21 de julio de 2026
Su nombre ha cobrado relevancia en los últimos años. En Argentina, en España y en Francia se relanzan sus libros con nuevas traducciones y en ediciones asequibles. La cantante Rosalía cita una frase de ella en su último disco: “El amor no es consuelo, es luz” (del libro La gravedad y la gracia) y la neo religiosidad de estos tiempos la invoca: Simone Weil está entre nosotros. ¿Qué vino a decirnos la Virgen Roja?
Aunque era de familia judía y profundamente marxista, Simone Weil tenía rasgos casi de santa: célibe y austera, militante del amor al prójimo, caritativa, solidaria. Esta filósofa francesa vivió entre 1909 y 1943 y produjo una obra en forma de cartas, diarios, conferencias y textos para la prensa. Sus libros son el resultado de un trabajo editorial de alumnos y allegados ─que se encargaron de organizar esos papeles─ y que en este presente se revitalizan ante la invocación reiterada de catedráticos, artistas, editores.
Proletarizarse es la tarea
Hacia 1930, la Gran Guerra era un mal recuerdo y la crisis económica de Occidente hacía estragos. El fantasma rojo que recorría Europa tensaba posiciones: mientras los países del Este consolidaban su funcionamiento socialista, Francia estaba inmersa en una crisis no solo económica (era la época de Gran Depresión) sino también de representatividad, en la que abundaban manifestaciones obreras y consabidos ataques de la derecha. En Alemania, Adolf Hitler escalaba posiciones y llegaría prontamente a la toma del poder. En España, mientras tanto, se implementaba una nueva Constitución que ponía el acento en la protección de los derechos y libertades individuales y sociales.
En esos días, Simone Weil, con veintipocos años, participaba activamente de los debates gremiales y políticos y tenía su propio proyecto de investigación y escritura: proletarizarse, encarnar la vida obrera para, desde esa experiencia, poder no solo contar el panorama de la clase trabajadora sino pensar y proponer mejoras a los dueños de las fábricas y a los gremios.
De modo que, después de mucho insistir, logra emplearse en Alsthom (poderosa metalúrgica francesa dedicada a la fabricación de material ferroviario) y más tarde en Renault, conocida fabricante de autos.
Simone Weil tenía rasgos casi de santa: célibe y austera, militante del amor al prójimo, caritativa, solidaria. Esta filósofa francesa vivió entre 1909 y 1943 y produjo una obra en forma de cartas, diarios, conferencias y textos para la prensa.
“Diario de fábrica” (incluido en La condición obrera, publicado recientemente por Ediciones Godot) comienza el 4 de diciembre de 1934 con este texto: “Martes. Jornada de tres horas de trabajo, al principio de la mañana, 1 h. de perforación con el taladro, en lo de Catsous”. La nota al pie explica que este era el capataz de la sección. Y sigue: “Fin de la mañana, 1 h. en la prensa con Jacquot. Ahí es donde conocí al almacén de herramientas y repuestos. Al final de la tarde, girando una manivela con Dubois para ayudar a hacer cartones”.
El diario es minucioso en algunos aspectos y apenas descifrable en ciertos pasajes. Durante la primera semana, Weil realiza y anota las siguientes tareas: “perforación con el taladro, trabajo en la prensa, en el volante, en la máquina de comandos”. También señala trabajos a mano y el uso de herramientas como “maza, caño de aire comprimido, hoja de sierra, caja de luz, muy cansador para los ojos”, comenta.
Con el correr de los días, se irán intercalando pequeños relatos de sucesos laborales y el registro de los efectos que el trabajo fabril inscribe en el cuerpo: “Martes, violento dolor de cabeza, trabajo muy lento y malo (el miércoles pude hacerlo rápido y bien, golpeando fuerte y con precisión con la maza, pero a costa de un terrible dolor en los ojos)”. Las observaciones siguen en esta línea: “Tercera semana. Tareas: Laminar toda la mañana. Agotador. Bono fallado”. Otro día: “El recuerdo de mi aventura en la gran balanza me hace temer no golpear suficientemente fuerte. Por otra parte, parece que no hay que golpear demasiado fuerte”.
La fuerza requerida y la respuesta siempre insuficiente, el cansancio extremo y los dolores del cuerpo ─además de la fiebre y algunas gripes─ serán tópicos centrales del Diario de fábrica. Dice, por ejemplo: “Horno. La primera tarde, hacia las 5 h., el dolor de la quemadura, el agotamiento y los dolores de cabeza me hicieron perder totalmente el control de mis movimientos. No acierto a bajar la tapa del horno. Un calderero se adelanta y lo baja en mi lugar. ¡Qué agradecimiento se experimenta en semejantes momentos! Experimenté lo mismo cuando el chico que me prendió el horno me enseñó como bajar la tapa con un gancho, con mucho menos esfuerzo. En cambio, cuando Mouquet me sugiere que ponga las piezas a mi derecha para pasar menos veces por delante del horno, siento, sobre todo, despecho por no haber pensado yo misma en eso. Cada vez que me quemé, el soldador me dirigió una sonrisa de simpatía.”
A medida que pasan los días, va apareciendo la subjetividad: los sentimientos y sensaciones ganan espacio en la escritura sobre el puro accionar (¿maquínico?) del cuerpo. Este devenir del texto convierte al Diario en una radiografía espiritual de la vida obrera en la fábrica. Weil experimenta y registra la despersonalización, la alineación y el embrutecimiento provocados por la entrega a las máquinas. Recordemos que la fábrica que experimenta Weil es la misma que retrata Charles Chaplin en Tiempos modernos (incluso el estreno de la película es comentado y celebrado por la filósofa en una carta). Nuestra Virgen Roja también se pregunta por el tiempo de ocio y de descanso, lo valora, lo anhela, no le alcanza. El domingo, dice, se humaniza, “pero esta sensación de humanidad dura poco: el regreso a la fábrica aniquila el deseo de vivir y todo vestigio de felicidad”. La sociedad del cansancio ─una idea bien actual─ resuena en estas líneas del diario.
Paga, mujeres, tiempo
Entre descripciones y notas rápidas, el Diario presenta también listados a dos columnas de horas y tareas realizadas, cálculos sobre el dinero que Weil creería recibir al fin de cada semana y el recuento de horas y minutos pagados (siempre menos que el estimado). Toda coincidencia con la realidad no es casual ni inoportuna.
La filósofa se detiene además en algunas escenas de las mujeres: “obrera echada ─tuberculosa─, varias veces había fallado al errar cientos de piezas (¿cuántas?). Una vez justo antes de caer enferma la habían perdonado. Esta vez, echó a perder 500 piezas”.
Y más: “las obreras con las que estoy hacen paro (…) Una de ellas: hay que ser más cuidadosa cuando una se tiene que ganar la vida”. Esta idea de “ganarse la vida” queda flotando en la mente de la filósofa que va a volver sobre la condición de la mujer trabajadora: “el vínculo con el trabajo ─dirá después Weil─ no es igual para la casada que para la soltera”. Hebras de feminismo se cuelan en estas líneas.
Y aún más: “Colecta por una obrera embarazada, Ponemos 1 fr. cada uno, o bien 1,5 fr. Yo pongo 2 fr. En el vestuario, discusión que ya se había producido hace un año acerca a propósito de la misma persona. ‘¡Entonces, esto va a pasar todos los años! es una desgracia, y ya está. Esto le puede pasar a cualquiera. Cuando no se sabe, no hay que…’ La española: ‘A mí no me parece motivo para hacer una colecta, ¿y a ti? Le digo ‘Sí’, con convicción, y no insiste más”.
No hay una proclama feminista en los textos de Weil, sino la descripción de situaciones y la reflexión que funciona como una consecuencia de los hechos.
El devenir del texto convierte al Diario en una radiografía espiritual de la vida obrera en la fábrica. Weil experimenta y registra la despersonalización, la alineación y el embrutecimiento provocados por la entrega a las máquinas.
La siempre extraña condición humana
“¿Qué gané con esta experiencia?” se pregunta la autora hacia el final del diario. Y se responde: “El sentimiento de que no tengo derecho a nada, sea este cual sea, y a lo que sea (tener cuidado de no perder este sentimiento). La capacidad de bastarme moralmente a mí misma, de vivir en estado de perpetua humillación latente sin sentirme humillada a mis propios ojos; de apurar intensamente cada instante de libertad, de camaradería, como si esto debiera ser eterno. He logrado un contacto directo con la vida”.
El contacto con la vida es a partir del sufrimiento y el dolor de la despersonalización. Y el matiz religioso se acentúa: “el sentimiento de mi dignidad personal como tal como ha sido logrado por la sociedad se quebró para mí. Hay que forjarse otro, ¡aunque el agotamiento apague la propia facultad de reflexión de la conciencia! Esforzarme por conservar este nuevo sentimiento de mi dignidad humana”.
Por último, dice la filósofa: “con esta experiencia laboral, uno se da cuenta de su propia importancia. Pero el problema es la clase de los que nunca importan ─sea cual sea la situación─ y que nunca importaran, pase lo que pase, a los ojos de todos (a pesar del último verso e la perima estrofa de La Internacional)”. Y el verso aludido dice: “Sera le genre humain”, señala el género humano, el humanismo puro y duro se revela a partir de esta experiencia.
Desde este sentimiento logrado a costa del sufrimiento del cuerpo ─un modo de autoflagelación que finalmente ilumina─, Weil escribirá notas y cartas a los directores de las fábricas.
El modo Simone
Desde la sensación de menosprecio por la humanidad y contra esa humillación Weil encarna la acción política. Que es escritura y acción. Laretórica de la escritura y la práctica gremial se juegan en dos direcciones: desde su doble condición, obrera y letrada, Weil se propone como usina de ideas de mejoras y puente de comunicación interclases.
Por eso, escribe cartas de una prosa argumentativa filosa y convincente, en donde dice, por ejemplo, a uno de los directivos de la fábrica: “No creo que usted tenga una idea exacta de lo que es precisamente el espíritu de clase. Me parece que no se puede explicitar de ningún modo por medio de simples palabras pronunciadas o escritas. Este espíritu viene determinado por las condiciones de vida efectivas y suscitado por las humillaciones, los sufrimientos expuestos y la subordinación”.
En esta “Carta a un ingeniero director de fábrica” también dice: “La manera como yo me represento las condiciones morales de vida de los obreros le parece a usted demasiado negra. Que puedo contestarle, si no es repetirle, por penosa que sea tal confesión, que he tenido que pasar por todos los males del mundo, para no perder mi dignidad. Hablando con franqueza, casi la pierdo con motivo del primer choque por tan brutal cambio de vida.” Desde la experiencia y con todas las herramientas argumentativas y filosóficas que tiene, Weil apela al sentido común, a la sensibilidad, a la idea de justicia y de moral. El in crescendo de argumentos y contraargumentos ─no tenemos las respuestas del directivo─ es notable, potente, clarísimo.
En otra sección de este intercambio, Weil dice: “La humanidad se divide en dos categorías: la gente que cuenta para algo y la que no cuenta para nada. Cuando se está en la segunda, se llega a encontrar natural no contar para nada, lo que ciertamente no quiere decir que no se sufra. A mí me parecía lo normal. Así como, a pesar mío, llego a encontrar casi natural en el presente contar para algo. Digo, a pesar mío porque me esfuerzo por reaccionar, ya que me da tanta vergüenza contar para algo dentro de una organización social que menosprecia la humanidad”.
Estos intercambios epistolares se dan hacia 1936, momento en que una enorme huelga paraliza las fábricas de Francia. Una enorme huelga que Simone celebra: “estamos del lado de los buenos”, dice en una nota a los gremios. Y también dice: “¿Qué pasará? ¿veremos, por fin, una mejora efectiva y duradera de las condiciones de trabajo en la industria? El tiempo lo dirá, pero no debemos esperar el futuro, hay que hacer que suceda”.
La experiencia de lectura de estos textos resuena fuerte en el escenario actual. Con fábricas pulcras y robotizadas, la humillación de la productividad a destajo encuentra en el presente formas novedosas y sutiles que se inscriben dolorosamente en los cuerpos y psiquis de manera potente y real.
La alegría por la victoria de la lucha, que, por cierto, se tradujo en mejoras como la semana laboral de 40 horas, vacaciones pagadas (15 días) y la firma de los Acuerdos de Matignon, que establecieron aumentos salariales y convenios colectivos, se opaca en el intercambio con el ingeniero director de fábrica: el tipo está enojado, se fastidia, no puede celebrar los logros de los obreros. A lo que Simone responde:
“Señor, usted seguirá siendo el jefe y ganando más plata que cualquier obrero. Y ellos seguirán trabajando”. En este punto el intercambio epistolar se interrumpe. El destinatario no comparte la alegría de Weil por las mejoras de los obreros y corta la comunicación. Simone entonces escribe: “En definitiva, depende de usted el reanudar o no las relaciones que existían entre nosotras antes de los acontecimientos actuales. En uno y otro caso no olvidaré que le debo, en el plano intelectual, una visión algo más clara sobre ciertos problemas que me preocupan”. Con esta figura de falsa modestia queda cerrado el intercambio.
La experiencia de lectura de estos textos editados en La condición obrera (Godot) resuena fuerte en el escenario actual. Con fábricas pulcras y robotizadas, la humillación de la productividad a destajo encuentra en el presente formas novedosas y sutiles que se inscriben dolorosamente en los cuerpos y psiquis de manera potente y real. La condición humana se encausa para la gente que cuenta para algo y para los que no.



