21 de junio de 2026
Sorprendió leer, a fines del 2024, la confirmación de que la serie Euphoria regresaba para una tercera temporada (la cual fuera en inicio anunciada mientras se emitía la segunda, en 2022, y estrenada finalmente cuatro años más tarde, en nuestro 2026). Los retrasos tuvieron que ver con que Sam Levinson, creador, guionista y director, se había puesto a cargo de otra serie, la lánguida y fallida The Idol (2023); con el paro de actores y guionistas en 2023 y la muerte del productor Kevin Turen ese mismo año; pero también por el presente de los protagonistas: la mayoría se habían vuelto ocupadas superestrellas de cine, mientras que otros murieron por sobredosis de drogas con el fentanilo como protagonista (Angus Cloud) o se vieron invalidados por enfermedades degenerativas (Eric Dane), hechos que obligaron a reescribir el guión de toda la temporada y a repensar la puesta.
Vale aclarar que también como público la continuación de la serie sonaba caprichosa: todos los arcos de los personajes se habían cerrado en la segunda temporada, la cual para colmo cifraba a la obra entera en “el primer amor de Rue” en los últimos años de secundaria. Esa historia, de dos temporadas, no necesitaba continuación. Pero la tuvo.
1. El costo de la puesta en escena
Te puede gustar más o menos Euphoria -la trama, el tono, el verosímil: cosas que trataremos luego-, pero no hay producto audiovisual en serie comparable en puesta e imagen. Marcell Rév, el director de fotografía que acompaña a Levinson desde su film Assassination Nation, del 2018, parece haber encontrado un fértil valle de trabajo arduo en la confección de la serie con el director y HBO. Mientras que otras series se toman de siete a nueve días de rodaje por capítulo (pensando incluso en productos de búsqueda cinematográfica como Breaking Bad, filmada íntegramente en celuloide 35 mm), Euphoria se llegó a tomar entre dieciocho a veinticinco jornadas para hacer un episodio. La primera temporada fue grabada en digital en siete meses, la segunda en 35 mm Ektachrome en casi ocho y la tercera, trabajando con Kodak un nuevo negativo, el VERITA 200D, llevado al formato 65mm, en casi once. No se filmó con cobertura tradicional (varios ángulos del mismo momento) sino mediante puestas precisas, llenas de movimiento, en muchísimas locaciones y con decenas de actores y extras, en general con todos los planos basados en storyboards. Baste de ejemplo el plano secuencia en grúa del parque de diversiones en “Shook Ones Pt II”, en la primera temporada, en el cual Rév usó un dolly y una Technocrane para pasar por cada personaje en un escenario gigante.
Lo que más se le criticó a Euphoria esta temporada es el cambio de género, que se resume en la sentencia: “antes era una serie de adolescentes y ahora una de Tarantino”.
A la vez, el hecho de que Sam Levinson decidiera escribir él solo todos los guiones, negando el uso acostumbrado de la sala de guionistas, hizo que fuera más usual la reescritura continua y el cambio en las condiciones de la puesta. Ha trascendido que las jornadas de rodaje de la serie superaron en algunos casos las quince horas.
2. El costo de vivir este momento histórico
Cinco años han pasado desde que los personajes egresaron del ámbito estrecho y protector del colegio secundario, con sus roles y niveles, hacia la primera adultez de estar arrojados al mundo actual, tratando de vivir solos, negociando algún tipo de dignidad con el capitalismo ultra tecnológico post-pandemia -que parece empujarlos hacia la ilegalidad-. Cuentan, eso sí, con la ventaja del cuerpo joven y de un contexto que permite capitalizarlo: en esta temporada Cassie se vuelca a la venta de contenido sexual, Jules vive una vida de lujos pagada por un rico sugar daddy enclosetado, Maddy maneja mujeres para comerciar con su imagen. Todos, en esta nueva entrega, quieren hacer las cosas bien, ponen buena cara, intentan lo mejor, pero son rechazados por el sistema. Cassie llega a borrar su OnlyFans para actuar en la TV, pero finalmente deciden no contratarla; Maddy quiere mayores responsabilidades en su trabajo, pero ve la plata circular por el lado del comercio del capital erótico. El caso paradigmático de esta tensión es el de Rue, quien trabajando en un comercio es forzada a traficar drogas y se vuelve manager de un cabaret, y cuando intenta trabajar en Uber rápidamente le advierten que se vaya buscando otra cosa, que la IA viene a llevarse ese trabajo (dicho sea de paso, se lo dice Lexi quien, un poco conchudamente, oficia de voz de la conciencia del mundo, previniendo también a Rue, a Cassie y a Maddy de lo que están haciendo). “Quiero un trabajo legítimo” le desliza la protagonista a Alamo en su cabaret, quien se enoja por el desprecio. Las buenas intenciones no salen del laberinto por arriba, en este universo.
Los personajes, como en casi todas las secuelas de cultura popular, desaprenden lo que aprendieron en la obra anterior, para que nosotros disfrutemos de verlos aprendiendo de vuelta. Rue, que finalizó la temporada 2 limpia, ahora es consumidora y traficante. Deberá emprender un nuevo camino de redención no exento de búsquedas espirituales ni de arreglos con la ley. Lexi deberá integrar su mundo a su obra, a su profesión, pero sin destruirlo en el medio. Maddy deberá limitar sus deseos, su ambición, su nivel de control. Lo peor se lo termina llevando Nate, quien encarnó en este lienzo la teoría de que el bully habitual de secundaria se vuelve presa en un mar más grande; lo vemos vencido por entidades estatales, prestamistas y socios. También: las buenas voluntades y su límite. Su llanto arrodillado ante las autoridades que frenan su proyecto inmobiliario es el mismo que el del novio de la madre de Álamo, cuando pierde todas sus posesiones por una estafa, y gimotea “lo puedo arreglar, lo puedo arreglar”. (La serie tiene al menos una docena este tipo de referencias internas, foreshadowings o pistas de lo que sucederá dentro de la temporada.) En algún punto todos los personajes están incómodos, son rehenes del deseo o del plan de superiores: al fin y al cabo, no dejan de tener 23 años.
La temporada, en este punto, es una crítica a las drogas, pero también a su prohibición -que anula el control de calidad- y al corte. En todo momento los adictos son vulnerables porque no saben qué están consumiendo, cuál es el nivel de daño al que se exponen
En la película anterior de Levinson, Assassination Nation, que es un ensayo del universo estético de Euphoria -sin la biblia, todavía, de la serie israelí del 2012- un hacker expone los registros digitales de todo un pueblo: de repente el completo de la comunidad transita las consecuencias de saber qué chateó cada uno, qué foto le mandó quién a quién, qué deseo esconde cada uno. Más temprano que tarde el pueblo termina culpando y persiguiendo a las cuatro protagonistas. En Euphoria, por la evolución de la tecnología y de las redes sociales, no es necesaria la figura del hacker: la imagen personal ya es líquida, se desparrama sin control en universos cada vez más grandes. Aceptar esto es el desafío de los protagonistas en las entregas anteriores. Los registros sexuales de Kat, de Cal y de Jules circulan con gravedad en las primeras temporadas, ponen en conflicto a los personajes, los llevan a cambiar. En esta tercera la imagen es más líquida: Cassie pasa de sobreexponerse en Instagram, a cobrar en OnlyFans, a borrar todo para ir a la televisión, a volver a vender contenido. La única consecuencia real a nivel imagen parece venir por el lado de la ley. La foto de Rue en México, la droga en su auto, y los documentos personales de las chicas que traficó o desapareció Álamo, por los que mueve cielo y tierra. En un mundo en el que las instancias de control caen, el temor a la policía persiste.

3. El costo de la droga
Levinson ya se había quejado del fentanilo en The Idol (“no nos podemos meter cocaína porque está toda cortada por fentanilo”, repetían en esa serie) y ahora, luego de la muerte de Angus Cloud y de la de tantos otros, esa guerra contra esta droga se volvió el corazón de una temporada más oscura, más moral, más redonda -en el buen y mal sentido: lo explicaremos en el punto 4-.
El fentanilo y su poder destructivo atraviesan toda la temporada. Rue comienza traficándolo a través de rampas inverosímiles pero basadas en hechos reales; luego pasa por la frontera con cápsulas que pueden romperle el estómago; se vuelve parte del mundo de Alamo porque una prostituta muere por una dosis involuntaria de fentanilo; y finalmente muere porque Alamo le intoxicó una pastilla de percocet inoculada con fentanilo. “¿No tenés culpa de todas las muertes por fentanilo que produjiste introduciéndolo al país?”, le pregunta Alí, en uno de los intercambios finales. La temporada, en este punto, es una crítica a las drogas, pero también a su prohibición -que anula el control de calidad- y al corte. En todo momento los adictos son vulnerables porque no saben qué están consumiendo, cuál es el nivel de daño al que se exponen. Hasta la DEA altera las drogas y enferma a los personajes: el corte es la droga.
“¿Qué ganás matando al cliente?” le pregunta Alamo a Laurie, y la respuesta “plata” es tan vaga que la pregunta queda sonando, y se repite varias veces en la temporada. En la reunión de adictos Alí comenta que la principal causa de muerte en personas menores a 50 años es el fentanilo, que se revela a todas luces como una droga con demasiado costo para una vida promedio de 70 años. Ante la evidente falta de controles, propone una respuesta violenta. Quiero aprovechar este texto para recordar dos antecedentes argentinos en este aspecto. El primero es el de la Puerta 8, del miércoles 2 de febrero del 2022. Una partida de cocaína se vendió cortada con carfentanilo, un derivado sintético del fentanilo destinado al uso veterinario, lo cual ocasionó en pocas horas 22 muertes y un centenar de internados. Recuerdo comunicaciones estatales sobre dónde se había vendido esta partida, previniendo a los posibles compradores y clausurando el punto de venta específico -lo cual evidencia niveles altos de conocimiento sobre esta actividad-. En segundo lugar, la más reciente contaminación de fentanilo entre finales de 2024 y 2025, con una investigación en curso que llega hasta las 173 muertes. Los niveles de empatía que van del primer evento al segundo cambian el daño producido en vidas y esta temporada se ubica específicamente en esa discusión, sobre si la empatía hacia el consumidor obliga a una empatía al vendedor, y qué niveles de acción permite eso.
En esta tercera la imagen es más líquida: Cassie pasa de sobreexponerse en Instagram, a cobrar en OnlyFans, a borrar todo para ir a la televisión, a volver a vender contenido
La introducción de los textos bíblicos al interior de la temporada, y la discusión de los mismos, por personajes que están perdidos en una época difícil, tienen como respuesta el western -ese género edificado sobre el momento histórico en el cual todavía no hay ley en un pueblo-. El western obligará al inevitable duelo final, en el cual un personaje decide tomar las armas y “hacer justicia”. Y ahí comienzan las polémicas.
4. El costo del verosímil
Lo que más se le criticó a Euphoria esta temporada es el cambio de género, que se resume en la sentencia: “antes era una serie de adolescentes y ahora una de Tarantino”. Euphoria parece oficiar de raro canto de cisne del formato en ocaso del momento. La serie apareció en 2019, en un momento de cierre de series corales femeninas (Girls, Broad City, Orange Is the New Black) teniendo un linaje en el coming-of-age adolescente coral de Skins y la Euphoria israelí original (que sorprendentemente se puede ver en YouTube). La tercera temporada, en 2026, llega cuando el formato agotado es el narco-drama -tras una década dominada por Breaking Bad, Narcos, Ozark, Snowfall-.
Es cierto que antes tampoco Euphoria era tan liviana, pero es innegable el cambio de género, la adultez. Levinson eligió pasar del coming-of-age al western y plagó la temporada de caballos, duelos, persecuciones, salones y música ad hoc (cambió a Labrinth, musicalizador de las anteriores, por el consagrado y más serio Hans Zimmer). Por el lado del western también viene el inicio y cierre de la temporada en la casa de los granjeros en el medio de Texas, con encuadres fordianos y reminiscencias a un pasado no contaminado. El western permite mostrar la disputa por un nuevo tipo de orden en esta época llena de cambios sin regulación, y también sirve para evidenciar con su estética vieja el exotismo de las formas de comercio de imagen actuales.
Los personajes, como en casi todas las secuelas de cultura popular, desaprenden lo que aprendieron en la obra anterior, para que nosotros disfrutemos de verlos aprendiendo de vuelta
Hablábamos antes de que esta última fue una temporada redonda, para bien o para mal. Tiene que ver con que las ensoñaciones, codas y licencias poéticas de las anteriores se justificaban por el cambio de focalizaciones que la serie presentaba, y con cierta liviandad del entorno secundario, que inundaba de inmortalidad a sus habitantes. Hablábamos al comienzo de los excesos en las puestas de Euphoria, y hay que remarcar que hay pocos directores con tantas ganas de dirigir como San Levinson. En general, por cuestiones económicas, logísticas y hasta de energía, el escrutinio que hay sobre cada movimiento o dificultad dentro de cada plano hace que uno perciba cierta limitación en los mismos, en casi la totalidad de las obras audiovisuales. Euphoria siempre se distinguió por una incontinencia formal, hecha de multitudes, extras, explosiones y excesos. No pocos asociaron esta sed a las facilidades de Levinson, después de todo hijo del superproductor y director Barry Levinson.
“No pueden ser malos TODOS los finales de series salvo el de Breaking Bad” twitteó Fio Sargenti, a propósito de las críticas que había despertado el final de esta serie y de todas las demás. “Tal vez tenemos un problema manejando las expectativas y la ilusión de control de algo que creemos propio”, agregó. La jurisprudencia de Breaking Bad enuncia que un buen final es el inevitable, el único posible, pero al que se llega de forma sorprendente. En ese sentido Euphoria cumple. El problema es el costo.



