02 de julio de 2026
“Ideología y ficción en Borges” es un ensayo clásico de Ricardo Piglia. Y esto en más de un sentido. Clásico porque Piglia encuentra dos polos, la tensión entre civilización y barbarie, diseminada como una alternativa fundacional, el doble linaje de la “sangre” y de los “libros”. Están así por un lado los antepasados familiares que son también las luchas civiles y la “organización nacional”. Y luego la literatura inglesa (De Quincey, Kipling, Chesterton) junto a otras preferencias personales, también provenientes de la cultura europea o norteamericana (Schopenhauer, Poe, etc.). Lectura clásica entonces porque Piglia descubre un tópico del siglo XIX como eje clave para releer al autor argentino más aclamado del siglo XX. Aunque con un interrogante nunca del todo planteado: ¿hasta qué punto, en términos estéticos y literarios, la “letra” y la “sangre” conviven de manera armónica dentro de su escritura? ¿Acaso la “letra” no maneja toda la obra desde el comienzo? Pero también la lectura de Piglia es clásica por sus efectos para nosotros, los lectores que nos acercamos a la literatura argentina en los ochenta, los noventa, o a partir del siglo actual. Si volvemos a ese ensayo publicado en el año ´79, la situación no deja de ser llamativa. No sólo porque ese tema del siglo XIX que llamamos “civilización y barbarie” aparece para leer las tensiones ideológicas del proyecto borgeano. Sino también porque esa dicotomía traduce o reescribe otra tensión que atraviesa las discusiones de los años sesenta y setenta.
No es difícil notarlo: el eje “civilización y barbarie” nos muestra una versión del “centro” y la “periferia”; allí donde se enfrentan la “literatura inglesa” y “las luchas civiles”, aparece también la metáfora de los “dos países” y sus modelos sociales en pugna, la patria y la colonia, el país soberano y el modelo agro-exportador. Los desplazamientos de un eje a otro no son menores; tras ellos asoma una disputa librada dentro del idioma. Y entonces vemos el otro sentido de esa lectura clásica: precisamente en el pasaje de los años setenta a los ochenta, entre la dictadura a la democracia, una dicotomía queda desplazada por las otras. La metáfora de los “dos países” ‒el proyecto nacional y la geopolítica, la disputa entre distintos modelos culturales‒ desaparece como problema político, mientras otros temas pasan a dominar la discusión. El ensayo de Piglia condensa muy bien esos desplazamientos: reescribe la lucha política de los años setenta momento retomando con elegancia un tópico del siglo XIX.
Podría decirse que Rubio pone en primer plano el esoterismo de la alta teoría, la opacidad del discurso foucaulteano convertido en talismán exótico ‒el “pequeño tesoro” de las clases medias ilustradas‒
Pero el “centro” y la “periferia” siguen dando vueltas. A veces la literatura interviene en esas coordenadas, modifica sus jerarquías y criterios, y otras veces las reproduce o convalida. El duelo entre “letra” y la “sangre” evocado por la ficción borgeana nos muestran su versión más célebre. A fin de cuentas, esa alternativa abría la posibilidad de una relación original entre la tradición y el escritor argentino, lo universal y lo local. La preeminencia de la “letra” sobre la “sangre” nos permite dialogar con toda la literatura universal, sin renunciar a nuestra periferia. Es la “Historia del guerrero y la cautiva”: los conflictos locales, unitarios y federales, criollos y pueblos originarios, encuentran su doble en distintas escenas marginales o poco conocidas de la historia universal. Esta es la operación borgeana sobre el “centro” y la “periferia”, el programa de “El escritor argentino y la tradición”: accedemos a lo universal de manera lateral, a través de la orilla, con sus conflictos y desgarramientos a cuestas. Pero como sugeríamos antes, también puede verse cómo la “sangre” queda estilizada, pasada por el tamiz de la “letra”. No solo por la elegancia y precisión de la frase; también el juego barroco de citas, relatos enmarcados y atribuciones falsas deja ver un movimiento recurrente: las numerosas mediaciones que la escritura va recorriendo para llegar a los temas universales. El usos de esas referencias es siempre reflexivo e indirecto. Así el “centro” y la “periferia” coexisten en un juego de espejos. O como decía Sarlo: el amague del compadrito y la ironía inglesa son dos caras de la misma moneda.

El planteo es tan sutil que parece difícil encontrar una alternativa. Y también tiene algo de contraintuitivo, porque entre cualquier metropoli y sus adyacencias siempre hay una relación de poder. Por eso quizás sea necesario atender a las relaciones entre poesía y peronismo a partir de Marechal, los hermanos Lamborghini y Alejandro Rubio. También en estos escritores hay una lectura y una puesta en práctica bien atenta a las relaciones entre “centro” y “periferia”, lo local y lo universal. Mientras en el autor de Ficciones predomina la aproximación lateral, para los peronistas la apropiación es directa. Mientras en el primero esa apropiación se estiliza al máximo; en el peronismo se resalta la crudeza. Es el caso de Marechal. Hasta un distraído puede ver los lazos que Adán Buenosayres busca trazar con el Ulises y la Divina Comedia. Pero de algún modo su autor se da cuenta del problema y en lugar de arrepentirse decide acentuar el gesto. Asume el error de querer ser universal siendo argentino, identificar a lo bestia la “orilla” con el todo. Convierte ese déficit en una marca de su identidad y la deja expuesta al lector para que este la vea de frente; no hay operación reflexiva o esta no cumple su objetivo. La retórica de Marechal atraviesa esos vaivenes: la frase larga y elaborada, siempre cercana al dislate. Y lo mismo pasa con el tratamiento de las ideas: una evocación metafísica puede desembocar en el grotesco o la chacota barrial.
Como un peronista que se pone a discutir con otro en medio de la calle, toda la escritura fragmentaria de Osvaldo Lamborghini es una respuesta al anhelo de totalidad presente en Marechal ‒bien o mal, el primer novelista del peronismo‒
Pero si como decía Leónidas, Marechal era un “extremista”, entonces quizás convenga indagar más en esa tensión. Casi podría afirmarse que en sus novelas existen las dos versiones de la mimesis platónica, aquella que el filósofo griego reivindicaba y aquella otra que lo lleva a expulsar a los poetas de la ciudad. La mimesis simple, capaz de llevar al ciudadano hacia la Idea de lo justo, lo bueno y lo bello, sin deformarlas. Y luego ‒siguiendo a Platón‒ están los poetas y sofistas, las imitaciones vulgares, manipulando todo el tiempo la palabra para conseguir tal o cual interés, cuanto antes mejor. No es difícil ver cómo esa contradicción vuelve en Marechal; su obra también quiere conectar a la literatura argentina con los grandes temas e ideas, y casi al unísono, aparece la farsa y el grotesco, como si los poetas denostados por Platón se hubieran apropiado de su escritura. Pero esto no es tan extraño porque la mimesis platónica y anti-platónica ya estaba desde el comienzo en el lenguaje del peronismo. Por un lado, el discurso de la “comunidad organizada”, lleno de referencias a la filosofía europea, buscando elaborar un nuevo ideal de sociedad. Por el otro, la cultura de masas, la fiesta popular, las “patas en las fuentes”, la polémica y la caricatura. Ambas versiones de la mimesis ‒ideal y material‒, habitan el lenguaje del peronismo, se intuyen como desconocidos en la calle y a la vez se ignoran.

Y los Lamborghini también tomaron nota de esa contradicción. Las “reescrituras” de Leónidas son un buen ejemplo. Lamborghini no da vueltas, va a los clásicos de la cultura universal, los que conocemos todos, los que se enseñaban en la escuela laica o religiosa: San Pablo, Quevedo, Góngora, Keats. O los libros que encontraríamos en las ofertas de saldo: Artaud, las cartas de Van Gogh a su hermano Theo. Cuando Lamborghini reescribe esas voces, conocemos el camino que va de la fuente original a la deformación extrema, la reminiscencia y la distorsión surgen en cada verso. Y tal vez no esté de mas una conexión extra: ya que la reminiscencia platónica es un momento clave a través del cual el sujeto accede a la Idea; pero precisamente ahí Lamborghini muestra el otro lado, la caricatura y la deformación que atraviesa todo contacto con los grandes temas o las formas supuestamente puras ‒lo que él llamaba el “modelo”‒. Notemos entonces lo siguiente: cuando Leónidas incorpora las dos versiones de la mimesis platónica, cambia la relación de poder entre el “centro” y la “periferia”, se invierte una jerarquía dentro de nuestro idioma. Porque para poner en diálogo lo universal y lo local ya no debemos emular el canon de la depuración estética, sino todo lo contrario: el dialogo con los “modelos” requiere llevar al extremo el arte de la deformación; solo así la sensibilidad local adquiere todo su relieve.
Esta es la operación borgeana sobre el “centro” y la “periferia”, el programa de “El escritor argentino y la tradición”: accedemos a lo universal de manera lateral, a través de la orilla, con sus conflictos y desgarramientos a cuestas
Desde esta perspectiva, las mediaciones y los juegos de espejos borgeanos eran aún un tanteo sometido al pudor eurocéntrico ‒la preeminencia de la “letra” sobre la “sangre”‒. Con los Lamborghini, en cambio, descubrimos que los universales están a la mano y se les puede someter a toda clase de arbitrariedades. El mito de la viveza criolla es desplazado por el juego irreverente del paisano. Ya no es necesario sentarse a negociar con el “centro” poniendo en escena la finta del compadrito. La orilla no es solo una mirada al sesgo, sino una apropiación violenta que impacta en todos los planos del idioma. Así sucede con el hermano Osvaldo: asalto directo a las ideas de moda –psicoanálisis, Hegel, el marxismo–, mientras la frase arranca y se corta, inventa ritmos, mezcla agudezas y chistes escatológicos. Como un peronista que se pone a discutir con otro en medio de la calle, toda la escritura fragmentaria de Osvaldo Lamborghini es una respuesta al anhelo de totalidad presente en Marechal ‒bien o mal, el primer novelista del peronismo‒.

Y así llegamos a Alejandro Rubio. Si uno mira el índice de La enfermedad mental (el volumen que agrupa casi toda su obra), se encuentra con un título curioso: Foucault. Ya ese nombre anticipa algo de la cuestión “centro” – “periferia”. Pero para ver bien esto necesitamos atender a la concepción del libro, ubicado en una sección denominada “Intermezzo experimental”. El motivo es una escritura en serie, 30 poemas que siempre siguen el mismo procedimiento. Son textos cortos con tres partes bien distinguibles entre sí: un proverbio de tono popular ‒real o inventado‒, una escena extravagante (realista, exótica, etc.), y una cita tomada de Las palabras y las cosas, el célebre libro de ya sabemos quién. El gesto es bien claro: apropiarse de la cultura europea, su versión civilizada más conocida y célebre, que también se ha vuelto vox populi, la bibliografía obligatoria de la universidad, vendida en los puestos de revistas. No hay rescate lateral, sino intervención directa en el núcleo del canon. Y esa apropiación es descarada, no busca disimular el robo.
La retórica de Marechal atraviesa esos vaivenes: la frase larga y elaborada, siempre cercana al dislate. Y lo mismo pasa con el tratamiento de las ideas: una evocación metafísica puede desembocar en el grotesco o la chacota barria
El libro de Rubio contradice así una idea muy extendida, según la cual solo triunfa aquel escritor que logra robar una idea o una frase sin ser descubierto. Contradice el método borgeano y, también, la concepción del vínculo entre “centro” y periferia”, los “libros” y la “sangre”, donde la escritura “disimula y disemina” (Piglia) las apropiaciones, los préstamos e influencias (toda la comedia del Pierre Menard… es invisibilizar el robo). Rubio por su parte toma el momento civilizado, el fraseo hipnótico de Foucault, y lo convierte en un juguete sometido a la ley de la escritura serial y las combinaciones absurdas. Las “ideas” de Foucault ya no existen. O se recombinan en secuencias mutantes y caprichosas. El poeta no vuelve al “centro” clásico con sus temas universales, sino que va desmembrando el lenguaje de la filosofía para mostrarnos sus manierismos. De pronto el discurso anti-esencialista del posestructuralismo queda enfrentado a sus efectos retóricos: un palabrerío fino y etéreo que da vueltas sobre sí mismo, entre la falta de sentido y la repetición. Incluso podría decirse que Rubio pone en primer plano el esoterismo de la alta teoría, la opacidad del discurso foucaulteano convertido en talismán exótico ‒el “pequeño tesoro” de las clases medias ilustradas‒. Aquí surge también el juego de la reminiscencia y la distorsión; pero digamos que Rubio puede hacer esto porque maneja toda las variantes de la mimesis ‒realistas, objetivistas, cultas y populares, platónicas y anti-platónicas‒; sabe que ellas siempre vuelven como el “estúpido caballo criollo del lenguaje” (Carrera), atravesando sintagmas y léxicos, métricas y latiguillos.

Marechal, los Lamborghini y Rubio muestran otra línea de la literatura argentina, otras posibilidades para el vínculo entre “centro” y “periferia”. Ya no se trata de intervenir de manera lateral, sino de ir al hueso; no se trata de reclamar una orilla de lo universal, sino de poner esa noción en crisis: se puede ir al centro del canon sin pedir permiso ni dar demasiadas vueltas; la única condición de acceso es un gesto revulsivo capaz de detonar sus valores y criterios. Esas torsiones de la escritura permiten ver cómo se lee en un determinado momento histórico, cómo las elites o el público se relacionan con los discursos del Primer Mundo. Así las cosas entre las metropolis y sus adyacencias: mientras Borges elabora un sutil pacto de coexistencia, los escritores peronistas encuentran un conflicto abierto. Por supuesto, puede decirse que ya no hay un solo “centro” sino que ellos son “múltiples” y lo mismo vale para las “periferias”. Y el humanismo caótico del peronismo tampoco es renuente a esta perspectiva. Lo universal es muy parecido a internet: un “cajón de sastre” lleno de copias falsas, imitaciones poco confiables. Pero frente a ese contexto también conviene retomar la noción de “modelo” con la que Lamborguini insistía a principios de este siglo: ya que el centro y la periferia operan constantemente en los usos del idioma, en distintos niveles, locales, regionales o planetarios. A eso apuntan también los “modelos extensos de lenguaje” (“Large language models”). Y esta también es una discusión de la literatura argentina.



