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22 de diciembre 2022

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

BETI

Tiempo de lectura: 8 minutos

Hace unas semanas murió mi tía Beti, hermana de mi mamá. Siempre atenta a un submundo al que podríamos llamar de “lo artístico inminente”, el arte de la pura potencia, de lo que iría a suceder pero todavía no sucedía: óperas que finalmente no se estrenaban, teatros clausurados antes de abrir, galerías de arte o museos cuyo valor residía en que siempre estaban cerrados o en que nunca iba nadie, editoriales cuyos socios se peleaban antes de que saliera de la imprenta su primer libro, mi tía Beti fue una gran abridora material de puertas sensibles y mentales. Fue quien me llevó por primera vez al Teatro Colón y a ver la compañía de Antonio Gades. Quien me enseñó a vivar desde el gallinero al grito de “Bravo”. Quien me regaló, muy perceptiva de mi temprano interés, su ejemplar de Función de la poesía y función de la crítica de T.S.Eliot. Y quien me presentó a Juana Bignozzi, cuando Bignozzi empezó, lentamente, por episodios, a volver a la Argentina.

Mi tía escribía cuentos que yo leía en los viejos suplementos enormes de color sepia del diario La Prensa y trabajaba en la biblioteca del Instituto Ravignani, donde hacía cumplir estrictos reglamentos de vestimenta, comportamiento y modales, tal vez dictados por ella misma, no escritos en ninguna parte, que respondían a un ideal de forma y fondo que, entendía ella, empezaba a resquebrajarse, o ya se había roto del todo.

Marcelina Jarma.

Cada vez que armaba un librito de cuentos con el fin de publicarlo se desataba en su imaginación desaforada un escenario incómodo para su estilo de vida recoleto. Y desistía inmediatamente de la empresa: “No querría tener que atender a periodistas”. Dejó entre sus papeles una carpeta titulada “Cartas de Juanita Bignozzi y Hugo Mariani”. Y en su computadora una suerte de diario, a medias ficcional y a medias memorialista, escrito entre 1998 y 2000, con correcciones posteriores. Paisajes porteños. Calles (sobre todo céntricas). Bares. Cuadros familiares apenas transfigurados a los que, veo, mi tía no logra terminar de convertir en relatos independientes del acontecimiento que los propició. Escenas de lectura, varias. Una, muy linda, sobre el cuento “La laguna” de Conrad.

Siempre atenta a un submundo al que podríamos llamar de “lo artístico inminente”, el arte de la pura potencia, de lo que iría a suceder pero todavía no sucedía: óperas que finalmente no se estrenaban, teatros clausurados antes de abrir

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Como en casi todo diario: escribir, no escribir. Escribir que no se puede escribir. Querer escribir y escribir un diario, como algo deceptivo con respecto a aquello que se querría escribir. Algunos personajes del mundo literario de los años 1960 y 1970 que mi tía habría frecuentado, seguramente a hurtadillas. El editor José Falbo, siempre nombrado en conversaciones familiares como “Falbo”: “Estoy casi segura de que en esa reunión estuvo Falbo y que allí lo traté por primera vez. Acababa de salir de la cárcel, por editor y por un traspié económico. Años después fui amiga de Falbo”. “Estela”, en dos o tres entradas. Muy probablemente Estela Canto, la autora de Borges a contraluz, un libro principal de la literatura biográfica argentina. Sobre ella y sobre su hermano Patricio, el traductor, entre muchos otros libros, de El ABC de la lectura de Pound, habíamos hablado con mi tía cuando, ya medio enferma, pasó una temporada en casa de mi mamá. Nos contó unas vacaciones que había pasado en una casita que se habían hecho los Canto en Uruguay. Mi tía se fue a bañar y el baño se inundó. El agua escurría por la rejilla de la bañadera pero, imprevistamente, volvía con violencia y emergía a borbotones. Varias veces. Finalmente, no se iba más. Como nos pasa muchas veces cuando estamos de huéspedes en una casa que no conocemos bien, mi tía pensó que ella tenía alguna responsabilidad en el desperfecto. Que había tocado algo que no había que tocar. Que no había escuchado una advertencia. Salió, un poco avergonzada, a informar a Estela del episodio. Estela, sin ninguna preocupación, le dijo que el problema era que la casa la había construido su hermano Patricio, “que no tiene la menor idea de cómo se construye una casa”.

Los nombres de los personajes de las distintas entradas del “diario” (no es conveniente llamarlo del todo así) a veces son explícitos, como en el caso de Falbo, de mi abuela, de algunos tíos. A veces están cambiados. A veces sugeridos. Y a veces simplemente elididos. A esta última categoría responde la entrada del 16 de septiembre de 1998. Sin embargo, en el personaje llamado “mi amiga” pude reconocer inmediatamente a Juana Bignozzi. La amiga, casada con “un hombre educado, diez años menor”, que había sido presentado a la familia de mi tía, es decir, a mi abuela, a mis otras tías, probablemente a mi mamá, dos años antes del casamiento. En aquella velada, discretamente relatada en el diario, Hugo Mariani, el futuro marido de Bignozzi, había ido vistiendo “una capa negra”. Un tiempo después de la boda, en 1974, Bignozzi y Mariani se fueron del país. Es rara la fecha de migración para quienes estaban, sobre todo ella, política e ideológicamente vinculados a la izquierda. No se fueron corridos por la Triple A ni por la dictadura. Se fueron, contó Bignozzi en una entrevista, “después de que murió Perón. No queríamos vivir en un país montonero… y pensamos que en dos o tres años esa rabia, esa furia montonera, iba a pasar y entonces íbamos a volver. Después vino el primer golpe, el del Rodrigazo, en el 75, y después el de los militares, en el 76, y ya no pudimos volver”. Mi tía expulsa del relato todo avatar político y anota, como en una línea concentrada de Antonio Di Benedetto: “Mis amigos se fueron a España sin saber que era necesidad”.

Marcelina: YO ESTOY VIVA, TENGO 37 AÑOS, QUIERO SER CULTA, ESCRIBIR POESÍA Y ME IMPORTA UNA MIERDA PENSAR QUIÉN QUISO JODERME (si mi papá, Perón, la poesía social) ME INTERESA QUE NO LO LOGRARON

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Antes de que fuera necesidad, antes de ya no poder volver, leo en algunas de las cartas archivadas en la carpeta, los Bignozzi Mariani, recién llegados a España, presentaron sus curriculums de traductores en editoriales, se sometieron a entrevistas de extensa duración a las que Bignozzi llama, como anticipando escenas carcelarias que pronto sucederán en la Argentina “largos interrogatorios sobre nuestra vida y futuro” luego de los cuales, le cuenta a mi tía, sale “más bien hecha pelota” y “llora en plena calle”. Sin embargo, les va bien. Tenían concertadas catorce entrevistas, muchas ordenadas por amigos de Buenos Aires. Pero a la quinta ya se sienten “superubicados”. Mariani cobra su primer trabajo “a los cinco días” de entregado. Las tarifas son “millonarias” (en pesetas). Viajan. Bignozzi, desde Sitges: “el asunto, como espectáculo natural es muy perfecto, nubarrones sobre el Mediterráneo, luz de otoño, las montañas en el horizonte”. No parece, por un momento, la Bignozzi que conocimos en sus poemas. Pero, inmediatamente: “la desgracia es que a mí nunca me conmovieron los espectáculos naturales”. Y sobre el pucho: “abandonemos estas bobadas”. Las no bobadas con las que sigue esa carta fechada el 12 de noviembre de 1974 y dirigiéndose a mi tía, no con el familiar Beti sino como Marcelina, incluyen comentarios insidiosos sobre otros escritores de Buenos Aires. De uno: “tanto marxismo y revolución para decir que los surrealistas argentinos no se hicieron comunistas!, tanta Facultad!, tanto hogar judío sensible!”. De otros: “con quiénes se casaron nuestros lúcidos!”. De otro: “un hijo de puta, típico argentino de la calle Corrientes”. Y sobre esa argamasa, algunas reflexiones que perfectamente podrían haber formado parte, si es que no lo hicieron, del origen de alguno de sus poemas: “todos nos casamos con un retrato perfeccionado de nosotros mismos”. Y una autofiguración que incluye a mi tía: “mirá a las de nuestra generación, en qué se han convertido. Y nosotras somos unas tontas que no estamos en ninguna onda, ni en la de los maridos protectores. Para mí, para esta etapa histórica, la lucidez de una mujer está reñida con la paz, o la ubicación, o el respeto del entorno, digamos. Nadie está dispuesto a perdonarnos nada”. En otra carta, sin fecha, de la misma época: “Marcelina: YO ESTOY VIVA, TENGO 37 AÑOS, QUIERO SER CULTA, ESCRIBIR POESÍA Y ME IMPORTA UNA MIERDA PENSAR QUIÉN QUISO JODERME (si mi papá, Perón, la poesía social) ME INTERESA QUE NO LO LOGRARON”.

Juanita.

Veinticinco años más tarde, las amigas comen “en un boliche de Alberti y Belgrano”. Bignozzi, “dieta argentina” (podemos imaginar: una tira de asado, ensalada, vino blanco). Mi tía, “obligada”, come “sano, que es igual a nada”. Ahora no hablan (o mi tía no registra que hablen) de trabajos, de poetas, de paisajes, de figuraciones sociales. Hablan, como dos personajes de Manuel Puig, de la suegra de Bignozzi. Aunque la prosa de Marcelina Jarma, neutra, demasiado controlada, desactiva, seguramente sin proponérselo, la electricidad dialógica de la de Puig. Bignozzi, recuerda Jarma, no quiso “casamiento convencional”. Según Mariani, “por ideología”. Hubo, simplemente, “reunión de casamiento”. Padres, suegros, algunos amigos. Y el matrimonio se fue a España. “Total: suegra y nuera no tuvieron roces de domingos, nietos y todo lo que contribuye a la infelicidad de dos compañeros de ruta”. Bignozzi, en el almuerzo, le pregunta a Jarma “qué le hizo a la suegra para que diga maldades”. Y Jarma “no sabe si porque el arroz blanco le ataca el carácter”, le contesta: “le desarmaste el destino de suegra que le hace imposible meterse en la vida de su hijo amado que no vive en la pampa. Tu suegra no pudo armar intrigas con escamaruzas. Vos le aplicaste la guerra fría y ella se quedó sin destino programado”. Es decir, al reclamar por las “maldades” de su suegra, Bignozzi se manifiesta como una especie de víctima de su propio programa, trazado en otra carta a Marcelina, de aquellos mismos años 1970:

“Creo que he avanzado en el hermoso camino donde quedan de lado las amas de casa, los niñitos, las plantitas y sólo empiezan a aparecer libros, y esas cosas. Pienso que con un poco de empeño lograré morirme rodeada no de una familia, sino de algunos locos como ciertos y pocos amigos y muchos, muchos poemas y muchos libros”.

El amigo de la narradora, Daniel, muere. La narradora va al velorio. Se acerca al cajón, se persigna, reza un padrenuestro, toca la frente de Daniel. Piensa quedarse. Pero se da cuenta de que ese no es Daniel. Que es su cadáver. Y que ella no es amiga de un cadáver.

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En agosto de 2015 un amigo me escribió: “Necesito con urgencia el teléfono de Marcelina. Juana está muy mal de salud. La operaron anoche de una infección”. Murió a los pocos días, acompañada por Marcelina. Ventajas de quien se muere antes, Marcelina murió siete años después, sin Juana a su lado. Viajamos a Buenos Aires, a los rituales de despedidas, que son sobre todo trámites. Tomé un taxi hasta el Hospital Sirio Libanés, en Villa Devoto (“a los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios”). La chofer, locuaz, me preguntó si iba a visitar a un enfermo. No supe qué contestar. Me acordé de un cuento de mi tía (de probable inspiración autobiográfica). El amigo de la narradora, Daniel, muere. La narradora va al velorio. Se acerca al cajón, se persigna, reza un padrenuestro, toca la frente de Daniel. Piensa quedarse. Pero se da cuenta de que ese no es Daniel. Que es su cadáver. Y que ella no es amiga de un cadáver. Que la imagen del cajón y del cadáver le basta para saber “que ya no tenía un amigo a siete cuadras de su casa”. No supe cómo decir eso mismo, no en un cuento, sino en una conversación casual, real, a la taxista. Pero así era nomás. Iba al hospital, a la morgue, a ver, a “reconocer” el cuerpo de mi tía, que ya no era mi tía. Para comprobar que ya no estaba más. Que ya no conocería su opinión sobre los últimos libros que le había regalado, ni si los había leído. Que ya no la íbamos a entrevistar, como habíamos pensado, para que expandiera su relato sobre los hermanos Canto. Que ya no tendríamos sentada a la cada vez más reducida mesa familiar de Navidad o de fin de año a su comensal más extravagante. Que ya nadie silbaría como silbaba ella.