14 de julio de 2026
Argentina en semis. Próxima estación Inglaterra. Scaloni dijo que es solo un partido de fútbol y nada más, pero el fantasma del ’86 recorre el inconsciente colectivo. A 40 años de la vivencia en el Estadio Azteca y el bautismo del gigante. Con un presidente que dice admirar a Margaret Thatcher y bondadoso con la soberanía. En las plazas de todos los barrios, en los bares de todos los barrios, en el corazón de todos los barrios, incluso en el que estuve el domingo a la madrugada postpartido con Suiza -uno más para el sufrimiento – se cantó bien fuerte que “el que no salta es un inglés” y se recordó tantas veces a Maradona como ese día que Víctor Hugo relató la épica del “barrilete cósmico”.
Eran las 2 de la mañana en la plaza de Aldo Bonzi, La Matanza, un lugar cercano a los 15 mil habitantes. Bombos sonaban, banderas de palo flameaban y los estridentes caños de escape de las motos con sus famosos “cortes” que explotaban como disparo al aire. Estos hinchas, como lo hicieron miles y miles, en cada punto del país, salieron a recibir la alegría. En medio de un tormentoso presente que acorta los calendarios y establece los fines de mes para el día cinco, la celebración espontánea de los que no aparecen en las pantallas de los partidos.
Expresiones variopintas que juegan su propio partido todos los días y se viralizan en la desmesura que fascina y no se consigue en Temu, como ese botellero que correteaba con su carro tracción a sangre de caballo por el medio de una plazoleta en González Catán con un banderín celeste y blanco. Nadie es indiferente en esta fiesta del fútbol al que tanto se critica por sus componentes opiáceos, y se olvidan de destacarle el reverdecer de las almas. “El fútbol por lo menos les devuelve el alma”, cantaba Pez. Los encendidos por la marcha del golazo de Julián Alvarez, retoman el hitazo de 2022 que decía “por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”.
Expresiones variopintas que juegan su propio partido todos los días y se viralizan en la desmesura que fascina y no se consigue en Temu, como ese botellero que correteaba con su carro tracción a sangre de caballo por el medio de una plazoleta en González Catán con un banderín celeste y blanco.
Intérpretes del rocanrol de un país que quieren dejar como música de fondo. Es la festividad de los ausentes, la que no enfoca la televisión. No son los ricos y famosos que tienen la ortodoncia perfecta, maquillajes rimbombantes o risueños eructos de bebedores entrenados. Acá están los “vagos” que se toman dos colectivos, trenes, subte o van en bici o moto al trabajo. Los que pagan en 24 cuotas el conjunto de la selección argentina. Están los que quieren gritar fuerte como si fuera el estribillo de una canción de Hermética que dice que “en un avión se llevó el dineral/ a donde nadie sabe/ Seguro de que pronto lo olvidarán/ y podrá postularse otra vez”.
La plaza de todos los barrios, incluso la de Bonzi, se transformó en un parlante desconado, la fiesta en carne viva. Esta madrugada, como las tardes anteriores, reunidos los soñadores que renuncian a que todo es igual, todo lo mismo. Como ese bossa nova chill que ponen en los restaurantes y aplaca cualquier atisbo de acorde con reacción vital. En estas tierras todo es exagerado y el protagonismo se gana con valentía. El peligro naufraga y se respira la arenga de peleador que puede desatar su ira en cualquier minuto.
“Hasta el miércoles, todos los días, hay que pasar el partido del ’86 con los ingleses. Decirle a los pibes lo que pasó ese día”, dice un muchacho cercano a los 35 años que intenta poner en su celular el relato del Víctor Hugo. El frío de la madrugada mete las caras adentro de gruesas bufandas. La pasión revelada es la motivación de juntarse con un otro en busca de cómplices de la locura de no entender el por qué soportar las bajas temperaturas o ser consciente de una ilusión que no llena los bolsillos, pero que igual te hacer estar ahí con la lapicera y el contrato de fraternidad con once millonarios.
En este deporte se produce el “efecto patria”, como dice Martín Caparrós. El sinsentido de estar envueltos en un asunto que solo importa durante 90 minutos. Lo intangible y a su vez inservible, es la riqueza y depende de si hay goles o no, de un resultado. Ganar, claro. “Los argentinos queremos festejar algo. Estamos podridos de que todo sea una mala noticia siempre”, dice un hombre cercano a los 60 años con la cara pintada blanca y celeste, a la espera de que su nieto de 14 termine de cantar con sus amigos y revolear un buzo por los aires. “No sé si estamos peor o mejor, lo importante es que estamos y viviendo algo tan lindo”.
Los autos, las motos siguen con sus vueltas, con los bocinazos. Los caños de escape despiertan la alarma vecinal que no para de sonar. La alegría está ahí para ser usada como muleta y avanzar una cuadra más. “Argentina, no lo entenderías”, dice otro que se acerca con sus amigos a “la reunión”, así lo define. En la plaza hiperbólica todo es celeste y blanco, no importan las inclemencias climáticas, queda a un lado la previsibilidad del negocio del fútbol y las fiestas vuelven a las calles, a ser patrimonio popular por un rato.
Se verá el miércoles si se le otorga otro crédito a la fonola de la deidad carnavalesca. Ya no queda nada de la espera.



