28 de julio de 2026
26 de julio de 2026
SCHADENFREUDE: LA ARGENTINA AL PLATO, O EL BANQUETE DE LOS TONTOS
Claudio Iván Remeseira
Schadenfreude es una palabra alemana corrientemente utilizada en los Estados Unidos para describir la alegría (freude) que produce ver la desgracia (schande) ajena. Contracara alevosa de la máxima paulina de alegrarse con los que están alegres y llorar con los que lloran (Romanos 12: 15), Schadenfreude es un sentimiento mezquino, hermano tonto de la envidia, los celos y el resentimiento, pero que a diferencia de estas emociones vergonzantes y por lo tanto normalmente reprimidas, produce un placer que necesita exteriorizarse, que goza y se realiza en su exhibicionismo. Es el permiso para soltar por un momento en público la garra que atenaza el corazón en secreto, su liberación exultante y efímera. Este sentimiento se asocia especialmente con los eventos deportivos: si mi equipo no pudo ganar, qué bueno que el tuyo tampoco. Pero la rivalidad deportiva encubre a menudo otras taras, o como se repitió tantas veces en las últimas semanas, el fútbol no es sólo fútbol.
En estos días hemos sido testigos de una irrupción volcánica de Schadenfreude a raíz de la derrota frente a España en la final de la Copa del Mundo. Las gastadas al perdedor son parte del folklore global del deporte, pero la magnitud, la intensidad y la implacabilidad de los comentarios, sumados a las acusaciones de racismo y un largo etcétera de inmoralidades varias pusieron a la Argentina—no al país en abstracto sino a los argentinos de carne y hueso—en el banquillo de los acusados de un juicio universal anticipado. Es odioso tener que usar una expresión manchada por nuestro pasado dictatorial, pero es difícil rehuir la tentación de hablar de una campaña antiargentina, porque las brujas no existen pero que las hay las hay. Algo que empezó en la mediósfera de las redes y los medios tradicionales se trasladó rápidamente al mundo real (si es que no fue al revés). En una inusual convergencia, los guardianes de la moral y las buenas costumbres deportivas que fungieron de jueces y fiscales en este juicio—los defensores tuvimos que ser nosotros mismos, y algún que otro admirador extranjero perdido en la marea de impugnaciones—incluyeron voceros de la izquierda progresista internacional y de la derecha conservadora anglo-americana, entre ellos algunos personajones de Wall Street como el egipcio Mohamed El-Erian, a quien hasta cierto punto se puede disculpar por sangrar por la herida del 3 a 2. El tenor de los ataques, ilustrados con fotos o videítos oportunamente seleccionados, muestra a los argentinos como violentos, soberbios y discriminadores crónicos, no sólo en el fútbol—una nación de consuetudinarios marrulleros. Parecería que después de la Alemania nazi (o de la Ruanda de los hutus, para no caer en eurocentrismos), la Argentina fuera el País Más Malo de la Historia, y sus habitantes, unos réprobos irrecuperables.
Schadenfreude es un sentimiento mezquino, hermano tonto de la envidia, los celos y el resentimiento, pero que a diferencia de estas emociones vergonzantes y por lo tanto normalmente reprimidas, produce un placer que necesita exteriorizarse, que goza y se realiza en su exhibicionismo.
La mesa está servida, y la Argentina es hoy el plato principal. De todas las gentes que se deleitan en este banquete quiero detenerme en un grupo muy especial: nuestros queridos hermanos latinoamericanos. Algunos argentinos se han sorprendido con estupor al ver el regocijo con el que muchos de ellos se volvían rápidamente, cuchillo y tenedor en ristre y una ancha y babeada sonrisa, sobre la carcasa de nuestra vencida selección para cortarse un buen pedazo de carne; debo decir, sin consternación ni amargura, que no fui uno de ellos. La unidad latinoamericana es una hermosa pero fallida idea, que jamás ha ido más allá de las buenas intenciones: la “Patria Grande que soñaron Bolívar y San Martín” nunca existió más allá de la literatura y el arte. Las fronteras están firmemente arraigadas en una historia que se remonta al pasado colonial, y la competencia y desconfianza—cuando no abierta hostilidad—entre los distintos países han puesto siempre un freno realista a las utopías de integración. En este desconcierto continental, la Argentina ocupa un claro lugar de privilegio: es el país más odiado por el resto, común denominador de la desunión latinoamericana.
Debo sí decir que me produjo una extraña fruición (tal vez el complemento del Shadenfreude, para el que no encuentro la palabra justa) corroborar alguna antigua sospecha de antiargentinismo solapado, de cuchillo escondido bajo el poncho, como diría mi abuela Haydée, mendocina vieja. Conocidos, excompañeros de trabajo, sobre todo periodistas y colegas de la academia. Me resulta absolutamente extraordinario ver a intelectuales latinoamericanos formados en la fragua de la teoría postcolonial y los estudios de raza hinchar por el país que implantó en América latina el sistema de jerarquía racial que ha marcado hasta el día de hoy las relaciones raciales en sus respectivos países, contra otro país latinoamericano, uno que ha recibido e integrado felizmente en su población a cientos de miles de compatriotas suyos. ¿Un caso patológico de internalización del opresor? (Me pregunto cuánto tiempo tardará en volver a imponerse en la academia norteamericana la visión de España como país blanco, colonialista y racista que ha dominado en ella durante los últimos veinte años; mi predicción es: dos o tres semestres, una vez que baje la espuma del Mundial.)
Hace 25 años que vivo en Nueva York, de cuya población hispana los argentinos somos una pequeña minoría. Vivo, además, en un barrio hispano, la mayor aglomeración de dominicanos fuera de la República Dominicana. Tanto yo como mi mujer, una psicóloga argentina que trabaja para una clínica de salud mental orientada a la población latina, interactuamos diariamente con dominicanos, mexicanos, ecuatorianos, peruanos, colombianos, puertorriqueños, venezolanos, nicaragüenses, de vez en cuando con chilenos, bolivianos, uruguayos y cubanos, y menos seguido con brasileños; a esta población se suman, naturalmente, los españoles peninsulares. Nueva York, una ciudad en la que se habla español en todos lados, es una sinécdoque de Hispanoamérica. A lo largo de estos 25 años, la abrumadora mayoría de nuestros contactos con esas personas han sido cordiales, y con varias de ellas hemos forjado amistades duraderas. Gracias a ellas conocí la profundidad de la influencia que nuestra cultura popular tuvo en América latina y el Caribe, desde Carlos Gardel a Palito Ortega, Sandro y Leonardo Favio y de las películas y telenovelas argentinas a Soda Stereo. Sus apreciaciones de la Argentina han estado siempre cargadas de afecto y admiración, en especial por el tango, el vino, el asado, Buenos Aires. Muchas de ellas hincharon por Argentina en el mundial.
La Patria Grande que soñaron Bolívar y San Martín nunca existió más allá de la literatura y el arte. Las fronteras están firmemente arraigadas en una historia que se remonta al pasado colonial, y la competencia y desconfianza.
A lo largo de ese cuarto de siglo hubo también chispazos – nunca con estos amigos, sino con relaciones circunstanciales, en la calle o en el trabajo. El disparador podía ser una cuestión menor, una discusión futbolística o un conflicto laboral. Pero el patrón fue siempre el mismo: de golpe, sin aviso previo, la conversación daba un salto cualitativo: de la discusión específica sobre fútbol o cuestiones de trabajo, el interlocutor espetaba: “Ah, ustedes los argentinos”, tal y cual cosa. El predicado de esa afirmación contiene dos enunciados básicos, íntimamente conectados entre sí, y un corolario. Los enunciados básicos son: los argentinos son arrogantes y se creen más que los demás latinoamericanos; los argentinos no se creen latinoamericanos sino europeos. El corolario de estas dos afirmaciones es: los argentinos son racistas.
Ahora que en esa vasta región de la progresía antisionista se ha impuesto la consigna de equiparar Argentina e Israel, vale la pena destacar que este mecanismo de impugnación tiene mucho en común con el antisemitismo. En ambos casos se trata de una sustancialización del genitivo de las personas, la implantación de un estereotipo: el argentino, como el judío, no es un individuo particular, con sus luces y sombras, virtudes y defectos, sino la instanciación de un universal abstracto, un sujeto deshumanizado que encarna cualidades intrínsecamente nefastas. El odio funda y reproduce al infinito este reduccionismo ad hominem: esa persona merece ser odiada por su naturaleza viciada, y al odiarlo, el odiador se reivindica a sí mismo, a sus propias y supuestas virtudes.
Para ser efectivo, todo estereotipo debe incluir alguna nota de realidad, una cualidad que lo haga creíble y a partir de la cual pueda deducirse una generalización ejemplificadora. Si reflexionamos honestamente en nuestro pasado personal y colectivo, es indudable que encontraremos conductas arrogantes, frases despectivas hacia otras nacionalidades y comentarios racistas (Si aplicamos este mismo parámetro a aquellos que nos critican, también las encontraremos. Tengo hecha la cuenta, pero es larga y no entra en esta columna). La cuestión no es si alguna vez nos mandamos la parte, si ninguneamos a otro latinoamericano o si dijimos o hicimos algo que pueda ser calificado como racista; cualquier persona en el mundo puede haberlo hecho alguna vez (salvo los que se creen puros, especialmente en los Estados Unidos, que es otra parte del problema). La cuestión, para mí, es si esas acciones describen mi conducta habitual y la de la mayoría de los argentinos, si definen las relaciones entre la mayoría de las personas dentro de la sociedad y sus relaciones con otras nacionalidades. La respuesta a esta pregunta, en mi opinión, es un rotundo no. Las evidencias empíricas sobre las que se sostiene esta convicción son múltiples y han sido expuestas profusamente en los medios de comunicación en los últimos días. Incluyen testimonios de ciudadanos de todos los países latinoamericanos, de inmigrantes africanos y de personas de distintas religiones, incluyendo musulmanes.
La sociedad argentina no es perfecta –ninguna lo es. Tenemos una deuda histórica con los pueblos originarios, pero eso no es exclusivo de nuestro país, sino un problema común a toda América, desde Canadá a Tierra del Fuego. Debido a la pérdida del Alto Perú, el grueso de la población de la Argentina nuclear no fue puramente indígena sino mestiza, y la base popular de esa Argentina mestiza—los “cabecitas negras” de la década del 40—se integró al resto de la sociedad con el primer peronismo. La queja por la arrogancia argentina, por otro lado, es proverbial, y como recordó hace poco un posteo de X, fue ya señalada por Sarmiento en el siglo XIX. Pero esta queja tiene tanto que ver con la actitud de los argentinos como con la desestabilización que esa actitud produce, aún inconscientemente, en la estructura de valores de otros latinoamericanos. Mi finado amigo Marcelo Espil, un reo porteño que a comienzos de los años 70 recorrió buena parte de América latina, lo definía así: “Los argentinos llegamos a un lugar y nos metemos como el cowboy en el saloon: abrimos de golpe la puerta vaivén sin pedir permiso. Eso los vuelve locos, no están acostumbrados.” (Nota al pie: ¿cuánto de lo que se concibe afuera como “argentino” no es en su origen algo porteño? El antagonismo argentinos-latinoamericanos reproduce casi al pie de la letra el de porteños y provincianos) Seguramente, el exceso de autoconfianza argentino esconde también algunos pliegues menos halagüeños, como una cierta dosis de narcisismo infantil y una tendencia peligrosa a la megalomanía, sintetizada en la consabida salutación que el resto del mundo nos dedica, no una sino dos veces, en nuestro Himno Nacional: “Al Gran Pueblo Argentino, ¡Salud!” Es entendible que este alarde bombástico de grandeza desconcierte primero e irrite después a quienes han sido educados, como estrategia de supervivencia social, en la necesidad de pasar desapercibidos lo más posible, de fundirse en la multitud en lugar de sobresalir demasiado, lo que a veces es sin duda una estrategia más efectiva que la del salir al ruedo con todas las banderas desplegadas. Consumida en exceso, la exuberante autoconfianza argentina puede en efecto hacernos derrapar fácilmente en el chauvinismo y la fanfarronería; moderada por las riendas del sentido común, es el combustible del afán de superación y excelencia inculcado durante generaciones desde la cuna en un país en donde la movilidad social garantizaba el premio del esfuerzo. (Nota para un ensayo sobre el afán de gloria: ¿hay acaso algo más español que eso?)
El argentino, como el judío, no es un individuo particular, con sus luces y sombras, virtudes y defectos, sino la instanciación de un universal abstracto, un sujeto deshumanizado que encarna cualidades intrínsecamente nefastas.
Detrás de la reflexión de Sarmiento y del comentario de mi amigo se adivina la punta del orillo del argumento de Guillermo O’Donnell sobre nuestro rechazo visceral a las jerarquías sociales. Escrito en contrapunto con el brasileño “Vocé sabe com quem esta falando”, el “a mí que mierda me importa” argentino subvierte el orden latinoamericano tradicional. A comienzos de los años 60, cuando yo era chico, todavía se podía escuchar algún “A sus órdenes”, como una manera caballeresca y ya entonces un poco pasada de moda de decir que uno se ponía a disposición de alguien para algo; pero era un gesto verbal de cortesía, no de subordinación. En la Argentina es inimaginable el mexicano “Mande”, que aunque sea una expresión hoy utilizada en todas las clases sociales mexicanas, es el fósil lingüístico de una relación de sometimiento. La sociedad argentina, como bien ha señalado Juan Carlos Torre, profundizando la huella de O’Donnell, está por el contrario atravesada por una fuerte tendencia igualitaria. Esta tendencia, también consagrada en el Himno (“Ved en trono la noble igualdad”), ha influido además en la historia del racismo en nuestro país, al eliminar tempranamente las categorías estigmatizantes de color de piel en sus censos poblacionales.
La cuestión europea tiene más matices. En un primer momento, los ideólogos de la Generación del 37 creyeron que Rosas podía ser el hombre fuerte que completara el pasaje del pasado colonial al presente moderno, que universalmente se identificaba entonces con los valores de la civilización europea. Cuando vieron que eso no iba a ocurrir, imaginaron un rumbo radicalmente distinto. Imbuidos de la noción romántica del genio de los pueblos, entendieron que la única manera de impedir la continuidad eterna de la dictadura era cambiar la composición étnica del pueblo argentino: los gauchos votaban por Rosas. Imaginaron entonces una Argentina poblada por inmigrantes nórdicos y germánicos, portadores del gen de la democracia y el progreso. Sabemos lo que ocurrió: en lugar de Sven, Thomas y Rupert vinieron Giovanni, José, Samuel y Salim. Del temor de las élites criollas al descalabro del país en distintas nacionalidades nació un poco más tarde la “educación patriótica”, sedimento del nacionalismo argentino. En dos o tres generaciones, los inmigrantes de ultramar se mezclaron entre sí y con la población mestiza, dando lugar a la clase media argentina.
La historia de mi familia es un ejemplo típico de este proceso. Tres de mis cuatro abuelos fueron europeos: Eladio Remeseira y Rosa Gómez, campesinos gallegos, por parte de padre, y Emilio Sani, campesino toscano, por parte de madre. Mi abuelo Emilio se casó con la ya mencionada Haydée, a la que le decían “la Negra” por el color cetrino de su piel. La Argentina no fue una reproducción de Europa en América: fue el producto de la mezcla de inmigrantes europeos y del Medio Oriente con la población criolla, que a su vez era el producto de la mezcla de indios, españoles y, en menor medida (porque sus números absolutos eran menores) de descendientes de africanos. El estereotipo de la Argentina blanca borra los contornos de esta historia y reproduce una falsedad que, no por repetida algorítmicamente al infinito como verdadera, deja de ser falsa.



