09 de julio de 2026
La mutación de la política de cercanía, por la sobreexposición en las redes sociales, sumergió en una sudestada al movimiento popular más importante en la historia argentina. La construcción en comunidad aparece como un recuerdo de identidad y el horizonte esperado.
“Me acuerdo el 25 de mayo que habló Cristina en Plaza de Mayo, llovía. Estábamos ahí parados y atrás del escenario la Casa Rosada estaba muerta, no tenía vida, las luces apagadas, no se veía movimiento. Esa casa no puede estar así, sin vida”. La cita, que hace mención al día del discurso que Cristina Fernández dio en 2023, al cumplirse 20 años de la asunción de Néstor Kirchner, salió de la boca de un dirigente del Partido Justicialista con base en la Tercera Sección electoral, ganador del Ejecutivo en su distrito y consejero de dirigentes nacionales. “La forma de hacer política cambió, vas a visitar a un compañero y te atiende un funcionario atrás de un escritorio, mirándote desde arriba”, refuerza y cambia de tema antes que la ira y los insultos se adueñen, otra vez, de la conversación.
La mutación de la política de cercanía, por la sobreexposición en las redes sociales es el común denominador de los últimos años. Subirse a la ola de la inmediatez se convirtió, rápidamente, en un placebo utilizado por la dirigencia con responsabilidad de gestión. La profunda crisis económica, que se agravó desde el mega endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el innegable impacto de la pandemia, y la motosierra de la libertad, ayudaron a modificar el tablero. “Si no hay obra pública, pintamos”, confesó hace unos días un intendente del interior bonaerense en la previa de un almuerzo entre pares. La fachada de su municipalidad estaba bajo los rodillos de cinco pintores, como también pasa en la gobernación provincial.
Uno de los hombres más importantes que tiene la comunicación moderna en el país, Daniel Hadad, apuntaló su dominio en los medios con una frase de cabecera: “Cuando no hay mucho para informar, lo importante es decir”. El apotegma del dueño de medios pareciera haberse hecho carne en la dirigencia que se abrazó al marketing y los asesores de imágenes como una forma de acercarse a la sociedad. La irrupción de Cambiemos en la escena, de la mano de los globos, la musicalización de carnaval carioca y los timbreos caídos prontamente en desgracia, marcaron un antes y un después para ello.
La ensoñación nostálgica que arrastra y atraviesa al peronismo, combate a diario con la era del hiperpresente y lo instantáneo. El pasado, que se rinde ante la actualización segundo a segundo, encuentra un destello de resistencia en la retórica justicialista. Si hay magia, fue ayer.
En la sudestada que la coyuntura ofrece, el peronismo parece naufragar con la nostalgia como el faro que lo acerque a la orilla. No con mucho éxito, al menos por el momento.
El peronismo es un movimiento nostálgico, más allá de la premisa de entonar nuevas canciones. Desde el primer segundo de vida del partido de Juan Domingo Perón, las y los trabajadores fueron la piedra fundacional, su razón de ser. Obreros que arrastraban sobre sus cuerpos la historia de la migración y el desarraigo para sacar adelante a los suyos y soñar con un porvenir mejor, salario digno, educación para sus hijos y desarrollo comunitario como columna vertebral.
El Kilómetro Cero del movimiento político más grande de la historia argentina es Berisso, ciudad bonaerense, portuaria, y que, desde hace varias décadas, alberga la Fiesta de la Inmigración y la celebración de los Provincianos. A falta de uno, dos eventos, más otros indirectos, para recordar, agasajar y mantener latente la costumbre migrante. Si los primeros pasos del peronismo el 17 de octubre de 1945, sobre el adoquinado de la histórica calle Nueva York, no fueron dados por italianos, griegos, lituanos o árabes, fueron dados por santiagueños, paivenses o entrerrianos.
El desarraigo acompaña al hombre, y a la mujer, en cada uno de sus días. A veces se manifiesta con mayor intensidad, otras se resguarda en el sentir, pero está presente. Ojo, no implica que desprenderse de la raíz sea una condición sine qua non para hacer propia la doctrina justicialista. El desapego con el pago chico lleva a la construcción en comunidad, la unidad de esfuerzos detrás de un objetivo en común. La nostalgia colectiva como motor de la alegría popular, porque nadie puede ser feliz en soledad. Así nacieron los clubes deportivos, las sociedades de fomento, las asociaciones civiles y así nació el peronismo. La conjunción de los trabajadores, de la masa del pueblo, en defensa de sus derechos y la igualdad de oportunidades, la movilidad social ascendente.
No necesariamente la nostalgia desprende tristeza, tal vez seriedad y por momentos alegría. El abanico es amplio. Incluso, durante los años “de la felicidad del pueblo”, la mesura se hizo presente en la cultura justicialista y la signó para la posteridad. Ni más ni menos que La Marcha Peronista, compuesta principalmente en tonos menores y popularizada por Hugo del Carril, es una muestra de lo serio dentro de lo festivo y contundente del mensaje. De la misma manera que el cancionero nacional, como marcaba Atahualpa Yupanqui, con una lista interminable de cantos y líricas que optan por la composición desde la seriedad, alejados de ser tristes, y así fortalecen el vínculo con el escucha para trascender generaciones.
La retórica y la simbología peronista vencieron el paso del tiempo para transformarse en remeras, banderas y litros de tinta sobre las pieles, que ayudan a su recuerdo constante. El sello identitario mutó junto con las realidades que la doctrina vivió y logró mantener vigencia desde la huella nostálgica de corazones empeñados a un sentimiento. La liturgia poderosa y con un grito de vida como principal factor dejó espacio a las rimas románticas de No Me Olvides, junto con la presencia de la flor como distintivo casi tan relevante como el bombo. El pasado como una identidad y un horizonte esperado.
En la derrota, la nostalgia con su halo de melancolía se transforma en cadenas que no permiten dar ese primer paso para cerrar heridas y, de una vez por todas, volver al bienestar. Desgracias a medida, que se profundizan en la memoria de lo que pudo ser y no fue, para aletargar la felicidad. La cantidad de elecciones en las que el PJ no pudo competir ni ser mencionado, la oscura era del secuestro de la democracia y su regreso con los temores heredados de la brutal dictadura asesina, hicieron lo suyo en las venas del movimiento de la alegría popular. Un partido que mira sobre sus pasos con un tinte de felicidad y al mismo tiempo con el temor de nunca volver a ser. “Las cosas que no volverán, lo gigante que era con vos”, dirían desde la región cuyana.
La ensoñación nostálgica que arrastra y atraviesa al peronismo, combate a diario con la era del hiperpresente y lo instantáneo. El pasado, que se rinde ante la actualización segundo a segundo, encuentra un destello de resistencia en la retórica justicialista. Si hay magia, fue ayer. Un gesto de rebeldía frente al avance de lo novedoso, lo inmediato, una forma de volver a mirar sobre el hombro como una huella familiar que se refugia de lo desconocido. El peronismo respira la nostalgia de ese tiempo pasado y la vuelve, implícitamente, su columna vertebral, lo que fue y lo que pudo ser, para volver algún día a la felicidad.



