10 de julio de 2026
Montañita, agua tibia y a esperar que se hinche la yerba. Por la ventana del hotel, extrañamente, en Lima va extinguiéndose el tránsito neodelhí que padece hace décadas y no hace otra cosa que crecer. Me llegan fotos desde Madrid de Vigo (mi hijo) a upa de Maxi, que es ese tío prestado que te regala la distancia cuando se inspira. Allá la tribu está en un pub irlandés —un no lugar, una especie de café de especialidad, pero etílico, que podés encontrar en cualquier urbe gentrificada y obsesionada con Tripadvisor— viendo el partido. Yo estoy en la habitación 1104. La soledad inducida en un Mundial es una de las peores torturas para el homo footballarius.
Empieza la verdad. Egipto simula presionar, Argentina simula controlar el partido. Ambos equipos optan por no mostrar sus cartas. Estos minutos iniciales son desinteresados, raros. Me relajo. Hasta que, de repente, Ashour rompe el guion y se pone medio inquieto: se mueve de aquí para allá, marea a dos de los nuestros, descarga para Lasheen y este le pone una pelota cómoda en la cabeza a Ibrahim que la mete al primer palo. Gol egipcio, a los quince minutos, justo cuando tocaba clavar la bombilla y disfrutar mi única compañía. Quedo embalsamado, con el mate en la mano derecha y el utensilio metálico en la izquierda.
Termina el primer tiempo. Uno a cero abajo. Recién ahí rompo la inercia: guardo el mate invicto en la matera, me calzo la mochila y bajo. Toca ir a la universidad. Toca trabajar. “¡A no rendirse!”, entre el optimismo y la ingenuidad, suelta el chico que atiende en el mostrador del hotel. “Grasewa”, balbuceo. ¿Eh? ¿Qué dije? ¡Ni idea! Estoy en shock. Mejor no interactuar.
Subo muteado a la combi. Como siempre, se borra el wifi. ¡Nunca, pero nunca, anda el bendito roaming! ¡Eso sí que es un robo mundial! Puteo en castellano moderno. El docente catalán que va delante mío se apiada y, supongo que porque compartimos el mismo profeta, me pasa un auricular. La señal va y viene. La ilusión de Giralt es intermitente. Todo es confusión: gol de ellos, VAR, gol anulado, gol real. ¿Conclusión? Perdemos dos a cero. Iracundo, el chófer peruano le pega al volante. “Se calentó más que yo”, pienso. Ahí hay algo.
Llegan mis 91 kilos, con la mochila puesta y el mate intacto, a la universidad. No hay nadie en el estacionamiento, no hay nadie en los food trucks, no hay nadie en los pasillos. Silencio de hospital. Busco wifi y, obviamente, nada. Cuando más lo necesitás, el tipo desaparece. Voy a la sala de profesores. Y, cuando estoy abriendo la puerta, atrás, como un trueno ensordecedor, estalla en el medio del campus un “¡gooooooooooooool!” Giro y le pregunto a nadie: “¿De quién? ¿De quién?” Busco la furia que queda después de la explosión. Viene del buffet.
Entro (sí, cual ñoño, con la mochila puesta y la matera en la mano) al bar. Una pantalla gigante muestra al Cuti Romero, mecánico, volviendo a la mitad de la cancha y diciendo: “Vamos, vamos, vamos”. Casi indiferente frente a su primer gol en un Mundial. Parcial: 2 a 1.
Mi desesperación se hace un hueco en la multitud. Un Z que tiene una silla privilegiada me la ofrece. “Gracias”. Todo agitado, recupero el habla. Me sorprende el gesto. “Tampoco estás tan viejo, che”, susurra mi neurosis. “Lo ganaremos” es su “de nada”.
Haters y compatriotas temporales se funden en una misma bola de afecto. Arranco una larga e inesperada fila de abrazos anónimos. Mínimo, ocho o diez. Perdí la cuenta. No sé si es Lima o Buenos Aires.
Cuando estoy intentando masticar lo hermoso que fue ese verbo decidido en primera persona del plural, la multitud comprimida aúlla un “uhhhhhhhh”. Vuelvo a la imagen y el área egipcia parece un Flipper; la pelota rebota para acá y para allá. Lo único que distingo es un misil que impacta en el travesaño e infla la red superior. ¡Gol! Descontrol total. La multitud muta en masa. Abrazos, saltos, teléfonos filmando, cargadas, “te dije”, empujones: en fin, humanos viendo fútbol.
“¿Quién fue? ¿Quién fue?”, indago en 360°. “¡El Diez!”, me informa una estudiante sin aliento, con una sonrisa que no le entra en la cara. “Messi, profe. ¡Messi!”, se acerca Dante, un alumno de los que da gusto tener, y me pega un abrazo sincero. No estoy solo. No estamos solos. Ahora sí, este es otro partido.
Trato de recomponer lo que me queda de compostura. En unos minutos comienza mi clase. Soy profesor. Meto la camisa dentro del pantalón, acomodo lo que queda del tejado capilar y mudo la transpiración de la frente a la mano.
Los del desierto no se rinden. Contraatacan. Uno, dos, tres egipcios contra Paredes y su guapeza. Tres contra uno: imposible “No, no, ¡no!”, nos asustamos. Algunos se tapan los ojos; otros se dan vuelta; yo prefiero mirar. Momento Kolo Muani. El capitán de Boca emula al Dibu, se estira magistralmente y evita el colapso. El partido está completamente roto. El que tiene la pelota llega al arco rival. No hay fases ni táctica. Se pone primitivo el asunto: atacan todos, defienden los que pueden.
Argentina vuelve a la carga. “Dale, dalee, daleee, daleeee”, se enojan y le exigen al pobre de Lautaro, que lo ha dejado todo y se arrastra con la pelota por la banda derecha. Y cuando parece encerrado, ejecuta un centro quirúrgico al cráneo de Enzo. Este hace los deberes: se hamaca en el aire y la guarda en el primer palo. ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! Lo que sigue es caos, pero caos demencial y, al mismo tiempo, virtuoso. Éxtasis, creo que se le dice.
Cuando estamos recuperando el orden, llega el pitazo final. La alegría es total, contagiosa, se lleva puestos a los CR7 fans (que hay por todos lados). Haters y compatriotas temporales se funden en una misma bola de afecto. Arranco una larga e inesperada fila de abrazos anónimos. Mínimo, ocho o diez. Perdí la cuenta. No sé si es Lima o Buenos Aires.
Salgo del bar. O del sauna. Soy transpiración pura. Enfilo hacia ningún lugar. Me siento en el cordón, agarro el teléfono para darme el merecido chute de dopamina y, cuando estoy acariciando la cabeza del artefacto diabólico en el bolsillo del pantalón, me doy cuenta de que sigo teniendo puesta la mochila y de que, en la matera, la calabaza, impasible, mantiene su montañita de Canarias. Le clavo la bombilla y, por fin, tomo el primer mate del día.
Para un argentino, nunca se jodió el Perú




