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11 de noviembre 2021

Cristian Navarrete

DE ESO NO SE HABLA

Tiempo de lectura: 4 minutos

El texto que sigue no tiene la pretensión de ningún análisis. Ni mucho menos insinúa por dónde podrían ir las “soluciones”. Solo puedo aportar dos interrogantes con respecto a lo que algunos llaman “seguridad urbana” y otros “inseguridad”: o no hay soluciones o no hay voluntad política.

El disparador de estas líneas, valga la metáfora, es el violento asesinato del quiosquero de Ramos Mejía a manos de un chorro asesino. Lo digo así. Las cosas por su nombre. Ni persona en situación de delincuencia, ni persona que debía o debe estar en situación de encierro. Tampoco tengo para aportar datos, infografías, papers o paradigmas. Mucho menos acerca de por qué un caso puede tener más pantalla que otro. Ya mucho se ha dicho sobre esto, y aún siguen sin encontrarse respuestas a una de las demandas más importantes y urgentes de la sociedad: vivir tranquilo, en paz y sin miedos.

Vivo en La Matanza, en los límites entre González Catán y Virrey del Pino. En el Km 36 de la Ruta 3. Como por estos pagos las distancias se cuentan en kilómetros, de Ramos Mejía -el lugar del hecho del momento- me separan apenas 25 kilómetros. Esto viene a colación para describir un poco La Matanza y sus zonas.

Ramos Mejía es el lugar donde los de este lado del sur matancero vamos a pasear, a comprar ropa, comer, ir de bares. Ramos está todo asfaltado, iluminado, lleno de cámaras de seguridad y policías, patrulleros y gendarmes. Y en algunos lugares hasta seguridad privada. Así y todo, un domingo a plena luz del día, un chorro le mete un tiro a un comerciante. En una zona céntrica.

Quienes salen a trabajar de madrugada, hablo de las 3, 4 o 5 de la mañana (y que son la gran mayoría por la lejanía de los lugares de trabajo y el mal servicio del transporte público) van organizados. En el caso de las mujeres, acuerdan con otras señoras para salir y caminar juntas por los barrios oscuros y peligrosos

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Ahora imaginen lo que es la “seguridad” en un barrio como en el que vivo, donde no hay asfaltos, no hay luces, no hay policías, no hay cámaras ni mucho menos seguridad privada. La gente vive con miedo. Con un miedo acostumbrado a esta altura del partido.

En mi barrio todos los días escuchamos de robos y tiros. Por la noche, “los cachivaches” que le roban a los laburantes hacen sonar sus armas. Quien no me crea, puede venir a verlo con sus propios ojos. Pero este miedo a su vez trajo consigo nuevas prácticas comunitarias. A la seguridad privada la reemplazamos con algún perro bravo y ladrador, rejas con puntas afiladas; no dejamos nada a la vista, ni en los frentes de las casas ni en los patios. Quienes salen a trabajar de madrugada, hablo de las 3, 4 o 5 de la mañana (y que son la gran mayoría por la lejanía de los lugares de trabajo y el mal servicio del transporte público) van organizados. En el caso de las mujeres, esperan o acuerdan con otras señoras para salir y caminar juntas por los barrios oscuros y peligrosos. Y a su vez, estos grupos esperan que pasen los hombres que van a trabajar para sentirse más protegidas.

Los laburantes tienen que salir con dos mangos y a veces con teléfonos rotos para darle al rastrero de turno como avivada. Porque eso roban: la Sube, los 500 pesos y un teléfono sacado en 12 cuotas o pagado con algún préstamo usurero. En este atisbo de comunidad organizada contra chorros, estos trabajadores y trabajadoras son robados y asesinados. Estos hechos tampoco ocurren sólo previo a las elecciones. Son moneda corriente. No salen en los grandes medios. Pero son vidas. Son madres, padres o hijos de alguien. Y así vivimos acostumbrados desde hace décadas. Y cuando estos hechos violentos ocurren, la gente, los trabajadores, piden que “se mueran los chorros”. Piden que “se pudran en las cárceles”. La bronca hacia los delincuentes es muy grande. El hartazgo es generalizado. La palabra garantismo no juega fuerte. Hay una cultura del “pibe chorrismo” que debe ser erradicada. Rompió familias y destruyó vidas. A veces no sé qué categorías de análisis sirven para entender esta problemática. Ni el consumismo del sistema capitalista ni la rotura del tejido social alcanzan. Estos chorros no quieren trabajar, viven inmersos en su cultura pibechorristas. Le gusta robar. Les gusta “agitar fierros”. Les gusta matar. Es una medalla para ellos. Su laburo es el choreo.

Ramos Mejía es el lugar donde los de este lado del sur matancero vamos a pasear, a comprar ropa, comer, ir de bares. Ramos está todo asfaltado, iluminado, lleno de cámaras de seguridad y policías, patrulleros y gendarmes

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En las esquinas escuchás a pibes hablar de tal o cual arma, de tal o cual choreo, de “le cabe un par de plomos”, un lenguaje muy conocido e incorporado en muchos jóvenes. A su vez, la connivencia con algunos policías o jefes de calles también es harta conocida. Desde ciertos sectores se dirá que estos pibes son la mano de obra barata de sectores de la fuerza de seguridad. Pero para mí y para muchos de los que sufrimos esto todos los santos días estos pibes son chorros. Muchos nacimos pobres y casi sin oportunidades, y la gran mayoría jamás siquiera pensó en delinquir.

La agenda política debe y tiene que escuchar las demandas de las mayorías de una vez por todas, prestando atención a esto que tantas veces no quieren oír, despejando “explicaciones” que explican la vida de nosotros. Estamos cansados de las justificaciones solapadas o técnicas. La agenda de las mayorías populares es de pronto despacho.

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