06 de julio de 2026
“Hijos dignos de piedad: no ignoro que todos sufrís, mas en medio de vuestros sufrimientos, nadie hay que sufra tanto como yo. Vuestro dolor no alcanza más que a un ser, aisladamente; mi alma, en cambio, gime por Tebas, por mí, por vosotros, por todo a la vez.”
Edipo Rey, Sófocles
I
Miguel de Unamuno dijo que la Iglesia católica es una síntesis de filosofía griega y derecho romano. Se dice fácil y rápido, pero lo que se compendia en esa frase supone muchísimo tiempo, siglos, y sus consecuencias llegan hasta nosotros siempre que uno sea capaz de verlo y de reconocerlo -cosa que a estas alturas no me atrevo a garantizar que se logre de manera general en nuestras sociedades-.
Lo dicho por Unamuno implica una evolución histórica coordinada políticamente por el imperio romano, que trabó las cosas cuando entre Constantino (Edicto de Milán de 313) y Teodosio (Edicto de Tesalónica de 380) legalizaron y oficializaron respectivamente al cristianismo, que a su vez era una síntesis de judaísmo con helenismo -Filón el judío, por ejemplo, usó el platonismo para explicar la divinidad de Jesús- dentro de la estructura imperial de Roma para dar paso a la cristiandad y la latinidad como estructura civilizatoria.
Leo Strauss solía decir que esa estructura estaba nucleada alrededor del triángulo Atenas-Jerusalén-Roma en tanto que nodos de despliegue histórico de la matriz grecolatina de donde provienen nuestra filosofía (logos o ratio), nuestra fe (pistis o fides) y nuestro derecho (nomos o ius). Es una idea muy buena la de Strauss, y la suelo utilizar también para explicar a mis alumnos y a quien se deje lo que para mí es el Occidente al que estábamos llamados a quedar incorporados dialécticamente en Hispanoamérica con la conquista.
Sí, con la conquista, porque cuando Hernán Cortés fundó el primer Ayuntamiento de América continental en la Villa Rica de la Vera Cruz en 1519 puso en acto un “momento maquiavélico” florentino en toda regla e instituyente de derecho, soberanía y poder, y propició la edificación del sistema de virreinatos y capitanías desde donde se crearon las primeras iglesias y las primeras universidades de América para implantar la racionalidad occidental –derecho, religión terciara con un dios antropomorfo, revolución tecnológica con la que se remontó un atraso de siglos– en estas tierras.
Hay por tanto una verdad política, una verdad jurídica (‘tú no eres un político, eres un jurista’, es una de las verdades que le lanza a la cara su confianzuda amiga Coco Valori), una verdad militar y una verdad religiosa y no siempre son compatibles entre sí
Esto del triángulo civilizatorio occidental no es historia muerta o erudición gratuita: es cultura viva actualista, de aquí y ahora, verificable hoy mismo en 2026 a la hora de firmar un contrato de lo que sea (de compra-venta, laboral o de matrimonio), diseñar una ley como la de la eutanasia o para conceder un indulto, hechos todos ellos desde el sistema jurídico edificado sobre la base del derecho romano; a la hora de encender una computadora, construida con la tecnología resultante evolutivamente de la técnica y la ciencia sistematizadas desde la racionalidad científico-filosófica de origen griego y madurada en la Europa cristiana y de ahí en adelante y hasta hoy; o a la hora de escuchar muy por la mañana en cualquiera de nuestras ciudades o pueblos, creamos o no en Dios, las campanas de la catedral o la parroquia llamando a misa, y no el lúgubre Adhan islámico que arranca con el Allahu Akbar famoso que obliga a quien lo escucha a orar en dirección a la Meca cinco veces al día y esté donde esté.
Pues bien: Paolo Sorrentino acaba de presentar una sublime obra maestra fílmica en la que esto que les vengo contando: el triángulo matricial de Occidente, el derecho romano, la filosofía y la tragedia griegas enriquecidas por la revelación cristiana, la fe trinitaria racionalizada teológicamente, la Iglesia católica, Roma como símbolo severo de la Política, la Belleza y el Clasicismo con mayúsculas, el pesado correr de los siglos para configurar un sistema de verdades y de certidumbres y su correlativa forma de ignorancia y de escepticismo; todo esto se manifiesta y es puesto en danza entonces, ya digo, con extraordinaria y penetrante sutileza en la película La Grazia. La belleza de la duda (2025), una obra filosófica hecha poesía visual sobre el amor, el sufrimiento, la compasión, la espera, la verdad y la mentira, y también sobre la política como el arte de la decisión y sobre la burocracia como instrumento prudencial del Estado para impedir la precipitación, mostrándosenos todo esto en juego dialéctico alrededor de la idea de la gracia en todo el abanico expandido de su significación, que según la RAE puede implicar indulto pero también elegancia, misericordia pero también favor, perdón pero también clemencia así como belleza o bendición pero también encanto.
II
Mariano De Santis (Toni Servillo) es un antiguo y reputado profesor y teórico de Derecho Penal, autor de un tratado monumental sobre la materia convertido en un Don Quijote italiano de nuestro tiempo, que vive atormentado por el peso de la responsabilidad, la duda y la decisión situado en la Italia contemporánea como presidente saliente de la República consumido en una suerte de estado metafísico de despedida en el que todo está llegando a su fin: le quedan seis meses de mandato para pasar a retiro; está en una edad en la que es evidente que el final de su vida es lo que sigue; Aurora su mujer, su Dulcinea, lleva años de haber fallecido y es la causa del mayor dolor y la mayor soledad posible y con la que está todo el tiempo en dialogo silencioso; su adorado caballo Elvis está en agonía muy cerca ya de la muerte, cosa que fatalmente termina ocurriendo.

A este estado metafísico de la soledad y la despedida se añade un conjunto de dilemas morales que lo mantienen en la duda constante a consecuencia de dos tipos de factores principales: en el ámbito personal, no deja de atormentarse por la duda que lo persigue día y noche por conocer la identidad del amante con el que lo engañó su mujer hace cuarenta años; en el terreno político-estatal, antes de dejar el cargo de presidente de la República tiene que firmar tres polémicos decretos: uno sobre el proyecto de Ley de Eutanasia de la que su hija, una jurista brillante que lo quiso emular intelectualmente y que además ha consagrado su vida para cuidarlo a costa de seguir soltera y sin hijos, es ferviente defensora, y dos proyectos de indulto (de gracia) a dos asesinos confesos de sus parejas que llevan años cumpliendo sentencia en prisión pero que se ganan nuestra simpatía y compasión cuando conocemos sus razones. ¿Mataron por amor, por compasión, por venganza, para curarlas, para salvarlas y salvarse?
No tiene caso adelantar aquí la resolución de las tensiones dramáticas de la trama. Lo que importa es encarecer, elogiar y celebrar la forma en la que La Grazia nos muestra la suave arrogancia de héroe antiguo, tan cervantino y quijotesco, con la que De Santis vive su soledad postrera cargado de pesadas dudas en escenarios de la Roma histórica retratados con la genialidad visual a la que Sorrentino nos tiene ya tan acostumbrados y con el intercalado de elementos de elegante ironía que, en medio de la reflexión ciceroniana o dannunziana (severa, estetizante, decadente), nos saca la risa para respirar un poco, que es lo que ocurre cuando descubrimos que De Santis es un vergonzante y silencioso fan de hip hop italiano, o en todos los momentos en que su mejor amiga Coco Valori, curadora de arte solitaria llena de sarcasmo y sabiduría triste que cumple claramente la función de su Sancho Panza, rompe el acartonamiento y el protocolo del mismísimo Capo dello Stato lanzándole encima verdades categóricas o recuerdos de las pavadas de infancia que hacían juntos, o cuando atestiguamos que, una vez que se entera de que su apodo es el de “Hormigón armado” por su lentitud para decidir –y que no puede dejar de hacernos pensar en el caballero andante y armado de la triste figura–, De Santis se la pasa preguntándole a sus allegados si ellos ya lo sabían para descubrir que sí: todos, menos él, lo sabían.
Este conjunto de elementos dinamiza el recorrido de la trama de una agonía intelectual marcada por la búsqueda de la certidumbre y la verdad como formas de cristalización de la racionalidad humana según la diversidad de sus modos: la racionalidad política, que es prudencial y arquitectónica; la jurídica, que es normativa y axiológica; la militar, que es disciplinaria; y la religiosa, que es mistérica.
El pecado es lo que hace que el hombre caiga según el cristianismo, y es precisamente por esto que hay esperanza en su redención mediante el sufrimiento y el perdón. Hay esperanza y por tanto queda abierta la historia como la historia de su salvación
Hay por tanto una verdad política, una verdad jurídica (‘tú no eres un político, eres un jurista’, es una de las verdades que le lanza a la cara su confianzuda amiga Coco Valori), una verdad militar y una verdad religiosa y no siempre son compatibles entre sí, he ahí el drama y el dilema que hacen que la política sea una cosa seria.
La Grazia viene a ser entonces una puesta en escena de la dialéctica de la razón de nuestro tiempo como búsqueda de resolución de ese dilema a través de la cual un hombre se desdobla en su faceta de padre de sus hijos (‘el Papa debe dar cuentas a Dios, yo debo dar cuentas a mis hijos’, dice más o menos De Santis al final cuando se le pregunta sobre la ley de la eutanasia) y en su faceta de jefe del Estado en tanto que cúspide del proceso trágico institucionalizado de arbitraje de irreconciliabilidades, lo que nos recuerda aquello dicho por Lenin en El Estado y la Revolución en el sentido de que el Estado es, precisamente, el resultado de la irreconciliabilidad de los antagonismos de clase, que es aquello por lo cual también y por su parte dijo Carl Schmitt en su momento sobre el hecho de que la clave de la política es la decisión, y que el soberano verdadero es el que decide sobre el estado de excepción.
III
El pecado es lo que hace que el hombre caiga según el cristianismo, y es precisamente por esto que hay esperanza en su redención mediante el sufrimiento y el perdón. Hay esperanza y por tanto queda abierta la historia como la historia de su salvación.
Para el mundo griego no había perdón posible, sólo castigo. A partir de ese conflicto se buscó y dio forma a la sabiduría, a la que se llega para saber entre otras cosas que la Justicia con mayúscula no es posible, razón por la cual el gobernante, para los griegos, solamente puede aspirar a ser prudente más o menos, pero nunca justo en términos absolutos. Carl Schmitt diría luego que esa opción por la justicia con minúscula es lo que permitía definir a Don Quijote como un político romántico, que es el que opta por una justicia concreta y parcial en función de la que toma partido, y no como un romántico político, que es el que busca la Justicia absoluta, con mayúscula, para no encontrarla nunca y para no tener que comprometerse tampoco nunca con nada y no tener entonces que tomar partido.

De Santis sería también entonces un político romántico, un Don Quijote en toda regla: está en una tensión permanente por conciliar verdad y justicia para tomar partido a través de la política cuyo momento de verdad es la decisión y, al hacerlo, la revindica: la política sí sirve, y la burocracia también en tanto que dique ralentizador de la decisión precipitada.
Pero él en todo caso sufre y el sufrimiento es la ley de la vida, y la angustia metafísica (el estado de duda y de despedida) le confiere dignidad a la inteligencia. Cuando De Santis le confiesa a su amigo el Papa que está lleno de dudas y tal vez de cobardía por la magnitud de la responsabilidad que tiene como jefe del Estado para firmar indultos o la ley de eutanasia; que vive atormentado por el hecho de haber sido engañado por su mujer hace cuarenta años, y por conocer muy poco en realidad de la vida de sus hijos y por el hecho de que su caballo está al borde de la muerte pero se resiste a aplicarle la eutanasia; cuando le dice al Papa, en fin, que no sabe qué hacer con todo esto, y sobre el hecho adicional de que la joven y guapa embajadora de un país de Europa del Este le coqueteó, el Papa le dice que lo que él tiene no es otra cosa que “la gracia”, que es la belleza de la duda, y que lo que necesita es soltar un poco las cosas, perder gravedad y hacer su vida más ligera. “Alivianarse”, decimos socarronamente los mexicanos.
IV
‘¿De quién son nuestros días?’, le dice su hija Dorotea en uno de los constantes y acalorados jaloneos intelectuales en los que ella y su padre debaten sobre los tres proyectos jurídicos en cuestión: eutanasia e indultos. Al final de cuentas, le dice la flamante jurista, todo se reduce a esa pregunta fundamental: ¿de quién son nuestros días?
Todo depende, tendríamos que decir nosotros por nuestra parte necesariamente. Todo depende del modo de la razón o racionalidad desde la que nos lo preguntemos. Porque hay una razón política, una razón jurídica, una razón militar y una razón religiosa además de estar también por ahí, claro está, las razones del amor, desde las cuales lo podemos hacer.
Lo fundamental en todos los casos; la clave de todas las respuestas que vayamos a encontrar y desarrollar pienso yo, y en esto radica el logro supremo que ha alcanzado Sorrentino, es mantener la elegancia o la gracia ¿ya me entienden?, y conservar en todas ellas con la mayor consistencia, simetría y equilibrio posibles la imagen del hombre en el esfuerzo por acercarse un poco a la bondad, a la verdad y a la belleza con la impronta estoica de la que habla Jaime Labastida cuando nos dice ‘sé que todo se encamina hacia la muerte, pero es necesario poner los ojos, así sea por breve tiempo, en la eternidad.’




