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19 de junio de 2026

19 de junio de 2026

27 de febrero de 2026

CANCELACIÓN DE ÉPOCA, CANCELACIÓN DE ÉPICA, FIN

Osvaldo Nemirovsci

@nemicom
Política
Tiempo de lectura: 13 minutos

La votación del proyecto de reforma laboral en diputados, más que un escándalo (que lo es) marca un corte de época. La importancia de esa noche está dada, al margen de lo perjudicial que será la sanción de esa norma ─que luego se verá la posibilidad de su real aplicación en el terreno “visitante” de los trabajadores─, por la simbiosis dada entre las formas y el fondo de esa sesión.

Esa unidad entre muy malas prácticas políticas y una regulación de notoria insensibilidad social, al ser naturalizada como algo lógico y aceptable, marca un quiebre con el pasado, que es ayer nomás, y el comienzo de otro tiempo. Todo es antiguo mientras pocas cosas son modernas. Hasta el término “fin de ciclo” aparece como rancio para describir lo que hoy ocurre en la Argentina y que, en cierta forma, refleja realidades globales.

Surge, con cierta nitidez, una cancelación de época: la clausura de usos y costumbres regulados por sentidos comunes que también marchan, a pasos agigantados, hacia el desván de los recuerdos. Es como si un carnaval enloquecido de matracas, colores y ruidos invadiera la vieja placidez de la política y desorganizara, por virtud de su propio barullo, las certezas acumuladas durante tanto tiempo.

Nociones de la ciencia política como “formas republicanas”, “democracia de partidos”, “mercados de competencias”, “populismo” parecen perder eficacia descriptiva, gravadas por la dificultad de definirlas a la luz de las realidades vigentes.

Surge una cancelación de época: la clausura de usos y costumbres regulados por sentidos comunes que también marchan, a pasos agigantados, hacia el desván de los recuerdos. Es como si un carnaval enloquecido de matracas, colores y ruidos invadiera la vieja placidez de la política

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Se mantiene, inalterable al sonido de la modernidad, el concepto de “hegemonía”, pero ni siquiera puesto en valor desde aquellas definiciones del pequeño gran sardo (por nacimiento y turinés por política) Antonio Gramsci, el hombre que estudiaba, pensaba y se peleaba por la conducción del PCI[1] mientras Benito Mussolini consolidaba una revolución derechista que lo mantendría más de veinte años en el poder.

El pensamiento de hegemonía planteado por el comunista peninsular se sostenía en el dominio de una clase social mediante la fuerza, como tradicionalmente describe el marxismo, pero asignando a esta un valor menor que el de la potencia cultural e ideológica de sus ideas. Mediante ese consentimiento de aceptación, esa clase dominante logra que sus valores sean tomados como inevitables y naturales por las mayorías o por sectores potentes de una sociedad.

El valor de la hegemonía hoy está instalado en Argentina mediante mecanismos atípicos que suplen las formas ortodoxas que pensó Gramsci. Milei es hegemónico, o al menos “más hegemónico” que cualquier otra identidad social o política. En el mundo de las baratijas y de las chafalonías ideológicas, ser hegemónico es contar con un apreciable porcentaje de ponderación social, que puede no llegar al 50%. Y esta proporción, lejos de las valoraciones históricas de hegemonías poderosas, se potencia al no tener enfrente modelos opuestos que le disputen el poder, la narrativa y el apoyo de espacios sociales con alguna homogeneidad. Incluso la histórica consonancia entre el peronismo y la clase trabajadora hoy admite un signo de interrogación.

Pero en este anómalo concepto de hegemonía no aparecen como sustantivas las presencias de las instituciones (escuela, Iglesia) para imponer una visión del mundo que se acepte como parte del sentido común al estilo gramsciano. Es más, probablemente estos estamentos tengan una práctica contraria al mileísmo.

Tampoco aparecen con la brillantez que supieron tener algunos de los “intelectuales orgánicos” de las clases dominantes en los modelos históricos. Este dato era central para Gramsci, pues son los que organizan la cultura hegemónica y se encargan de difundir la ideología de clase y de dominación. Por el contrario, el equivalente de estos intelectuales en el mileísmo es una cohorte limitada en su capacidad explicativa, con notorias dificultades expresivas, cuyo rol transmisor se reduce a consignas de escasa originalidad, ligadas a sentires conservadores y reaccionarios, pero que, sin embargo, logran su cometido.

A ojos externos —y con cierta objetividad racional y académica— esta organicidad intelectual parece más una comparsa desordenada que un instrumento eficaz de propagación ideológica. Pero esa calificación poco importa (salvo para regocijo propio): vale por su efectividad, no por su calidad.

Y también ingresan en este fin de ciclo categorizaciones que apenas hace dos años aparecían con rótulos de novedosas. Seguir hablando de “disruptivos” o “rupturistas” es otra antigualla que hoy describe poco y explica menos.

El equivalente de los intelectuales organicos de Gramsci en el mileísmo es una cohorte limitada en su capacidad explicativa, con notorias dificultades expresivas, cuyo rol transmisor se reduce a consignas de escasa originalidad, ligadas a sentires conservadores y reaccionarios, pero que, sin embargo, logran su cometido

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La derecha, como simbología aceptada durante 250 años, ha perdido su ubicación en ese damero de lugares. La izquierda lo mismo. El liberalismo no reúne hoy las condiciones semiológicas que le dieron origen. Tener dudas es una valía que suma al conocimiento más que “una jactancia para intelectuales”. Dudar es una posición valiente, activa y racional. La duda se convierte en una herramienta crítica que permite ver y aceptar o bien observar y rechazar, creencias que parecían incuestionables. Cuando Tulio Halperin Donghi escribió en 1994 su libro La larga agonía de la Argentina peronista, quizás podría haber prescindido de la última palabra. La agonía continúa, y se amplía.

El drama de la actualidad, en caso de que sea un drama, también transita por la falta de palabras para que podamos expresar y representar el mundo que pretendemos analizar. Los cientistas sociales más importantes exprimen el área de Broca en su cerebro. Este lugar, situado en el lóbulo frontal izquierdo, es lo que transforma ideas en palabras articuladas y construye, a veces, frases gramaticalmente correctas para hallar términos que detallen las novedades y así proliferan expresiones como “democracia restringida”, “autoritarismo electoral”, “democracia autocrática”, “iliberalismo”, “democracia híbrida”, “autoritarismo competitivo” o “dictadura de manipulación” y muchas más locuciones que intentan darle sentido de significancia a un mundo con instituciones republicanas gobernado con autoritarismo y, en muchos casos, desvíos y “olvidos” de las formas que sustentan un modelo democrático.

Tener dudas es una valía que suma al conocimiento más que “una jactancia para intelectuales”. Dudar es una posición valiente, activa y racional. La duda se convierte en una herramienta crítica que permite ver y aceptar o bien observar y rechazar, creencias que parecían incuestionables

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Todas intentan otorgar significación a un mundo con instituciones republicanas formales gobernado, en ocasiones, con prácticas autoritarias y desvíos persistentes de los principios democráticos. La antigua dicotomía entre dictaduras y gobiernos electivos resultaba más sencilla; hoy la realidad es más ambigua y compleja.

Argentina transita parte de este universo de dudas. Funcionan las representaciones más necesarias del perfil republicano. Se vota en tiempos acordados y con la suficiente libertad que nos libera del flagelo del fraude.

El Congreso de la Nación y las legislaturas provinciales abundan en representantes opositores. Las provincias ofrecen un justo ejemplo de que gana el que más votos obtuvo y se gobiernan con una gran diversidad de expresiones partidarias. Existen medios, sobre todo audiovisuales, independientes, y algunos con cierto privilegio de rating. Sin embargo, asistimos a una erosión más sutil: no necesariamente institucional, pero sí cultural y práctica.

Aparecen estilos represivos para las protestas, funcionarios encumbrados, incluido el presidente, que amenazan desde la vulgaridad y el mal gusto expresivo. Se manipulan procedimientos parlamentarios dentro de márgenes formales, pero forzando su espíritu. Aparecen indicios de agravio a la prensa, pero en verdad, no pasan de intentos vanos y poco espabilados con la Oficina de control de la calidad de información.

Las redes sociales cumplen un rol central en la construcción de sentido. Allí, el control estatal es prácticamente imposible; el terreno queda librado a la correlación de fuerzas, al uso de bots y trolls, y a la capacidad comunicacional. En todo esto hay una sensación de liviandad democrática desde el gobierno. Ya no es darle la espalda al Congreso sino ponerse frente y pretender que se naturalicen pinceladas de autoritarismo.

Son pequeños recorridos que aparecen como insignificantes y sin estatura para amenazar con riesgo la forma de la democracia electoral en la que vivimos, pero no está de más poner en emergencia las alertas necesarias para que, como sociedad, cerremos filas ante agravamientos de esas hoy, pequeñas naturalizaciones del autoritarismo.

También entra en crisis la idea de que los partidos políticos son los límites naturales frente a cualquier desviación despótica. Levitsky y Ziblatt[2], tal vez los más modernos pensadores sobre la vida política acuñaron, ayer nomás en 2018, la frase que “los partidos políticos son los guardianes de la democracia”. Hoy esa afirmación no resulta evidente.

Ni siquiera se trata de hacer una división entre los partidos políticos de todo el mundo para separar quienes pueden cumplir el requisito de amparar la democracia y quienes no. Esas mismas organizaciones partidarias mutan su calidad en virtud de ubicarse en la oposición o en el poder y no son garantía, en virtud de sus propias características infraestructurales y sus sentidos de la oportunidad, de garantizar absolutamente nada. Junto a la evaporación de una forma de la política, también se va la permanencia partidaria en espacios férreos, que les daba identidad. Poco perdura como idéntico a su mandato genético, al tiempo que, en la mejor literatura de la química, nada se pierde todo se transforma.

Los partidos socialistas son libre mercado: apoyan el libre comercio como parte de la integración económica europea, el Partido Socialdemócrata de Austria ─SPO, el Partido Socialista de Bélgica y el colectivo del Partido de los Socialistas Europeos─ PES que combinan dentro de la UE cierta regulación laboral con competitividad. Y recordemos a Felipe González y su gobierno en España. Los partidos de derecha son fuertemente ambientalistas y en virtud de su recuerdo a la idea nazi de tierra y sangre encuentran cierta justificación en la defensa ecológica, no hacen cuestiones de género y son pro mujeres (menos VOX en España y el bolsonarismo en Brasil). En Europa importantes sectores de la extrema derecha discursea en defensa de las mujeres como argumento contrario al trato que a ese género brinda la inmigración musulmana. Sobre todo, en países donde la defensa de los derechos de las mujeres y la libertad sexual forman parte de la identidad nacional. Eso les permite alardear de la superioridad moral como país. En Partidos como Agrupamiento Nacional, el viejo Frente Nacional, de Marine Le Pen en Francia, Alternativa para Alemania y los Demócratas de Suecia, son parte de esta derecha renovada. En el caso del partido alemán fue liderado por una mujer, Frauke Petry y una dirigente abiertamente lesbiana como Alice Weidel.

No importan las distancias a recorrer entre punta y punta de las viejas y las nuevas posiciones. De izquierda a derecha y del conservadorismo a la revolución, el mundo está buscando un nuevo orden integrador que lo satisfaga mayoritariamente y que implique la puesta en valor institucional de nuevos aconteceres

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Los partidos liberales son proteccionistas y encuentran un sentido en el cambio hacia políticas proteccionistas. Los partidos tradicionalmente liberales o de centro-derecha, que es una tendencia creciente, hacen foco en la defensa de la industria nacional, la seguridad geopolítica y la respuesta a la globalización. Baste el ejemplo del Partido Republicano de EE. UU.

Los partidos de izquierda son acusados de judeofobicos y antisemitismo: Pedro Sánchez, el socialista español y jefe de gobierno, ha sido acusado de impulsar una línea hostil anti judía y anti israelí y utilizar desenfrenadas retóricas antisemitas. Es una acusación, pero se basa en declaraciones del dirigente español sobre el conflicto en Gaza. Igual crítica tuvieron los laboristas británicos y su ex líder Jeremy Corbin, no así el actual premier Keir Steimer. La misma acusación se dirigió contra el referente trotskista francés Jean Luc Melenchon, el Podemos español y varios agrupamientos, sobre todo trotskistas, en el mundo.

Los partidos ecologistas son ajenos a su propio breviario: los Verdes de Alemania apoyan medidas energéticas, de emergencia, muy lesivas para lo ambiental y los Verdes de México con fuerte presencia parlamentaria, están distantes de agendas ecológicas. Los partidos comunistas en gestión de gobierno aplican políticas y medidas económicas de libertad de mercado como en Vietnam y China.

No importan las distancias a recorrer entre punta y punta de las viejas y las nuevas posiciones. De izquierda a derecha y del conservadorismo a la revolución, el mundo está buscando un nuevo orden integrador que lo satisfaga mayoritariamente y que implique la puesta en valor institucional de nuevos aconteceres. Los anteriores están agonizando y van muriendo.

Argentina vive ese cimbronazo. La orfandad de ideas atraviesa a casi todas las identidades políticas, con excepción aparente de LLA, que sostiene un núcleo discursivo simple pero eficaz. No necesita sofisticación conceptual: sigue feliz y en marcha triunfal cantando y gritando los mismo razonamientos, escasos y auto ditirámbicos que le dieron razón de ser, presencia electoral y, sobre todo, victorias con anuencias populares. El resto de las identidades más grandes de la vida política sufre ese desabrigo de ideas, esa desnudez de impulsos creativos que le brinden tono y musculatura a sus aspiraciones históricas.

Algunos creen hallar salvaguarda al calor de la subordinación a espacios más grandes los cuales pueden cobijar tiempos de subsistencia, aunque en ese rumbo se sacrifiquen años de construcción valorativa propia e incluso de fuertes apotegmas fundacionales y de permanencia histórica. Es el caso del radicalismo como partido y del PRO como estructura. Les espanta ser cabeza de ratón y opta por la frase contraria a ésta. Nunca tan bien buscada “la cabeza del león”.

Argentina vive ese cimbronazo. La orfandad de ideas atraviesa a casi todas las identidades políticas, con excepción aparente de LLA, que sostiene un núcleo discursivo simple pero eficaz. No necesita sofisticación conceptual

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Probablemente el radicalismo sobreviva como idea movimientista al estilo más alemista[3] que yrigoyenista de sus comienzos, pero para eso deberá retrotraerse a casi 140 años atrás y comenzar a cruzar un desierto lleno de arenas peligrosas y carente de aguas salvadoras. Y en esta etapa de fin de ciclo y defunciones anunciadas de los partidos políticos, los radicales deberán excavar tumbas demasiado profundas para hallar signaturas de su mejor identidad.

El PRO puede intentar su redentor camino a convertirse una derecha racional, liberal y democrática, plaza que probablemente hoy esté ociosa en el país, pero que ofrece pocos atractivos en virtud de la fuerte atracción que despierta LLA con su derecha irracional, iliberal y no democrática. Los espacios políticos cuando existen, aunque giren en el vacío, terminan rellenándose con viejos o nuevos protagonismos.

Claro que esto es tomando en cuenta que sobrevivan estos conceptos que hoy están muriendo. En verdad, es un albur imaginar porvenires donde continúe siendo necesario que las ideas políticas, las demandas sociales y los planteos ideológicos sigan requiriendo formas tradicionales para manifestar su existencia.

Este trabajo aborda más la posibilidad de que no sea de esta forma y aporta ciertas consideraciones sobre la desaparición, al menos circunstancial, de lo que hasta ahora significa un partido político. Lo que se conoce está en duda. Lo que se estudió no se verifica. Lo creído durante mucho tiempo muestra fatales debilidades. La única verdad vuelve a ser la realidad y esa realidad no devuelve ninguno de los testimonios por los que se sostuvieron identidades, acciones, épicas, militancia y confianzas.

Nada es para siempre y la expiración de formas políticas puede tener la provisoriedad que los tiempos requieran, pero hoy aparecen más contundentes los certificados de defunción, que están visibles aunque no todos puedan y quieran verlos.

Y está el peronismo. Despectivamente llamado gigante invertebrado, aunque en esta etapa ese remoquete casi le calce como nunca antes. Algunos optimistas recurrirán, con sorna y creencia en la inmortalidad, a los versos de María Elena Walsh, maravillosamente interpretados en la canción “Como la cigarra” por Mercedes Sosa: “Cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitado”, verdadera metáfora de la resiliencia y casi un himno a la resistencia (palabra sentida y respetada por el peronismo), en virtud de su claro mensaje de persistencia, aunque utilicen la figura retórica de la resucitación como la del Lázaro bíblico.

En verdad, no es tiempo de sorna para el peronismo ni de canciones que desde lo ficcional hablan de lo que hoy la realidad no muestra, al menos en sentido político. Probablemente este fenecer de las formas conocidas alcance al peronismo como estructura nacional y disloque en mucho su capilaridad territorial. Y, factiblemente, la influencia de la fortaleza desde el poder del libertarismo conmueva igualmente las estructuras provinciales del peronismo, sobre todo aquellas que gestionan.

Esta tormenta casi perfecta sobre todas las identidades políticas no encuentra motivo para no caer sobre las espaldas del Partido Justicialista. Lo más probable es que ese espacio viva momentos de aturdimiento y desorientación dirigencial, agravado porque la mayoría de quienes hoy conducen. De una u otra manera, al peronismo, no llegaron a sus cargos gracias a un apoyo masivo y genuino de sus afiliados. Quizá, y más allá de errores y tropiezos, la única figura que puede unir conducción y legitimidad es CFK en cuanto a los valimientos para estar presidiendo el PJ, lo que no significa que esa condición deba permanecer en el tiempo. Y tal vez sumen, a esa paridad entre lo formal de conducir y lo real de su predicamento, algunos gobernadores peronistas, como Ricardo Quintela de La Rioja y Axel Kicillof.

Pero esa forma electa, bastardeada por la ausencia de avales masivos para estar donde están, hace que el aturdimiento sea mayor para, por ejemplo, un Consejo Nacional del PJ que no da señal alguna de vida ni de intenciones de vivir. Estar allí por tributo de la decisión del demiurgo no asegura capacidad de resistencia ni de ser respetados cuando los miran para arriba los millones que están abajo.

Cuenta el peronismo con cierta ventaja ante la UCR y el PRO. Y es que a diferencia de ellos ya efectivizó pasos para cumplir los requisitos de reconocimiento del autoritarismo que es lo primero para poder mantener a raya las desviaciones hacia las autocracias[4]: 1) El peronismo denuncia hace tiempo la débil aceptación de las reglas democráticas por parte de LLA; 2) Es blanco principal de la deslegitimación que, como adversario político, le dirige el gobierno; 3) Critica el fomento a la violencia del gobierno en sus fases más altas, sobre todo por parte del presidente; y 4) ha revelado claramente la predisposición mileísta a restringir libertades civiles, presionar medios de comunicación y desconocer derechos humanos fundamentales construidos desde los derechos naturales y sostenidos en el derecho positivo, como la salud y vivir.

Esta posición ventajosa respecto a quienes no han llevado adelante las mismas acciones lo convierte al peronismo, en un natural polarizador del mileísmo, dato este no carente de positividad cuando, llegado el momento en que, agotado el ensueño libertario y comprobada en carne propia, social y multitudinariamente, la ineficacia de su plan de gobierno y lo doloroso de seguir soportándolo, millones de sufridos argentinos busquen referencias claras de oposición, destellos certeros de “pureza étnica no libertaria”, y eso solamente podrá brindarlo el peronismo y la izquierda.

Es necesario insistir en que estos razonamientos, algunos augurales y para nada certeros, solo pueden darse si la muerte de los partidos políticos tradicionales se presenta con cierto nivel catatónico, donde la apariencia de muerte solo es un síndrome neuropsiquiátrico severo que afecta el control motor y la conciencia, y se caracteriza por la inmovilidad, mutismo y rigidez. Pero nadie muere, y entonces el peronismo podrá cantar aquella canción tan pegadiza de Peret y Sergent García “no estaba muerto estaba de parranda”, y ser ese sujeto contradictor del libertarismo.

Pero, de cumplirse este necrófilo pronóstico y de que el fin de ciclo sea patrimonio de todos, otro será el cantar y nuevos sujetos y contextos explorarán la política. Y esa polarización que puede beneficiar al peronismo encontrará otra identidad para formar el dueto adversario con el libertarismo.

La sociedad demandará un nuevo equilibrio y probablemente en la figura de nuevos sujetos políticos (aquí el peronismo, con su magníficas formas de transformarse puede jugar un rol) a los cuales se les exigirá respuestas a demandas insatisfechas

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No está comprado ni asegurado ese lugar. Pablo Touzon[5], un inteligente analista de la política, dice que “lo que le gane a Milei va a ser algo que desborde a Milei, algo post Milei, y no un retorno al pasado”. Y, viniendo de un pensador agudo y claro como él, no es descartable esta posibilidad. Pero sin el grado de certeza que le otorga. No estoy tan seguro. Sobre todo, porque no está claro que es el pasado, como si ese dato solo correspondiera al peronismo y algunos de sus fracasos como la inflación, la corrupción, el déficit fiscal o al radicalismo centralizando en el gobierno de De la Rúa, y no le puede caber también a un proyecto restaurador conservador como el de Milei que fija pertenencias políticas en el siglo XIX y toma decisiones muy atrasadas en lo que el mundo está haciendo. Pero esa premonición de Touzon debe ser tomada con seriedad y prudencia. También dice Touzon que “la ruptura total del sistema político fue extrema”. Creo que, en efecto, es así, pero veo una reconfiguración del sistema político con LLA adentro y un rápido deterioro de ese sistema de nuevo cuño, que sufre rupturas de cierto tipo.

Hay panorama abierto con dominio hoy del mileísmo. Por sus votos y su sustento en la opinión pública. Pero sus constantes hechos de provocación y alteración de derechos vigentes pueden producir, en tiempo breve, una modificación de esos vectores con desalineamiento de sus apoyos y fractura en su base de sustentación.

Es probable que este desalineamiento donde votantes y simpatizantes abandonan esa identificación no signifique transferir lealtades a otras referencias de forma permanente, pero si darle volatilidad a las decisiones masivas de la población donde desaparece el voto duro y pueden surgir relevancias sobre la base de temas coyunturales o carismas en liderazgos personales. Esto abre el juego, dentro del modelo electoral, a una fragmentación más competitiva. Aparece una forma de recalibramiento democrático que deberá corregir los desfasajes entre las necesidades de un gobierno y la realidad social. La sociedad demandará un nuevo equilibrio y probablemente en la figura de nuevos sujetos políticos (aquí el peronismo, con su magníficas formas de transformarse puede jugar un rol) a los cuales se les exigirá respuestas a demandas insatisfechas.

Quien esté atento a estos devenires, tiene más números en la lotería de los mayores premios en la Argentina.


[1] Partido Comunista Italiano

[2] Steven Levitsky politólogo norteamericano (1968) y Daniel Ziblatt politólogo norteamericano (1972) son coautores del bestseller Cómo mueren las democracias (2018).

[3] Por Leandro N. Alem 1842/1896 fundador de la Unión Cívica Radical.

[4] Esto es una suerte de elemento taxativo que Levitsky pone en consideración.

[5] Pablo Touzon (Buenos Aires, 1980) Licenciado en Ciencia Política. Analista y consultor político. Es coautor, junto con Martín Rodríguez, del libro La grieta desnuda. El macrismo y su época (2019), y fundador y editor de la revista digital de política y cultura Panamá.

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