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Hace 66 millones de años, un meteorito de nombre impronunciable, Chicxulub, acabó con los dinosaurios. Según los estudios geológicos, el impacto del asteroide terminó con todo rastro de vida en miles de kilómetros a la redonda, provocó tsunamis de cientos de metros de altura, y el polvo que levantó hacia la atmósfera ocultó la luz del Sol durante meses. No sólo mató lo que existía, sino que cambió la biosfera de la vida que nacería después. De alguna manera, en la Argentina contemporánea, el nombre de ese meteorito es Javier Milei, la herramienta de la cual se sirvió una mayoría de la sociedad para completar la faena que empezó en las primarias de agosto: terminar con el sistema político que se organizó, a partir de 2008, en torno a la figura de Cristina Fernández de Kirchner.

Luego de más de 10 años de ineficiencia sostenida y compartida, la sociedad civil entendió que la clase política había incumplido su parte del contrato, y que, por lo tanto, había llegado la hora del “Que se vayan todos 2”. Porque, ¿qué es una casta sino una élite que ya no provee nada? Ante la defección de la dirigencia política, Milei fue quien mejor entendió esa constatación. En palabras del disidente soviético Michael Voslensky, “una clase se hace parasitaria desde el instante en que su rentabilidad social disminuye: esta clase comienza a costar a la sociedad más de lo que aporta”. La potencia del concepto de casta que Milei importó de la izquierda española (Podemos), radica precisamente en la realidad que proyectaba. El diagnóstico y las propuestas de Milei podrán tener muchísimos problemas, pero en este punto, contenían un sentido de verdad.

Retrospectivamente, podría pensarse que el ecosistema social libertario empezó a nacer en aquella coyuntura atravesada por la pandemia y la negociación con el FMI, cuando incluso dentro del marco de un Alberto Fernández en la cúspide de su popularidad, un segmento creciente de la sociedad comenzaba a demandar un plan de salida y liberalización de las medidas sanitarias. Dos nuevas palabras empezaban a ordenar el espíritu de una época: Libertad e Interior. Un zeitgeist que se edificaba, como siempre sucede, en las entrañas de la anterior, como su némesis exacta. La cuarentena parecía corporizar el fantasma del Estado totalitario y represor denunciado por los proto-libertarios de una forma cruelmente empírica: las salidas a tomar sol determinadas en base al criterio universal del último número del DNI, el runner como enemigo público, la denuncia social estimulada desde arriba, la arbitrariedad policial y securitaria creaban, especialmente en los más jóvenes, en aquellos departamentos cerrados y en esas escuelas vacías, la cocina de la pulsión libertaria que desarrollaría el proceso social y político que desemboca hoy en Milei presidente.

Un Estado que se arrogaba el derecho de definir la “esencialidad” de una persona en base a  sus propios parámetros insondables (la autorización para salir a circular, desde el vamos sujeta a miles de arbitrariedades observables) en el marco de unos meses que también expondrían a viva luz la diferencia de las economías personales bajo la cuarentena entre los “estatalizados” (que podían sostener con mucha más tranquilidad los rigores del encierro) y los “no estatalizados”, “informales” y demás yerbas que necesitaban de “la libertad” para seguir sobreviviendo. También surge, embrionaria, una primera idea de casta, tanto en el “gobierno de científicos basado en la evidencia” como en el vacunatorio vip, que tuvo como particularidad la expresión de un privilegio no sostenido en los más típicos criterios de mercado (la corrupción lisa y llana, la venta de vacunas al mejor postor) sino en la pertenencia casi étnica a la nueva sangre azul progresista. Y como frutilla del postre, la Ambarización de la existencia en la Argentina (“Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”) también fue expuesta de manera gráfica en las conferencias de prensa del trio de la cuarentena Fernández-Larreta-Kiciloff, en una confesión implícita del modelo real de gobernabilidad en la Argentina. Partido del Conurbano Bonaerense (Kirchnerismo), Partido de la Ciudad (PRO) y Gobierno Nacional (una proyección débil de la mentalidad, ethos y cuerpo gestionario de alguno de los dos). Ellos y ellos solos definían las reglas para todos y todas, con la solvencia natural inconsciente que da la auténtica pertenencia de clase. Sin darse cuenta siquiera que lo estaban haciendo.

En este pantano emergía la constitución no escrita del cuarto gobierno kirchnerista: o Alberto Fernández gobernaba con la agenda fijada entre 2011 y 2015 o Alberto Fernández no gobernaría. La realidad (y la época) debían adaptarse al kirchnerismo antes que kirchnerismo reformarse en post de interpretar la época, proceso que llevó a esta fuerza política a transformarse en un sistema de vetos gigante, el Partido Conservador Nacional, garante del legado de una era ya fenecida. Los Ayatolas del peronismo, disparando fatwas en formas de cartas en Facebook. ¿Qué mejor muestra de esta pelea con la realidad que la insistencia epidérmica de la coalición de sostener una solitaria batalla contra la Justicia? Esta estación final del kirchnerismo rompía con la máxima que definió siempre la identidad sanamente camaleónica del peronismo. Como suele decir Martín Rodríguez, todo peronismo es una versión del peronismo, sin que exista nunca una definitiva. Porque la definitiva, la última, la osificada, la “permanente”, es el preludio de la muerte.

"Las salidas a tomar sol determinadas en base al criterio universal del último número del DNI, el runner como enemigo público, la denuncia social estimulada desde arriba, la arbitrariedad policial y securitaria creaban, especialmente en los más jóvenes, en aquellos departamentos cerrados y en esas escuelas vacías, la cocina de la pulsión libertaria que desarrollaría el proceso social y político que desemboca hoy en Milei presidente."

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El Peronismo de la derrota

La lección política profunda que deja esta etapa es que no hay gobernabilidad posible con el kirchnerismo. El kirchnerismo no puede gobernar solo, pero tampoco puede gobernar con otros. En conclusión, no puede gobernar la crisis de esta etapa histórica, al constituirse en una suerte de oficialismo imposible, que parece sentirse siempre más cómodo resistiendo, incluso a su propio gobierno. Esto no excomulga la responsabilidad histórica de Alberto Fernández y su renuncia a existir, a fundar un nuevo ismo, pero sí señala que este fenómeno excede las limitaciones de su propia personalidad. Hoy, todos los proxys del kirchnerismo fueron derrotados (Alberto Rodríguez Saa, Uñac, Perotti, Capitanich) y sólo sobrevivió una versión del “kirchnerismo autentico” en la Provincia de Buenos Aires, en el marco de un plan repliegue en donde solo entraban ellos. Una retirada estratégica, larga y profunda, que viene desplegándose involuntariamente como reflejo del achicamiento conceptual y político de un peronismo kirchneriano organizado en torno a la máxima “hay que achicar a la Argentina para agrandar al kirchnerismo”.

No es el plan perfecto de Cristina, como parecen querer apuntar sectores dentro y fuera del kirchnerismo que ven en cada movimiento de la vicepresidenta un despliegue de la astucia de la razón, sino la estrategia de retirada que quedó disponible después de la más tremenda derrota, cultural y política, de su batalla cultural a manos de los libertarios de Milei. Mantener alto el estandarte cristinista será hoy el mantra de aquellos opositores que pretenden reestructurar la polarización que tanto rédito político les prodigó. Como si susurraran soñando: “contra Cristina estábamos mejor, y mejor que el peronismo quede así por siempre jamás”. Por eso, joven peronista, cuando algunos intelectuales o periodistas (sobre todo opositores al peronismo) dicen en el marco de este evento catastrófico “ganó Cristina”, hay que interpretarlo como en las películas de la mafia: el que te habla de la centralidad de Cristina es el que te quiere cagar. Esto es así porque desde el 54% a esta parte el peronismo bonaerense perdió todas las elecciones, con la sola excepción del 2019 en el marco de la corrida y colapso económico del gobierno de Mauricio Macri. 13-15-17-21-23, los números malditos de la década perdida, también, para el peronismo. Este domingo fue barrido de casi todo el interior y sólo resistió, en un empate agónico en la Provincia de Buenos Aires y en la ruralidad de Formosa y Santiago del Estero. Un verdadero evento de extinción.

Todo el resto, es, o fue, el voluntarismo de Sergio Tomás Massa en la aventura filo bonapartista a la que se lanzó. El Frank Underwood del Frente de Todos edificó su poder y su candidatura en un esquema de alianzas móviles y cambiantes entre los otros dos socios mayoritarios. A veces aliado del kirchnerismo, como cuando construyó su centralidad en el dispositivo legislativo sobre la base de la edificación de una alianza con Máximo y Cristina Kirchner o cómo cuando articuló su llegada al Ministerio de Economía, que en términos operativos le puso fin al gobierno de Alberto Fernández. A veces adversario, como cuando le arrebató en su putch vespertino la candidatura a presidente a Wado de Pedro, que ya tenía incluso foto oficial. En el fondo, Massa entendió profundamente la máquina de impedir que era la coalición peronista, una trituradora de legitimidad y poder político casi perfecta, y procedió fríamente de la única manera posible que quedaba. Massa le dio un golpe de Estado al Frente de Todos y así logró encolumnar lo que quedaba de sus tropas desperdigadas ante el asalto final.

Para eso, no dudó en jugar con fuego y al offside más extremo con y contra el fenómeno de época, Javier Milei. El debate pareció un encuentro alucinante entre Víctor Frankenstein y su criatura, que por momentos flirteó con la verdad de una forma perturbadora. En ese “¿te acordás cuando venías a verme?” subyace la verdad del acuerdo que posibilitó la primera proyección del libertarianismo, en su apuesta subterránea al crecimiento de Javier Milei como un antídoto a la debilidad electoral oficialista (dividir la oposición), coincidente con la centralidad discursiva que CFK comenzó a otorgarle en sus clases “magistrales”. Cristina y Massa siempre quisieron estar en el ballotage frente a Milei, y para ese objetivo trabajaron. Frente al Monstruo, la elección deviene en extorsión, en la autopercepción de que el miedo estaba de un solo lado. Ten cuidado con lo que deseas, sobre todo,porque una sociedad arisca como la Argentina, puede decirle que no a una extorsión.

En todo caso, la suerte de la campaña de Massa implicaba, en tiempo real, dinamitar los cimientos conceptuales y políticos de la impotente coalición que lo cobijaba: en la gestión (con un nuevo cuerpo de ideas que nunca llegó), en la coalición empresarial que lo condicionaba (por momentos operando como una suerte de gerente de asuntos públicos de empresas que hacen negocios con mercados regulados), y por, sobre todo, en su relación con el kirchnerismo. Del 2013 al 2023, Sergio Massa cambió radicalmente su tecnicatura de acceso al poder, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. El Massa del Frente de Todos intentó llegar al poder vía la recomposición con el kirchnerismo, dinamitando su relación con la sociedad opositora que lo prohijó y transformándose en el último jefe de la casta bonaerense. Prefirió performar la durísima tarea de ir contra la época y de intentar la restauración de un sistema de poder que se estaba desmoronando. Entre el Massa outsider (2013) y el Massa insider (2023) se realiza la tragedia griega de Massa, el hombre que vino a romper con las premisas de su tiempo y terminó encarnándolo como el que más. Podría decirse que traicionó a la traición, y en esa traición terminó traicionándose a sí mismo. Su derrota es el paradojal epílogo de la revolución kirchnerista. Una vez más, Massa se construyó una derrota estratégica apilando victorias tácticas.

A futuro, la imaginación política permite proyectar un escenario para el peronismo dividido entre dos grandes centros, dos papados, que como el de Aviñón y Roma se disputarán la preeminencia política y conceptual sobre el nuevo peronismo. El peronismo kirchnerista bajo el liderazgo de Axel Kiciloff, inicie o no el proceso de reforma interna que insinuó antes de las elecciones y que fue rápidamente fulminado por los Torquemadas de siempre, y el peronismo cordobés, que derrotó dos veces a Juntos en su terruño, proyectó un candidato presidencial de casi 7 puntos, y que acaba de iniciar una renovación generacional bajo el liderazgo de Martín Llaryora. Dos peronismos, dos formas de ver y entender el país radicalmente diferente. 

"Entre el Massa outsider (2013) y el Massa insider (2023) se realiza la tragedia griega de Massa, el hombre que vino a romper con las premisas de su tiempo y terminó encarnándolo como el que más. Podría decirse que traicionó a la traición, y en esa traición terminó traicionándose a sí mismo. Su derrota es el paradojal epílogo de la revolución kirchnerista."

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¿Por qué no fue Juntos?

Vista esta crisis estructural de la matriz kirchnerista, que se solapó con la ruptura de la cadena de mandos del Estado Nacional (que reemplazó al presidente por el ministro de Economía), la pregunta que cabe, tal vez la pregunta política más relevante, en definitiva, es por qué Juntos no pudo capitalizar este rechazo y se convirtió en la primera víctima de Javier Chicxulub Milei. Una primera aproximación o intento de respuesta es sociológica. Desde la aparición de Javier Milei, cualquier mesa de votantes naturales de Juntos empezó a dividirse. De 10 personas reunidas alrededor de un living, 4 (probablemente los más jóvenes) preferían a Milei, 4 a Patricia Bullrich (mucho del viejo núcleo original del PRO) y 2 a Larreta, seguramente cuarentones con hijos y en la edad de la responsabilidad. La curiosidad no es tanto la división sino la virulencia que envolvía esa mesa común devenida en ambiente hostil; de repente, para sectores profesionales educados y con experiencia de gestión empresarial o estatal, Larreta, el otrora Steve Jobs, era ahora un comunista. El triunfo de Milei empieza a cocinarse primero ahí antes que en los Rappitenderos, en la ruptura de la gran familia de lo que otrora fuera Juntos. Una autodestrucción sociológica.

En ese electorado, Macri logró instalar exitosamente su propio relato acerca del porqué de su no reelección, el “qué nos pasó” de su propio gobierno: falta de arrojo y convicción, renuencia a dar la batalla cultural, a pagar costos, a decir las verdades a los gritos, maniatados por la corrección política y el miedo a la cancelación. Exceso de Marcos Peña. Falta de audacia. ¿Falta de locura? A este diagnóstico solo le faltaba una corporeización y esa fue Javier Milei, el Mr. Hyde del Ingeniero, el hijo punk y de cuero, piel y metal de la revolución de la alegría devenida en furia. Como para Massa, Milei fue para Macri el elemento clave de su estrategia. En términos de batalla cultural, sí, pero además como ariete contra el que parecía el presidente puesto en el 2022, Horacio Rodríguez Larreta, y contra el cual, por ser el “poder inevitable”, todos conspiraron, desde Macri y Bullrich hasta Massa y el kirchnerismo. Probablemente, en la estrategia original de Macri, la misión de Milei consistiría en sumar fuerza electoral y diputados para constituirse en el hermano menor de una coalición con eje en la presidencia de Patricia Bullrich, que le permitiría al gobierno prescindir del peso del radicalismo. Nuevamente, otro uso de Milei que salió al revés, aunque en este caso, el costo de la maniobra la paga Juntos como fuerza y no Macri como referente, que resultó fortalecido.

Macri se lleva su premio: eliminó a Horacio Rodríguez Larreta (al que imaginó como su verdugo) y entre la derrota de Patricia Bullrich y la victoria de Milei, recobró una centralidad política que lo transforma en una suerte de árbitro mayor del pan-liberalismo en Argentina. ¿Podrá otorgarle a Milei el sustrato gubernamental del que la LLA carece? ¿Podrá esta vez Víctor controlar y moldear el destino de Frankenstein? Corren las apuestas, porque en la Historia cada vez que aparece un “solitario”, hay algún otro dirigente que asegura que lo que puede controlar. De no hacerlo, ¿podrá evitar que el costo político de la aventura libertaria no lo arrastre al barro de la Historia?

"Probablemente, en la estrategia original de Macri, la misión de Milei consistiría en sumar fuerza electoral y diputados para constituirse en el hermano menor de una coalición con eje en la presidencia de Patricia Bullrich, que le permitiría al gobierno prescindir del peso del radicalismo. Nuevamente, otro uso de Milei que salió al revés, aunque en este caso, el costo de la maniobra la paga Juntos como fuerza y no Macri como referente, que resultó fortalecido."

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Las tropas federales de Alais

Los gobernadores nuevamente definieron su partido: “la austeridad de coraje” (Vasco Amondarain dixit). Cuando todos los estudios de opinión pública indicaban que la elección era una excelente oportunidad para construir una candidatura “del interior”, un clivaje emergente en el marco de la endogamia ambacéntrica del frentetodismo, en lugar de recluir a Massa en la responsabilidad gubernamental de ordenar la economía, lanzarse a una ruptura política con CFK y apoyar la candidatura de Juan Schiaretti, prefirieron sostenerse en la vieja convicción conservadora de que sin CFK no se puede. Una determinación histórica que contribuyeron a cimentar esta segunda década perdida y que hoy les costó sus propias gobernaciones.

Allí naufragaron los peronismos provinciales de Santa Fe, Entre Ríos y San Juan, que eran el territorio natural de la conformación de un nuevo espacio político. Allí también se fue cocinando esta suerte de rebelión electoral del interior contra la “imbatible” tercera sección electoral del conurbano bonaerense. Milei, que es a los ojos de los provincianos olvidados, otro bullineado de la élite biempensante porteña (Massa se encargó de escenificarlo en el debate), es también, y quizás por ello, una victoria del interior. En cualquier caso, si la elección del domingo deja una lección contundente, es que se puede ganar una elección nacional incluso a pesar de perder en el conurbano bonaerense. ¿Se termina el tiempo de los gobernadores castrati?

Un outsider suelto en Argentina

¿Qué se puede esperar de Javier Milei? Se ha trazado un objetivo refundacional: poner a rotar a Argentina (nuevamente y contra su historia), en un eje liberal. Ese resteo reformista (desarmar al Gulliver), en lo inmediato, le demandará la ejecución de tres tareas: en un plazo corto de tiempo, reclutar un equipo con gran capacidad política y técnica para tomar el Estado (no hay tiempo para aprendices). Milei necesitará construir en tiempo récord un dispositivo gubernamental profundo. Aún los experimentos políticos más liberales (de Thatcher a Reagan), suponen un fuerte activismo gubernamental para implementar reformas y abrir mercados. El sueño del mercado no se autoconstruye con prescindencia de la política, se edifica con capacidad e inteligencia política.

En segundo lugar, si quiere evitarse el atajo de las micro reformas (el tan vilipendiado gradualismo), deberá contar en el día uno con una hoja de ruta precisa e inteligente. Casi que deberá rebautizar a su epopeya como Roberto Dromi. Esto implica, construir la política de las reformas (los acuerdos parlamentarios), la legalidad de los posibles cambios (neutralizar el frente judicial) y la capacidad efectiva para hacerlos operativos (construir un gobierno liberal). Un camino lleno de obstáculos, con un gobierno que entregará un país en la saga final de sus irresponsabilidades (hacer candidato al que supuestamente debía estabilizar la economía) al borde de una hiperinflación. Hay un núcleo de honestidad intelectual en el desafío que Milei se ha trazado: no hay estabilización posible de la economía argentina sin reformas estructurales. Incluso Massa ganando, era consciente de este dilema de época que lo emparentaba más con Menem que con Kirchner.

"Milei necesitará construir en tiempo récord un dispositivo gubernamental profundo. Aún los experimentos políticos más liberales (de Thatcher a Reagan), suponen un fuerte activismo gubernamental para implementar reformas y abrir mercados. El sueño del mercado no se autoconstruye con prescindencia de la política, se edifica con capacidad e inteligencia política."

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En tercer lugar, Milei deberá neutralizar su frente interno y no caer en la trampa que le proponen los sectores más reaccionarios de sus huestes: la batalla cultural. El éxito o el fracaso de su gobierno, se cifra en saber elegir las batallas, y la más relevante, es la económica (reformar y estabilizar Argentina). Todas las demás, y sobre todo las reformas culturales, son excentricidades que le abrirán un Vietnam de conflictos, que posiblemente le sirvan de pulmotor al kirchnerismo en su sueño de renacer al calor de una nueva intifada, y que al final del camino, servirán de excusas para que actores del sistema político (empujados por los sectores económicos que se benefician del status quo) oficien de vetadores seriales de cualquier impulso reformista. Como un buen arquitecto (si es que lo es), Milei deberá entender y hacer entender que, en este plano, menos, es más.

La epistemología común que unía a la vieja élite política, económica y cultural argentina con la sociedad civil está, ahora sí, completamente rota. Milei es el hijo de esa ruptura, que demanda una racionalidad alternativa para un país en donde los jóvenes ya no sueñan con superar el horizonte material y aspiracional de sus padres. Como demostró la elección del domingo, ni la proto Unión Democrática, ni los abucheos en el Colón, ni los sermones de intelectuales y artistas alcanzaron para morigerar el hambre y la sed de cambio. Nuevamente, el subsuelo de la patria se ha sublevado. Parafraseando la letra de Charly García: me han ofendido mucho y nadie dió una explicación. ¿Podrá hacerlo Milei?

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