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21 de junio de 2026

21 de junio de 2026

21 de junio de 2026

EL DOLOR IRREVERENTE

Ulises Ferro

@ulises.ferro (IG)
Cultura
Tiempo de lectura: 7 minutos

Este domingo un accidente fatal le arrebató un ídolo a multitudes de jóvenes hispanoamericanos. Un ídolo incómodo, sí, como casi todos los ídolos que sabe dar Argentina. Para entender su éxito es necesario explorar esa complejidad deshaciéndose de los motes prefabricados.

Gaspar Prim Díaz, “Gaspi”, inició su carrera como creador de contenido siendo un adolescente entre 2018 y 2019. Sus primeros videos eran más cercanos al formato clásico de YouTube: anécdotas personales, comentarios sobre redes sociales y videos humorísticos. El salto de popularidad llegó entre 2020 y 2021, cuando consolidó el formato que lo haría famoso: salir a la calle a interactuar burlonamente con desconocidos. Su primer gran éxito fue el video “Gaspi hace enojar a la gente en la calle”, publicado en septiembre de 2021, que superó las diez millones de reproducciones. En 2022 ganó el premio a “Youtuber del Año” en los Coscu Army Awards. Ese reconocimiento confirmó que había dejado de ser un fenómeno de nicho para convertirse en una referencia central de la cultura digital argentina.

Antes del juicio apresurado al que nos incentiva la dinámica de las redes sociales, es conveniente comprender cómo el Youtuber se transformó en ídolo, qué había en él y en su humor que resultaba tan atractivo para masas de adolescentes y jóvenes.

El viejo topo del humor irreverente

Como dijo Marcelo Tinelli, el humor de Gaspi recordaba en algo a Showmatch, a CQC, tal como apreció el propio Mario Pergolini, o a algunos sketches de Cha Cha Cha. Desalineadamente vestido de traje y corbata roja, con el pelo grasiento y una inconfundible voz de arena, Gaspi salía a la calle con su micrófono a escandalizar a todo aquel que pasara por su camino. En la irreverencia que cultivaba se mezclaban comentarios clasistas, xenófobos, burlas a personas con discapacidad; en suma, hizo carrera profanando todos los tabúes de la educación cívica de los nacidos en el siglo XX. Si Listorti, Gonzalito, el Gordo Casero y otros estaban a tono con el clima de época de los 90’, Gaspi recuperó ese lenguaje en un contexto donde la aparente hegemonía de lo “políticamente correcto” lo hacía sonar extemporáneo. Y, redoblando la apuesta, atreviéndose a transgresiones que los anteriores no habían concebido, Gaspi esquivó varias censuras. Como si la estridencia descortés del humor noventoso hubiese sobrevivido en las profundidades, escondida de los radares de la política y de la TV, para emerger con fuerza nuevamente en la hora en que esos dispositivos entraron en crisis. En efecto, Gaspi se consagró en el ecosistema de redes en 2020, en tiempos pandémicos.

Si Listorti, Gonzalito, el Gordo Casero y otros estaban a tono con el clima de época de los 90’, Gaspi recuperó ese lenguaje en un contexto donde la aparente hegemonía de lo “políticamente correcto” lo hacía sonar extemporáneo.

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Pero la ecuación no es tan simple. No se trata de que los jóvenes estaban cansados de lo “woke” y que entonces se reían de todo aquello que lo desafiase. Basta ver los comentarios de sus seguidores en los videos del youtuber, o las loas que circulan ahora en redes sociales, para confirmar una realidad mucho más compleja. Un seguidor en Reddit afirmaba: “Este tipo apareció en un tiempo muy triste de mi vida. Significó mucho para mí”. Otro se lamentaba: “Lo seguía hace años a Gaspi y la evolución como persona y profesional había sido notoria… estaba cambiando su vida para bien, saliendo del pozo en el que estaba”. Un usuario conmovido aseguró: “Gaspi fue alguien que nos demostró que se puede darle una vuelta de rosca al humor y sacarnos una sonrisa en días que quizás nos cuesta un poco más”.

Lo que Gaspi expresaba, a ojos de su público, era la posibilidad de convertir el dolor en una risa. Y esto en dos sentidos diferentes. Por un lado, el más evidente, el que le ganó ser casi cancelado: reírse del padecimiento ajeno, consiguiendo a veces que el padeciente también se ría. Por el otro, oculto y probablemente más importante: la sublimación del pesar propio en un sketch humorístico. Gaspi utilizó el humor como un mecanismo de defensa creativo para canalizar sus propias carencias, traumas y vacíos, transformando su angustia en un producto cultural consumible que resonaba con la vulnerabilidad de buena parte de su audiencia.

Vidas en riesgo

El personaje interpretado por Gaspar Prim Díaz, su alter ego “Gaspi”, daba la impresión de vivir al límite: sucio, tropezándose, siempre un pucho en la boca, vagando por las noches entre prostitutas y borrachos, con su voz rasposa y herida. Hay un romance argentino por ese tipo de personajes, como si nuestros ídolos necesitasen una dosis de exceso y hasta de fracaso para convertirse en tales. Pero si en los íconos de antaño el reviente era posterior a la gloria, la travesía de Gaspi fue inversa: su estética de reventado fue lo que lo llevó a la fama. Crecientemente desamparados por las instituciones, nuestros jóvenes transcurren la vida surfeando al filo de la caída. Y personas como “Gaspi”- el personaje, no el actor- representa esa odisea perenne, como si la sensación de riesgo se sublimase en figuras que se encuentran del otro lado del abismo.

Parte de esto alimenta también la admiración por el proyecto del creador de contenido: un joven en apariencia exitoso, que se llenó de plata, saliendo sólo con un poco de huevos y un micrófono a hacer humor. En un contexto donde las vías tradicionales de movilidad social ascendente —como el empleo asalariado formal o la credencial universitaria— parecen clausuradas o insuficientes frente a la crisis económica, la figura del creador de contenido emerge como un horizonte de salvación individual. Gaspi representa una suerte de heroísmo plebeyo contemporáneo: la fantasía del self-made man adaptada a la era de las redes sociales. Para muchos de sus seguidores, su éxito parece ser la prueba de que el esfuerzo individual, la irreverencia y la astucia pueden ser un medio de ascenso.

Gaspi representa una suerte de heroísmo plebeyo contemporáneo: la fantasía del self-made man adaptada a la era de las redes sociales.

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La otra cara del ídolo

Después de dos años de mudez, de no aparecer en medios ni redes sociales, Gaspi volvió a Youtube a fines de 2024, en un formato totalmente distinto. Un video cinematográficamente bello, cuidado, de calidad profesional. Gaspi, el personaje, se mostraba en esa narración como una persona exitosa “desde afuera” pero fracasada “por dentro”. Señalaba con el humor bizarro que atraviesa la totalidad de su contenido el “lado B” de la fama. Aun interpretando a ese personaje de traje explicitaba sus problemas de salud mental, su vínculo con ciertas sustancias y un enorme vacío existencial.

A partir de su reaparición, Gaspar paulatinamente se deshizo de su personaje y empezó a mostrarse como era realmente. Muchos de quienes lo conocieron lo definen con un término que, como sucede con muchas otras palabras, es elocuente: “tipazo”. Hizo pública su relación problemática con el cigarrillo, la infancia difícil y llena de carencias, insinuó un vínculo defectuoso con su padre y habló en reiteradas oportunidades sobre los problemas que le conllevó la fama temprana. Dejándose llevar por su personaje, Gaspar casi se perdió en “Gaspi”. Enfatizó que todo eso que lo hizo famoso era tan sólo una performance y se esforzó en mostrarle a su público que él era otra cosa distinta. Incluso participó de La Velada, un torneo de box amateur entre influencers, donde cosechó un gran apoyo del público que lo ovacionó mientras él lloraba. También decidió ir con su madre a una entrevista en Urbana Play; cuando el entrevistador le preguntó por qué había decidido ir con ella, el humorista respondió: “está bueno esa idea de mostrarme con ella, nunca estuvimos juntos en ningún lado y está bueno que la gente sepa que tengo mamá y que me ama y que nos amamos”.

El camino del héroe de “Gaspi” cedió su paso a Gaspar, un joven reflexivo, sensible, melancólico, que nada tenía que ver con el otro, el también joven pero que disfrazaba su juventud en un humor por demás negro, una apariencia rancia y un desacato hiriente. Y el público, lejos de abandonarlo, se entusiasmó quizás aún más con esta nueva faceta. Descubrieron que, como expresó uno de sus seguidores en uno de sus últimos videos, “Gaspi es un llanto disfrazado de risa”. En Gaspar pudieron ver la redención a través de la disciplina, el esfuerzo y la sensibilidad.

El camino del héroe de “Gaspi” cedió su paso a Gaspar, un joven reflexivo, sensible, melancólico, que nada tenía que ver con el otro, el también joven pero que disfrazaba su juventud en un humor por demás negro, una apariencia rancia y un desacato hiriente.

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Algunos comentarios sobre humor y política

Se ve en redes sociales un conjunto de declaraciones que creo expresan un sentido común (minoritario pero influyente) sobre creadores de contenido como Gaspi. Se dice, en pocas palabras, que cultores de ese humor impertinente fomentan el individualismo y corroen la convivencia democrática, ofreciendo un caldo de cultivo que explicaría el éxito de los partidos de derecha. La influencia de esta perspectiva no radica en su alcance popular, sino en el lugar de enunciación de quienes la sostienen: es el diagnóstico que ha permeado tanto en parte de la “sociedad política ampliada” (el ecosistema de intelectuales, periodistas, cuadros militantes y referentes tradicionales) como -intuyo- en parte de la política institucional. Lo curioso es que el diagnóstico es compartido parcialmente por algunos integrantes y ex integrantes del actual gobierno, quienes -estos sí- reivindican al comediante por haber expresado en clave humorística lo que ellos convierten hasta cierto punto en programa de gobierno.

La relación entre humor y política está plagada de mediaciones, y son los seguidores los que son más conscientes de ello; como expresó una persona en el programa en homenaje a Gaspi transmitido en directo por Blender: “Gaspi trascendió la grieta”. Para desandar la linealidad muchas veces supuesta pueden mencionarse decenas de ejemplos desde los Hermanos Marz, pasando Jerry Lewis hasta George Carlin, quien dijo alguna vez “¡combata el hambre y la pobreza: cómase un pobre!”. El caso específico de Gaspi y de otros que le fueron contemporáneos reviven un tipo de humor que, bajo diferentes formas, distintos ropajes y contextos disímiles, participa desde hace décadas de la cultura argentina. Por momentos este tiene más protagonismo, por momentos menos, pero siempre está. Por qué es así seguramente amerite un texto más largo, pero intuyo que la respuesta está relacionada con el carácter de permanente insubordinación que caracteriza a buena parte de los sectores medios y bajos. La “viveza criolla”, en la que Eduardo Archetti supo ver la quintaesencia del ethos argentino, tiene también que ver con poder hacer un comentario hiriente, el poder soportarlo y el bancarse la posible respuesta. Y esto no es un elogio de esta forma del humor. Posiblemente sea necesario advertir sobre los daños que un “chiste” puede causar en los otros. Pero en tiempos de rebelión del público y de las redes sociales, no sé cómo eso puede regularse sin que huela a viejo.

Es cierto que el mileísmo al menos pretendió alimentarse de esta forma de humor en un contexto en que la apariencia de hegemonía de lo políticamente correcto lo hacía parecer contestatario. Pero la relación no es tan lineal. Como se dijo, Gaspar Prim Díaz mostró también, en el último trayecto de su carrera, un perfil totalmente distinto, incluso apareciendo en programas más cercanos a la oposición -como Blender- sin que eso le valiese la pérdida de su público. Gaspi fue el fenómeno que fue por el atrevimiento irrespetuoso de su personaje border, pero también porque supo mostrarse como el muchacho que no tenía miedo de llorar frente a su público, de hablar de sus miedos, de sus fantasmas y del amor por su familia, con su ímpetu permanente para sobreponerse a las adversidades. Todo eso, y no sólo su humor ofensivo, hacen de Gaspar y de otros una especie de profetas de la juventud contemporánea, nos guste o no.

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