20 de julio de 2026
Al amanecer lo esperan personas que llegan casi en procesión. En ese pueblo patagónico, famoso en el mundo por glaciares que irrumpen entre desiertos, pastizales húmedos, musgos, flores amarillas y lagunas hipnóticas, algo permanece todo el año: una invitación. Entre paredones de roca interminables, los visitantes avanzan en transfers carísimos o a pie con bastones recién comprados, mezcla de velocidad europea y parsimonia turística. También llegan criollos de distintas épocas, atraídos por lo mismo. La flora y la fauna más salvaje, conviven sin el desgaste de otros destinos más explotados.
En días en que el viento se calma, grupos pequeños se organizan en la madrugada para esperar la salida del sol. Suben a los miradores entre cóndores, o al cerro, bordeando ríos secos y arroyos helados. Entre piedras que se acomodan despacio, marcadas por pasos de todo el mundo, ocurre la escena central: antes del alba, extranjeros, locales y argentinos que llegaron con lo justo empiezan la travesía. Es una maravilla nacional, disputada. También hay chilenos, con quienes se comparten estas horas. Surgen esas conversaciones nocturnas donde los idiomas se entienden a medias y las tonadas leen el cielo: el color que viene, la caída de estrellas, los troncos húmedos del rocío, el ripio mojado, la piel reseca por el viento que define este bioma entre estepa y bosque.

En las laderas de lengas y coihues, se tejen vínculos espontáneos durante la caminata. Pavadas hermosas: inútiles y profundas a la vez. El sentido es simple: ver el alba juntos. Punto. Cada diálogo orbita alrededor de ese objetivo. El aire tibio tiene algo del modo en que hablamos cuando empezamos a envejecer: más atentos, menos ansiosos. Aplomados. Nos detenemos cuando el paisaje nos toca. Como un pájaro carpintero haciendo su nido sobre un tronco caído, casi invisible en la penumbra. Necesitamos ese rato sin señal, sin registros perfectos, sin la obligación de documentar. Solo estar. Y sostener pequeñas cosas (-“¿tenés manteca de cacao?”) que vuelven íntima la noche entre desconocidos.
Antes del sendero final, un italiano pregunta por las pintadas en “ese” hotel. Extraña el aerosol sobre un edificio turístico en un lugar así. Un chileno responde rápido: “era de la ex presidenta Cristina; está tomado, con orden de desalojo. Acá falta vivienda para residentes”. Algunos argentinos no escuchan. Otros miran sin más. El resto queda mudo: hay verdades ante las que no hay guion. Cuando amanece sobre lo que antes estaba cubierto por euforias viejas, solo queda aceptar la derrota actual, como mirar un río seco hacia adelante.
Una llamarada criolla que madura en lo sutil: sentirnos parte de esta belleza que no se agota
El grupo sigue su ritmo. Conversaciones sobre la naturaleza mezcladas con silencios largos. La inmensidad previa al alba acomoda la energía de todos. Todavía faltan kilómetros, y la enfermera del hospital porteño -dos horas diarias entre el Sarmiento y Once hasta la Maternidad Sardá- muestra en su paso la paciencia del que ya cargó muchas mareas. Dos programadores cordobeses, un docente de comercial nocturno, un obrero de plásticos de Quilmes: ningún millonario oculto. Solo laburantes que, con esfuerzo, cuotas y vuelos low cost, llegan al confín santacruceño para cumplir un sueño.
Alguien cuenta la piña de los ricos que venían a 240 km/h en el desfile de Ferraris por la ruta 40, que terminó en el Perito Moreno. Una competencia internacional atravesando el país de norte a sur con autos de lujo. Los destrozos de multimillonarios sobre la naturaleza nunca caen bien; hoy, aún menos. Defenderlos con argumentos turbios genera miradas esquivas. La compulsión a romperlo todo, la apropiación sin límites, los guiños políticos, producen rechazo en quienes solo quieren caminar y cuidar lo que queda. Es un código compartido entre quienes recorren paisajes propios: la naturaleza enseña sin discursos, mostrando una riqueza que se sostiene por su propia dignidad.
Cuando amanece sobre lo que antes estaba cubierto por euforias viejas, solo queda aceptar la derrota actual, como mirar un río seco hacia adelante
El campo de hielo patagónico sur, del que nacen más de 40 glaciares, es una de las grandes reservas de agua dulce del planeta. Antes de Argentina, ya era central en la cosmovisión tehuelche. Sobraba hielo para todas nuestras futuras heridas. La inversión pública de las últimas décadas convirtió este tesoro en un destino global. Y, aun así, lo visitan más extranjeros que argentinos. Tras la eliminación del Servicio Militar Obligatorio -su costado siniestro, pero también su función de recorrido y ocupación territorial- nunca se creó una política que posibilitara ese acceso para jóvenes varones de todo el país. Y, sin embargo, cada argentino merece conocer estos hielos: fortalece la pertenencia, la autoestima y una idea viva de patria.

María Moreno lo resume mejor en Blackout con un bebedor de bar: “Hay quienes dicen que hay que amar el espíritu, pero yo digo que hay que amar la materia, porque el espíritu es imperecedero mientras que la materia es perecedera. Por eso ser bueno de verdad es amar a la materia. Porque el espíritu se cuida de sí mismo”.
Sin caminos, no llegan ni los de adentro ni los de afuera. Esa verdad simple mantiene vigente la idea de Estado como garante del acceso, del disfrute y, sobre todo, de la ocupación real del territorio frente a la privatización de tierras y agua. La frase sandinista se vuelve plegaria del viento: conocer para amar, amar para defender.

Cuando por fin llega el alba, aparece un pálpito: atravesar la noche en la estepa deja huellas. Algo se reacomoda si uno sabe escucharlo. De vuelta, la enfermera cuenta la cuesta del hospital: residentes cansados, salarios que no alcanzan, insumos que tardan. El docente comenta lo suyo: captar la atención de un tercer año saturado de tusi y scrolleo es más difícil que cualquier subida. Pero aun así se camina. Juntos, aunque sea por un propósito mínimo.
En esta marcha sin ricos ni caras famosas “haciéndose la Patagonia”, entre quienes persiguen la aurora aparece una hilacha nacional. Una llamarada criolla que madura en lo sutil: sentirnos parte de esta belleza que no se agota, materia y espíritu a la vez, y que nos vuelve guardianes unos de otros. Ninguna lectura generacional ni tabla de datos puede explicarlo: está en lo minúsculo.
Cómo construir pequeños triunfos madre sobre herederos involuntarios que la chocaron toda; como atravesar el desierto nocturno después de las revoluciones que se terminan pareciéndose a un picnic a domicilio. Tal vez lo diga mejor Cafrune, aquel que nunca dejo de cantar en argentino, ahí donde no seamos recuerdo ni promesa, ahí viviré.
Buscando la luz de un amanecer.
Cuando llegue el alba viviré, viviré
Noche adentro irá, vencida de amor
la tristeza gris de mi corazón.
Cuando llegue el alba viviré, viviré.
A un costado del olvido mis sueños madurarán,
reventando en luz, florecidos.
Cuando llegue el alba viviré, viviré.
Encontrarte fue intuición de Dios,
todo nace en ti como nací yo.
Cuando llegue el alba viviré, viviré.
Tus palabras son fresco manantial,
oyendo tu voz aprendí a cantar
Cuando llegue el alba viviré, viviré.
A un costado del olvido mis sueños madurarán,
reventando en luz, florecidos.
Cuando llegue el alba viviré, viviré.



