28 de julio de 2026
Perdí mis anteojos solamente dos veces. La primera fue hace muchos años, en las playas de Claromecó. Era uno de esos días nublados de muchísimo calor. Mi sobrino Salvador era poco más que un bebé y lo alcé para entrar al mar. Caminé hasta que tuve el agua por los muslos y Salvi, con un movimiento ascendente del dedo índice, desmontó los anteojos de mi nariz y cayeron sobre las olas como un buzo táctico. Quedé paralizado: no podía agacharme, no podía dejar al pibe al costado, si corría hasta la costa perdía la referencia. No me acuerdo qué decisión tomé pero, de regreso en la orilla, senté a mi sobrino en una reposera y lo miré fijamente a los ojos: “cuando seas grande me vas a tener que pagar unos anteojos”. Las vueltas de la vida. Quizás en este preciso momento, sobre nuestra plataforma oceánica, un cangrejo descubre las Islas Malvinas con aquellas gafas prescriptas para mi astigmatismo.
Creo que nadie, ni el más peregrino de sus sueños, se imaginó lo que vivimos ahora. ¿A qué me refiero? A que la temible resaca del Mundial quedara reducida a una sábana filo-tumbera con nuestro reclamo diplomático concentrado en cuatro palabras. Son las 21 horas en el Hipódromo de La Plata y, poco antes de que Skay y los Fakires suban al escenario, el campo se llena de trapos con la misma leyenda grabada en la misma fuente. Cientos de remeras. Un poco frustrado por el sistema de venta de cerveza, un chabón abandona la larga fila con las manos vacías. “¡No puede ser!”, grita. “¡Tanto lío por una birra! ¡Las Malvinas son argentinas!” Más adelante, sobre el vallado, la gente canta el arquetípico “el que no salta es un inglés” muchas más veces que el promedio registrado por las estadísticas del rock argentino. Lo cual es mucho decir.
Me cuestiono el cantito. Ahora que sufrimos en carne propia lo que es ser tildados por el signo de tu gobierno o la estupidez, la ignorancia y el interés del wokismo internacional (que somos sionistas, que somos ladrones, que somos racistas, que somos soberbios, etc.), tenemos una excelente oportunidad para considerar el asunto y no cometer ese mismo error. Digo: al margen del odio geopolítico y la legitimidad de nuestro reclamo y la pertinencia de la bandera en el final del partido, los ingleses -por decir un ejemplo incómodo- no son todos piratas ni son todos Thatcher. También son los hijos de los mineros que sindicalizaron el planeta y lograron la jornada laboral de ocho horas. También son Amy Winehouse o los Monty Python o Gary Lineker o Chesterton o los Clash o Vivienne Westwood o cada uno de esos laburantes que se toma una pinta a la salida de la oficina. Aunque saltemos con el cantito, creo que lo tenemos claro.

A priori, este concierto no admitía exageración posible. Unas semanas después de la muerte del Indio, su compañero volvía al kilómetro cero de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La cita, en ese sentido, es ecuménica: llegan pibes en cueros desde Ingeniero Budge y sibaritas contraculturales desde la facultad de Bellas Artes. Coleccionistas de revistas, metalúrgicos, vendedoras de mostacillas, editores de fanzines, empleados del Instituto Cultural, psicólogas con libros de Schweblin. Sobre el horizonte, más allá de las pistas de carreras, las refinerías de Ensenada emiten sus bocanadas de fuego. En los dispensers, a pesar de la excitación, bebemos nuestro vasito de agua mineral con extrema civilidad.
Suenan las campanadas y, sin más preámbulos, aparecen los Fakires. En un clásico uno-dos para medir la temperatura, arrancan con “Paria” y “Soldadito de Plomo” sin solución de continuidad. La fabulosa “Aves migratorias” (¿nadie va a decir que el riff tiene, precisamente, algo de los Peligrosos Gorriones?). “Tal vez mañana” y otra más. Aunque los discos de Skay están llenos de búsqueda tímbrica, el concierto es a cara de perro: dos guitarras eléctricas (Joaquín Rosson y Skay), un bajo (Claudio Quartero) y una batería (el barbado Leandro Sánchez). No hay vientos, no hay teclados, no hay percusiones, no hay coros. Cada tanto, alguien dispara una programación. Algunas cosas, desde los colgantes sobre el cuello hasta el imaginario derviche del repertorio, subrayan el origen espiritual de este rock & roll. Aunque haga un ruido atronador, siempre suena como un rezo.
Los ingleses —por decir un ejemplo incómodo— no son todos piratas ni son todos Thatcher. También son los hijos de los mineros que sindicalizaron el planeta y lograron la jornada laboral de ocho horas.
Ahora Skay da un paso al frente. Señala hacia adelante, el dedo en posición renacentista. “Esta canción es en homenaje y en honor al querido amigo Indio”, dice. “Que en paz descanse”. Entonces toca la apertura de “Todo un palo” y la banda entra al unísono como un convoy de asalto. La temperatura del Hipódromo sube cuatro o cinco grados a la velocidad de los trenes. La luna fluctúa. Bob Dylan pregunta: qué se siente. Los Redondos responden: cómo no sentirme así. ¿Así? Sí, así: ido y acá. Pagando en seis cuotas hasta el cuarto de bizcochos, pero iluminado por esta música del siglo pasado que habla de un futuro que quedó en el pasado. Por Dios, la paradoja nos va a matar.
Como todo el mundo, aprovechamos el intermedio para ir a hacer pis y comprar unas cervezas. Hay casi un centenar de baños químicos, pero la gente mea los paredones de las tribunas por deporte. El turf platense ya no es exactamente aristocrático, pero se ve que los tipos recuerdan. O le contaron. “¡Sanidad!”, llama un flaco, “¡Liberen la morfina!” En un primer momento me río por su urgencia y después lo considero seriamente. Imagino que la súplica funciona y los agentes de salud entregan las correspondientes ampollas de opiáceos a estas miles de personas. Sería digno de ver.
Para cuando quisimos acordar, los Fakires ya estaban de regreso y accedían a la parte más lenta de su concierto. Quizás la mejor. Con su arreglo onda blues atómico (con una cita al “I want you -she’s so heavy-” de los Beatles), “Presagio” pone el tiempo en suspensión adentro de este concierto que ya está en suspensión. “Ayer tuve un sueño”, canta Skay. “Soñé con un ángel. Aparecía como un buey, tenía los labios abiertos y estaba parado en un solo pie”. Ataviado con una camisola púrpura, con el pelo largo y entrecano, Skay es el Drácula de Francis Ford Coppola. Una aparición. El ángel de su propio sueño.

A diferencia del Indio (que pedía disculpas por las hazañas no cumplidas), este flaco no le rinde cuentas a nadie. Toca lo que quiere cuando quiere. Cinco temas de Patricio Rey en un setlist de veintidós canciones. Mete “Ji Ji Ji” pero de ninguna manera en el final sino exactamente ahora. Vean: Skay se agazapa sobre el RE menor y apuro mi vaso de Amstel en un solo trago. Acaso dos. Como Moisés en el Mar Rojo, me abro camino hacia el núcleo indivisible del pogo con mi campera marca Lee y el pelo engominado. Vuelan brazos y piernas y cabezas en un slow motion imposible. Las luces parpadean. Siento un chicotazo en la cara, alguien se desliza por el piso. Una gota de sudor ajeno se detiene en el aire cromado del Hipódromo y ahí dentro me veo súbitamente reflejado en mi habitación de adolescente poniendo Oktubre por primera vez. Me toco la cara con ambas manos en ademán de plegaria y descubro la cruda realidad: acabo de perder los anteojos. Por segunda vez en la vida.
Sobrino querido: ha llegado el momento.



