19 de julio de 2026
“Amanece en los carros de basura, empiezan a salir los ciegos, el ministerio abre sus puertas. Los amantes rendidos se miran y se tocan una vez más antes de oler el día”, escribía Julio Cortázar en el poema Los amantes. La imagen permanece intacta. Se asoma una luz en la ciudad, intento reescribir los versos de Julio Cortázar, un escritor casi olvidado. Pero es así, si queremos imágenes de la ciudad miserable, viene Cortázar a escribir un rato con nosotros.
La ciudad está sucia y miserable. Ya no es lo que era, el vecinalismo, la pequeña utopía localista que muchas ciudades del interior conservan, murió con la última campaña presidencial. Ya no se esfuerzan por pensar la ciudad, esta ciudad, no todas las ciudades, es Buenos Aires, la Santa María del Buen Ayre, según su primer fundador Pedro de Mendoza. Ciudad portuaria con puerto invisible, orillera, popular, de arrabales olvidados, solo rescatados, sí, por Jorge Luis Borges, en la Palermo cuchillera y pantanosa.
Ese paisaje de gente durmiendo en la calle, que está lleno como nunca, y al que todos nos habituamos, se sobredeterminó hace un tiempo con una imagen de la avenida Corrientes con gente tirada en la vereda casi en fila. Si la miseria social se muestra en la periferia como un descampado y una calle de tierra semi inundada, con una canilla comunal que gotea y cacharros por doquier, el centro de la ciudad brilla con su contraste entre edificios de estilo francés, jóvenes tirando de un carro, otros que llevan viejos cochecitos de bebé para llevar sus cosas, la varilla para sostener los contenedores de basura y buscar algo que sirva.}
Corrientes y Callao. Postales de Argentina 2025 pic.twitter.com/nyNgden2LL
— Juan Ignacio Provéndola (@juaniprovendola) January 24, 2025
La ciudad en capas. El amanecer de las ciudades es esa ambigua hora que mezcla al borracho, al madrugador, a los que hicieron un pedacito de la calle su hogar: manta en el piso o colchón, otra para taparse, botella de agua al costado, otras pertenencias. El paisaje son los que van a trabajar que miran o ni miran, que igual ya no importa porque nos acostumbramos.
La costumbre es una derrota silenciosa pero también una de las virtudes del ser humano: se amolda a todo. Al no estar tan adaptado (o al vivir un poco siempre incómodo) se las arregla. En el reino animal si la cadena alimenticia se modifica bruscamente la cosa se descontrola. Los que vivimos en casas o departamentos hacemos poco y nada con la miseria, esa es la verdad. Pasamos la mayor parte del tiempo y listo. La navidad del año pasado frente al Congreso fue récord de asistencia. La gente copó las calles y se quedaron, casi resignados, a vivir ahí, como si fuera más un puerto de llegada que algo transitorio. Como cayó quedó.
Es difícil poner en palabras qué están produciendo nuestras sociedades. Pero es una clase de humano apegado solo a la sobrevivencia
Pero algo significa eso. La estabilidad de vivir a la intemperie algo dice de lo que está pasando hoy, pero no podemos ver con claridad. No es la clásica historia del que echan de laburo y se va a su casa. Muy de los 90, como todo. Hoy te caés y, si tenés casa o un auto, podés caer sin toda la fuerza de gravedad. La vas viendo en cámara lenta. Quedás en el umbral de la autoexplotación infinita con Uber, con Cabify. Acá no. Es otra cosa. Es la caída del caído. Hay algo en el presente (de unos años a esta parte) que lo está desestructurando todo. Es difícil poner en palabras qué están produciendo nuestras sociedades. Pero es una clase de humano apegado solo a la sobrevivencia. Vivir en la calle es una forma de la trashumancia, una obligada y bastante pobre, claro, pero tiene la ventaja de vivir en las estructuras que ofrece la ciudad. Y en el caso de Buenos Aires, un clima por demás benévolo.
El vivir en la calle no se traslada al campo o a las ciudades chicas. No es la tierra, que sobra, sino lo que importa es la oportunidad que ofrece la urbe. La ciudad tiene horarios, puntos de comida, de disputa, de acecho, de generosidad, de azar. Pero el paisaje antiguo, antes de que el hombre se vuelva a la territorialidad que le ofreció la cultura agrícola, también tenía momentos, azares, necesidades, horarios. El hombre antiguo, el cazador recolector, probablemente el mejor de los humanos en habilidades, salud y potencial, era bueno esperando para comer. Un león atacaba a una presa, devoraba y se iba. Luego venían los carroñeros, las hienas, y después, lo que quedaba era para el hombre (el ejemplo es de Harari en Sapiens. De animales a Dioses). La paciencia, su cuerpo, sus afinados sentidos, la forma de andar sigilosa, pisar con cuidado y la observación lo mantenían a salvo. También era un hombre cuya existencia se resumía en lo que llevaba puesto. La propiedad de objetos era una molestia porque vivir era moverse. No necesitaba más que lo que tenía. Con un pedernal, es decir, con un tipo de piedra que se usaba para hacer fuego y construir alguna herramienta, se las arreglaba. El resto era ornamento.

Si volvemos al presente, nos encontramos con las ciudades, que son esos lugares donde “tenés todo”. El hilo de la historia es espiralado y perverso. Las condiciones de intemperie contemporánea arrojan en sociedades prósperas, o con condiciones de prosperidad, con miles de toneladas de comida en todas partes, a parte de la especie a vivir en la sabana metropolitana. Tenés todo, pero no tenés nada. Está todo en la vidriera. El capitalismo tecnificado tiene que descartar parte de la especie que no puede incluir, porque si incluye a todos no es el capitalismo.
La costumbre es una derrota silenciosa pero también una de las virtudes del ser humano: se amolda a todo
Para ver lo que la cúpula gobernante imagina, solo resta navegar el perfil de Elon Musk en X (antes Twitter): ciudades ultratecnológicas, oscuras, sin vegetación, un mundo de metal, como en aquel planeta-ciudad de Star Wars. Es decir, un mundo sin habitantes. Y algo de eso está llevando a la práctica el mismo Musk en Texas. Hace unos años compró más de dos mil hectáreas para instalar fábricas en un páramo (ahora) llamado Snailbrook. Por ahora son unos cuantos remolques y una pequeña plaza, nada que parezca utópico ni distópico. Pero este proyecto de Musk no es nuevo. Las ciudades de trabajo (antes llamadas ciudades industriales o American company towns) tienen muchos antecedentes en la historia. De un extremo a otro van los poblados mineros de Estados Unidos, prácticamente de esclavos, con una cultura rígida y agobiante y miserable, a la idílica Bournville, en Inglaterra, fundada por la familia Cadbury (sí, la de los chocolates).
Volvemos a las calles de Buenos Aires. Una ciudad diseminada, tanto que no reconoce sus propias ramificaciones en eso que llamamos Área Metropolitana de Buenos Aires. ¿Qué microscopías quedan por hacer en esta desmesura de calles incontrolables, laberintos y miserables que se agolpan en los ministerios? ¿Qué más nos queda por esperar si no es el apocalipsis y el olor del amanecer en las mañanas?




