Un momento...

02 de julio de 2026

02 de julio de 2026

21 de abril de 2026

PALOMA FABRYKANT, LAS ARTES MARCIALES Y LA FURIA DE LA ESCRITURA

Patricio Féminis

@PatricioFeminis
Entrevistas
Tiempo de lectura: 9 minutos

La periodista y narradora habla de Toda tu furia, la novela sobre una joven competidora de artes marciales e inspirada en su propia experiencia con el karate, el jiu-jitsu y las Artes Marciales Mixtas (MMA): “A mí me gusta competir mucho contra mí misma”.

A los 45 años, Paloma Fabrykant recorre el camino de las artes marciales con el cuerpo y con la escritura: recuerda con calma sus años de arduo entrenamiento en karate y jiu-jitsu -es cinturón negro de ambas disciplinas- y sus peleas en Artes Marciales Mixtas (MMA), el deporte de alto contacto que también relató como periodista. Y de su experiencia de lucha también brotó su nueva novela Toda tu furia (Planeta), sobre una chica, Lidia, que se entrega al karate y luego al jiu-jitsu tras una serie de excesos; afronta su drama familiar, compite en MMA y logra estados mentales y físicos que nunca soñó: busca la plenitud en Toda tu furia.

Paloma Fabrykant es hija de la escritora Ana María Shua y del fotógrafo Silvio Fabrykant; trabaja como guionista de humor en Bendita, en Canal 9, y recorrió un vasto camino en el periodismo, en la narrativa y en las artes marciales: publicó el manual MMA. Artes Marciales Mixtas (Ediciones B, 2015) y la novela Diario de Rosario (Orsai, 2024). ¿Qué secretos y vivencias en torno a las artes marciales debe atravesar Lidia, su personaje en Toda tu furia?

En los primeros capítulos ella es muy tímida y tiene kilos de más, y en busca de sí misma y de un destino para su vida vive oscuridades y revelaciones en fiestas nocturnas, con las drogas y con los hombres, y se encauza con el karate: halla su eje, el rigor y la disciplina. El desafío de poner el cuerpo -y despertar la mente- convivirá con el sufrimiento de su familia trabajadora y Lidia deberá ir tras sus grandes retos. Fabrykant describe y cuenta con plácida maestría el universo de las artes marciales y atrapa en cada escena. Toda tu furia, de 312 páginas, se lee con velocidad e impacto: despliega una historia de obsesión y aprendizaje.

¿Qué planeó Fabrykant? “Yo me propuse hacer un personaje diametralmente opuesto a mí -dice-. En el universo de las artes marciales conocí a muchísimas chicas, cada una con su historia y su vida completamente distinta. Yo conté la de una chica que tuviera una estructura familiar opuesta a la mía: yo poseo una familia muy unida. Y Lidia es huérfana de padre y parte de su estructura psíquica tiene que ver con su búsqueda. Las crisis que recorre son distintas a las mías, porque ella tiene una situación socioeconómica diferente y nunca consigue trabajo, pero el camino marcial que recorre es afín al mío”.

Fabrykant no tensa los puños al hablar. “Esta novela llegó en un momento de mucha paz y de mucha calma: de un estado que no creía que fuera a poder alcanzar. Hace unos años que me dieron el cinturón negro de jiu-jitsu y quizás después de eso vino como mi último furor. Pero nunca se sabe: por ahí a los 50 me dé un nuevo furor. Pero para el jiu-jitsu entrené todos los días a matarme hasta que se me rompió una rodilla. Después agarré una etapa de calma, y a mis 45 sé que ya no puedo pretender competir. Entonces tengo que entrar en una etapa de las artes marciales que tenga más que ver con la sabiduría, con alcanzar estados pacíficos, con el entendimiento y con alguna satisfacción del camino recorrido”.

Pero Lidia, su personaje, vive un tiempo distinto en Toda tu furia: “Sus principales etapas tienen que ver con los cambios de un arte marcial a otro -cuenta Fabrykant-. Son puntos de inflexión en su vida, así como las crisis familiares. Cada vez que Lidia encuentra un arte marcial nuevo, o le pasa algo a su hermano, tiene una crisis y atraviesa una barrera: eso lo que va construyendo al personaje”. Y hay algo central: “El karate le forma el espíritu, el carácter, con un sensei muy estricto con ese estilo de vida japonés súper ascético y austero”.

Ya para el final habrá afrontado demasiados golpes y su cuerpo deberá comenzar un nuevo aprendizaje. ¿Qué fue lo que más sorprendió a Fabrykant en el proceso de escritura? “Cuando decidí hacer el cambio a la segunda persona -revela-. Fue jugado de mi parte. Yo había escrito la novela en tercera persona del pasado, pero no me cerraba. Luego la pasé al presente, para que tuviera una cosa más vertiginosa, como en mi novela Diario de Rosario, pero seguía siendo una historia ajena. Entonces dije: ‘Que te pase a vos. Que le pase al lector’. Haberme animado a contarla en segunda persona fue lo más interesante, para mí”.

Yo me propuse hacer un personaje diametralmente opuesto a mí -dice-. En el universo de las artes marciales conocí a muchísimas chicas, cada una con su historia y su vida completamente distinta. Yo conté la de una chica que tuviera una estructura familiar opuesta a la mía: yo poseo una familia muy unida.

Compartir:

Y ahora eleva los puños al pensar en el proceso terminado: “Cuando escribo el texto estoy muy unida a él, pero cuando lo entrego no lo quiero ni leer. Ya ahí lo siento completamente ajeno. Me imagino que son etapas normales. Por ahí en unos años me vuelva a gustar”. Y una certeza recorre a Fabrykant: “El camino marcial de Lidia es parecido al mío. A mí el karate también me forjó el carácter. Yo aprendí en el karate a ser la persona que soy: a darme cuenta de que con esfuerzo, dedicación, compromiso y sacrificio podía lograr cualquier cosa. Eso me sirvió para tener una personalidad mucho más fuerte y armada”.

Lo pudo aplicar en sus proyectos laborales, en sus viajes, en sus transmisiones de MMA y en su escritura: el karate respira en sus desafíos cotidianos. ¿Y el jiu-jitsu? “Es la realidad de la confrontación física real. El karate es clave para el espíritu y para autosuperarse, pero para el combate real está el jiu-jitsu -sabe Fabrykant-. Otro deporte que yo hice fue lucha olímpica, y eso me dio aire, fuerza y sentimiento de potencia física”. ¿Se siente competitiva? “De base lo soy, porque, de tres hermanas, yo soy la del medio. Ellas son mujeres exitosas y siempre es difícil destacar cuando una es la mayor, otra es la menor y vos estás en el medio”.

Esa realidad forjó su personalidad competitiva, pero no la volvió implacable en los combates. “A mí me gusta competir mucho contra mí misma -dice Fabrykant-, incluso al entrenar más que otra persona y al sacrificarme más, pero yo nunca disfruté del combate en sí. Siempre me faltó agresividad a la hora de entrar a la jaula de MMA: nunca le quise pegar a la tipa que tenía delante. Yo hice dos años y pico de carrera profesional, entre 2012 y 2014, y todo ese tiempo fue de una intensidad constante, porque ahí sí que me gané la vida con las artes marciales. Pero era vivir con un cansancio crónico, con lesiones crónicas, con dolores todo el tiempo y altísima exigencia. Era otra época, en la que las MMA no eran tan reconocidas acá”.

Y que hubiera combatientes femeninas era visto como algo muy lejano. “Hoy hay mujeres argentinas en Ultimate Fighting Championship (UFC), la mayor empresa de MMA en el mundo -cuenta Fabrykant-. Todo evolucionó muy rápido. Pero en ese entonces yo decidí tomarme un break en mi vida: colgué el periodismo de investigación y otras cosas para dedicarme dos años completos a las MMA”. Así también se ve a sí misma hoy: “Hace veinte años que soy una activista de este deporte y sé que a la gente, en Argentina, no le gusta, porque se lo ve como muy violento”.

Hubo un momento “en el que pareció que andaba mejor, cuando tuve un programa de televisión en Space -evoca-. Yo ya llevaba años escribiendo sobre temáticas sociales y marginales, y, a la par, siempre que tenía un lugarcito en los medios metía algo sobre las Artes Marciales Mixtas. Hacía un trabajo de hormiga, y cuando empezó aquel programa, en 2010, pensamos que iba a andar, pero estuvo un tiempo y no anduvo. Las MMA nunca pudieron salir de la estigmatización, de la demonización. Por ejemplo, la gente no entiende el jiu-jitsu ni la pelea en el piso: no entiende quién está ganando y quién está perdiendo”.

Cuando ella comentaba peleas logró un nicho duro de personas a las cuales les transmitió su fascinación por las MMA. “Pero siguen siendo un par de miles contra millones a las que no les gusta”, asume Fabrykant. Y vibra recordando los momentos de mayor adrenalina en las peleas: “Cuando dicen tu nombre y tenés que caminar por una pasarela, con una canción. Yo fantaseaba mucho más con la caminata por la pasarela que con la pelea en sí. Llegás a la jaula, te ponen vaselina en la cara y entrás. Hay gente que hace un movimiento de cábala, que toca el piso o da un salto: creo que esos son los instantes de máxima adrenalina”.

¿Y sus momentos cúlmine con las MMA? “Son muchísimos. La felicidad y la plenitud durante el entrenamiento, o estar corriendo con un equipo, hacer un trote regenerativo, mirar la luna y decir ‘soy feliz’. Estar en la jaula y que te levanten el brazo, o dar una vuelta al entrar en la jaula. Hacer un trotecito con el brazo en alto era un momento de mucha satisfacción”. Y dice que nunca bajó los brazos al entrenar: “Eso siempre me gustó mucho. Yo disfruté de cumplir a rajatabla cada entrenamiento y cada minuto. De seguir aunque estuviera cansadísima. De hecho, tenía muy buena asimilación del castigo: podía bancar las piñas, los sofocos, las asfixiadas. Pero lo que más me costaba era lastimar a otra persona”.

A mí el karate también me forjó el carácter. Yo aprendí en el karate a ser la persona que soy: a darme cuenta de que con esfuerzo, dedicación, compromiso y sacrificio podía lograr cualquier cosa. Eso me sirvió para tener una personalidad mucho más fuerte y armada”.

Compartir:

Los puños en alto no estaban para matar. “Tenés que tener un poquito de ganas de hacerle daño al otro. En realidad, vos tendrías que probar toda la efectividad de tus artes marciales en un momento de vida o muerte -concibe Fabrykant-. Pero si tenés la suerte de no tenerlo, ahí tenés la jaula. Aunque no se puede realmente extrapolar la sensación de pelear por tu vida -porque estás sufriendo un ataque real- a la deportista que tenés enfrente y que en el fondo no te hizo nada. En realidad, le tenés admiración porque es una atleta como vos. Yo hice como seis peleas y en una sola no la pasé mal por tener que pegarle a otra persona”.

¿Qué ocurrió ahí? “Yo peleaba en eventos muy chicos, muy clandestinos, en las provincias, y la organización de aquel, que fue en Catamarca, me hizo enojar porque nada estaba bien organizado. Me decían ‘calentá que salís’ y después no salía. Yo había cumplido bien el horario, también mis entrenamientos, di el peso exacto en la balanza y tenía la ropa perfecta, pero todo se demoraba. Así que salí a pelear enojada y fue muy distinto: algo hermoso. Hasta al árbitro le quería pegar. Yo pensaba: ‘Loco, me están faltando el respeto’. Y ésa fue mi mejor pelea. Desde ya, la gané”. Lo cuenta y le brillan los ojos celestes.

Hoy, con tanta exigencia corporal y sacrificio, Fabrykant ve una filosofía posible en el jiu-jitsu: “Tiene que ver con la solemnidad y con tirar por la borda un montón de solemnidades y de falsas magias de otras artes marciales -dice-. El jiu-jitsu inventa la jaula y las MMA. Te dice: ‘Nosotros hacemos esto porque anda, yo lo uno a mi sistema y sigo adelante’. Es la realidad pura. Esa es la filosofía del jiu-jitsu: dejar de lado toda la mentira e ir por la máxima efectividad de lo que de verdad te va a salvar la vida”. Y no sólo están los puños: “Entre mis técnicas preferidas yo me quedo con el mataleón y con la llave de brazo. Con esas dos gané en jaula y sigo ganando mis luchas hoy en día”.

¿Cómo son? “El mataleón es una estrangulación sanguínea aplicada desde la espalda y la llave de brazo es una técnica de sumisión que se ejecuta aislando el brazo del oponente, controlando su postura y aplicando presión con la cadera contra el codo: es la palanca perfecta”, sonríe Fabrykant. Pero ella no se ve como una maestra de las artes marciales. “Sí como practicante. No me atrae tanto la docencia y, sobre todo, sigo siendo recontra adicta al laburo: tengo mi trabajo presencial en Bendita, en Canal 9, y varias changas. No puedo tener el tiempo que requiere la docencia de un arte marcial. Eso requiere mucho compromiso”.

Fabrykant también ve qué le quedó pendiente en su otro sendero personal: el periodismo. “Ser corresponsal de guerra era uno de mis sueños. Me hubiera encantado cubrir un conflicto armado -dice-. Yo tengo ocho cursos de corresponsal de guerra y siempre laburé sobre zonas hostiles. Mi novela Diario de Rosario habla un poco de eso, pero nunca estuve en una guerra”. Y vuelve a su última labor cumplida: la novela Toda tu furia. “Yo había escrito un epílogo en el que contaba cómo termina la protagonista, pero todo el mundo me dijo ‘borrá eso, es innecesario’. Así que toda la gracia está en el final que elegí para mi novela. En un punto, ahí Lidia consigue lo que siempre buscó. Y eso no se puede explicar”.

Entrevistas