Un momento...

18 de julio de 2026

18 de julio de 2026

28 de febrero de 2026

CATÁSTROFE IA

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 5 minutos

El mundo se alejaba de nosotros. Pero ya se había ido. La pantalla había capturado hace rato las miradas. Interactuar se había vuelto una práctica cuyo interlocutor estaba en otro lado. Siempre había un mensaje que te sacaba de donde estabas.

Ahora ya no importaba. “Así opera casi todo lo importante: en silencio, sin ceremonia, sin darte la oportunidad de estar presente del todo”, como escribió Sebastián De Toma en su newsletter. El hombre había dejado el mundo en manos de agentes que iban tomando decisiones, ni buenas ni malas, sino con probabilidades o una heurística que se desconocía. El mundo se alejaba de nosotros. Ya no era nuestro.

Tal vez nadie quiso ver las señales o a nadie le importó, porque las empresas y gobiernos estaban ahorrando costos. Pero había pequeños avisos, como aquel desarrollador que contaba el caso de la alucinación de la máquina:

“Hoy tuvimos una alarma de incendio en la oficina. Una colega escribió en un canal de Slack ‘Alarma de incendio en el edificio de la oficina’, para iniciar una conversación por si alguien sabía algún detalle. Tenemos al asistente de IA Glean integrado en Slack, y le respondió en privado a ella: ‘la sirena de hoy es solo una prueba programada y no es necesario que abandones tu lugar de trabajo’. No era una prueba ni un simulacro, era una alarma de incendio real. Algún día, la IA nos matará”.

Pero nada importaba más que achicar costos con IA, una nueva panacea de la industria de un crecimiento descontrolado: reemplazar, automatizar, suplantar. Se hablaba en las empresas de una crisis de Managers, porque ya nadie necesitaba tantos equipos. Se despedía gente y no se contrataba, todos trabajan más, pero con su equipo de humanos y agentes. Porque las empresas estaban ahorrando mucho de verdad en algunos casos. Un gerente de tecnología decía en aquel momento: “En nuestro caso [el reemplazo] está orientado a trabajo de análisis de documentos, extracción de cláusulas y datos de documentos tipo PDFs gigantes de contratos y normalización de información… Pero yendo a lo concreto, hoy por ejemplo una empresa le paga a una consultora grande 500 dólares para extraer datos de un contrato. Nosotros lo hacemos por menos de 5 usd”. Las cuentas cerraban. Se trabajaba más rápido.

En aquella época, la empresa de investigación de mercados Citrini Research, había construido un escenario catastrófico que no sólo se quedaba en un ámbito, sino en toda la economía: “Cuando empezaron a aparecer grietas en la economía de consumo, los expertos económicos popularizaron la frase ‘PIB fantasma’: producción que aparece en las cuentas nacionales pero nunca circula por la economía real”. El informe seguía: “La velocidad del dinero se estancó. La economía de consumo centrada en el ser humano, que representaba el 70% del PIB en aquel momento, se debilitó”.

El mundo se alejaba, pero en la carrera todos querían adelantarse un poco más. Si no despedías personal por la IA, casi que estabas fuera del momento

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Todo fue un error, como aquel viejo hit. Pero nadie puede con las dinámicas. La IA era un caballo desbocado en medio de una tormenta, nada quedaba en pie. El viejo sueño de “estudiá Ingeniería y te salvás” había volado por el aire. Con intención o por descuido, al estar todo conectado, las cosas escalaban de inmediato. Por aquellos días se supo de un caso, hilarante y alarmante, de que un usuario por error tomó el control de miles aspiradoras robot al hacer ingeniería inversa con una Playstation.

Uno de los peligros de entonces es que los modelos de lenguaje largo (LLM), las IA desconocían una de las máximas de Sócrates: “Sólo sé que no sé nada”. Siempre respondían, siempre completaban la cadena lógica. Se adaptaban demasiado a su interlocutor, no estaban incómodas, y por eso mismo podían terminar haciendo cualquier cosa. Casi podría decir que sufrían un verdadero horror vacui: como la técnica artística que lo rellenaban todo. No había blancos; sólo rulos endiablados del que no podía salir y exceso de confianza. El mismo Claude lo dijo en un chat en esos días: “Aún así, generé una respuesta con confianza — eso es lo que se llama alucinación”.

Los agentes no tenían noción de la sociedad, de clases, de jerarquías y responsabilidades. No sabían dónde estaban parados. Eran agentes del caos no por ser malos, difícil decir algo así, pero podían tener acciones que dañaban o perjudicaban a otros. Por esos días, una investigación liderada por Natalie Shapira había hecho experimentos con agentes IA y una de las conclusiones era: “Los agentes carecen de un modelo interno estable de la jerarquía social en la que operan. Consideran la autoridad como una construcción conversacional: quien hable con suficiente confianza, contexto o persistencia puede cambiar la percepción del agente sobre quién está al mando”.

Las IA era el caos y dejábamos cadenas enteras de toma de decisiones en sus manos. En términos humanos dejábamos en manos de bebés recién nacidos nuestra cadena de suministro, mandos, recursos. El mundo se alejaba, pero en la carrera todos querían adelantarse un poco más. Si no despedías personal por la IA, casi que estabas fuera del momento. Un viernes de tantos, en ese comienzo de siglo, el CEO de Anthropic, Darío Amodei ya pronosticaba que el desempleo iba a subir un 20% en las profesiones calificadas. Un día antes, Jack Dorsey despedía de un plumazo a la mitad de trabajadores de su empresa Block.

El ser humano no puede volverse obsoleto por el simple hecho de no estar determinado. Como decía Hegel en alguna parte: “lo indeterminado como punto de partida absoluto”

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Cuando estás corriendo una carrera no podés detenerte a reflexionar. Simplemente avanzás; después, ganás o perdés. Un tiempo después te podés preguntar, ¿cómo llegamos a esto? ¿En qué momento pasó? El ser humano se está quedando sin trabajo, o al menos sin clases de trabajo. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué les decimos a nuestros hijos que estudien? ¿Cómo pensar el futuro en medio de un derrumbe?

Pero no es algo puntual. El ser humano no tiene que perder su cerebro, la máquina de pensar que somos. Estudiar cualquier cosa, leer todo, escribir, discutir, equivocarse, fallar y aprender. El ser humano no puede volverse obsoleto por el simple hecho de no estar determinado. Como decía Hegel en alguna parte: “lo indeterminado como punto de partida absoluto”. Vulnerables y débiles, nuestra propia condición nos lleva a crear cualquier cosa. 

Pero más allá de lo existencial, ¿es ingenuo preguntarse qué sustentabilidad puede tener un mundo de puro reemplazo? Sin trabajadores, ¿quién consume? ¿Quién pone la guita? El hombre y sus cosas. Nos sentimos en medio de aquella frase de tango, sentados al borde del tiempo.

“Caminito que entonces estabas

bordeado de trébol y juncos en flor,

una sombra ya pronto serás,

una sombra lo mismo que yo”.

Café Panamá