20 de julio de 2026
En un texto reciente, de los tantos que circularon sobre la serie Adolescencia, Mariela Sexer recopiló las distintas lecturas que provocó su irrupción masiva en el debate público. Están los que se propusieron echar luz sobre el hiato oscuro del desentendimiento generacional y los que ofrecieron el secreto de los códigos juveniles en una lengua extranjera; aprovecharon el raid los expertos en redes sociales, los psicólogos y los psiquiatras, un poco menos los pedagogos; no faltaron las recomendaciones de control parental ni la propia indagación crítica alrededor del uso adulto del celular; escribieron los que bajaron un cambio y recordaron que no hay un trazo directo entre el uso de dispositivos y redes y el pasaje al acto de la violencia homicida. Y es que de eso se trata, entendemos, la serie: de la violencia. La hipótesis crítica, en todo caso, se jugó en el terreno de la predicación: ¿violencia machista?, ¿una incierta violencia incel?, ¿violencia digital?, ¿violencia revanchista?, ¿violencia juvenil?, ¿violencia familiar?, ¿violencia escolar? Un plano secuencia sobre todas las preguntas, sus derivas e inflexiones.
Y de repente, insospechadamente, la híper comentada serie de la plataforma Netflix pobló a las escuelas argentinas de miedo y un nuevo tótem: cuchillos. En las últimas semanas, aparecieron en Ensenada, en Martínez, en La Matanza, en Escobar, en Jujuy, en Salta. Los vimos por la tele, se esfumaron en un reel: el pendejo enajenado, arrasado por una fuerza que lo excede. ¿Inesperado eco de la producción estética, acierto sensible alrededor de un clima de época? Ahora no hay Marylin Manson en las listas de Spotify; pero sí la huella de la incertidumbre adulta: ¿qué estarán cuchicheando los pibes cuando se pasan siete, ocho o diez horas frente a pantallas, justo antes de su desenfreno espantoso? Y en el revés de trama de las responsabilidades: ¿con qué herramientas estamos pensando estos problemas los grandes, que pasamos siete, ocho, diez horas con el celular? Trátese de un síntoma algorítmico o de la resonancia genuina de una preocupación latente, la violencia entre jóvenes (con el doble escenario de las redes y la escuela) nos sacude en un drama que debe atenderse. Y Adolescencia propuso, en el terror de su argumento inteligente, las coordenadas estéticas con las que volvemos sobre temas constantes, hurgando en sus perfiles estrictamente contemporáneos.
Quizás todo suene un poco anacrónico; pero, quién dice, en ese anacronismo la escuela aún conserve su potencial utópico, su esfuerzo por sobreponerse a las corrientes convulsivas de este tiempo acelerado y ansioso
Si el año pasado la convulsión de las apuestas online se llevó la atención del profesor que pispea celulares mientras camina entre los bancos, o antes todavía: las drogas, la bulimia y la anorexia, el ciclo lectivo 2025 lleva las miradas a las mochilas o al elástico de los pantalones. Se repone, en la góndola de las querellas educativas, la violencia escolar como tópico. Y si en algo es conmocionante la ficción es en su capacidad de asomarnos, en la mirada desafiante y tierna del joven protagonista, sobre el vértigo de lo inentendible: ¿cómo un pibito puede…? ¿Qué hacen esos chicos, tan nuestros, tan cercanos, tan acá nomás, con esos cuchillos en la mano, con esas conspiraciones secretas? ¿Saben lo que hacen? ¿Saben que esto es la vida y no un thriller psicológico, que no habrá nadie para documentarlos en las horas tristes entre policías y asistentes sociales? Es una trama de preguntas que van de la indignación a la consternación, del horror a la ternura cuidadosa. Preguntas que la sociedad, así, amplia, discute en el punto donde cualquier material artístico sabe operar: en el hiperrealismo de Adolescencia la cámara sigue el transcurrir de un acontecimiento excepcional, que interrumpe toda normalidad. La amplificación mediática funciona en la misma lógica, bajo la premisa del dueño que muerde a su perro. Nadie quisiera ver una película sobre una clase de Prácticas del Lenguaje donde repasan algunos versos del Martín Fierro, ni los móviles periodísticos iluminarían los portones opacos de la escuela número tanto de tal distrito porque los chicos fueron al laboratorio a hacer un experimento para la próxima Feria de Ciencias.
Pero evidentemente en la escuela no pasa lo mismo. La red de incertidumbres que se visitan en el alarido de la excepción, pueden producir en la escuela efectos contradictorios: por un lado, una rumia cansada alrededor de la violencia de los alumnos, masticada con demasiada cotidianeidad, verdaderamente desgastante, que por momentos empuja a los bordes del desgano, por momentos al borde de la naturalización (el malestar del profe que no puede convocar la atención de tal curso, la angustia de la profe antes de entrar a tal otro, el miedo incluso de salir lastimada); por el otro, su paradoja productiva: la complejidad de las escuelas del siglo XXI en nuestro país, con la obligatoriedad de la secundaria cumpliendo apenas su mayoría de edad, estimuló una profesionalización sensible del trabajo docente. La matriz “inclusiva”, tonalidad que se dio a la extensión del sistema educativo, en la tarea de enseñar convocó espíritus vocacionales, voluntariosos, por momentos militantes, formados, lectores, actualizados, menos ligados al imaginario maternal que al de la profesión (el profe que se sienta con el pibe conflictivo, la profe que aborda el tema difícil y se ofrece para ir al barrio a buscar respuestas con su cuerpo investigador). Es probable, en verdad, que el tránsito escolar de los trabajadores oscile en los puntos medios entre el agotamiento y el entusiasmo constantes.

Que los chicos ya no tienen límites, que no entienden lo que leen, que no pueden realizar las operaciones más sencillas, que no saben ni las capitales ni las tablas, que las familias están ausentes, que apuestan, que ya no les interesa casi nada de lo escolar, que hacen bullying… ahora que apuñalan, que directamente te matan. Son mosaicos que perfilan las modalidades del debate educativo desde hace largo tiempo, más de lo que la inmediatez de cada caso nos sugeriría. Y como todo sentido común que se acumula, en ese corazón donde se superponen lugares trillados, generalizaciones injustas o desconocimientos de campo, anida una verdad imprecisa. Las formas de subjetivación que estructuran las redes sociales dan la coloración a transformaciones más intensas del paisaje social de las escuelas y sus pibes: trayectorias escolares arrebatadas, decrecientes, de baja intensidad, erráticas, fragmentarias o discontinuas; el resquebrajamiento de la autoridad escolar y la revuelta insumisa, por momentos incontrolable, y el cuestionamiento incesante frente al saber docente; la intervención enojada de muchas familias que rompieron su pacto estratégico con la escuela (el pacto que cimentó el mito de la “Edad de Oro” de la educación argentina: mamá que pregunta si hay tarea y corre, a la hora de la cena, a comprar el mapa olvidado; papá que refuerza con sus retos el llamado de atención del profesor); o ciertas modalidades agotadas del discurso y las prácticas pedagógicas de la “educación democrática e inclusiva” en el lodazal de discursos individualistas y segregadores –y es que la crisis de algún wokismo pedagógico también favoreció las deliberaciones de lo hasta ayer indiscutible, paralizado el intercambio con nuestros jóvenes en el valor moral de las verdades escolares de un tiempo histórico.
Es necesario que la escuela retome un cauce menos convulsivo y más regular, menos alterado frente al emergente violento y más dedicado a cultivar hábitos calmos –menos noticiables, menos sorprendentes, menos espectaculares-, para ensayar en su regularidad una nueva forma del prestigio
Son todos temas del debate pedagógico previos a la irrupción masiva, definitiva y radicalmente transformadora de los celulares y las redes sociales en las escuelas. Como acontecimiento diferenciador, la pandemia y la virtualización de la sociabilidad de los adolescentes actúan como sismos que aún contienen todo un arsenal de réplicas. La obligatoriedad de la escuela secundaria en Argentina, mejorando cuantitativamente todos los índices de efectividad, reforzó, en su sombra, todas las fragmentaciones y las desigualdades que ordenaron el ingreso de niñeces y juventudes radicalmente diferenciadas a los desafíos complejos de la educación en el siglo XXI. Aunque sin ser novedad la discusión alrededor de la siemprenombrada crisis educativa, hay algo que cambió; no se termina de entender muy bien qué, pero algo cambió en este recorrido de lo nombrable de la escuela.
Sería deseable entonces que no se corra la mirada de la excepción feroz que el tiempo le imprime a esta escolaridad: los profesores, los auxiliares, los Equipos de Orientación, los equipos directivos, los preceptores, deberán atender los motivos intrincados de ése, el pibe que irrumpió como el lobo frente al pastorcito mentiroso, que volteó lo disponible para decir sus angustias, que agarró un cuchillo, una navaja, un arma, lo que fuera. La sanción es una pauta necesaria de cualquier aprendizaje y el acompañamiento un deber legal y ético de quien ejerce la docencia. La escuela tiene, aún bastardeados, recursos y una organización institucional para orientar estos acontecimientos excepcionales que invocan la atención pública un poco escandalosa, menos dada a la tranquilidad reflexiva que se requiere en grados tales de complejidad (como la aparición de un arma en la escuela).
Pero quizás sería más deseable aún que, frente a los desafíos corrosivos que nuestro tiempo le impone a la escuela, la colaboración social parta menos de una vuelta preocupada o miedosa que de una disponibilidad para colectivizar las responsabilidades en un área tan sensible. Son problemas que exceden a Adolescencia, apenas un puntapié. Gran parte de la bibliografía didáctica, muchísimas de las leyes más progresivas en la expansión de derechos educativos, una inmensidad de las mejores intenciones teóricas y prácticas dispuestas en favorecer trayectorias escolares menos conflictivas, se ordenan casi que en función de la excepción. Más acá: escuelas enteras que andan atrás de los grupitos más conflictivos, mientras una mayoría silenciosa rasquetea laboriosamente las oportunidades que se tejen materia a materia, hora a hora de clase. Es más: tan desprestigiada está la profesión docente que muchos colegas encuentran en su intervención valerosa en estas situaciones de excepción el peldaño que los acerca a un reconocimiento y a una legitimidad. “Siendo que no acumulo espaldarazos en la regularidad de mi tarea, mi esfuerzo frente a la excepción llamativa es el índice de una respetabilidad más o menos básica: soy un profesional habilitado para transcurrir entre circunstancias escabrosas”. Un orgullo profesional a destellos, performado la mañana o la tarde en que todo se fue de control y ahí sí, dejar los anteojos sobre el escritorio, correr del centro del pupitre el manual e intervenir en una realidad que nos apabulla, que los de afuera de la escuela, viendo el noticiero o una serie de Netflix, “no pueden entender”.
Y de repente, insospechadamente, la híper comentada serie de la plataforma Netflix pobló a las escuelas argentinas de miedo y un nuevo tótem: cuchillos. En las últimas semanas, aparecieron en Ensenada, en Martínez, en La Matanza, en Escobar, en Jujuy, en Salta
Es necesario que la escuela retome un cauce menos convulsivo y más regular, menos alterado frente al emergente violento y más dedicado a cultivar hábitos calmos –menos noticiables, menos sorprendentes, menos espectaculares-, para ensayar en su regularidad una nueva forma del prestigio: acá nadie se peleó esta semana, de veinte chicos en el aula hay quince leyendo bien y avanzando en sus estudios, de los treinta que somos hay cuatro que tienen familias imposibles. Quizás todo suene un poco anacrónico; pero, quién dice, en ese anacronismo la escuela aún conserve su potencial utópico, su esfuerzo por sobreponerse a las corrientes convulsivas de este tiempo acelerado y ansioso. Un heroísmo menos insuflado de excepción homicida, masajeado en el cauce diario de deseos irrenunciables: enseñar, aprender.



