. Siempre tenía éxito.

(Foto de portada de María Roldán en la cocina de su casa durante las entrevistas con el autor, Berisso, 1987.)

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