Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

13 de febrero de 2026

NUEVA IGLESIA DE LA SOLEDAD

Cynthia Berguier

Cultura
Tiempo de lectura: 9 minutos

“Se bien…

Que adoro la luz

sólo si no me ofrece esperanza”

Pier Paolo Pasolini

1.

Es casi lo primero que hacemos. Después de abrir los ojos, de situarnos en nuestro cuerpo tendido, de volver a sentir su tenor, apenas después de escanear el espacio con la mirada para chequear en dónde estamos, ahí mismo, mientras vamos restituyendo nuestro mapa de realidad, mientras advertimos que una vez más empieza el día, otro día, que ya estamos de vuelta en el mundo de los cinco sentidos, del trabajo, de los hijos, del desayuno y las cuentas por pagar ¿Qué hora es? Manoteamos el celular porque para terminar de aterrizar necesitamos situarnos en el tiempo, y como colándose en ese ademán, así recién despiertos, con los ojos todavía pegoteados, somos asaltados por su luz. Fiat Lux. Imágenes de luz que nos bañan. Nuestra manera de verificar también ese otro mundo, que no es el sueño, pero tampoco el cuerpo tendido. El mundo de las imágenes lumínicas organizadas como ventana a un supuesto afuera, que no es tal. En el verdadero afuera está en el cuerpo en la cama, la sábana húmeda de transpiración, el ventilador de techo, el motor de la heladera que suena a lo lejos como nota pedal. Y más allá la vereda, la calle, los autos, el sistema solar. Tampoco es interno, porque de existir algo así como “el mundo interior” podríamos decir que es precisamente ese que acabamos de abandonar: el sueño. O bien las vísceras, que revelan un interior absolutamente cierto con su sonido despertador.

Las imágenes lumínicas configuran una especie de mundo suprasensible. Otro, pero que se alimenta de éste. Fantasía de no ficción. Un mundo de luces de colores con las que se componen formas que nos representan. Un mundo en el que también vivimos, intervenimos, ganamos plata, perdemos plata, nos entretenemos, miramos, nos mostramos y chequeamos los efectos de nuestra exhibición. Y como el motor de la heladera al que nuestra atención decide progresivamente dejar de considerar de manera diferenciada para no volverse loca y lo incorpora como parte de la atmósfera, ese mundo de imágenes de luz también deja de ser percibido como otro y se funde silenciosamente con este. Pero en algún lugar recóndito de nuestro entendimiento todos sabemos que es puro espejismo, imágenes que nos reflejan engrupidos, que nos ofrecen imposibles, Trapalanda, tierra prometida, promesa incumplida desde el vamos. Olimpo de dioses sin milagro. Esperanza vana de belleza y felicidad.

Vitral de los alfareros, Catedral de Chartres. S XII

Pero más allá de las formas ideales que componen, las imágenes de luz tienen un poder específico en el modo en que entramos en contacto con ellas. Por un lado, la interacción que se genera por las funciones que habilita el celular (scrollear, likear, editar una foto, ponerla a circular), por otro, la interacción de la luz con nuestro cuerpo. La luz apunta directo a la cara y entra por la pupila como flecha, sin interrupción ni rebote. La imagen de luz nos ilumina el cuerpo, lo pinta con sus colores iridiscentes, lo hace visible para otros rompiendo la oscuridad.

Cuando apareció la tele, se privatizó la pantalla. Se puso en el interior de la casa, justamente en el centro del hogar. Muchos autores reparan en esto analizando la función subjetivante de este artefacto. El espectáculo público pasó al ámbito privado, al que se asiste sólo apretando un botón

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2.

En el siglo XII se empezaron a construir catedrales en Francia con una nueva tecnología arquitectónica que dotaba al edificio de una estructura para soportar la carga. Hasta entonces, las grandes construcciones se levantaban sostenidas por paredes gruesísimas y pesadas, paredes portantes en las que podían hacerse muy pocas perforaciones para la entrada de luz. Lo que generaba interiores oscuros, fríos y húmedos. Pero hacia el siglo XII, se desarrolló esta nueva tecnología en la que un sistema de columnas, arbotantes y contrafuertes sostenían el peso. Entonces se liberó a los muros de la función portante, por lo que pudieron abrirse en las paredes ventanales enormes. Las catedrales góticas y sus vitrales. Porque en toda superficie medianamente plana los seres humanos tendemos a plantar imágenes. Entonces los ventanales de las catedrales se convirtieron en grandes cuadros translúcidos compuestos con vidrios de colores, en los que se representaban mayormente temas bíblicos, aunque no solamente. También se representaban a los donantes, como por ejemplo los gremios de los carpinteros, de los alfareros y de los zapateros, en los vitrales de la Catedral de Chartres, entre tantos otros casos.

El asunto es que esas imágenes eran luminosas, se encendían con la luz del sol y se apagaban en el ocaso. Los vitrales de las catedrales góticas configuraban imágenes iluminadas e iluminantes. Los fieles, habitantes de las incipientes ciudadelas medievales, entraban en la catedral gótica y eran asaltados por la luz de esas imágenes, máquinas de luz y fantasía. Imágenes que estaban ahí afuera, pero apuntaban sobre ellos, iban a buscarlos, los atrapaban y bañaban de colores sus cuerpos. Imágenes bidimensionales, figurativas, que recreaban otro mundo, representándolo, pero que se vertían sobre este, coloreando pieles y ropas, recordándoles a los fieles su existencia corpórea. Una experiencia incandescente, abrasadora y vibrante, para los habitantes de un tiempo opaco, de piedra y palo.

Retrato del Abad Suger, Saint Denis, SXII

“La idea de Dios como luz venía de lejanas tradiciones”, dice Umberto Eco en Arte y Belleza en la estética medieval. “Desde el Bel semítico, desde el Ra egipcio, desde el Ahura Mazada iraní, todos personificaciones del sol o de la benéfica acción de la luz, hasta, naturalmente, el platónico sol de las ideas, el Bien.”. Y cuenta cómo esas tradiciones se fueron introduciendo en el cristianismo primero con el neoplatonismo y definitivamente con San Agustín, en una dirección siempre creciente. Entonces los vitrales que representaban una escena sagrada, lo hacían colmados de luz, o sea de Dios. La luz salía de esas imágenes gigantescas hacia esos fieles. Era emanación divina. La escena sagrada era representada, pero también era luz realmente existente, cuyos efectos se veían en los cuerpos coloreados por ella. Imagen religiosa, luz divina y cuerpo, todo en un solo acontecimiento estético y extático.

Cielo y consuelo iluminado es el nombre de la conversación íntima con nuestro dispositivo, que sabe todo sin que tengamos que confesar, y nos acepta igual

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El primer gran impulsor de estas empresas arquitectónicas fue el abad Suger, de la catedral de Saint Denis, que promovió, diseñó y consiguió financiación para la remodelación de su iglesia siendo la primera que puso en acción todos los procedimientos de la arquitectura gótica, cuyas innovaciones estaban pensadas para sostener el peso, ganar altura y permitir que se abran esos ventanales gigantescos. La catedral gótica se despliega en torno a sus ventanales, todo está construido para ellos. Y dado que Suger era un humanista temprano, cultor de la belleza del color, de los objetos preciosos y de la religiosidad como experiencia estética, podemos pensar que introducir esos vitrales en su iglesia era su principal afán. En sus Versículli dice sobre su iglesia de Saint Denis:

“Brilla la sala iluminada en el centro.

Brilla pues lo que brillantemente se une a lo que ilumina

y lo que una nueva luz inunda, brilla como noble obra”

Los vitrales de las catedrales góticas podrían tomarse como los primeros antecedentes de las imágenes de luz, muchos siglos antes que el cine (que es luz proyectada en la pantalla y que llega al espectador por rebote), que el televisor y que el celular.

Vitrales Saint Denis, S XII

3.

El cine es espectáculo colectivo. Comparte esa característica con el teatro. Los espectadores se reúnen en un mismo espacio y viven colectivamente las emociones que esa pantalla les produce. Se ríen todos juntos en una comedia, se asustan todos juntos en una de terror, se conmueven, lloran, se limpian los mocos todos juntos. Cuenta José Pablo Feinman en su historia del peronismo que un día de 1974, de viaje en Córdoba, fue a ver una película de la Coca Sarli. El cine estaba repleto de trabajadores de una fábrica que acababan de terminar su jornada. Feinman describe cómo los tipos le gritaban a la pantalla entre carcajadas: “¡es puta nomás, ganas de coger tiene!”, refiriéndose al personaje principal, una mujer ninfómana cuyo marido llevaba al médico para intentar curarla. La destinataria de los gritos claramente no era la Coca, que no estaba ahí, sino los otros espectadores, la intención era compartir los estruendos entre ellos.

Cuando apareció la tele, se privatizó la pantalla. Se puso en el interior de la casa, justamente en el centro del hogar. Muchos autores reparan en esto analizando la función subjetivante de este artefacto. El espectáculo público pasó al ámbito privado, al que se asiste sólo apretando un botón. Y miramos con otros, sí, pero no con cualquiera, miramos con los miembros de la familia. Mirar con otros cualquiera es un modo del anonimato. En cambio, ver una película, una serie o noticias con papá, mamá o los hijos, tiene otras implicancias. Es un público reducido y regido por el organigrama familiar, por los valores (y censuras) de la moral familiar. Espectáculo privado y a la vez simultáneo (sucede en todas las casas al mismo tiempo).

Excavaciones del pozo de la basura, casa San Telmo, S XIX

Algunas familias empezaron a tener más de un artefacto por casa. Entonces comenzó otra tradición: la tele en el cuarto. Esa pantalla privada que emitía imágenes de luz podía ser también un dispositivo íntimo. Hasta que finalmente apareció el celular, y progresivamente se fue transformando en una computadora con conexión a internet, cámara de fotos y video, y pantalla para reproducir piezas audiovisuales. Una pantalla definitivamente personal, íntima. Entonces lo que había empezado como una pantalla pública con el cine, dio lugar a una pantalla privada con la tele, para finalmente dar lugar a la aparición de una pantalla íntima con los celulares.

Hace algunos años, el arqueólogo urbano Daniel Schavelzon, excavando con su equipo en el pozo de la basura de una casa de San Telmo del siglo XIX, encontró unas piezas de porcelana llamadas “litofanías”. Se trata de unas placas muy finitas, de unos pocos milímetros, que tienen grabado en bajorrelieve distintas imágenes. La placa grabada queda tan delgada que se vuelve translúcida. Esas piezas de porcelana, entonces, se ponen contra la luz, dejando que la luz las atraviese para poder así visualizar la imagen. Esa misma luz divina que encendía los vitrales de las catedrales góticas es la que tiene que pasar a través de estas placas para que la imagen aparezca en todo su esplendor, iluminando la cara de quien la mira.

“La idea de Dios como luz venía de lejanas tradiciones”, dice Umberto Eco en Arte y Belleza en la estética medieval. “Desde el Bel semítico, desde el Ra egipcio, desde el Ahura Mazada iraní, todos personificaciones del sol o de la benéfica acción de la luz, hasta, naturalmente, el platónico sol de las ideas, el Bien.”

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Esta técnica de producción industrial de imágenes tuvo muy poca vida útil. Comenzó a principios del s XIX y terminó bastante antes que el siglo, cuando la fotografía la suplantó con su automatismo mágico. Se trataba de piezas chicas, muchas de ellas cabían en una mano, como la pantalla del celular y tenían una función de visionado individual. Otras eran un poco más grandes y se usaban como fanales para ponerle una vela adentro que al flamear, además de encender a la imagen, le daba una sensación de movimiento.

La palabra “litofanía”, dice Schávelzon, viene de “litho”: piedra y “phaidon”: aparecer, que aparece. Como una pantalla de piedra en la que las imágenes aparecen y desaparecen. Se encienden y se apagan. Cuando la luz no atraviesa la placa, es muy difícil distinguir el motivo del bajorrelieve. Sin luz, la imagen se esconde en su artefacto. Con luz, la imagen emerge e ilumina a quien la mira.

Litofanía erótica, s XIX, sin luz y con luz, respectivamente.

Pero las litofanías que encontró Schavelzon tenían una particularidad: representaban escenas sexuales. Por eso habían sido tiradas al pozo de la basura, el archivo de la vergüenza. Las placas no tenían firma ni del autor ni de la fábrica, lo que hace deducir a Schavelzon que se trataba de piezas prohibidas (como casi toda la pornográfica de la época). Muy probablemente hayan pertenecido al dueño de casa, al patriarca de la familia, que murió pocos años antes de que se cerrara el pozo. Es posible que en ese momento en el que una entra en la habitación de un familiar que acaba de morir obligada a revisar sus cosas, vulnerando su intimidad con el pase libre de la ausencia eterna, la viuda se hubiera encontrado con esas piezas en algún cajón del escritorio. Es posible también que hubiera imaginado la cara de su marido mojada de luz, mirando esa pantalla de porcelana explotando de goce clandestino, con una mueca de placer desconocida por ella a fuerza de olvido, y que en un acto de espanto decoroso, guardiana de su memoria honorable, las hubiera tirado a la basura, papelera de reciclaje, borrar el historial.

4.

Las imágenes de luz que hoy nos alumbran desde que abrimos los ojos hasta que resbalamos al sueño vienen desde lejos y han cumplido distintas funciones. Desde alucinar a comerciantes y artesanos medievales, poseedores de una austera cultura visual, prometiéndoles cielo y redención en las alturas de las catedrales; hasta excitar a escondidas a un buen dueño de casa del siglo XIX, para terminar en las profundidades del pozo de la basura.

Pero hoy no es el dios del sol el que atraviesa superficies translúcidas y baña con imágenes de luz las caras ávidas de sensaciones. Hoy es un dios más eficiente, hecho de circuitos y funciones matemáticas, pantalla y algoritmo. Un dios personal, que tiene registro de todo y ofrece tentaciones y salvaciones a demanda. Sabe cómo sos y en ese saberte subraya la tendencia que dibujan tus hábitos y decisiones. Conoce tu lupita de instagram, el historial del modo incógnito del buscador, el archivo secreto de los mensajes eliminados. Cielo y consuelo iluminado es el nombre de la conversación íntima con nuestro dispositivo, que sabe todo sin que tengamos que confesar, y nos acepta igual. Efectividad total, premio y castigo, culpa y gracia. Nueva iglesia de la soledad.

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