Un momento...

18 de julio de 2026

18 de julio de 2026

16 de mayo de 2026

BLANCO

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 4 minutos

“No existe el blanco más allá de nuestra percepción. No debemos, por lo tanto, intentar encontrarlo. Debemos, en lugar de eso, buscar el modo de sentir la blancura”, escribe el diseñador japonés Kenya Hara. Buscar la blancura también es, dice, “advertir el significado oculto que habita en palabras como silencio y vacío”.

No hay vacío, hay blanco. Estas letras no son necesariamente negras, sólo lo son en contraste con el blanco de la pantalla que sostiene el lector en la mano. El blanco avanza o retrocede según lo que lo rodea. En un mundo de estímulos incesantes, el blanco es el rey que nos permite la desconexión.

Pero el blanco no es un remedio. No es una forma de “sanar”. Sanar es una quimera como tantas otras. Porque toda socialización es un síntoma, porque toda cultura es represiva por definición; tiene que limitar, configurar, darle forma a este animal que somos. La sociedad nace en el límite, en la demarcación de lo que no se puede hacer, de lo que permite, de lo que se dice, lo que no se dice.

El blanco borra las diferencias y también muestra las fronteras. Es así de ambivalente. Pero también deja que veamos lo que huye de nosotros. “Me quedé en blanco”, se dice. Hay algo que nos falta. Como todo par de opuestos, blanco y negro se encuentran. Los dos pueden cegar, uno en el resplandor, otro en la oscuridad, como “telarañas que teje el yuyal”. Nada, nada, nada.

Si pudiéramos pensarnos, tendríamos que decir que el hombre contemporáneo siempre es más parecido a un Don Quijote que a un Robinson Crusoe. La fantasía de un hombre en una isla, metáfora hoy de la desconexión es tan improbable como indeseada

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El mundo de hoy es cualquier cosa menos minimalista. Todo se concentra, todo tiene una música obligada, como los tik toks, como las stories; elegí un sonido para que tu minucia llegue a más personas. Lo blanco y lo negro son sinónimos de lo que falla. No se subió, no está disponible. La medianera digital en blanco brillante, el peor de los blancos, el que no muestra matices.

La obviedad de todos los blancos es la posibilidad, como se lo lee como ausencia de algo se cree que se puede poner algo ahí. “Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral”, escribía Peter Brook en El espacio vacío. Como lo sugiere Brook en su clásico libro de teatro, todo espacio en blanco puede ser un fondo para una escena. Lo blanco se transforma en una oficina, un parque, una bucólica vista a un parque abandonado. Los personajes, es decir, los colores, le imprimen un contorno a lo que se percibe una falta. Existe lo blanco, no existe el vacío. No se puede ver la nada. En la pared blanca hay rugosidades. No sabemos ver. O vemos sólo lo que está saturado.

Si pudiéramos pensarnos, tendríamos que decir que el hombre contemporáneo siempre es más parecido a un Don Quijote que a un Robinson Crusoe. La fantasía de un hombre en una isla, metáfora hoy de la desconexión es tan improbable como indeseada. No se puede escapar del flujo del mundo. En cambio, sí parecemos Don Quijote, vivimos en la alucinación de las narrativas de los otros. Nuestra realidad es la de los otros, siempre lo fue, hoy virtualizada por redes, ¿o acaso no tenemos la sensación de estar todos en una playa de Brasil? La arena blanca se vuelve más blanca con los cuerpos bronceados.

El blanco deja de existir frente a los creadores de contenido de sus vidas. Se van narrando, se van fotografiando, todo en alguna medida lo hacemos, construimos la red infinita de pequeños momentos con el ansia de que llegue a otro (y que eso llegue a nosotros con el feedback). Es la verdadera marca de agua de esta época. Donde a las marcas les cuesta hacer pie, los individuos triunfan, y pueden llevar a cabo una narrativa creíble.

El blanco borra las diferencias y también muestra las fronteras. Es así de ambivalente. Pero también deja que veamos lo que huye de nosotros. “Me quedé en blanco”, se dice

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Contar y llegar, la humanidad nunca se narró tanto, nunca se interpretó tanto. No se puede dejar que el blanco avance, no se puede descubrir el silencio, no porque eso sea mejor, sino porque es un bien escaso. En el cuadro de Edvard Munch, El grito (1893), el sonido, claro, no existe, sólo es una palabra; tampoco el blanco. Todo opera en ausencia. 

¿Entonces por qué hablamos del blanco? Porque el blanco es comienzo, es borrar, es tapar, es preparar para la obra. Porque el hombre siempre y en todo lugar es un fenómeno angustiado frente a la nada, como ha dicho Sartre. Pero por eso mismo es posibilidad. Queda tanto por hacer, que nunca hay tiempo. 

Café Panamá