19 de julio de 2026
A esta altura de la soirée, oscura la noche, preguntar de qué manera la interna del peronismo impacta en la vida cotidiana de todos parece a destiempo, como si no fueran suficientes las horas de reunión para llegar al tema, y lo estuviéramos aplazado una y otra vez; para otro día, cuando la interna se transforme en un mal recuerdo, como decía Spinetta en la década de 1990, de este “mundo de locos y fascistas”. A esta hora de la noche, decimos, porque en la elección del 26 de octubre La Libertad Avanza, si bien cumplió su objetivo en el Congreso y sigue habilitada a gobernar por decreto, sin embargo, convalidados todos los escándalos, perdió parte del apoyo que tuvo en 2023. Vimos gente triste y a nadie festejar esa victoria en la calle. Arranca la noche y no sabemos para dónde dispara. Macri ganó sus elecciones de medio término y después el mismo de ahora, “Toto” Caputo, chocó la calesita.
Desde la última elección, si el gobierno de Milei ocupase el tiempo de un único día, a esta hora sería de noche, y el tipo oscuro sigue ahí, dispuesto a pasarnos por arriba con todo el poderío estadounidense que pueda conseguir, sin importar ninguna tradición argentina en materia de relación con el mundo, salvo la que llevó adelante Menem en la década de 1990. Subirse al viento de cola de las derechas globales, hoy, acompañar en todo a los proyectos del supremacismo norteamericano, ante el declive de su imperio. El delirio en Argentina ingresa a su fase de la noche oscura. Estamos ahí, los que resisten como pueden en la oposición, a ambos lados de la supuesta interna del peronismo. Si preguntaban por lo que dañaba un día antes de las elecciones, se hubiese dicho que era mucho, pero casi sin querer hablarlo; el 7 de septiembre se había ganado por 15 puntos y la interna simplemente se podía “cancelar” con una nueva victoria, como un hecho del pasado. Sin embargo, el 26 de octubre la interna revivió: pasó a ser “la responsable” de la derrota.
Dejar de aplazar el tema, aunque no resulta sencillo, se puede intentar como especulación, con el ejemplo de Taiana y Grabois, los candidatos del 26 de octubre. Una de las principales virtudes, entre muchas otras del ex canciller, era que “servía para resolver la interna”. Además de que el gobierno parecía al borde de un abismo, y que la intervención norteamericana sorprendió a todos, Taiana y Grabois se mostraban como una buena fórmula, en especial para cuidar los equilibrios de la interna. Si no existiera la interna y ella no dañara nada, quizás, la fórmula hubiera sido otra, invertida acaso con Grabois a la cabeza –en este punto, el que “sabe” sospecha, porque Grabois está más cerca de Cristina que de Axel–, pero quién “sabe” si la interna no existiera o por fin terminara, ¿cómo serían esas relaciones entre dirigentes? El caso es que muy poco después, en Nueva York, ganó las elecciones un candidato de izquierda y a nadie se le ocurre pensar en Juan Grabois. Quizás, porque esta no es la noche helada de Nueva York. Buscaron comparaciones con streamers, sin distinguir entre el que grita igual que Tinelli…, y Grabois, que antes de ser diputado electo fue dirigente social.
Afuera de la rosca, afuera de la política, a través de la ventana –y no tanto del balcón– por la que puedan o no mirar los dirigentes de la oposición, sucede la historia
El liderazgo de Cristina no quedó golpeado ahora, sino cuando la alternativa fue Scioli, y Massa llamó a votar por Macri, cuando la alternativa fue Alberto Fernández, y cuando la última alternativa fue Massa que había llamado a votar por Macri. Todos esos acontecimientos concatenados golpearon la conducción de Cristina replegada sobre cientos de miles de personas que la consideran como su conductora política. Pero para salir de este presente necesitamos otra conducción. Ahora estamos en medio de la noche. Y Cristina está presa. Sucedió que todo parecía a punto de estallar y gran parte del pueblo eligió más de lo mismo, ¿quién le ofrecía qué otra cosa para el día martes? Ni Taiana, ni Grabois, ni Axel, tampoco Cristina, y ninguno de los que se llevaron votos por derecha o por izquierda, ninguno tuvo un discurso claro respecto de lo que habría sucedido, y debíamos hacer, si ganábamos y el gobierno tambaleaba, o se caía.
No estaba claro para nadie cómo hubiera sido vivir al día siguiente de una derrota del gobierno, seguida de los escándalos consecutivos entre marzo y octubre, de la cripto-estafa al candidato acusado de “narco”, y el dólar pisado, el “riesgo país kuka”; porque así ganan elecciones. La mayoría de la sociedad se hace antiperonista. La mayoría se hace antikirchnerista. Ellos no ofrecen más que motosierra y libertad trucha. Rebeldía de terraplanista con aspiraciones a supremacista blanco. El peronismo y el kirchnerismo tienen que cambiar para ofrecer una salida a esto; ya fue dicho hasta el cansancio, no sirve el modelo tutelado de Alberto Fernández, tampoco el prestado a Massa, cuyos votos en 2015 se fueron para Macri contra Scioli. ¿Qué habría sido de esas presidencias “tuteladas”? La necesidad de un cambio es clarísima hace mucho tiempo. Por más que pese el sentimiento de lealtad peronista que el kirchnerismo sostuvo durante años, firme junto a su líder hoy presa, no se puede seguir a la sola espera de que todo explote, impotentes ante el desastre mientras pasan los años.

A esta hora de la noche, salir de la rosca y mirar por la ventana, como hizo Ernesto de la Cárcova. Al fondo del cuadro, casi imperceptible, sucede el conflicto en la fábrica. Coloca al realismo en el interior de la casa de los obreros, la madre abraza al bebé y el trabajador golpea la mesa y mira lo que pasa afuera. Lo que vemos por la ventana, que se puede confundir perfectamente con un cuadro impresionista, capta el drama, el movimiento, de la escena: represión. Lo que está afuera de la ventana está en movimiento, no se detiene. Desde el lado de adentro de la ventana, quizás, las cosas no cambien. Afuera acontece la historia, y aunque cualquiera podría pensar que esa es una idea del siglo XIX bien representada por Ernesto de la Cárcova, entre lo privado y lo público; la historia está en la pintura. Afuera de la rosca, afuera de la política, a través de la ventana –y no tanto del balcón– por la que puedan o no mirar los dirigentes de la oposición, sucede la historia. A esta hora de la noche, se terminó la interna.
Después del 26 de octubre. No interesa si Cristina tenía razón o si el camino de Axel era el correcto; ahora está claro que la interna no tiene sentido, porque Cristina no conduce a ninguna victoria que no sea con Scioli, Alberto Fernández, o Massa, para tutelar su poder. A esta altura de la noche, sólo imaginar que en unas eventuales elecciones internas Cristina pueda diseñar a un nuevo candidato “tutelado” con capacidad de decir cosas más novedosas, más irresponsables, más viralizables que las que pueda decir el propio Kicillof siendo gobernador de la principal provincia del país –quien quedaría asociado al pasado de la propia Cristina- es una película de terror. Una especulación para el debate: Juan Grabois sobre la ola de Mamdani, apoyado por Guillermo Moreno y apalancados por una banda de streamers, al son de la doctrina, conquistan al pueblo de Cristina; no estaría tan mal, porque la consolidación de Grabois es uno de los datos más importantes para el campo popular de los últimos años. Sin embargo, el kirchnerismo de Grabois y el kirchnerismo de Moreno o de Massa no está claro dónde se entienden. Reunidos en la mesa de Máximo Kirchner, quizás se entiendan, pero entonces la duda es a quién se puede convencer –fuera de alguien que estuviese convencido– de que hay que tener como conductor –o ni tanto, apenas un político al que uno escucha con atención y en el que confía para que nos lleve a buen puerto–, a una persona con las características que tiene Máximo Kirchner, y con su imagen para la sociedad argentina. ¿A quién se puede convencer de algo así que no esté convencido?
Sucedió que todo parecía a punto de estallar y gran parte del pueblo eligió más de lo mismo, ¿quién le ofrecía qué otra cosa para el día martes? Ni Taiana, ni Grabois, ni Axel, tampoco Cristina, y ninguno de los que se llevaron votos por derecha o por izquierda
Cristina tiene una tarea difícil: lograr que quienes la apoyan crean que ella tutela a Kicillof, o que está de acuerdo con ceder su liderazgo, y que quienes la detestan –que lamentablemente son demasiado en el país– entiendan que Kicillof y ella son distintos. Quizás, por eso está condenada a enfrentarlo de un modo inentendible. Como si fuera la realización política del problema literario de el doble. Si en algún resquicio de su mente considera que un eventual gobierno popular conducido por Axel Kicillof puede ser beneficioso para el país y para el legado del kirchnerismo, tiene una tarea difícil, borgeana.
Quizás la pregunta es más simple, y el tiempo apremia. Entre todas las personas de la oposición, ¿quiénes son las más adecuadas para realizar lo que consideramos necesario, y quién, entre esas personas, es la que potencialmente puede convencer a más entre los que no están convencidos? ¿Un gobernador? ¿Cuál? ¿Un político o una política que ahora mismo no está en la función pública sino en la actividad privada? ¿Cuál? Entre las personas aptas para conducir a la oposición en esta noche y sacarnos hacia un destino a contramano, no hay tantas opciones. Siempre hay un tapado, dice un twittero viejo. Nadie esperaba a Néstor, nadie esperaba a Milei, no se esperaba a Macri en 2007, nadie esperaba que Menem le ganara a Cafiero. En muchos aspectos Kicillof puede sumar por fuera de los que apoyan a Cristina. Siendo el conductor del kirchnerismo, nadie que apoye a Cristina puede dejar de apoyarlo. Ni uno. Por eso la interna hace tanto daño. Todo siempre se trató de expectativas.
Kicillof maneja tiempos. Compararlo con un conductor de televisión streamer no sólo es injusto, más bien es ciego, el tipo gobierna la principal provincia del país. “No quisiera estar en sus zapatos”, dicen amigos que lo apoyan, a los que la interna confunde y desanima. Tanto un frente anti-fascista donde quepan todos los que quieran salir de esta deriva de ultraderecha, como un movimiento sólido detrás de un claro conductor o líder peronista que incluya a, radicales, socialistas, o cualquier otro que quiera enfrentar a la ultraderecha, articulado en base a la unidad de ideas y la militancia activa, sea una coalición, o el partido de un movimiento popular, en todos los casos se necesita una conducción clara y un liderazgo político que sintetice y articule. Un proyecto que entusiasme a las militancias, que interpele a las grandes mayorías, y que deje en claro lo que va a hacer al día siguiente en el peor escenario. Cristina es pura incertidumbre. Ella le ganó a Macri porque él era el caos.
¿También puede suceder un estallido? Es cierto lo que dicen, con la “implosión interna”, individualizada, la procesión va por dentro. También, es cierto, el estallido de 2001 siempre fue leído como una irrupción inesperada. No obstante, visto de lejos, el activismo de los noventa –que comparado con el de esta hora parece casi tan heroico como eran los setenta para los noventa– ocupaba las calles y las rutas resistiendo; antes de diciembre de 2001. La orientación política que la movilización le dio al 2001 en las jornadas de los días 19 y 20 de diciembre, le dio a la “crisis” un signo emancipatorio que todavía falta ponderar. No estaría mal conocer cómo vivieron la experiencia del año 2001 los eventuales conductores que nos pueden sacar de acá. ¿Qué piensan de Maximiliano Kosteki o Darío Santillán? A esta altura de la noche, la parte del kirchnerismo que siempre menospreció al 2001, por considerarlo como una crisis que primero Duhalde y después Néstor vinieron a resolver, los que ocuparon uno u otro cargo de jefe de alguien a partir de 2003 sin haber militado antes, acaso, ojalá, recapacite sobre el valor a esas jornadas, que duraron meses, donde la sociedad en las calles corrió la agenda política hacia la década ganada por el Estado. Cuando Cristina fue presa, alguien dijo que a partir de ese momento teníamos un “mito”, como el que buscaba Mariátegui. Quizás, todo sería distinto si el mito no fuesen Axel o Cristina, sino el 2001, el mito del pueblo en las calles que impugna al Estado de Sitio, exige justicia social, y también devolución de depósitos en dólares. A diferencia de De la Rúa, que perdió las legislativas pocos meses antes de subir al helicóptero; Milei las ganó. Esta hora no es la de esa noche oscura en la que, poco después, a plena luz del día 20 de diciembre, después de empujar a las Madres de Plaza de Mayo con la policía montada, mataron e hirieron a decenas de personas en las calles, aunque la aguja está en el mismo lugar, y algunos nombres en el gobierno sean los mismos, esta es otra noche.
(Foto de portada: Alfred Stieglitz)



