20 de junio de 2026
20 de junio de 2026
LOS PISOS POLÍTICOS: HERENCIAS DE VEINTE AÑOS QUE SOBREVIVEN A LOS RECAMBIOS
Gildo Onorato
Presidente del Instituto de Asociativismo y Cooperativismo (IPAC) de la PBA. Dirigente del Movimiento Evita.
Milei es el último de una etapa política iniciada en 2003. No todos sus actores lo registraron todavía, pero la sociedad argentina sí. Y lo que ese ciclo deja no es solo una lista de logros y fracasos según quién los cuente. Nos deja algo más interesante y difícil de discutir que son un conjunto de pisos políticos que ningún gobierno posterior pudo remover. Entender por qué esos pisos resistieron y qué implican para lo que viene, es una pregunta que bien vale la pena hacerse antes que otras.
1.
Durante los últimos veinte años hemos visto muchas políticas públicas que se desvanecieron en el aire. Pero cuando tres gobiernos de distintos signos sostienen una misma política sin habérselo propuesto explícitamente, eso ya no es una política: es un piso.
El primero es la Asignación Universal por Hijo. Creada por el kirchnerismo, mantenida por el macrismo y sostenida hasta hoy. Este no es un dato menor ni anecdótico. Significa que una transferencia directa de ingresos hacia los sectores populares se instaló como parte de un contrato de estabilidad social que resultó políticamente inmodificable incluso para un gobierno que hizo del desmantelamiento del Estado su programa de gobierno.
El segundo piso es la recuperación de YPF y la estrategia soberana de desarrollo energético. Tres gobiernos de distinto signo sostuvieron la empresa estatal y avanzaron sobre Vaca Muerta. Este tampoco es un dato menor: revela que existe en la Argentina una comprensión acumulada (imperfecta, contradictoria pero real) de que hay sectores estratégicos donde la conducción estatal no es ideología sino necesidad estructural. Este es un cambio cultural a favor de las ideas del campo popular que tiene efectos hacia adelante y que todavía no terminamos de medir.
El tercer piso es más reciente, más incómodo para el campo popular y más fácil de malinterpretar. La sociedad argentina expresó en 2023 y confirmó en 2025 una demanda de orden. No hay que apresurarse a leerla como una demanda de derecha. Hay que leerla como lo que es: el hartazgo de una ciudadanía que vivió durante años en la incertidumbre de reglas que cambian de promesas que se deshacen, de recursos que se derraman sin resultado visible. El pueblo no pidió ajuste, pidió que las cosas funcionen. El mandato estaba ahí y negárselo fue uno de los errores más costosos que cometimos.
Estos tres pisos no los construyó la virtud de ningún liderazgo. Los construyó la presión acumulada de la experiencia social. Y por eso son más sólidos que cualquier plataforma partidaria: porque ya no pertenecen a ninguna identidad política en particular.
El próximo ciclo político argentino no va a poder construirse desde una sola de las tres patas de la mesa: solo Estado, solo mercado o solo comunidad. Ninguna de las tres alcanza por sí sola
2.
La trampa que los movimientos populares no terminamos de nombrar con claridad tiene un nombre preciso: la estatización de lo comunitario. Durante años, una parte significativa de la energía organizativa que habían generado los movimientos sociales fue canalizada hacia la gestión de programas del Estado. Eso tuvo sentido en un momento, cuando el Estado se expandía, cuando el territorio necesitaba presencia. Pero el efecto de largo plazo fue devastador en términos de autonomía. Lo que había sido una cultura de organización con capacidad propia de gestión fue deviniendo, en muchos casos, en una burocracia paralela cuyo principal recurso era la cercanía con el funcionario de turno.
No estoy hablando de corrupción, aunque en algunos casos también ocurrió. Estoy hablando de algo más profundo: un movimiento que no puede decirle no al gobierno que lo sostiene no es un movimiento, es un raviol más del organigrama estatal.
Esta es también una de las razones por las que la sociedad argentina terminó leyendo a los movimientos sociales como parte del problema. No porque lo fueran en su totalidad -las cooperativas de trabajo, las organizaciones territoriales, la economía popular producen valor real y construyen comunidad real-, sino porque la imagen que proyectaban era la del subsidio, la del plan, la del intermediario entre el Estado y la necesidad. Esa imagen no es justa pero tampoco es completamente falsa. Y en política, la percepción que construiste durante años es tu piso o tu techo.

3.
El próximo ciclo político argentino no va a poder construirse desde una sola de las tres patas de la mesa: solo Estado, solo mercado o solo comunidad. Ninguna de las tres alcanza por sí sola y la Argentina tiene experiencia traumática con los tres experimentos por separado.
El Estado sin mercado genera escasez e ineficiencia. El mercado sin Estado genera concentración y privilegios. La comunidad sin Estado ni mercado genera voluntarismo y agotamiento. Lo que hace falta es una relación virtuosa entre los tres y esa relación es una estrategia, no es un programa.
El campo popular ha estado durante mucho tiempo reñido con el capital privado -incluyendo el grande, incluyendo el concentrado- y proponerle ser parte de una estrategia de desarrollo que beneficie a las mayorías. Hemos sobrevalorado experiencias como la de Chavez y subvalorado la de México, donde el gobierno construyó una estrategia de desarrollo popular sin decretar la guerra al empresariado. Carlos Slim (el hombre más rico del continente) de hecho mantiene una relación de trabajo con ese gobierno. Esto no es una invitación a la rendición. Es una invitación a la inteligencia estratégica.
La trampa que los movimientos populares no terminamos de nombrar con claridad tiene un nombre preciso: la estatización de lo comunitario
4.
Si el ciclo que viene tiene alguna posibilidad real de ser algo más que la administración del desastre que deja el actual, necesita construirse sobre premisas que no son programáticas sino éticas. No necesitamos una lista de políticas públicas sino compromisos en el modo de hacer política.
La primera premisa es no mentirle al pueblo. Suena elemental pero no lo es. La política argentina perfeccionó durante décadas el arte del relato que desplaza a la realidad. El pueblo argentino a fuerza de desilusiones recientes ha desarrollado un sexto sentido para la detección de las falsedades que funciona mejor de lo que la dirigencia suele suponer. Cada vez que se construyó un relato que no coincidía con la experiencia cotidiana de la gente, la brecha acumuló hasta estallar. Decir la verdad sobre lo que se puede y lo que no se puede no es debilidad política: es la condición de posibilidad de cualquier confianza duradera.
La segunda premisa es la austeridad en las burocracias. Aclaremos: no como religión del equilibrio fiscal -ese fetiche que convierte el ajuste en virtud-, sino como ética de gestión pública. Cada capa de burocracia que no produce resultado es un costo que alguien paga y ese alguien siempre es, en última instancia, el que menos tiene. Los movimientos populares tienen que ser los primeros en sostener esta exigencia, no los últimos, porque son los que mejor conocen el costo concreto del derroche estatal en los territorios donde viven.
La tercera premisa es que la vara de medición sea la vida concreta de la gente. No el PBI, no el riesgo país, no el superávit fiscal (aunque todos esos datos importen), sino preguntas más simples y difíciles de falsificar: ¿la escuela del barrio mejoró? ¿El centro de salud atiende? ¿El trabajo es más digno este año que el anterior? Estas preguntas, respondidas con honestidad en los territorios, son el termómetro que ninguna estadística nacional puede reemplazar.
5.
Termino en mi origen. Los movimientos populares, las organizaciones territoriales, las cooperativas, la economía popular organizada tienen que definir cuál es su lugar en el ciclo que viene. Y ese lugar no puede ser el de correa de transmisión del Estado ni el de tropa leal a ningún liderazgo. Tiene que ser el de un esquema de poder con autonomía.
Eso significa capacidad de producir, de gestionar, de construir comunidad, sin depender de la lista de programas que defina el gobierno de turno. Significa también y esto es lo más difícil, capacidad de exigirle resultados al gobierno propio con la misma energía con que se le exige al adversario. Un movimiento que pierde esa capacidad no le hace un favor a nadie: ni al gobierno que pretende apoyar, ni al pueblo que dice representar.
La Argentina que viene va a necesitar organizaciones que hagan esa vigilancia desde el campo popular. Que se diga en voz alta lo que no funciona. Que construyan poder propio y no delegado. En definitiva, que construyan y aporten soluciones, pero también que sean incómodas cuando haga falta serlo.



