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16 de julio de 2026

16 de julio de 2026

11 de julio de 2026

EL ENIGMA ROSAS: UNA ENTREVISTA A MARCELA TERNAVASIO

Jazmin Bazan

@jazminbazanok
Entrevistas
Tiempo de lectura: 14 minutos

A medida que la historia se desenvuelve, la sombra de Juan Manuel de Rosas parece operar bajo las leyes de la óptica: con el tiempo actuando como la distancia, su perfil se agiganta a expensas de la nitidez. En esa expansión, el núcleo denso cede terreno a la penumbra. La sustancia de la figura –sus decretos, sus alianzas, su sagacidad, su violencia– pierde definición. Deja espacio para la proyección de mitos –los históricos, los políticos, los artísticos, los folclóricos– que reemplazan al hombre.
Allí aparecen una multiplicidad de Rosas, en distintas etapas de su vida. Construidos en su época o de manera póstuma; por él y sus defensores, o por otros, tan lejanos. Muchas veces, con estructuras binarias que no admiten las contradicciones inherentes al personaje.
Si hasta el propio Mitre, quien supo combatirlo férreamente, guardaba –todavía se puede ver, en su casa museo– un retrato del Restaurador en su escritorio. El expresidente contaba en sus Memorias el mismo relato que ofrecía a visitantes sorprendidos: en su adolescencia estuvo a punto de ser arrastrado por la corriente del río Salado, cuando un “jinete muy apuesto” le salvó la vida. Se trataba del mismo “tirano” por el cual luego iniciaría su largo exilio.
Sus enemigos no podían omitir el magnetismo que generó Rosas sobre la plebe. Incluso quienes dedicaron un exhaustivo esfuerzo crítico para analizarlo, denostarlo y vencerlo debieron admitir su propia impotencia a la hora de descifrar este fenómeno.
Es el caso de Sarmiento, quien admitía que el “execrable Nerón” rioplatense –como lo caracterizó en el Facundo– había dominado los artificios del sistema popular representativo, erigiéndose como “la expresión de la voluntad del pueblo”.
Consciente de que la Batalla de Caseros de 1852 estaría lejos de zanjar la cuestión rosista, el autor de Campaña en el Ejército Grande mantenía la esperanza de que el porvenir trajera objetividad y respuestas a este punto de fuga –la adhesión de las masas– en el esquema de “civilización o barbarie”. “Esto será un misterio que aclararán mejores y más imparciales estudios que los que hasta hoy hemos hecho”, resumiría en un ensayo posterior.

En ese misterio se sumerge Marcela Ternavasio quien brinda un ensayo político e historiográfico sobre la fisonomía de un Rosas que se edifica sobre sus propios pasos: un devenir que muta desde el salto dubitativo de la hacienda a la función pública, hasta la consolidación de un poder monopolizador, totalizante.

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En ese misterio se sumerge Marcela Ternavasio, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del CONICET, en su libro Juan Manuel de Rosas. Retrato de un líder polarizador en los orígenes de la República. Publicado recientemente por Siglo XXI, se consagró como el título de historia más vendido de la editorial en la última Feria del Libro y agotó rápidamente su primera tirada.
Con herramientas de semblanza –aunque sin limitarse al género de la biografía–, la autora brinda un ensayo político e historiográfico. A través de sus páginas, modela la fisonomía de un Rosas que se edifica sobre sus propios pasos: un devenir que muta desde el salto dubitativo de la hacienda a la función pública, hasta la consolidación de un poder monopolizador, totalizante.


— Tu libro logró agotar su primera edición en apenas un mes y medio, ¿a qué lo atribuís? Y ¿qué sentiste que quedaba por decir sobre un personaje sobre el que tanto se ha escrito?

— Creo que el mérito de las ventas está en el nombre Rosas. La persistencia de su figura se expresa en la curiosidad que sigue despertando entre diversos públicos. Respecto de si quedaba algo por decir, me pareció que había un espacio para reflexionar entre las versiones estereotipadas que venían desde el siglo XIX –el tirano o el paladín nacional, popular y federal– y la gran renovación académica reciente. Esa renovación trabajó muchísimo el período rosista desde la historia política, social, económica, cultural y de las ideas. A partir de estas versiones, más complejas y completas, consideré oportuno regresar al personaje. Darle una vuelta de tuerca a la construcción de su liderazgo y a la agencia que tuvo en ese proceso, colocándolo como eje central de este libro que, sin ser una biografía tradicional, aspira a llegar a un público más amplio que el de los especialistas.


— Decidiste abrir y cerrar el libro con su “voz desterrada” en Southampton, cuando se dedicó a escribir su propio mito. ¿Cómo nació esa conciencia sobre su lugar en la historia, incluso antes de la consolidación del Estado nación y, ni hablar, de la historiografía como disciplina?
— Esa conciencia se fue gestando gradualmente, a medida que se involucraba en la escena política, después de asumir la primera gobernación de Buenos Aires en 1829. Allí percibió que lo habían colocado en un lugar de suma centralidad, un lugar en el que se sentía cómodo. Pero la conciencia más clara de su lugar en la historia la perfila durante su segunda y prolongada gestión, cuando asume en 1835 con la delegación de la suma del poder público, y se consolida en el exilio.
Pocos días antes de la Batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852, Rosas trasladó sus archivos en diecinueve cajones desde la residencia de Palermo a su casa en la ciudad y luego los embarcó hacia Inglaterra. Allí, cuando ya no podía controlar la prensa, ni las narrativas, se dedicó a organizar sus documentos, depurarlos y legarlos en su testamento. Como no escribió memorias, su archivo quedó como una pieza central ante el tribunal de la historia. Ese legado terminó convirtiéndose en parte fundamental de las disputas memoriales en torno a su persona.


— Definís a Rosas como la figura clásica de un “outsider”, un exitoso empresario rural, que se mantuvo al margen de la Revolución de Mayo y en un momento decidió participar de la política. ¿Cómo interpretás ese giro?
— Cuando acepta el cargo de gobernador, Rosas era un hombre de 35 años que había esquivado sistemáticamente la carrera política. Una carrera en la que percibía que tenía mucho más por perder que por ganar en términos de sus negocios. Pero el fusilamiento de Manuel Dorrego en 1828 lo colocó en una situación donde debía hacerse cargo. Y aunque es un momento sembrado de dudas, creo que allí comienza a descubrir la adrenalina de la política, el goce de estar en un espacio de gran protagonismo y cruza el Rubicón.
Al realizar ese cruce fue muy hábil en capitalizar el “haber estado fuera” como principal activo político: volvió una y otra vez sobre la imagen del hombre de campo, que había vivido fuera de las disputas desde la revolución, y que por eso podía presentarse como alguien no contaminado por la política.
Ese salto, además, no se produjo desde un compromiso político y doctrinario con el federalismo previo. Entre 1826 y 1827, Rosas y algunos sectores económicamente dominantes de Buenos Aires, como sus primos Anchorena, se convirtieron en federales advenedizos. Su vertiginoso ascenso se produce, entonces, en una coyuntura marcada por la crisis del poder central, la guerra civil entre unitarios y federales, y las disputas dentro del Partido Federal agudizadas por el fusilamiento de Dorrego.

Rosas supo capitalizar el ‘haber estado fuera’ como principal activo político: podía presentarse como alguien no contaminado por las disputas de la política.

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— En el libro relatás que, al asumir su primer mandato como gobernador, Rosas experimentó un episodio que puede interpretarse como un ataque de pánico. ¿Cómo se articula esa vulnerabilidad inicial con la destreza y la centralidad política que asimilaría poco tiempo después
?
— Ese episodio, que retomo de las memorias del general Tomás de Iriarte cuando relata los momentos previos a la primera ceremonia de asunción del cargo de gobernador, parece verosímil si consideramos que Rosas no tenía la experticia ni las herramientas para gestionar y administrar un gobierno. De hecho, al comienzo delega la gestión en sus ministros y se retira al campamento de Pavón para organizar las fuerzas que debían enfrentar a la Liga Unitaria comandada por el general Paz. Ese viaje fue fundamental porque tomó nota de lo que significaba hacer política de penetración territorial en los entramados sociales, en un mundo rural muy movilizado y en plena ebullición.


Contás que a Rosas le aburría leer, según confiesa en sus cartas del exilio. ¿En qué se inspiraba entonces su acción de gobierno? ¿Pensás que su sistema fue fruto de un pragmatismo o hubo una mirada hacia modelos externos?
— Rosas no era un letrado. Su conocimiento de la historia y de los modelos políticos disponibles era muy epidérmico, y tenía una relación bastante distante con los libros. Pero sí tenía un grupo de publicistas, entre ellos Pedro de Angelis que se convirtió en la pluma central del rosismo, quienes contribuyeron a dotar al régimen de argumentos que anclaban, por ejemplo, en el antiguo modelo de la república romana.
No obstante, quien recibió el título de Restaurador de las Leyes, demostró tener un fuerte olfato político para habitar el vacío constitucional de Buenos Aires y del país, usar el sufragio universal masculino establecido en 1821 como autorización al gobernante e implementar luego el plebiscito para avalar la suma del poder público. El voto aparece como un potente mecanismo de legitimación para ejercer un mando cada vez más concentrado.


— En tu investigación profundizás en la relación de Rosas con los sectores subalternos. ¿Quién era “el pueblo” en el escenario posterior a la Revolución y cómo funcionaba el termómetro de Rosas para medir el apoyo popular desde arriba?

— El concepto de pueblo tiene, para la época, al menos dos dimensiones que conviene distinguir. Por un lado, está su dimensión abstracta que remite al principio de la soberanía popular. Por el otro, su dimensión social que alude a un mosaico muy heterogéneo de sectores subalternos, urbanos y rurales, insertos de manera desigual en las jerarquías por entonces vigentes.
Rosas supo operar en ambas direcciones al capitalizar a través del sufragio la soberanía popular y al cultivar el apoyo de los sectores populares, especialmente en el mundo rural. Su cargo previo a asumir el poder, como comandante general de la campaña de Buenos Aires, fue decisivo porque le permitió incidir en los entramados sociales y territoriales y convertirlos en base de su poder.


— En esa relación con las masas apareció con mucha fuerza la figura paternal de Rosas. ¿De qué manera logró politizar ese lenguaje doméstico y sobre qué elementos, tanto nuevos como preexistentes, consolidó esa lealtad?
— Él recupera la figura paternal del mundo doméstico que provenía de las antiguas tradiciones de la monarquía hispánica: aquella que identificaba al Rey con la imagen del padre como autoridad protectora. En el nuevo formato republicano, el Restaurador no solo se presentaba como “padre de los pobres”, sino que hacía extensiva esa operación al conjunto de la sociedad. De este modo traducía la relación doméstica de protección, jerarquía y obediencia en un lenguaje político capaz de ordenar la relación entre gobernante y gobernados.
Pero además, Rosas reveló una faceta de publicista político al asumir un papel protagónico en el diseño de la propaganda del régimen. Colocó su retrato y su nombre propio en el centro de una estructura de reproducción simbólica infinita, con los eslóganes de la “Santa Federación” y el uso del color punzó. A esto le sumó un uso político e instrumental del lenguaje religioso para polarizar a una sociedad unánimemente católica. Al sacralizar la “Causa Federal” y tildar de “impía” a cualquier voz disidente, convirtió al opositor en un enemigo que no podía ser aceptado. El pueblo era tal siempre y cuando adhiriera a la Federación. Quienes no aceptaran ese mandato debían tomar el camino del exilio o ser reprimidos.


— En el texto analizás cómo esa maquinaria de propaganda se trasladó también al calendario. ¿De qué manera usó Rosas las fiestas patrias y la liturgia cívica para consolidar su idea de orden y desactivar cualquier herencia revolucionaria?

— En su libro Celebrar y gobernar, Lía Munilla Lacasa explora la importancia que Rosas le otorgó a la liturgia cívica como una forma de consolidar su poder. Allí demuestra la inversión simbólica que hizo en las conmemoraciones de las dos principales efemérides. Mientras que en el período rivadaviano se le dio centralidad a las fiestas revolucionarias de Mayo, Rosas privilegió las del 9 de Julio.
El objetivo era despojar al mito de origen de la patria de su carácter revolucionario y reemplazarlo por la idea de orden y fidelidad. Como señala Fabio Wasserman, esto supuso asumir una narrativa desprovista de heroísmo, que destacaba del pasado la obediencia a la corona y donde la ruptura independentista surgía casi como una imposición de las circunstancias. Era una manera de evitar cualquier activo revolucionario contra la autoridad instituida. Por otro lado, los trabajos de Ricardo Salvatore muestran la relevancia de las “fiestas federales” para penetrar en los sectores populares y traducir en un lenguaje accesible y eficaz los antagonismos que el régimen pretendía exacerbar.


— ¿Qué significaba el “federalismo” para Rosas y cómo funcionó esa ingeniería política para concentrar el poder en Buenos Aires?
— Rosas reconfigura el lenguaje político y coloca a lo “federal” en el eje de su eslogan, pero vaciándolo de contenido. Bajo el argumento de que las provincias no estaban maduras para constituirse, instauró lo que Natalio Botana denomina una “Confederación ejecutiva” dominada por Buenos Aires. Es decir, congeló la posibilidad de organizar constitucionalmente el país, mantuvo para su provincia los privilegios que procedían de la aduana portuaria, y gobernó el escenario interprovincial a través de la delegación de las relaciones exteriores, sin las ataduras de una carta constitucional.


¿En qué medida el enfrentamiento con Francia fue una gesta de soberanía nacional o una contingencia que Rosas supo capitalizar para consolidar su poder interno?
— El bloqueo francés de 1838 fue una contingencia imprevista que Rosas supo transformar en oportunidad política. Las tensiones diplomáticas entre Francia y el Estado de Buenos Aires no debían derivar necesariamente en un conflicto de mayor envergadura y el bloqueo del puerto. En ese contexto, Rosas tomó una decisión arriesgada: no aceptar las mediaciones de las provincias que, lideradas por Santa Fe, iban a verse afectadas por un bloqueo que afectaba, en principio, a los intereses de Buenos Aires.
Fue, sin dudas, un punto de inflexión. Para los franceses, el principal objetivo no era derrocar a Rosas sino disputar con Gran Bretaña los intereses comerciales que se jugaban en el Atlántico Sur.
Los focos opositores –que veían en los franceses posibles aliados– no lograron articularse y la respuesta de Rosas combinó dos estrategias. En el plano diplomático, aprendió a esperar: calculó el desgaste de una potencia a la que el bloqueo empezó a costarle más de lo que le rendía. En el plano interno, respondió con sus ejércitos y milicias a los intentos de derrocamiento. De esa combinación salió fortalecido con el tratado Mackau-Arana. De manera que cuando se produjo en 1845 el bloqueo anglo-francés ya había aprendido la lección: esperar, resistir y capitalizar políticamente el desenlace.
Desde esta perspectiva, matizo la versión revisionista que convirtió esos episodios en una gesta de defensa de la soberanía nacional. Lo que Rosas defendía eran sobre todo los intereses del Estado de Buenos Aires, los recursos de su puerto y su aduana –que se negaba a redistribuir con el resto de las provincias– y el monopolio que desde allí ejercía sobre la navegación de los ríos.


— El apoyo y la entrega del sable de San Martín es otro hito clave que los defensores del régimen suelen incluir como parte de su mística. En tu texto leés de manera distinta ese vínculo…

— En realidad, si analizamos el ideario que siempre defendió San Martín, no debería sorprendernos tanto su apoyo. San Martín era un hombre de orden, centralista e inclinado por la concentración del poder. El Libertador veía en Rosas a la figura capaz de imponer la estabilidad que siempre deseó para los territorios en los que luchó por su independencia. El aval del sable fue una unción de orden. Ambos compartían la idea de que las revoluciones eran un mal que había que erradicar.
Y lo que vino a corroborar esa percepción de amenaza constante fue la revolución de 1848 en Francia. San Martín, desde su ostracismo voluntario, advirtió rápidamente que se trataba de una “revolución de nuevo tipo”, con connotaciones sociales e ideológicas más peligrosas que las sucedidas desde 1789. En esa coyuntura es muy interesante el intercambio epistolar entre ambos personajes para observar su sintonía de ideas.

Para Rosas, la politización extrema del antagonismo fue el principal cimiento de su fábrica de poder, basada en la estigmatización identitaria de un otro.

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— Hacia 1850, sostenés que Rosas quedó como un “rehén de su propio método” de gobierno. ¿A qué te referís exactamente con ese concepto y por qué ese control total terminó siendo el motor de su propio desgaste?
— En 1850, Rosas apeló al ritual de poner a disposición su renuncia, desencadenando la habitual “operación clamor”: las dirigencias de Buenos Aires y los gobernadores de las provincias pidieron –como tantas otras veces– que Rosas continuara en el cargo con la suma del poder público y el manejo de las relaciones exteriores. Pero en esta oportunidad, con el país pacificado, la dimisión puede ser leída como algo más que un cálculo político. Rosas aseguraba estar muy cansado de gestionar el poder y es algo que no podemos descartar.
Si le diéramos crédito a esta hipótesis, la imagen que emerge es la de alguien que queda como rehén de su propio método. Recordemos que durante su primer gobierno había mostrado desinterés por la gestión cotidiana que delega en sus ministros, mientras que en el segundo desarrolló una obsesión por controlar hasta los detalles mínimos. Ese método podía funcionar sobre Buenos Aires, pero se volvió inviable para controlar, al menos desde ese enfoque, la provincia y el resto de la Confederación.
Cuando él mismo admitió que “la administración está paralizada”, no estaba diciendo solo que faltaba eficacia burocrática. Estaba mostrando el límite de un modo de gobernar basado en la vigilancia permanente y en la concentración extrema del mando en su persona.
Aquel desgaste se agravó al quedar atrapado en la propia inercia institucional. La paradoja de sus últimos meses en el poder radica en que el mecanismo de aclamación que él mismo había diseñado seguía funcionando a la perfección, casi de manera automática, arrastrando a un hombre que ya no parece tener las energías de antaño para conducirlo.


— Para definir a Rosas, evitás usar la palabra “populismo”. ¿Por qué? ¿Te parece que no es una categoría capaz de arrojar luz sobre su método de gobierno, su estilo o su sustancia política?

— No utilizo “populismo” porque me parece una categoría poco productiva para definir este proceso político. En su lugar, prefiero hablar de polarización, ya que permite describir con más precisión una técnica de poder deliberada. En este sentido, el rosismo se inscribiría en las contemporáneas teorías agonistas que parten de una valoración positiva de la división del campo político, en contraste con las teorías liberales que ponen el acento en el pluralismo, la deliberación y el consenso.
Para Rosas, la politización extrema del antagonismo fue el principal cimiento de su fábrica de poder que requería constantemente la estigmatización identitaria de un “otro”. El opositor no es aceptado como un adversario legítimo con quien confrontar y negociar, sino que se lo convierte en un enemigo al que se debe excluir del cuerpo político. Por estas razones me inclino por utilizar el concepto de polarización, ya que hace más inteligible el perfil de este liderazgo personalista y unanimista.


Para cerrar, ¿a qué atribuís la persistencia de Rosas en la cultura argentina –entre detractores y panegiristas, desde El matadero de Echeverría al “Revuelo de ponchos rojos” de Pablo Trullenque– y en el imaginario popular?
— La persistencia de Rosas es un fenómeno que para mí sigue siendo enigmático, una curiosidad historiográfica que despierta interés masivo. Esta vigencia tiene que ver con muchas variables, entre las cuales se destaca el papel que el rosismo tuvo en el origen de nuestra literatura argentina. desde las narrativas de la Generación del ’37, pero que también se asocia a las propias “rarezas” del personaje.
La pista que me interesó seguir en este libro, y creo contribuye a explicar esa persistencia, es la del repertorio político que él inauguró: el de un poder decisionista con gran apoyo popular sustentado en una novedosa y potente propaganda política. Una propaganda, por otro lado, que vino a suplir la invisibilidad de su persona en el espacio público.
La novela Amalia, de José Mármol, refleja muy bien el contraste entre la invisibilidad y la omnipresencia de Rosas a través de sus retratos, de las divisas y del rojo punzó inundando el espacio público y privado. El mismo contraste que expresa en el género cinematográfico la película Camila, de María Luisa Bemberg. El Restaurador no aparece físicamente sino a través de sus múltiples representaciones.
Esa presencia persistente, y a la vez esquiva, la que la historia constituyó como una figura central de nuestras disputas memoriales, una sombra que, como describe el poema de Borges, es “grande y umbría como la sombra de una montaña remota”.

Quizás, el mayor legado de Rosas fue convertirse en enigma, en interrogante abierto. En el primero de un linaje de líderes de masas entronizados, condenados al ostracismo, callados y revividos en un engranaje perpetuo.

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Lugar común la muerte

“(…) el viejo dictador parecía haberse desvanecido en el aire de Southampton.”
Tomás Eloy Martínez

Luego de la derrota en Caseros el caudillo más importante de Buenos Aires se dispuso a cruzar el Atlántico, con un reducido séquito y sus cajones con papeles cuidadosamente embalados.
Hay algo en el Rosas desterrado, rey desnudo, que descoloca. En Inglaterra, con sus bienes confiscados y condenado a muerte en ausencia, aparecía en los retratos de sus contemporáneos como aquel farmer descrito en la novela de Andrés Rivera. Apenas un “campesino que escribe diez cartas diarias”, que recordaba, nostálgico, los días en que su “poder fue más absoluto que el del autócrata ruso y que el de cualquier gobernante en la Tierra”.
Justo José de Urquiza le enviaba una pensión anual de £1.000, que recibía agradecido. Juan Bautista Alberdi, designado ministro plenipotenciario en Europa, describió, tras un encuentro personal en 1857: “Anoche conocí a Rosas. (…) Al ver su figura toda, le hallé menos culpable a él que a Buenos Aires por su dominación”.
La escena es recuperada por Ternavasio. El redactor de las Bases catalogaba al exgobernador como “uno de esos locos y medianos hombres” que abundaban en la ciudad. Desde un lugar distinto al de Sarmiento –no tan sorprendido por las lealtades plebeyas como por cierta llaneza del exiliado–, se preguntaba también: “¿Cómo ha podido ese hombre dominar ese pueblo a tanto extremo?”.
Quizás, el mayor legado de Rosas fue convertirse en enigma, en interrogante abierto. En el primero de un linaje de líderes de masas entronizados, condenados al ostracismo, callados y revividos en un engranaje perpetuo.
Borges, quien afirmaba tener un lejano parentesco con el Restaurador y se autoproclamaba un “salvaje unitario”, vaticinaba en un poema de 1923: “Ya Dios lo habrá olvidado / y es menos una injuria que una piedad / demorar su infinita disolución / con limosnas de odio”. Tenía, acaso, la esperanza de que los ecos de la leyenda se perdieran en los laberintos del Tiempo. Pero la historia argentina los hizo volver. Ideológica y físicamente.
Como detalla la autora del libro, durante el último gobierno peronista –que tras el golpe de Estado de 1955 se apropió del relato revisionista– comenzó a tramitarse la repatriación de los restos de Rosas. El proyecto, inconcluso tras la muerte del General, fue consumado finalmente en los noventa. En palabras de la historiadora, como “parte de la política menemista que decretó los indultos”; para “pacificar el pasado con foco en el presente”.
Según Ternavasio, el repertorio rosista, “cuya novedad dejó perplejos a los contemporáneos”, regresa cíclicamente a la escena pública. Se reactualiza en los enfrentamientos del Ejecutivo con el Congreso, en la distribución discrecional de los recursos estatales, en la propaganda basada en el odio, en la utilización de instrumentos institucionales llevados a un límite tan extremo que colisiona con su espíritu inicial. Por eso, concluye: “La voz de Rosas no se apaga nunca. Sus restos no descansan en paz”.

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