Un momento...

08 de julio de 2026

08 de julio de 2026

26 de abril de 2026

LA BELLEZA DE LA DUDA

Silvana Aiudi

@silvana.aiudi (IG)
Cultura
Tiempo de lectura: 4 minutos

A veces está en el deseo de muchos la aparición de un político honesto. Las diferentes imágenes nos vienen mostrando líderes que tienen algunas características que los hacen parecer honestos. Ser auténtico es una característica asociada a la honestidad. En tiempos en los que se premia la autenticidad sobre el deber, pareciera difícil separar las obligaciones y decisiones morales que debería cumplir un funcionario y las que efectivamente lleva a cabo y quedan justificadas por medio de lo auténtico. Cuanta más autenticidad proyecta un político, más transparente y verdadero es.

Hace tiempo que lo ético perdió lugar o al menos se volvió irrelevante. Un candidato es votable si se muestra verdadero: si baila, llora, canta, se emociona, se disfraza, aparece como un superhéroe en videos generados con IA, se quiebra, escucha voces e, incluso, apoya guerras. Así, se construye el liderazgo político: aquello que la sociedad y los valores éticos desearon se ven como fracaso y, hoy, resulta un obstáculo para nuestro florecimiento y crecimiento como país. Ahora, son otros los valores posibles y hay que sacrificarse para llegar al “sueño de progreso” que prometen los nuevos líderes de derecha llenos de autenticidad y supuesta verdad. A la autenticidad se le suma la intensidad en la performance política con un elemento central: el grito. Gana quien grita más fuerte.

Mariano De Santis tiene un diálogo consigo mismo constante, en su vejez, sobre el tiempo y la responsabilidad que tiene como funcionario en la toma de decisiones al final de su mandato. No es un santo digno de devoción, sino un presidente racional

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Un político responsable, serio, con valores éticos y morales parece ser un asunto utópico. Sin embargo, como ya ha pasado, el auxilio de la ficción puede proponer otras alternativas posibles para pensar la realidad. Algo así se atreve a soñar Paolo Sorrentino en la película La grazia. No es la primera vez que pone en sus películas protagonistas políticos, pero esta vez el enfoque narrativo es diferente. La búsqueda de Sorrentino se centra en la figura de un político prácticamente inexistente: el político honesto que toma decisiones progresistas.

En una Italia que parece vacía, Mariano De Santis es el presidente a punto de terminar su mandato, pero, ante todo, es un jurista que se debate frente a la toma de decisiones: la firma de un proyecto de ley de eutanasia que le preocupa y lo sitúa en un lugar incómodo. Mariano De Santis no grita, no hace consultas astrológicas, no recurre a la intensidad, no es basado. Mariano De Santis, vestido de traje y corbata, sobrio y sabio, piensa, habla con los demás, duda. Dos pedidos de indulto le agregan conflicto a la historia. En estas incertezas e indecisiones, el presidente es acompañado por su hija, también jurista; su mejor amiga crítica de arte, Coco; un amigo político, Ugo; y el Papa, con quien habla alejado de toda multitud. Y otras, enfrenta la mirada de personas completamente diferentes de él: personas que esperan en la cárcel poder visitar a sus seres queridos.

La palabra grazia en italiano tiene múltiples significados: puede ser misericordia, encanto, elegancia o favor divino. En la película de Sorrentino, la definición de la grazia es la que da el mismo presidente: “la belleza de la duda”. Mariano De Santis tiene un diálogo consigo mismo constante, en su vejez, sobre el tiempo y la responsabilidad que tiene como funcionario en la toma de decisiones al final de su mandato. No es un santo digno de devoción, sino un presidente racional.

La búsqueda de Sorrentino se centra en la figura de un político prácticamente inexistente: el político honesto que toma decisiones progresistas

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Esta imagen, que propone Sorrentino, dista de la espectacularidad de los presidentes de derecha actuales. Donald Trump, para cumplir el “sueño americano”, se encuentra fuera de toda moral: los gritos caracterizan a un líder que llama “basuras” a los inmigrantes, amenaza castigar con pena de muerte a congresistas por exponer con precisión las leyes de guerra, llama “cerdita” a una periodista, aparece como Jesucristo en un video hecho con IA. “El presidente Trump dice la verdad y las cosas como las ve”, reza un comunicado oficial que salió de la Casa Blanca.

Como marioneta de Trump, Javier Milei llegó a presidente mediante shows con una motosierra, no cumple leyes, grita misoginia y homofobia, aparece cantando y bailando en Israel, entre muchas otras cosas más. La escena política pareciera premiar la intensidad a la que la oposición, al menos nacional, redobla la apuesta con mayor radicalidad. Un giro católico y valores nacionalistas conservadores son la respuesta, la única salida que puede pensar la oposición, si es que existe. A la intensidad y autenticidad de la derecha, se le responde con la misma autenticidad e intensidad. Un binarismo de sentimientos que no presenta mucha alternativa más que una forma de hacer política a los gritos. Porque así se es “de verdad”.

Quizá nos cansemos de la intensidad y supuesta autenticidad de esta época como sentimientos positivos, dignos de resaltar, porque aparentemente tienen “algo de verdad”. Quizá, a contrapelo de este show off de moda, la salida política consista en recuperar algo de la racionalidad y la sabiduría en la toma de decisiones. La calma. Sin tarot, ni espiritualidad, mucho menos gritar. Simplemente, y es lo que Sorrentino de alguna manera sugiere, exista la posibilidad de un líder que cumpla leyes, tome decisiones progresistas y tenga, si es que eso todavía existe, valores éticos para dirigir una sociedad. Algo que, a esta altura, pareciera ser surrealismo puro.

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