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05 de junio de 2026

05 de junio de 2026

5 de junio de 2026

DATOS NO OPINIÓN

Cynthia Berguier

Política
Tiempo de lectura: 9 minutos

Hay un tema, remanido pero siempre vigente, relativo a la tensión entre las prácticas artísticas que abordan cuestiones sociales y los espacios en los que circulan: si una obra pierde sustancia cuando entra en un circuito institucional o comercial, o si, por el contrario, gana visibilidad y al amplificar su alcance, se potencia. Si como decía Marinetti, el museo es el cementerio del arte, o si es su templo. O si ni tanto ni tan poco, es simplemente la sucursal de una franquicia global que atraviesa el tiempo. Discusión que lleva más de un siglo caminando en círculos y mordiéndose la cola, en la que sólo quisiera meter bocado para compartir una anécdota que tuvo lugar en la muestra retrospectiva de Fernanda Laguna “Mi corazón es un imán”, en el MALBA.

1.

En el Complejo Habitacional Padre Mugica y en el Barrio Ramón Carrillo funcionan unos talleres de arte para chicos llamados Pre-Textos. Los coordinan Tálata Rodríguez, Antu Cifuentes y Marisa Pesavento. Suelen ir a muestras en museos, galerías y centros culturales. El domingo 24 de mayo visitaron la retrospectiva de Fernanda Laguna.

Llegaron unos minutos antes de las doce, desayunaron en la plaza de al lado esperando que abriera el museo y jugaron un rato en el pasto para espantar el frío de un mediodía que no acusaba recibo. Cuando se hizo la hora, Tálata fue a buscar las entradas. Ahí empezó la peripecia: se las querían cobrar, más de treinta entradas a precio general, que era lo mismo que decirles que se volvieran a sus casas. La visita había sido gestionada correctamente con el área de educación como proyecto social, pero de todos modos en admisión insistían con que todos los integrantes del grupo tenían que comprar su entrada. Idas y vueltas, la discusión iba subiendo de tono. En el museo se mostraban inflexibles: si quieren entrar, que paguen. Del otro lado, seguras de que no se iban a volver sin ver la muestra, empezaban a deslizar que iban a entrar igual.

Los chicos construyen, pintan, arman cosas mientras las profesoras les leen un cuento tradicional japonés, una poesía de Clarice Lispector, un cuento de Borges o un relato mapuche.

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Pasado un rato y como la cosa no aflojaba, Tálata se resignó y puso sobre la mesa la carta que tenía en el bolsillo, pero que se resistía a usar quizás por elegancia. Desagradable pero eternamente eficaz, ese recurso nunca falla: “chapear”. Ni bien dijo que eran amigas de Fernanda, que iban a hablar con ella ahí mismo, empezó el rally de llamadas telefónicas que encaminó el asunto a su resolución. Finalmente el grupo pudo entrar, pero una vez adentro la recorrida se desenvolvió en un clima de bastante hostilidad. El domingo anterior habían ido de visita los chicos de Belleza y Felicidad Fiorito y todo había funcionado muy bien.

Colectivo Cinco Corazones, en “Mi corazón es un imán”

Sucede que aquellos chicos son parte de la muestra. Un sector importante de la exposición “Mi corazón es un imán” está dedicada a Belleza y Felicidad Fiorito, un proyecto cultural fundado por Fernanda Laguna en 2005 junto a vecinos del barrio, en el que funcionan talleres de artes y oficios, una editorial, un comedor y una galería de arte. Ahí expusieron y desarrollaron acciones artistas como León Ferrari, Roberto Jacoby, Juliana Ceci, Leopoldo Estol, entre otros. Desde los comienzos nunca dejaron de pasar grandes cosas, como por ejemplo la instalación de La patota a orillas del Riachuelo. Se trata del pie izquierdo del mismísimo David de Miguel Ángel hecho a partir del calco que tiene el Museo de la Cárcova, que terminó siendo, en palabras de Jacoby, “un involuntario homenaje a Diego Maradona, el más célebre nativo de Villa Fiorito”. (Nota: un calco es una copia escultórica hecha con moldes tomados del original, y que tiene como resultado una escultura idéntica a la obra que copia). Resulta que Laguna y Jacoby estaban llevando adelante un proyecto junto al Museo de Calcos Ernesto de la Cárcova para montar un pequeño museo de esculturas en el barrio, a pedido de los chicos. Entre las piezas que estaba donando la institución, iban a mandar varios fragmentos del David, pero sólo llegaron a hacer un pie y justo fue ese.

2.

Tálata es poeta y performer, Antu es artista visual. Se conocieron en Belleza y Felicidad Fiorito en 2015 coordinando talleres de poesía y de artes visuales. Fueron tiempos de efervescencia y mucho aprendizaje. Ahí se amasó la amistad. Unos años más tarde Gonzalo Aguilar las convocó para armar Pre-Textos, un proyecto de talleres de arte en barrios populares bastante emparentado con las experiencias de Belleza y Felicidad Fiorito, que tiene un modo de trabajo preciso: articula con comedores, juegotecas y otros espacios comunitarios preexistentes, contribuye a la formación de referentas locales y trabaja con niños, niñas y adolescentes combinando la literatura con las actividades manuales en un juego de disociación. Los chicos construyen, pintan, arman cosas, mientras las profesoras les leen un cuento tradicional japonés, una poesía de Clarice Lispector, un cuento de Borges o un relato mapuche.

Parece que Doris Sommer, la creadora de esta metodología, se inspiró en la tradición de los lectores de tabaquerías cubanos, una práctica comunitaria que comienza en el siglo XIX en la que los trabajadores de las fábricas de habanos elegían a un compañero para que leyera en voz alta textos clásicos de la literatura universal mientras el resto armaba los cigarros artesanalmente. De ahí que las marcas más famosas de habanos cubanos tengan nombres como Romeo y Julieta o Montecristo.

En el caso de Pre-Textos cada proyecto es acompañado por un artista invitado (han participado Alan Courtis, Marcela Cabutti, Pablo Dacal, entre otros) y el trabajo se complementa con visitas a exposiciones.

La patota, Laguna – Jacoby – Museo de la Cárcova (2008)

La primera vez que vi a los grupos de Pre-Textos en acción fue en Arthaus visitando la muestra de Mondongo. Juliana Laffitte y Manuel Mendanha (Mondongo) estuvieron presentes hablando sobre sus procedimientos, sus motivaciones, respondiendo preguntas e invitando a los chicos a hacer sus propias producciones con plastilina, el mismo material que usan ellos en sus obras.

Me asombró lo que vi: en primer lugar, lo más superfluo, que artistas que están en la cresta de la ola fueran a compartir un tiempo de calidad con los chicos del taller en un espacio no instagrameable, del cual no iban a sacar ningún rédito promocional. Tal vez se habían quedado con cola de paja después del tremendo pifie que se mandaron cuando hicieron esa instalación en 2024 que replicaba una villa adentro del MALBA, en la que gente de doble apellido se sacaba selfies para postear en redes sociales. Por una cosa o por otra, lo cierto es que fueron.

Un quilombo muy bien encausado. Y en la actividad final, creando sus propios cuadros con plastilina, el grado de involucramiento que tenían con lo que estaban haciendo.

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En segundo lugar, y lo más importante, me sorprendió especialmente el desenvolvimiento del grupo. Cómo se organizaba el bullicio, la curiosidad alborotada con la que los chicos se acercaban a las obras, la inquietud de sus ojos, las ganas de hablar de lo que veían, las preguntas que hacían, los detalles que señalaban. Un quilombo muy bien encausado. Y en la actividad final, creando sus propios cuadros con plastilina, el grado de involucramiento que tenían con lo que estaban haciendo. Se notaba un trabajo de cercanía delicado y minucioso, años de acompañamiento en el juego de la indagación estética. Ese día toda la visita fue como por un tubo. Lío hubo, por supuesto, porque siempre que hay chicos hay griterío, estridencia, empujones. Pero más allá de los cuidados necesarios para preservar las obras, una no tendría por qué suponer que la conducta apropiada en un espacio de exhibición de artes visuales tenga que ser necesariamente sobria y discreta. Quiero decir, suena a que hay otras razones escondidas en el argumento de la conservación y el cuidado, que modelan el desenvolvimiento de los cuerpos en esos antros. Como si existiera una tensión implícita entre la conservación de una obra y la vitalidad de las fuerzas que despierta.

Visita de Pre-Textos a la muestra de Mondongo en Arthaus (2025)

3.

Los chicos entraron al MALBA rompiendo el silencio murmurante que reina generalmente en los museos. Les habían quedado las zapatillas un poco embarradas de la plaza y cuando caminaban iban esparciendo sobre el piso unas piedritas de tierra ya medio seca que llamaban bastante la atención. En seguida mandaron a un empleado de limpieza con un escobillón para barrer siguiendo los pasos del grupo. Los chicos del taller iban de acá para allá y el barredor barría acompasando el movimiento, aunque sin animosidad. Le habían encomendado esa tarea y podía cumplirla con la peor de las ondas, pero no le quedaba otra que hacerla. De modo que en muchos momentos la visita tuvo su escolta.

En la vereda las profesoras habían repartido papel y lápiz bajo la consigna de dibujar o anotar lo que les llamara la atención, pero se los hicieron dejar en la entrada, así que hubo que guardar todo en una bolsa a las apuradas. La tensión iba en aumento hasta que, en un momento, empezó a supurar por todos lados. Un chico que parecía haberse ensañado con el tipo que barría se puso a raspar las suelas de las zapatillas contra unos escalones, otros dos casi se agarran a piñas en la fila del baño, otro se empezó a sentir mal de la panza, como si en el juego de resistencias empezaran a saltarse todas las tuercas. Parecía que se destartalaba la carreta.

En el primer piso el clima se relajó y la muestra se impuso ¿Por qué se les ocurre que se llama “Mi corazón es un imán”? “Porque su corazón atrae muchas cosas”. “Porque se pega, se junta con todo el mundo”. Las profesoras preguntaban para expandir la mirada y contaban historias de primera mano sobre las piezas expuestas en esas salas. Unos chicos se fueron encima de unas casitas hechas con cajas de cartón, “Miren, como La casa del Asterión que hicimos nosotros”, les dijo Antu. Cuadros pintados sobre bandejas de mimbre, moños hechos con bolsas de nylon, sillas de caño con respaldos en forma de moño, caracoles, corazones con ojitos, algunos sonrientes, otros tristes. Parece todo sacado de una de esas películas de Disney de los cincuenta en las que los objetos cotidianos cobran vida, cantan y bailan, pero en una versión medio descosida. Con un dejo de ironía, pero sin sarcasmo.

La obra que desacraliza todo lo que toca se vuelve intocable cuando ingresa en una institución sacra.

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Una nena ya entrada en la pubertad, reconoció que en una obra los moños estaban hechos con esos paquetes blancos en los que vienen envueltas las toallitas. Moños íntimos. Otro nene le pidió un billete a la mamá para meter en una alcancía con forma de perrito. “Las obras no se tocan”, le dijeron inmediatamente desde atrás. Aunque todo en esas piezas (los materiales, las formas, los motivos, el universo poético en el que flotan) llama a meter el dedo. Obra anti-obra que, con su existencia material, desacraliza lo que toca, se vuelve intocable en esa vitrina invisible que la reviste cuando se inserta en una institución sacra.

Poderosa , Fernanda Laguna (1979)

Las salas dedicadas a Belleza y Felicidad Fiorito están en la planta baja, unos cuantos escalones bajo el nivel del mar. Al fondo a la derecha, en el mismo sector en el que se había emplazado tiempo atrás la villa de Mondongo. El grupo terminó la visita por ahí. Todo el alboroto llegó finalmente a esas salas cuyas paredes estaban llenas de fotos, carteles, banderas, pañuelos, pinturas, una tele con videos en loop, que daban cuenta de las performances, muestras, murales, desfiles y demás acciones realizadas en Fiorito. Había una maqueta a escala del barrio hecha en cerámica esmaltada, medio alucinada medio naturalista, que fue un furor. La vida cotidiana cristalizada en una miniatura de colores vidriosos: casas, habitaciones, guirnaldas, camas, ratoncitos y ratas enormes, gatos, la vereda, el carro. Personitas habitando el lugar. “Este señor está haciendo del número dos”, decía un nene de siete años con ventanita en los dientes. “A ver quiénes encuentran a las profes en las fotos”. Todos miraban, se reconocían en las formas de las cosas. Milagros, una mamá del grupo que coordina desde hace años la juegoteca del barrio, encontró a su prima Paola entre las fotos.

4.

Seguramente, si ese domingo en la entrada hubieran llamado a Constantini, él mismo hubiera ido en persona a recibir al grupo, se hubiera sacado una foto para redes y les habría regalado un catálogo para la juegoteca. Pero por algo él no atiende su quiosco. Posiblemente también si esos empleados que se resistían a que los chicos entren charlaran sobre el asunto tomándose un vermut, repudiarían la escena. Si hubiera estado la artista, les habría hecho una visita guiada y hubiera estado encantada de que el nene metiera un billete en el perrito alcancía. Es que las piezas sueltas funcionan de una forma, pero todo junto arma este dispositivo, que es mucho más que el acoplamiento de sus integrantes. Un artefacto vivo que otorga valor a las cosas e impone su propio orden. Más allá de los discursos que se puedan organizar con lo sucedido, lo cierto es que en la muestra de Fernanda Laguna se habla de los chicos de Fiorito, pero a estos chicos de Soldati no los quisieron dejar entrar. Y esta escena reabsorbe todos los sentidos de la muestra.

Pintura sin valor, fuera del mercado , Fernanda Laguna (2024)

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