Un momento...

17 de julio de 2026

17 de julio de 2026

17 de julio de 2026

ESTE ES EL AGUANTE

Gustavo Grazioli

@Discolo1714
Cultura
Tiempo de lectura: 4 minutos

El griterío de los balcones, la música que rebota en el aire y se combina con otras canciones que también salen disparadas de cojudos parlantes luminosos. La apertura de manos en dirección al cielo, pasos de baile de aquí para allá. La calle es una fiesta teñida de celeste y blanco, y Argentina, el punto geográfico que cobra vitalidad en las veredas del desasosiego. Ganó la Selección, una vez más, queda una instancia, la última para alterarlo todo, pero mejor no seguir alimentando la verborragia del éxito: “step by step”, recomendaría un inglés. O la canción de Los Pérez García, Después de hora, “no vamos a hablar antes/ mejor nos vemos en la cancha”.

Es lo que indica la lógica de la cábala, pero es difícil mantener los modales con un equipo que no para de superarse a sí mismo y cada renglón lo vuelve más épico e histórico. Explota la incontinencia de modales tribuneros. Es un miércoles en el que se perdieron los relojes, la corrección, las distancias y no se mide lo que tiene o no tiene el otro. Todos quieren estar con todos. Argentina le ganó a Inglaterra 2 a 1, mismo resultado que en 1986, 40 años después. La gente se detiene en las esquinas, agita puños, aplauden y lanzan alaridos como respuesta a los bocinazos de los autos. Un grupo de escuela secundaria privada canta a los gritos la Marcha de Las Malvinas y el coro al unísono de los vecinos que escuchan, se pliegan con énfasis a la parte de “Las Malvinas, Argentina”.

Las mieles de ligar y ligar. Sin azar ni chamanes a los que otorgarle créditos. Es la lógica de trabajo que impuso Lionel Scaloni. Un liderazgo que se cargó al hombro los egos de jugadores millonarios, se mostró humano como pocos, que llora y transmite debilidad, y no por nada, puertas adentro le dicen “la llorona”. En este camino se traduce el efecto de la conquista colectiva, no se personaliza ni se arroga cucardas. “Los que juegan son los jugadores”, ha dicho varias veces. Es la cultura “scaloneta” la que conquista los espacios de cada rincón del país. La que enseña la no jactancia y a mantenerse con espíritu de competencia hasta el último momento.

En la calle se manifiesta el reconocimiento del precio a seguir y no bajar la guardia. “Este es el aguante/ Hasta yo lo vi/ Este es el aguante/ Decimelo a mí”, recordó Charly García. Los tiempos dorados de una Selección que termina encarnándose en la gente ─la nuestra─ que prefiere no dormir para no perderse nada, porque sabe que algún día se va a terminar y quizás, calendarios y calendarios más adelante el efecto proustiano de la magdalena termine por mutar al “efecto scaloneta”, y el recuerdo sean los años que fuimos felices en el fútbol. Veranos y veranos de puro juego luminoso. En cualquier picado con amigos o al ver pasar una pelota por delante, se desatará aquello que fue.

Todos quieren estar con todos. Argentina le ganó a Inglaterra 2 a 1, mismo resultado que en 1986, 40 años después. La gente se detiene en las esquinas, agita puños, aplaude y responde a los bocinazos como si el país entero compartiera una misma respiración.

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Todos corren a vivir lo que empezó en 2021 y llegó hasta acá con el sueño de bordar la cuarta estrella. Con pleno conocimiento del negocio expansivo en que se convirtió el fútbol y su contradicción entre espectáculo y excelencia, y toda la carga que conllevan los mundiales con su complicidad de agigantarlo aún más en su lógica de empresa capitalista. Con jugadores que se prestan cada cuatro años y no se sabe más de ellos, si no se los sigue en las ligas en las que están. La sensación de aprovecharlos ahora, en su participación en la copa que todos quieren. “Es como ver a Gardel de frac en las películas de la Paramount”, decía Juan Sasturain. Es lo que hay y así se vive, sin remordimiento. Aprendimos a ser felices así. “La vida del obrero es así”, decía Pity Álvarez.

De Núñez a Aldo Bonzi, el destino matancero en el que se alojan las alegrías desde la carrera de los 32avos. La General Paz, es un diálogo de bocinas y en la espera del tránsito, las cabezas se escapan de la ventanilla con una consigna: “y ya lo ve, y lo ve, el que no salta es un inglés”. La plaza – las plazas –, los bares, nuevamente, el escenario de las piruetas triunfales. La casa de las desmesuras y anfiteatro del desahogo en estos 40 días. Cualquier árbol, poste de luz o reja es suficiente para colgar las banderas y la principal, la que todos querían ver más allá del sticker de WhatsApp: “Inglaterra la concha de tu madre”.

La felicidad sin domesticar en la entrega de estos jugadores a los que aleccionaron para no mezclar el fútbol con la política, mantener las formas y dedicarse a lo que saben. Retumbó casi 10 mil kilómetros el grito de gol de Enzo Fernández y Lautaro Martínez. Y también, llegó, a pesar de la prohibición de FIFA y los improvisados “profesores de educación cívica” – para esto repasar el post de X de @tintalimon─, el festejo final con la bandera en el campo de juego y un pedido siempre vigente: “Las Malvinas son argentinas”.

Las cicatrices sin edad dieron el presente. Es la historia contenida en un partido de fútbol. Con Fernet, cerveza, sobrios no sobrios, de este lado de la General Paz, del otro lado, aunque hayan pasado 44 años del conflicto bélico, en el medio de la algarabía y la súper estadística de la Selección Argentina que, de los últimos 4 mundiales, estuvieron presentes en 3 finales (anotando la del próximo domingo ante España), la memoria se filtró en banderas, remeras, charlas, posteos y un gran etcétera. Era un partido de fútbol, pero también todo lo otro, lo que quisieron callar.

La alegría es propiedad del fútbol. De algún lado tenía que llegar.

Puede que el domingo se adelanten las navidades en el paisaje argentino.  

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