Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

27 de diciembre de 2025

DESPERTAR EN EL ARCHIVO

Joaquín Sticotti

@Higosfrescos
Cultura
Tiempo de lectura: 7 minutos

El zen tiene dos formas complementarias de acceso al despertar. El zazen que consiste en la meditación ─es decir, respirar sentado─, y el koan, que consiste en la lectura de escritos que ofrecen formulaciones paradójicas. La palabra japonesa koan viene de la formulación china kung-an, palabra que se compone de kung (público) y an (archivo). El despertar puede conseguirse tanto desde la respiración contemplativa como mediante la lectura y análisis de los archivos.

Muchas veces parece que sabemos algo, pero no lo entendemos hasta que un elemento suelto nos hace comprenderlo retrospectivamente. Otras veces, tenemos una idea sobre un tema, un prejuicio o un juicio construido a partir de teorías, y un hallazgo inesperado nos hace cambiar lo que creíamos certero. Creer que sabemos, a veces, puede ser engañoso. Las cosas que nos pueden despertar no son muchas y, cuando se presentan, hay que saber aprovecharlas. Los archivos son una de ellas.

Hace poco encontré, en un cuaderno de la Red de Historia de los Medios de 2011, una conversación entre investigadores y archivistas sobre el material televisivo de Canal 7, a sesenta años de las primeras transmisiones televisivas. Se trata de una conversación extensa, con muchos interlocutores, que recuerda a las entrevistas de la revista El Ojo Mocho. Allí se discute sobre los archivos que comenzaban a digitalizarse en Radio y Televisión Argentina, archivos que terminaron dándole lugar a Prisma, el sitio web que conserva material histórico de la televisión argentina, principalmente de Canal 7 y ATC. La conversación gira en torno a los archivos, su digitalización y su puesta a disposición, tanto para el público en general como para los investigadores universitarios, en particular. En un momento, Javier Trímboli, por entonces asesor histórico de la TV Pública, afirma: “Hay un cierto culto por las ideas en Argentina, que de tanto gusto por las ideas se saca de encima los archivos. Porque los archivos empiojan las ideas”.

Esta discusión tiene sus antecedentes: en su libro Arqueología del saber, Michel Foucault opone el archivo al conocimiento a priori. En lugar de legitimar lo sabido, el archivo “libera las condiciones de emergencia de los enunciados”, se ubica en un lugar de intersticio, o limbo, entre el pasado y el presente, entre la tradición y el olvido. Más tarde otro francés, Jaques Derrida, les dedica un libro entero, Mal de archivo, y agrega la importancia de su domiciliación, es decir, de asignación de una residencia. Los archivos están ahí para recordarnos lo que acaba de dejar de ser pero todavía produce efectos en el presente; por eso deben tener un lugar al que ir a consultarlos. Son, como dice de vuelta Foucault, el margen exterior de nuestras propias prácticas actuales.

Creer que sabemos, a veces, puede ser engañoso. Las cosas que nos pueden despertar no son muchas y, cuando se presentan, hay que saber aprovecharlas. Los archivos son una de ellas.

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Hace poco, esta idea fue ejemplificada muy bien el cineasta iraní Jafar Panahí en una entrevista. Allí destacaba un valor archivístico del cine, distinto del régimen de inmediatez de las redes. Tomaba como ejemplo su película Offside de 2006, en la que mujeres se disfrazaban de hombres para asistir a los estadios de fútbol. Hoy esa prohibición ya no rige en Irán. No fue la película la que cambió las cosas, pero su existencia, dice Panahí, permanece como “una memoria de un momento en el cual las mujeres de mi país no podían asistir a los estadios de fútbol”.

Volviendo acá, y en una discusión todavía más antigua, Lucio V. Mansilla discute con el cacique ranquel Mariano Rosas. Leemos a Mariano Rosas a través del texto de Mansilla, pero aun así algo de su voz nos llega. Ambos sostienen ideas diferentes sobre lo que va a suceder con la tierra que, aún en 1870, pertenece a los ranqueles. Se trata del capítulo 40 de “Una excursión a los indios ranqueles”, luego de una serie conversaciones entre ellos tanto informales como en junta y en parlamento. Sin embargo, en este punto la tensión crece: la discusión se centra sobre la propiedad, el usufructo y la posesión de la tierra, y se intensifica por los criterios divergentes de ambos protagonistas. Es en ese momento que Mariano Rosas recurre a su archivo. Guardado en un cajón de pino con tapa corrediza, se trata de varios documentos, cartas y notas de diarios. El archivo se convierte en la herramienta para saldar la discusión: un artículo del diario La Tribuna de Buenos Aires expone las intenciones del gobierno de construir un ferrocarril que pasaría por territorio ranquel. Mansilla se rinde ante este argumento y, en uno de los momentos más interesantes del libro, parece quedarse sin respuestas por primera vez, como si algo en él se hubiera alterado.

Hace poco se estrenó la película LS83 de Herman Szwarcbart. Allí aparecen fragmentos del archivo de los noticieros de Canal 9 yuxtapuestos con el relato de Martín Kohan en su reciente libro Me acuerdo. Las imágenes parecen remitir a otros años setenta, a otro pliegue de la televisión de la dictadura y, también, a otra cotidianidad, lejos de la represión o la resistencia. Los archivos están vivos porque cuando los volvemos a ver y los montamos con otros textos, dicen cosas nuevas y vuelven a incomodar. La película remite también al libro Los años setenta de la gente común. La naturalización de la violencia de Sebastián Carassai en el que, a través de un exhaustivo trabajo de archivo y entrevistas, el autor nos convoca a observar otras prácticas, otros discursos y otras trayectorias del tan narrado período histórico que va del Cordobazo a Malvinas. La película y el libro nos muestran que estamos lejos de saber todo sobre esa época tan decisiva de nuestra historia.

No todo es épico en los archivos. Como afirma con precisión la historiadora Lila Caimari, La vida en el archivo es una combinación de goces, tedios y desvíos. Sin dudas, hay diversión en encontrar viejas publicidades de heladeras en una revista de los setenta o reseñas de películas clásicas en su fecha de estreno en la sección de espectáculos de un diario. Pero también revisar archivos implica lecturas largas y homogéneas, caligrafías difíciles de comprender y largas jornadas improductivas sin encontrar lo que uno fue a buscar.

Estas búsquedas infructuosas muchas veces se compensan con la tentación de los desvíos, con otros rumbos posibles que están siempre a mano. Porque los archivos no están preparados para un solo camino, sino que contienen, dentro de sí, múltiples posibilidades entre las que podemos elegir. Recuerdan a esa serie de libros juveniles de Edward Packard, Elige tu propia aventura, en los que nuestras decisiones como lectores afectaban el rumbo de la historia.

Cuando empecé a investigar sobre la televisión de la última dictadura, me llamó la atención un programa unitario estrenado en 1976 llamado División homicidios. Se emitía los jueves a las 22:30 por Canal 9 y estaba ambientado en la década del treinta. Los creadores habían sido el escritor Marco Denevi y un comisario de la Policía Federal Argentina (PFA) con experiencia en la escritura de radioteatros, Plácido Donato. El hecho de que el programa tuviera, como parte de su producción, a la PFA permitió que se incluyeran, entre sus guionistas, autores que estaban prohibidos por la dictadura como Roberto “Tito” Cossa o Ricardo Halac. El protagonista (Jorge Slavin) era un investigador de la “División homicidios” de la policía que investigaba casos de asesinatos complejos de develar. El programa tuvo un gran éxito en las audiencias alcanzando picos de rating altísimos a mediados de 1976 y 1977. ¿Qué generaba tanta curiosidad en el público? ¿Qué llevaba a ambientar un programa de ficción de los setenta en la década del treinta?

Cuando encontramos un archivo que contradice nuestras ideas o los conocimientos que ya tenemos sobre un tema, tenemos un desafío muy grande por delante. Muchas veces debemos reacomodar nuestro pensamiento y, en ocasiones, forzarlo tanto que nos vemos obligados a modificar nuestras propias concepciones sobre ciertos temas

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Nunca encontré tapes ni archivos digitales del programa. Nunca lo pude ver. Pero gracias a la gestión de Jorge Maestro, pude acceder al guion de uno de los episodios. La historia mezcla erotismo y violencia, fascinación por las armas y enredos amorosos. Parece un ejemplo perfecto de la naturalización de la violencia que Carassai caracterizó como una marca de los años previos a la dictadura. Solo que acá, en 1976, aparece de forma residual, resistiendo, de algún modo, al clima de entretenimiento más liviano del resto de la programación. Creo que el programa lograba esta licencia gracias a la presencia de la PFA y, también, a la distancia de hablar de una época lejana del siglo XX, una época ajena a los ciclos de violencia política más reciente.

En los archivos de Radio y Televisión Argentina pude ver el abundante material de lo que fue Canal 7 y luego ATC. En octubre de 1981, los cuatro canales estatales de Buenos Aires organizaron un programa especial por el 30° aniversario de las primeras transmisiones televisivas. Se trató de un experimento inédito que juntaba directores y personal técnico de las cuatro emisoras (ATC, Canal 9, Canal 11 y Canal 13). A su vez, la apuesta de la trama era ambiciosa: contar la historia de la comunicación desde el surgimiento del lenguaje articulado hasta los medios electrónicos. Era una mezcla de una mirada optimista sobre el devenir de los medios, basada en los escritos de Marshall McLuhan, con un show televisivo protagonizado porfiguras del star system local: Camila Perissé representaba a “la palabra escrita” y Tato Bores encarnaba a Johannes Gutemberg, el creador de la imprenta. El programa cerraba con un segmento futurista a cargo de Carmelo Santiago, representante de ATC, en el que se exploraban los usos futuros de la televisión como videollamadas, clases virtuales, simuladores de deportes o monitores para controlar bebés. Las imágenes son acompañadas de fragmentos del álbum The Dark Side of the moon de Pink Floyd. El programa era una apuesta potente a nivel visual con una estética de pastiche: las partes no cuajan entre sí, pero ofrecen un mosaico ilustrativo de los usos posibles de la televisión en los primeros tiempos de su era cromática. La crisis de legitimidad que acarreaba la dictadura en ese momento alcanzó también a la televisión gestionada por los militares. El programa recibe reseñas completamente negativas en la prensa.

Cuando encontramos un archivo que contradice nuestras ideas o los conocimientos que ya tenemos sobre un tema, tenemos un desafío muy grande por delante. Muchas veces debemos reacomodar nuestro pensamiento y, en ocasiones, forzarlo tanto que nos vemos obligados a modificar nuestras propias concepciones sobre ciertos temas. La existencia de los archivos y la posibilidad de consultarlos está ahí, aunque no siempre sean completos ni sistemáticos. Hay que ver si nosotros estamos dispuestos a empiojar nuestras ideas para, en una de esas, despertarnos.

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