22 de julio de 2026
“No es tan fácil como dicen”. Paula (nombre ficticio) tiene 32 años, es trabajadora social y abrió su cuenta en OnlyFans durante la pandemia para complementar ingresos. Los primeros meses logró juntar cerca de 500 dólares, pero pronto los ingresos comenzaron a caer. “Es como cualquier red: tenés que estar todo el día produciendo, mostrando más, compitiendo. Y si parás, desaparecés. No hay descanso. No hay aguinaldo. No hay nada”, cuenta.
Además de los contenidos, tuvo que invertir en luces, vestuario, edición y promociones. La exposición también le trajo problemas familiares y personales: “Nadie te explica el costo emocional. Estás sola, resolviendo todo. No es libertad: es mercado puro.”
OnlyFans, la promesa de los dólares rápidos y la libertad sin comunidad, se convierte en el síntoma de un tiempo donde el cuerpo es el último capital disponible. La trampa de la libertad en tiempos de plataformas, cuando la precariedad se disfraza de elección y el mercado aplaude.
En los últimos meses, los medios de comunicación argentinos y globales volvieron a viralizar historias de jóvenes -mayormente mujeres- que abandonan sus profesiones tradicionales para abrir una cuenta en OnlyFans. En estos relatos, la decisión se presenta como un acto de libertad: ganar en dólares, manejar los propios horarios, evitar depender de una jubilación incierta. El mensaje parece claro: vender contenido erótico es, hoy, una alternativa válida -y rentable- frente a la precarización laboral.
OnlyFans, fundada en Reino Unido en 2016, cuenta con más de 3 millones de creadores de contenido y 240 millones de usuarios en todo el mundo. Según datos de Bloomberg, en 2023 la plataforma generó ingresos por más de 5.500 millones de dólares, y su CEO, Amrapali Gan, declaró que los 100 creadores con mayores ingresos ganan entre 1 y 15 millones de dólares al año. En la otra punta, la mayoría de quienes abren una cuenta no superan los 200 dólares mensuales.
Si antes se exportaban materias primas, ahora se exportan también cuerpos y deseos. Siempre hay alguien del otro lado que paga, en dólares
Detrás del discurso del empoderamiento individual se oculta una estructura más profunda, que reproduce formas modernas de explotación con lógica colonial. El trabajo formal -ese que implica derechos, organización, comunidad- ha sido sistemáticamente degradado. Mientras tanto, las plataformas digitales, casi todas extranjeras, ofrecen una falsa salida: convertir el cuerpo en contenido para un mercado global que nunca duerme.
No se trata de juzgar a quienes eligen este camino. Cada persona sobrevive como puede en un contexto económico asfixiante. La crítica no va dirigida a las decisiones individuales, sino a las condiciones estructurales que las producen y a los discursos que buscan naturalizarlas. Porque cuando trabajar de lunes a lunes en un supermercado por $350.000 se vuelve moneda corriente, no hay muchas opciones que parezcan viables.
Mientras los salarios se licúan, el desempleo crece y los alquileres se vuelven impagables, la consigna “ser tu propia jefa” empieza a sonar tentadora. Pero esa libertad tiene dueño: las plataformas se quedan con un 20% (o más) de lo producido, no garantizan seguridad social ni derechos, y convierten la intimidad en otro bien de consumo. Se pasa de vender tiempo de vida a vender el cuerpo, y se lo presenta como avance.
En Argentina, la venta de contenido se expande entre jóvenes de sectores medios empobrecidos y trabajadores que ya no encuentran en su profesión una salida digna. A esta nueva economía se suman incluso adultos mayores -como se ve en diversos foros y canales- y hombres de todas las edades. La lógica es simple: si el sistema tradicional no te permite proyectar ni sostenerte, la plataforma aparece como salvavidas. Pero, ¿a qué costo?
No se trata de revolución sexual ni de libertades conquistadas: se trata de una economía que expulsa y de un modelo de país que, cada vez más, se asemeja a una colonia. Si antes se exportaban materias primas, ahora se exportan también cuerpos y deseos. Siempre hay alguien del otro lado que paga, en dólares.
En Argentina, la venta de contenido se expande entre jóvenes de sectores medios empobrecidos y trabajadores que ya no encuentran en su profesión una salida digna
En paralelo, se desmantelan derechos laborales con reformas que promueven la desafiliación sindical “con un clic” y se estigmatiza la organización colectiva. La promesa neoliberal se renueva: cada uno por su cuenta, sin red, sin Estado, sin comunidad. Y en ese esquema, las plataformas funcionan como nuevos intermediarios que, como en la vieja colonia, se quedan con la parte más grande del negocio.
No se trata de moralismo, sino de análisis. Porque si el futuro del trabajo está en manos de algoritmos, si el éxito depende de likes, y si los medios celebran la prostitución digital como emprendimiento, la pregunta no es qué hacen los jóvenes, sino qué clase de país estamos construyendo.
Quizás la pregunta de fondo no sea económica, sino espiritual. ¿Qué valor tiene un cuerpo cuando ya no hay comunidad que lo resguarde ni tejido social que lo sostenga? ¿Qué significa la libertad en un mundo donde todo se compra y se vende, incluso la intimidad?
En este tiempo que aplaude lo inmediato y lo individual, donde los vínculos se vuelven líquidos y los proyectos comunes se disuelven, urge recuperar una noción de dignidad que no se mida en dólares ni en seguidores. Urge pensar el trabajo no como castigo ni mercancía, sino como forma de participación en la vida colectiva.
Porque si la única promesa de futuro es que cada uno se salve solo, entonces ya no hablamos de libertad, sino de abandono. Y cuando una sociedad naturaliza el abandono, cuando todo es descartable —el trabajo, los vínculos, el cuerpo—, el resultado no es progreso: es desesperación disfrazada de éxito.
No estamos frente a una revolución, sino frente a un síntoma. Y tal vez la pregunta más honesta que podamos hacernos no sea “¿cuánto ganás?”, sino “¿quién se está enriqueciendo con tu deseo?”.



