20 de julio de 2026
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Cincuenta años es medio siglo. La Argentina lleva esa mochila, entró a la democracia con las cuitas de la masacre. Desaparecidos, violencia, deuda interna y externa, soberanía y guerra de Malvinas. ¿La democracia es el país que se hace con lo que la dictadura o los setenta hicieron del país? Algo así. De esa época, sobre esa época, para volver ahí, me inquietan más las obras donde la época se colaba como imaginario, se colaba por el inconsciente, entraba por la ventana, o sea, lo que se escribió/filmó/grabó durante el proceso de esos años; mucho más que las obras que quieren en este presente perpetuo del después (parafraseando a Sergio Wolf) contar la Historia con todas las cartas del mazo. Me inquieta lo que se producía ahí, en ese tiempo, en temblor y tensión, balbuceante, sin la dimensión aún de la Historia ni de la “línea correcta”, apenas con intuiciones, con zarpazos. Pienso en la película ¿Qué es el otoño?, de Kohon, que se estrena en el 77 con una gambeta magistral a la censura, porque la ficción ubica los hechos en marzo del 74, y que aún en sus alegorías abstractas no deja de nombrar “un holocausto”; pienso en el poema Apuntes de época, donde Joaquín Giannuzzi anota ruidos, clima y amenazas que rodean su departamento, breve diario de la taquicardia; pienso en Hipercandombe, canción frenética de un Charly García en la mente de un joven paranoico que no sabe cómo escapar “de algún lío”, mientras se va para el río. Todo fechados en el 76 y 77. Sin el mandato pedagógico del diario del lunes de tantas obras retrospectivas, curadas por el trabajo de la memoria, que parecieran llevar el auspicio didáctico de la “secretaría de cultura democrática”, esa forma de contar la dictadura y los setenta muchas veces lleno de mandatos, obediencias discursivas, como un “lenguaje inclusivo” y el debate del número, la obligación cívica de mencionar complicidades civiles y empresarias hasta el “rol de los medios”, etc. Por eso: entre todas las obras hechas ahí, en esa larga década, elijo ahora las del rock. Discos que conocí en la casa familiar, que sobrevivieron purgas, mudanzas, con dueños inciertos (mis viejos ni los escuchaban ya, eran el cupo salvaje frente a los discos de protesta, folclore y tango). Y la intriga, ¿qué lugar ocupaba ese rock, esa contracultura, en ese tiempo mítico del que venían? Pienso en mi primera impresión sobre los tres flacos de la contratapa del disco blanco de Color Humano, ahí, con vincha Edelmiro, desgarbados, semblante de mártires. ¿Esos también fueron a Ezeiza? Padre sol, madre sal, ¿a qué dieron origen desde su pie de página, desde el margen? Ni por angélicos, ni para un estigma del militante, este largo rodeo es más bien sobre qué dijeron, cantaron o pensaron en sus propios términos. La pista del rock en los setenta, pero sin precisión de una línea cronológica (no me interesa ahora reducir etapas, hitos históricos, ni un catálogo de escenas como hicimos en el podcast “Apóstoles” con Juan Manuel Strassburger). Preferí un repaso de obsesiones a ojos cerrados sobre puntos de contacto y fuga entre rock y política.

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Un militante ya con el pie en el estribo. Se raja. Se va. Se está por ir. Un avión partirá desde Ezeiza llevándolo. La familia, los contactos y el desenganche de su organización montaron el salvoconducto ideal que lo pudo sacar del país. “Ya habrá tiempo para todo”, se dice. “Para revisar cagadas, para empezar de cero, para volver.” Se encerró en su vieja pieza de hijo adolescente en el segundo piso del caserón suburbano esa última noche antes de la partida. Puso al mango un disco de Pescado Rabioso, revuelve sus (ya) viejos discos de adolescencia. Los que quedaron en el cuarto de la casa familiar que se abandonó al alba. Al alba ayer nomás, pero que ahora parecen lejísimos. “Desatormentándonos” suena a terapia de grito primal. Está en su buhardilla, suenan canciones del útero lisérgico de esa que fue su época y de la que escapa. Las canciones le hablan a él, al oído. Cambia de disco. Así, esta vez, lejos de Quilapayún y Huerque Mapu, lejos del folclore de salón arrasado, de protesta y picnic militante, lo que escucha es la suave víbora que retorna con el flautista de King Crimson. La música trae lo que quedó afuera de su vida: todas sus almas volviendo al cuerpo. Última noche de cagazo. Mañana es mejor: mañana estará en el viejo continente, rodeado de exiliados, para empezar de nuevo. De nuevo, ¿qué? No importa. Guarisover.
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En el rock lo político fue sin filtros, ninguna retórica lo sujetó. Fue inocente, cagón, maravilloso, boludón, pacifista o desbocado. Valiente también. En las canciones hay de todo, pero hay que encontrarlo. Ni León Gieco, ni Gustavo Santaolalla, ni Nebbia en los setenta eran profesores de educación cívica con guitarras al hombro. Eran trovadores inspirados que señalaban la violencia, la injusticia y a la vez la fuga ante todo eso demasiado pesado. “Escapar -también- de toda su locura intelectual”, ponía en escena también el gigante de Pappo en su A dónde está la libertad. León fue testigo del Mendozazo. Lo empezaron a apodar “el Dylan argentino” (por los diez minutos en que Dylan posó para un bronce que no soportó). León escribió Hombres de hierro, bella melodía, letra apurada, Mendoza ardía. Un rastro de lo que vio en el 72. El cable pelado de canciones mal rimadas, estrofas desprolijas. Se podría armar la playlist del rock politizado. O, la de canciones que rozaban el asunto. Escuchemos la voz de Edelmiro Molinari gritando “¡La casa del poder está temblando!”. Es 1973, está al mando de su Color Humano, grabó Hombre de las cumbres. ¿Qué era eso? ¿El regreso de Perón? O a Roque Narvaja, sermoneando en bellísimas melodías sobre Luis Pujals, sobre Camilo y Ernesto. O a Miguel Cantilo y su Grupo Sur en La leyenda del retorno, invocando a un Perón como gran cacique que vuelve del exilio. El mismo Cantilo que en 1970 había sido inspirado en En este mismo instante sobre los que ya empezaban a caer y “qué importa el imperialismo, el comunismo o el maoísmo (mientras) los chicos van cayendo”. La renuncia a cualquier ismo. Esas canciones están vivas aún hoy que respiramos bajo las toneladas de interpretaciones que se vinieron encima. “El rock, ¿resistió?, ¿tuvo desaparecidos?”, preguntaron muchos agigantando el santoral. Pero, ¿si resistió qué?, podría perpetuar como respuesta el mismísimo rock. Y la pregunta es por el lugar que ocupó en los años setenta ese “movimiento”, ese puñado de canciones escritas en nuestro idioma, amarradas al mismo puerto, atravesando las cuatro estaciones de una década que terminó fatal. Primero eso: el idioma. Les dijo Spinetta a los Vox Dei: “Che, tenemos un idioma”. Y ellos fueron por la lengua a la casa del sol naciente: hicieron el mejor disco de la historia del rock mundial. La Biblia. Mediúmnicos trayendo voces de la enorme fosa común de la humanidad. Pero para responder a esa “macarteada al revés” (¿qué hizo el rock en dictadura?) podríamos decir: el rock no “resistió” (no bajo la especulación épica que reside en la pregunta), y justamente su valor fue ese. Disidencia, distancia, autonomía para hacer la suya, refugio; esos fueron sus valores. El rock estaba ahí, ahí. ¿Ahí dónde? En las canciones pegadas al oído. En la lengua madre spinettiana (“Con esta sangre alrededor / no sé qué puedo ya mirar…”). En la vibración que le daba lugar a las emociones y temblores que la militancia finalmente desechaba en su previsible exigencia porque cada hombre y mujer debía instrumentar una disciplina. El rock recogía del piso lo que esa militancia descartaba: el miedo, el sexo, el cuidado, la falopa, la amistad, la pérdida de tiempo sin dejar de tener sus grandes temas. Esas canciones ponían ahí una intimidad distinta que el borrador del Diario del Che en Bolivia que se escribía en la mente militante. El rock llegó primero, o trajo la madera noruega para las canciones primeras, pero se bajó de la masacre. ¿Qué? Lo dicen y mal esas primeras películas de los años ochenta sobre la dictadura, las de la transición, ya en democracia, esas historias que -como señaló Fogwill sobre el “Show del horror”- a veces funcionaban más como continuidad de los efectos del terror. Por ejemplo, en la película La amiga, donde la madre del desaparecido recuerda a ese hijo joven, virgen, en el fogón de una playa, pelo al viento y cantando Muchacha ojos de papel. O en La noche de los lápices cuando los chicos cantaban su canción de parroquia en calabozos: “Rasguña las piedras” en los Pozos de Banfield. Canciones que facturan la visión de una “primera inocencia”, la canción naciente, y esas escenas acordonan el asunto, lo asfixian: el rock como candor de esa generación. Queridas madres: parece que el rock, más que inocente, la vio venir. “Amigo mío / vuelve a casa pronto…”. El rock y su mensaje cristiano: cada vida es sagrada.
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La pregunta contiene un examen que organiza nuestra cultura democrática un poco inquisitorial. “Papá, ¿qué hiciste tú en la dictadura?”. Algo así decía la tapa de revista Humor a veinte años del 24 de marzo del 76. Como un eco virtual de aquellos comités de desnazificación. ¿Dónde estarán los señalados, los colaboracionistas? Años noventa, años paradójicos: la impunidad de los militares sueltos convivía con el poder de un gobierno civil, el de Menem, que tenía todo el poder. Porque Menem dio la orden que ningún presidente civil había podido dar: que un militar le dispare a otro. Balza atrás de un árbol con un Fal. No eran las Fuerzas Armadas de Liberación. Era un Fal argentino de Fabricaciones Militares que se apuntaba a sí mismo. La democracia dependía también de esa física del poder: que un presidente tuviera la última palabra, que no negociara con los sublevados otra vez. El 3 de diciembre es también un cumpleaños de la democracia. Aunque más oscuro, con las flores marchitas de la primavera alfonsinista, con la Híper comiendo las vísceras sensibles. Ya no hay primavera en Anhedonia. Pero el olvido no existió: nunca hubo más Memoria que en los años noventa. La democracia se llama Ministerio de la Memoria. Y no la soltamos más. Dio de comer. Dio bronce. Dio dos Oscar. Dio contratos. Es el corazón teológico de la coalición del déficit. El algoritmo amasa y va por más.

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En un archivo recuperado de Charly García se lo escucha decir en un concierto en Olavarría algo así como que era lo menos no estar en la lista de censurados. ¿Año 83? Él presentaba una canción y mencionaba la censura en los años finales de la dictadura ya no como un “desafío al poder”, sino como un puente dorado hacia la nueva época. Se ingresaba con el medallero de la censura, persecuta y exilio. Charly sabía hace años que esa escena se venía: “el desfile de los cuerpos salvados”. Lo cantó en Eiti Leda. Era agosto del 78, con un estadio Obras lleno, pero helado, porque el público al principio no le cazaba la onda a Serú Girán, que presentaba su primer disco y arrancaba con ese tema que es otro tema de esos de Charly que caben en la categoría celestial: se lo hubieran envidiado hasta Lennon & McCartney. También se podría hacer el ejercicio de contar los metros que separaban ese estadio Obras del edificio de la ESMA, como hicieron mil veces con la distancia que había entre el estadio Monumental y la Escuela. Serú Girán cantaba esa estrofa que anticipaba el destape y la transición, sacando electricidad de la misma usina: un día habrá un desfile de cuerpos salvados. Nadie cazó esa letra. La dictadura en su final democratizaba prestigios incluso en talentos flojos. Charly podía decir: “métanle pata, escriban una canción de protesta y reciban la medalla milagrosa de la censura”. En Transas, tiempo después, completó su idea.
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¿Qué pensó la política sobre el rock y el rock sobre la política en los años setenta? Andá a saber. Pero acá separamos lo que una época (toda época lo hace) mantuvo en desorden. Nombremos a Quique Masllorens, bajista de la Joven Guardia (que grabó también uno de los enormes discos afro beat del grupo Cuero) y que fue, a la vez, militante montonero. Nombremos las adhesiones peronistas explícitas de Nebbia y Rodolfo García. El sindicato de músicos. La Banda del Oeste, gestando el “Festival del Triunfo” asociados a las brigadas de la Juventud Peronista de Guardia de Hierro. Billy Bond arriba del escenario, codeándose con la interna de cada Jotapé que le come la oreja: “¡nombrá a Evita!, ¡nombrá a Isabel!, ¡a Cámpora!”. Lo tenían tan podrido que le hubiera gustado volver a decir ¡rompan todo! En los discos de Roque Narvaja con su Octubre, el primer Oktubre del rock. En la banda de sonido de Los Traidores, donde Raymundo Gleyzer no colocó en la escena de tortura el tango como música eléctrica del torturador, sino Post-cricifxión, la electricidad desnuda en el cuerpo con el cable pelado de Pescado Rabioso sonando la música del torturado. En la escena de Rock hasta que se ponga el sol que le marcan la cancha a la lucha armada, nunca tan explícitos ni directos. Rockal y La Cría, con Pajarito Zaguri detrás, logrando casi el parto de un Palito Ortega Montonero, música beat y letras que traían a Frantz Fanon, tirando un guiño a favor a los fusiles y que pasó desapercibido. Pero todo eso mostró la cara mestiza, lo difícil que es separar el agua del aceite. Porque si podría decirse que el rock y la política, finalmente, resultaron “asuntos separados”, también podemos decir que el rock estaba en escena y detrás de escena y a pie de página, en catacumbas y embrionarias multitudes que, una década después, en los ochenta, iban a ser masivas y la democracia iba a hallar en esas mismas multitudes rockeras su nueva “masa en disponibilidad” (la parábola: del marginal “Festival del Triunfo” peronista de 1973 al festival por Angeloz en ese Ferro radical de 1988). La política llevó ventaja. Las “Orgas”, partidos y movimientos son una inteligencia colectiva. El rock fue tironeado desde el vamos por un cadáver exquisito: cada cual hacía uso de su libertad. ¿Cómo reconstruir una inteligencia colectiva del rock? ¿Qué era un militante? Un tipo lleno de notas mentales: recordar citas, nombres, claves, direcciones, apodos, cosas que no se pueden escribir, dejar sentadas. ¿Qué era un rockero? Un tipo ampliando “las puertas de la percepción”, que no deseaba su propia muerte. Acá “El club de los 27” fue el panteón de militantes. Los rockeros no querían morir, tenían Vietnam en su cuadra. Asunto Sarlo: ella mencionó la reunión entre David Viñas y Sui Generis en la casa del escritor. Beatriz recuerda, registra, anota y desecha los pasos de su vida militante. Porque un día llegó a la casa de Viñas, que le contó que habían estado los músicos. “No me dijo más nada, no me interesaba”, dijo Sarlo, consultada para más detalles. ¿Los músicos qué recuerdan? Casi nada o nada. Adrián Vila, militante de la jotapé de los ochenta y secretario de cultura de Chivilcoy años después, en una cena arrinconó a Nito Mestre. “Contame las reuniones con Viñas”, le dijo. “No me acuerdo nada”, respondió Nito. Jorge Álvarez los mandó para “formarse”, para educar su rebeldía naif, según él. Y ellos fueron. ¿Se formaron? No eran parias ni tontos (y terminaron “autocensurados” por el propio Álvarez cuando subieron la temperatura en el disco Instituciones, de ahí estos versos de Charly en la mejor canción de Sui Generis: “A mí no me gusta tu cara / y no me gusta tu olor. / Hay tres o cuatro mamarrachos con los que yo estoy mejor…”). Porque a García no se lo podrá medir por lo que aprendió o no de David Viñas. El valor político del rock, en la madurez de García, fue adquiriendo lucidez por sí mismo, no por oposición o superioridad a los proyectos militantes revolucionarios. Hubo un pensamiento político del rock, por momentos, alternativo al de la política, pero implicado en el conflicto del poder.
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En sus memorias Gabriela Parodi -la pionera, primera dama del rock, con un disco hermosísimo al hombro- contó cuando un día le cayó a su trabajo en una galería una tal Ana. ¿Quién? Una chica conocida que había sido del flower power, que había sido novia de Daniel Ripoll, el director de revista Pelo. Ana era hermosa y a la moda: usaba capelinas gigantes, pestañas postizas. Pero ese día Gabriela no la reconoció. “Soy Ana”, le dijo para que la recuerde. Se sentó y le dio una gran lista de festivales militantes para los que debía cantar. “Yo siempre fui libre pensadora libre, no me gustaba que me traten como rebaño, así que le dije que no. Después me enteré que desapareció en la dictadura. Tan bella, pero ese día estaba irreconocible.” ¿Qué tipo de “testimonio” es capaz de tener el rock? Me animaría a decir “inconsciente”. No pensado responsablemente, aunque sí manejara la astucia contra la censura, la disidencia contra los autoritarismos. El rock miró con extrañamiento lo que la política miró con naturalidad. Por empezar: ir al muere. Matar y morir. Las canciones más políticas del rock están al borde de todo, incluso de la torpeza, inmadurez, solemnidad, del grito sin edición. Y, paradójicamente, eso las dejó más vivas, más auténticas.
¿Qué sabía el rock? ¿Qué “sabían” León Gieco, Emilio Del Guercio o Nito Mestre? Sobre León se construyó su “emblema” en los años 80 y 90, quedó como un trovador oficial de la buena memoria, el anexo coral de un informe del CELS, las canciones didácticas de las venas abiertas. Pero en los setenta su cabeza estaba metida en el matete, hervía entre el fuego y la fuga, discos geniales entre la chacarera de dragones que conjeturaba la muerte de Víctor Jara y los caballos blancos que parecían huir de la pampa hasta la granja de Neil Young. La “dignidad de Rodolfo Walsh”, a la que cantó después… la conoció después. En democracia. En una entrevista con Miguel Grinberg, durante el final de los carnavales del 78, se quejaba abiertamente, se sentía solo, hablando en estos términos: “Que no me censuren, que no me prohíban en televisión (…) no hice mal a nadie, tampoco milité en un partido político. Pará viejo, ¿porque canto canciones poco optimistas? Bueno, que se jodan loco, si el país es así”. Antes había dicho que la “represión de la subversión se fue por las ramas y está reprimiendo la cultura”. Se quejaba de que Mercedes Sosa no podía cantar, que Atahualpa tenía que vivir en Francia. León, lo dirá también en una entrevista para la revista Rolling Stone, finalmente dimensionó la represión que ocurría desde el 76 recién en Europa, luego del 78, visitando un amigo que albergaba en su casa a una pareja de militantes que habían estado chupados. Algo parecido dirá Emilio Del Guercio, cuando volvió de Madrid a la Argentina, en 1977, y Jorge Pistochi junto a Pipo Lernoud lo buscaron en Ezeiza, y le cantaron la justa. Él no lo podía creer. “Hay campos de concentración”, dice que le dijeron. El rock fue el hermano menor del militante. Si uno mira las palabras que conforman “El jardín de los presentes” de Invisible creería que Spinetta lo llenó de contraseñas en pleno 76. “Buena memoria”, “niño condenado”, “golondrinas de Plaza de Mayo”. Y no. ¿Dónde ponemos ese disco? ¿Cómo actúa el tiempo sobre él y él sobre el tiempo? En caricatura podríamos mentar al rock como un Adonis drogado que vaga como espectro por la escena del crimen. Spinetta nombra porque no “sabe” tanto lo que nombra. Si lo supiera, ¿nombraría? En la militancia, la memoria de una época. En el rock, el inconsciente. Los años setenta de la gente común y sus escenas “extrañas”, la detención de David Lebón, asunto de drogas, tortura que no “politizó”, un picaneado que vive. La espontaneidad rebelde, la mirada desconfiada fue dando paso al horror. Los caminos entre contracultura y política inevitablemente se bifurcaron, en agosto del 76 nacía la revista Expreso Imaginario, hecha con la agenda de lo que el radar militar desconocía (indigenismo, yoga, ecología). Recordemos que el “Festival del Triunfo” de marzo del 73 duró dos temas. Cayó la lluvia, no quedó ni para un meme, sólo el afiche que les dejó los dedos pegados a todos los músicos prendidos a la ilusión popular del 73. Y que el 73 fue el año al que le puso su canción Palito Ortega: Yo tengo fe. Palito era peronista. García se recuerda fumado escuchando a Solano Lima en el cielo con diamantes.

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Pero, a la vez, ¿por qué no pensar que -de un modo menos retórico, pero también abierto- que el camino del calvario generacional está escrito en estos evangelios apócrifos de canciones rockeras? De Camino difícil de Almendra (que los autores destacan que coquetea con la lucha armada peronista) hasta la Marcha de la bronca que aclara en un momento: “bronca sin fusiles y sin bombas”. Desde “Pato trabaja en una carnicería”, que le medía el aceite a un jipi aburguesado, para declamar antes que sea demasiado tarde que “el comunismo resultó complicado”, ese artesano de la canción que es Moris, irrompible. El dilema de Lennon: ¿en qué términos adherir a la Revolución? O el Blues del terror azul, de Claudio Gabis con La Pesada, que comprime en 9 minutos de música un primer repertorio de cosas que la retórica militante va abandonando: el miedo, no la denuncia, sino el miedo, y la soledad, todas las amistades de esa bohemia que caracterizó a los años sesenta en una ciudad donde la guerra política convierte en una gran boca de lobo. La ciudad tomada por circuitos de bares, teatros, cines, espectáculos y plazas que de golpe es el desierto. O el Tiempo de reflexión, de Alejandro Medina, preguntándose “¿hasta cuándo habrá que cambiar sangre por paz?”. O El show de los muertos, puesta en escena de un menú servido en la mesa. Todas canciones previas a 1976. Y llegar hasta Serú Girán cuando en el 79 promedia que el proyecto del Proceso dejaba algo afuera: “¿Qué importan ya tus ideales?” comienzan cantando a coro en ese segundo disco, donde ya se meten al público en el bolsillo.

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El mérito del rock no pasa por cuánto se lo puede medir en torno a las “resistencias” a la dictadura, sino, a la luz de la masacre, con el diario del lunes, ¿cuántas vidas fue capaz de salvar?No es cuantificable, pero sí podemos saber en qué consistió su espíritu de época: sobrevivir. Miremos la escena de Rock hasta que se ponga el sol. La distancia con que el rock mira la “escena política”. Permite ironía, humor, terror, sexualidad libre, amistad. Es una versión de los hechos sin curaduría ideológica. Había en Miguel Grinberg y Pipo Lernoud dos ideólogos de la contracultura. Recordemos a Pipo y su amistad con Manuel Belloni, el padre de Victoria Onetto, que le avisa que ya no se volverán a encontrar. La clandestinidad. Las despedidas al pie del túnel del tiempo. Ese rock, entonces, melancólico, violento pero pacifista, esperanzado pero que le da espacio al miedo, ecológico, que se mira el cuerpo no sólo en la experimentación sexual y drogona, sino como tesoro a salvar, ¿entendió mejor al Perón que retornó? Con Juan Manuel Strassburger decimos que sí, que entendieron su mensaje pacífico, la fiesta y la reconstrucción. Muchos hubieran firmado el manifiesto de Salvador Ferla sobre la Tercera Posición. ¿Qué línea bajaron? Spinetta en “Todas las hojas son del viento” hasta pide que a los hijos los cuiden de las drogas. Pensemos en las reglas de comunidad de Arco Iris. O la comunidad jipi en El Bolsón, tóxica, orgiástica, pero a la que Miguel Cantilo finalmente desarmó cuando se enteró de la muerte de Perón. También el rock elaboró un punto de vista “idealista” sobre su “negocio”. Lo pasatista, lo comercial, lo fácil, fue negado. También lo panfletario, la papa en la boca. La idea de “elaborar” la música. El rock como un tango que nació con Piazzolla adentro. Si tomamos a Almendra, Los Gatos y Manal (bandas que construían su comunidad en paralelo al nacimiento de ERP y Montoneros) decimos que nació sofisticado. Y su poética venía con pretensiones, con lo bueno y lo malo. Manal no es menos poético que Almendra. “Porque hoy nací”, en la voz sombría de Javier Martínez, pudo ser un mantra generacional, pudo ser también la canción existencial de una generación que nació entre los humos de Auschwitz y los basurales de José León Suárez, que ya no se declaraba hija de sus padres. Es el The End argentino. La canción de Jim Morrison entrando al cuarto a asesinar a sus padres. Un muchacho que subía a la Compañía de Monte también podía cantar bajito “hoy nací”. El monte de los olivos. El rock no se achicó frente a la época. El rock se hizo cristiano, en tanto, retomó la figura crística, su buena nueva. Tenemos La Biblia de Vox Dei. Músicos de Quilmes. Rockeros que llamaban a su pareja “mi señora”, como lo hacía Willy Quiroga, y que tuvo el oído para aprehender en una línea perfecta el Antiguo Testamento: “Voy a quemar los árboles que no son míos”. Ricardo Soulé, imparable. El rock nació cristiano, con la buena noticia de canciones barriales, de Pappo con olor a trenes, pueblo y sudor, tercermundismo de Pedro & Pablo. Voces de quienes aprendieron a cantar en patios parroquiales, bajo la enseñanza obligatoria del folclore. Esa Argentina.

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“Aunque no lo creas para muchos jóvenes que vivíamos en la villa en los setenta el rock fue nuestra identidad”, dice Jorge Vargas. Sí: no le creo. Le digo eso. Jorge formó parte del batallón de su generación. Familia de origen boliviana, asiento en el barrio YPF de la villa de Retiro. Ahí donde talló fuerte el Padre Mugica, al que conoció mucho, ese hermano mayor de una generación, aliento de los primeros jóvenes maravillosos, pero que terminaría repudiando la burocracia montonera que castró la alegría del pueblo asesinando a Rucci, así lo diría. Jorge se hizo rockero, se hizo urbano, se hizo amigo de la avenida Corrientes, después se hizo de la la JP, cristiano y montonero, y pasó las de Caín, de fuga en fuga los años más duros. Pero el comienzo fue ese: yirar buscando experiencias hasta que la militancia lo arraigó más. El rock lo sacaba. Pero no eran dos mundos. Todo en el mismo lodo. Y Mugica llevaba el mundo a Retiro. Llevaba artistas, intelectuales, músicos al barrio. “Piero y Marilina Ross, por ejemplo, era común verlos en la villa. O a Chunchuna Villafañe”, dice Jorge. “Pero dentro de las actividades que organizaba la Juventud Peronista hubo unos conciertos de rock frente a la capilla. Y vinieron casi todos. La Pesada del Rock and Roll, Spinetta, Pappo, Roque Narvaja, Claudio Gabis, de Manal, que llegaba y armaban grupos improvisados en la azotea de la comisión vecinal. Fueron varios recitales los domingos a la tarde. Y era común que los músicos fueran a algunas casas en que los invitaban, por ejemplo, la familia Serrano, la señora preparaba unas empanadas, compartían vinos, o se iban a algunos bares de la zona a tomar y estar con vecinos.”
Si el mundo vio a Los Beatles empezar a despedirse en la terraza de Apple Corps un mediodía de enero de 1969, pocos tuvieron el privilegio de ver al rock de acá en la ¿terraza de chapa?, no, en la terraza de losa de la comisión vecinal de la 31. “No era que llegaban, tocaban, guardaban instrumentos y se iban. Tengo el recuerdo, por ejemplo, de Claudio Gabis. Un tipo pensante, no solo un guitarrista de primera. Un día nos quedamos hablando en la puerta del dispensario y nos invitó a tres de nosotros a conocer su departamento para darnos un regalo, que fueron unos libros. A mí me tocó 1984, de George Orwell. Me acuerdo de su casa, una pared con muchos libros, y él sacando ese libro de tapa amarronada, que tuve hasta el 75 cuando empezó la represión. Lo guardé en una bolsa de plástico con otros y pensando que iba a ser breve. Y quedó ahí porque la erradicación de la villa avanzó, me demolieron la casa”. En esas reuniones y en esos tráficos de libros, de historias, se rompía un reloj, se tejía algo que, si hubiera habido tiempo y menos conducción formal desde las elites de los colegios nacionales…

Esos años el centro significaba mucho. “En lo laboral había mucho trabajo”, dice y enumera: “Talleres chicos, joyerías, fábricas chicas de zapatos que, aunque parezca insólito en ese tiempo los había en el centro. Y para mí era todo un mundo de fantasía, lecturas, una avenida Corrientes de librerías, de “Cine Arte”, íbamos a ver a un Godard”. Jorge se hizo lector desde chico, tenía los libros de “Bomba”, una especie de Tarzán amazónico, las colecciones de tapa amarilla de “Sandokán”. Pero siguió al movimiento hippie, poetas beatnik y la rebeldía negra. “Angela Davis, Los Panteras Negras, me fascinaban”, dice. “Y los Rolling, Janis Joplin, Jimi Hendrix, palabras mayores, el soul americano y Aretha Franklin… y la calle Corrientes era un lugar para explorar eso también. Me acuerdo que conseguí unos libros donde había fórmulas hippies para hacer drogas tipo con cáscara de banana seca, disparates. Lo intentamos, y nunca funcionó.” De a poco se metió en temas de política. Pero todo lo encontraba en Corrientes. El centro fue como su segundo espacio de vida, más allá de la 31. Leer le daba soledad, lo permitía aislarse. Tenía un cuartito chiquito cubierto con tapas de vinilos, “casi una celda donde me la pasaba leyendo, una vez un mes entero encerrado leyendo El lobo estepario”. Después llegaron las lecturas de Perón, José María Rosa, el Revisionismo Histórico. Y a esas lecturas se sumaba conocer gente de otros barrios, de otra clase social, que fue lo que posibilitó la militancia en la villa. “Uno abre la cabeza y les abre la cabeza por intercambiar de igual a igual con gente que venía a militar de afuera. Abrir la cabeza y también sacarnos de la conducta marginal que teníamos. Algunos de nosotros cometíamos algún delito típico, macanas habituales de villero. Pero lo hacíamos afuera. Y Carlos Mugica nos decía: ‘las van a hacer, no lo puedo evitar, pero háganlas afuera, no dentro del barrio’”. Jorge Vargas es otro aleph de los setenta: el punto que contiene todas las líneas. Retiro, la JP, el tercermundismo, la cultura andina, pero también el rock, la contracultura. Los dos relojes. El de la revolución y el del divague.

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El recital de Serú 92 fue muchas cosas y también un negocio a cielo abierto que García blanqueó casi de entrada. Empezaba la cultura de fin de siglo: una melancolía bárbara. Y, también, agarrar el botín antes de la lluvia de artistas internacionales que venían a mojar el pan en el 1 a 1. Charly, insufrible, la antesala de los años duros de Say No More. El escenario parecía el living de Coronel Díaz, su Dakota medio pelo hecho un desconche. Lebón, Aznar y Moro se tomaban la cosa en serio. Charly iba y venía. Y en un momento, con la remera ya con el cuello estirado, sonó “Canción de Alicia en el país”. La canción principal. Una canción vestida con un disfraz metafórico tan obvio que evidenció el rigor de la censura: a veces era una garita de boludos totalmente engañables. Y salió como salió: mal, pero sentida. Una canción indestructible, aunque Charly hiciera el intento de romperla. Pedro Aznar, de chaleco negro, vestido como profesor de música en la fiesta de fin de año, contuvo lo que pudo hasta que lo soltó: “Ya fue -habrá dicho Pedro-, que empiece el incendio”. Y cuando la terminan de tocar Charly se queda en medio del escenario rasgueando la guitarra, última electricidad, pero antes de que la luz se apague gritó “¡Alicia vive!”. Se acabó el juego. En ese grito (¡Alicia vive!) había más que en todo el cancionero de Víctor Heredia. Rayo de cobre en el cielo sereno, intuición pura y tensión sin el adorno bolche. Lo que había “detrás de aquel espejo” eran los dólares del business, pero también el grito de eso que Charly cantó a tiempo, de lo que escribió en canciones antes que nadie (mientras todo ocurría), su máquina de hacer canciones y el “mérito” sobre el que tampoco quiso vivir. La canción que no duerme en los laureles hace el futuro.

