05 de julio de 2026
Si sos un crítico, ¿todo lo que decís puede o debe ser leído como una crítica? Si lo publicás en Página 12 o una revista como Panamá, podría decirse que sí. Pero, ¿y si lo publicás en tu cuenta de Instagram? En el feed, ¿es más “oficial” que en una story? ¿Y si lo ponés en un Word y nunca sale de ahí? ¿Y si lo escribís en un grupo de WhatsApp? ¿Y si lo mandás en un audio? ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué en un caso te tomaste la molestia de teclearlo y en otro no? ¿Y si lo decís en la sobremesa de un asado, echado para atrás en una silla de plástico después de tomarte un tubo de vino tinto? Ahora que está absolutamente todo grabado, ¿qué es off the record? ¿Lo que pensás y no decís?
Cuando salió Shine, el último disco de Fito Páez, escribí un pequeño posteo en mis redes sociales. Arrancaba con un disclaimer. Decía, esencialmente, que me permitía una improcedencia metodológica (desmontar letra de música) porque aquello no era exactamente una crítica sino una parte de mi laboratorio. Por llamarle así. La letra en cuestión decía: “Me caí por la escalera de la confusión / en Madrid, en la ciudad de mi revolución. / Fueron tantas las pastillas, fue tanto el dolor, / sos chiquito en el mar de la desolación. / Pero hay algo que te empuja siempre a resistir, / a jamás bajar la guardia, siempre a resistir. / Al final de todo, queda una herida fiera. / La vida es un enorme torbellino / fabuloso revoleo de cuchillos / todos somos niños heridos / tuve suerte amor en no terminar / en un fucking cementerio”.
El posteo generó algunas discusiones. Rencillas, chicanas, audios cruzados y sellados de una punta a la otra. Cenas con el disco sobre la mesa. Un amigo, alentado por la polémica, se sentó a escuchar la canción. “Es como si la hubiera escrito una IA de Fito”, me dijo. Mi amigo suele ser muy fino con sus observaciones. Rápidamente entendí que tenía razón, pero ¿por qué? Lo pensé mucho. La letra no sólo contenía una cita a la propia obra de Páez (en “Las cosas tienen movimiento”, firmada alrededor de 1985, nuestro querido cantor popular escribió: “a no bajar la guardia, siempre a seguir”), sino que concentraba algunas palabras recurrentes de su imaginario semiótico solamente en un par de estrofas. El lugar, por ejemplo: Madrid. Las pastillas y el dolor en la misma línea. La increpación del fucking.
Un estilo no son palabritas. Un estilo (es decir, una ética) no se define por la positiva, sino por la negativa. Esto no lo hago. Esto no lo digo. Esto no lo acepto. Que cantes “alba” sobre un acorde con novena no te convierte en Spinetta
La Inteligencia Artificial trabaja, sobre todo, con la estadística. Recoge la información que está en la superficie (es decir, los sonidos y las palabras enunciadas), no la información que bulle debajo (es decir, el pensamiento) y drena hacia arriba. Usa los patrones positivos. “En escritura”, me dijo ChatGPT, “tomo en cuenta cosas como: ritmo de las frases, longitud de los párrafos, vocabulario, tono, temas recurrentes, tipo de imágenes, estructura narrativa, punto de vista, nivel de abstracción, etc. En música: instrumentación, armonía, tempo, producción, recursos melódicos, influencias”.
A fines de los noventa, mientras Los Redondos grababan discos como Último bondi a Finisterre o Momo Sampler, comenzaron a popularizarse bandas subsidiarias onda Pier o Callejeros. Un síntoma extraño. De la época. Hablamos de bandas que, en lugar de metabolizar el influjo de los Redondos, se limitaban a jugar con el significante (el berreo de la voz, los neologismos, las tapas con dibujitos oscuros, la alegoría sexual, las bengalas) para tomar el lugar que estaban dejando vacante con todo ese asunto de las maquinitas y la especulación post-apocalíptica. No sé si vieron la película Backrooms, pero yo sentía que esos grupos eran exactamente eso: las sucesivas degradaciones de un recuerdo. Monstruos. Un sabor feo en la boca. Ahora que lo pienso, eran como la IA haciendo temas de los Redondos.
Un estilo no son palabritas. Un estilo (es decir, una ética) no se define por la positiva, sino por la negativa. Esto no lo hago. Esto no lo digo. Esto no lo acepto. Que cantes “alba” sobre un acorde con novena no te convierte en Spinetta. Ni siquiera en spinetteano. Simplemente sos un usurpador. Un imitador. Un chiste, en el mejor de los casos. Ahora, un problema ético: el artista que se canibaliza a sí mismo, ¿está cometiendo alguna clase de delito artístico? ¿En perjuicio de quién? Hoy estábamos escuchando una canción del nuevo disco de los Rolling Stones y una de mis compañeras, con tono de resignación, dijo: “es simplemente otro tema de los Stones”. En su juicio, si había algún perjudicado, no era la banda ni el público. Era el arte, nomás.
En ese sentido, quizás la Inteligencia Artificial puede obligarnos a ser mejores músicos o escritores. Parada en esa esquina, como una especie de fiscal o de policía, la IA parece decirnos: no te duermas porque te agarro y te convierto en cartera. Buscá por dentro. Muy dentro. Por afuera, busco yo y no tengo piedad. Conozco las mañas. Conozco los atajos. Conozco los anzuelos. Conozco el cabezazo pour la galerie y cada uno de los golpes debajo del cinturón. Abro la boca una sola vez y bebo millones y millones de hectolitros de agua.
No necesito pausa de hidratación.



