Un momento...

08 de julio de 2026

08 de julio de 2026

3 de mayo de 2026

CRÓNICA DE UN ABRAZO Y UNA EXPULSIÓN

Carlos Brigo

IG @carlos_brigo
Cultura
Tiempo de lectura: 4 minutos

Conocí a Charly cuando todavía no era Charly García. Fue en el Club Ducilo de Berazategui. Él era un pibito de 14 o 15 años a quien su madre llevaba algunos fines de semana; ahí se ponía a tocar la guitarra y a cantar junto a otro pibe, que era Nito Mestre. A mí me llamaba la atención esa guitarreada, algo totalmente inusual en un ámbito de prácticas deportivas. Como el deporte me importaba poco, cada vez que aparecían los músicos yo me rajaba a escucharlos, sentado con ellos sobre el pasto.

Unos años más tarde fui a ver un recital de Sui Generis al Teatro Roma de Avellaneda y ahí estaban: los pibitos del club eran Sui Generis. Y si viajo en el tiempo, después de innumerables conciertos y de las dos funciones de Adiós Sui Generis en el Luna Park —a las que entramos por derecha con mi amigo Pablo y nos colamos en la segunda, llego a la tarde del 10 de agosto de 1987.

Ese día, como fotógrafo del diario Crónica, me enviaron a esperar a Charly en Aeroparque, adonde llegaba desde Mendoza después de presentar Parte de la religión en un concierto accidentado. Le había mostrado el culo a un grupo que lo hostigaba y terminó detenido por la policía. Fue ahí cuando una oficial le gritó: «¡Yo soy la autoridad!», y él le escupió la frase que hoy es remera: «¿Y qué me importa? Yo soy un ídolo».

Crónica era un diario sensacionalista, de títulos que apelaban a una realidad paralela: sin ser verdad, tampoco se los podía acusar de mentirosos. Charly apareció en el salón de arribos con la edición del diario en la mano. Por costumbre, antes de gatillar, le pedí permiso.

—¿Y vos de qué diario sos? —me soltó.
—De Crónica.

Me sacó cagando. Me acusó de haberlo “cagado” con el título catástrofe de la quinta edición. Le respondí que yo apenas hacía las fotos, que no dependía de mí, y el tipo se ablandó: «Dale, hacé las fotos que quieras». Entonces me acerqué y le pregunté si recordaba cuando iba a Ducilo a cantar abajo de un árbol.

Charly se quedó desconcertado.

—¿Y vos cómo sabés eso?
—Porque yo era el pibito que se sentaba a unos metros a escucharlos.

Se volvió loco con el recuerdo. Me dio un abrazo, un beso y me invitó a su casa. Ese mediodía yo era el único fotógrafo en Aeroparque. Nos subimos al móvil del diario que nos llevaría a su departamento de la avenida Las Heras. Todavía me acuerdo de la cara del gallego Vigo, el chofer de Crónica, cuando vio que Charly García se subía a su auto.

Subimos a la casa. Estaban Charly, Samalea y el “Negro” García López. Mientras yo trataba de retratar aquel caos, sonó el portero eléctrico. Atendió Charly, me miró con el intercomunicador en la mano y me dijo que era (CB, sus iniciales, iguales a las mías) un fotógrafo de Clarín ; me preguntó si era un tipo copado como para permitirle subir. Le dije que sí, que era buena gente.

El colega entró y Charly, al verlo con su cámara, inmediatamente le pidió que nos sacara una foto juntos. Pero entonces el fotógrafo de Clarín también quiso su foto con el músico y me pidió que los retratara. Ahí se le terminó la paciencia a Charly.

—Ninguna foto con vos —le cortó el rostro—. ¿Vos quién sos? Sos un cholulo. Andate de mi casa.

Final. El hombre de Clarín tuvo que irse habiendo disparado una sola foto en esa breve estancia; una imagen que no le sirvió para el diario, sino para mandármela a mí, tiempo después, como el único recuerdo de aquel día.

Te quiero desde siempre, Charly.

Sale a la luz mi crónica de ese día, luego de haber recuperado las fotos, que estaban en poder de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, por haber sido donadas por la Editorial Sarmiento, editora del diario Crónica.

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