Un momento...

08 de julio de 2026

08 de julio de 2026

17 de mayo de 2026

EN 44 AL FONDO CAE EL SOL

Martín E. Graziano

@martin.e.graciano (IG)
Cultura
Tiempo de lectura: 5 minutos

Si se te queda atascado un CD en el equipo del auto, mejor que sea uno de Dylan. Hace un año y pico, Ramiro García Morete estaba en un período de ostracismo o decepción o lo que sea que te haga dejar de cantar. No había banda. No había sello. No había nada. El baterista Juan Aló lo pasó a buscar en su camioneta y, aunque lo obligó a agarrar la guitarra, el plan era básicamente juntarse a comer. Aquello tenía poco que ver con la música. Pusieron un ejemplar de Together through life en el estéreo, manejaron por las calles de La Plata y cuando se estaban por despedir, advirtieron que el disco estaba atrapado. La suerte estaba sellada. No sólo sería la única música que Aló iba a escuchar mientras cruzaba la ciudad repartiendo garrafas sino que sería la única música que sonaría en esa camioneta mientras Los Misterios se formaban como banda. Juntos a través de la vida.

Poco a poco se fueron trasladando a los estudios Nakao y sumaron al resto de los comensales: Fran Cadierno (guitarra), Nahuel Acosta (teclados), Ponche Abraham (bajo), el Tano Peri (guitarra). No eran gente random. No eran NPC’s. Si vivís en esta ciudad y tenés una cantidad determinada de años, sabés que cada uno de esos tipos tiene su propio lore. Una foja de servicios más o menos robusta para el circuito. De manera que cada jueves se proponía un menú y, mientras García Morete se ponía a cocinar, dejaba un puñado de canciones en el medio de la sala. No sé qué comieron, pero sé qué tocaron. “Plaza Iraola”, por ejemplo: esa preconización del Principado de Tolosa. “La mejor”, “Buenos Aires”, etc. Todos esos temas sueltos que había reunido en aquel EP titulado La Plata o L.A. y que nadie tocaba en vivo. Supongo que, en el subtexto de aquellas primeras cenas, circulaba la idea de presentarlo. Nadie se esperaba una banda.

El primer gran problema que tiene la desaparición del disco es precisamente la pérdida de la experiencia. La música siempre está ahí, pero el objeto es un centro de gravitación.

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A fines del año pasado pude verlos en vivo en Casa Chicha, una sala ubicada en un primer piso de 15 y 61. El personal era garantía de competencia: algunos de los mejores músicos de rock de su generación reunidos alrededor de un compositor debidamente probado. Lo que me sorprendió, en todo caso, fue el grado de compromiso grupal. A cada lado del cantante, apostados bien al frente del escenario, Cadierno y Peri cantaban al unísono y metían guitarrazos en la escuela de Los Rodríguez. Como las grandes bandas de la Costa Oeste, los teclados filoanalógicos no estaban ocultos en la mezcla sino deslizados. García Morete, por su parte, estaba contenido. A diferencia de algunas de sus bandas anteriores, donde asumía otra clase de despliegue, ahora permanecía sujeto con disciplina al reclamo de cada canción. Lírica, física, vocal, musicalmente.

Unas semanas atrás me llegó la invitación para la preescucha del disco en Nakao. Por lo general no me gusta ir a esa clase de eventos. Como escribió Damián Damore en una nota para La Agenda, hay una suerte de coerción implícita en el aire: te estamos dando vino ni se te ocurra decir otra cosa que no sea ‘qué maravilla’. Pero esto era muy distinto. Ubicado en el primer piso del Conservatorio Gilardi, el estudio es como mi casa y para ser honestos me sentía involucrado en todo este asunto de Los Misterios. No me pregunten por qué. Así que llegué muy puntual, me recibieron en las escaleras y subí al estudio con mi amigo Seba Benedetti. Nos servimos –efectivamente- unos vasos de vino y picamos de la correspondiente tabla de quesos y fiambres. Los dips de baba ganoush y pasta de remolacha estaban tan ricos que ya estaba dispuesto a escribir que el disco era genial. Cinco estrellas en la Rolling Stone.

Apoyados en el alfeizar de la ventana, veíamos los autos que iban y venían por las rampas del distribuidor. Abajo, en los jardines del palacio, los armazones de metal dispuestos en círculo emitían su radiación neolítica. Todavía andaban un par de estudiantes con sus estuches de violines o guitarras o flautas. Sus conversaciones sobre horarios de cursada o partitas. A nuestra altura, la copa del pino más alto ocultaba la luna llena pero podíamos ver el resplandor abriéndose paso hacia el edificio. Apostado en uno de los vértices de Tolosa, el Conservatorio tiene algo de insular. Cualquiera se siente protegido: un poco voyeur del vértigo urbano. Estábamos en esas consideraciones cuando García Morete llamó a la sala. Ya era hora.

“¿No fueron acaso suficiente horas mirando YouTube?” Pero por supuesto, Ramiro. “¿Y dónde mierda está mi juventud?” Lo mismo me digo. El disco recién arrancaba y las primeras preguntas ya nos dejaban a todos en offside. Podíamos bajar la guardia, si es que alguna vez había estado alta. El debut de Los Misterios avanzaba lleno de cuestionamientos pero no todos estaban formulados en voz alta y por cierto ninguno daba nada por cerrado sino todo lo contrario. La banda suscribe a la escuela del rock & roll con swing y toca echada para atrás, con una pinta de júbilo. A veces García Morete apila palabras aliteradas y a toda velocidad como Shakira (“espero que no esperes que te espere como te esperaba antes”), pero el audio siempre está lleno de espacio. Uno escucha el sonido de batería de “Mi pequeña Rolling Stone” y quiere salir corriendo para agradecerle al productor (gracias, Ponche). Uno escucha el solo de “La libertad”, con ese flanger onda “Bajo la rambla”, y quiere estrechar la mano de su autor (gracias, Tano).

En mi caso, escuché todas estas canciones con una sonrisa. Cada tanto me incorporaba para tomar un trago o revisar algún verso en el programa de mano. A lo mejor cruzábamos un comentario, pero todos estábamos más bien callados. El primer gran problema que tiene la desaparición del disco es precisamente la pérdida de la experiencia. La música siempre está ahí, pero el objeto es un centro de gravitación: como el monolito de 2001: Odisea del Espacio. Armamos fiestas de lanzamiento y pre-escuchas y conciertos no solamente por razones publicitarias o para agarrar algo de guita sino porque somos personas y necesitamos reunirnos sin un puto celular de por medio. ¿Se acuerdan de eso? El segundo gran problema que tiene la desaparición del disco es que el objeto ya no está ahí para recordarnos la existencia de la música. Dos o tres meses después de la edición, yo me olvido de que existe el disco porque NO ESTÁ AHÍ. No está entre los muebles. No está en la habitación.

Cerca del final, cuando arrancó “Sobretodo marrón”, me incliné hacia adelante. La canción habla del perfume del ser amado en tu propia ropa sobre una melodía que arranca y frena y vuelve a empezar exactamente como funciona el duelo: un sacacorchos sobre tu corazón. Poco a poco la banda se va arremolinando en la tradición eléctrica de Pavement o Wilco porque, como todo el mundo sabe, la forma de resolver el asunto no tiene nada que ver con las palabras. Al otro lado de la habitación, Seba movía la patita y Marien miraba el cielorraso con su chaleco siberiano. Fran y Lu estaban tomados de la mano. Atrapé la lágrima justo antes de que cayera al piso. “Cuando no tengas nada más, inventa ceremonias”, dijo Cormac McCarthy. “E infúndeles vida”.

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