Un momento...

28 de julio de 2026

28 de julio de 2026

14 de diciembre de 2025

CAMBIO DE ÉPOCA

Juan Martinez Olguín

@jjmartinezol
Política
Tiempo de lectura: 9 minutos

Se siente. Se percibe. Algo hay en el aire. Quizás sea que vuelve el ritual siempre sagrado, en el doble sentido de la palabra, de religioso y de ritual “de culto”, que marca el fin de año de todas ─o casi─ todas las mesas de los y las argentinas: “las fiestas”, las reuniones familiares con cena incluida, de Navidad y Año Nuevo. Y con ellas, claro, brota esa cierta stimmung, esa cierta disposición afectiva al balance, a la puesta en perspectiva, a mirar hacia atrás para ver cómo nos fue en los últimos 12 meses en los que dejamos otro poco más de nuestro tiempo de vida. Y el año que viene pasando, permítaseme la arrogancia, fue malo. Fue muy malo. Pero fue malo, malísimo, no porque haya habido algún resultado electoral, futbolístico o lúdico (no perdí la lotería) que lo defina de ese modo, digamos, tan claro: que fue un año muy malo. Podría entonces usted, lector, objetarme algo relativamente obvio y evidente: “habrá sido, para usted, un mal año”. Pero resulta que no hay nada en particular en mi vida personal que haya hecho que este año haya sido tan malo. Digo: hubo muchas situaciones que a lo largo del año me pusieron en alguna situación complicada, desde los recortes presupuestarios en el sector en el que trabajo, pasando por la pérdida irreparable de más de un colega y ser querido, como Emilio de Ípola y Juliana Marcús, hasta algunas inclemencias de mi propia salud, que se repiten con cierta frecuencia desde hace ya varios años.

¿Cómo medir entonces, en este fin de año, ese “malo” que para mí define tan claro a este año? Bueno, empecemos por ciertos datos que saltan a la vista tan pronto levantamos la mirada y dejamos de lado nuestro ego, ese “yo” desde el cual muy a pesar de nosotros todo lo miramos: el mundo se viene sumergiendo, muy a pesar de los “cantos de sirena” de una paz inminente que se acerca de la mano del New King Donald Trump y sus huestes de turno: Marco Rubio, Scott Bessent y compañía, en una ola creciente de conflictos bélicos de facto y potenciales. En el aire se respira, en parte, ese halo significante que recubre los tiempos de guerra: Israel sigue avanzando sobre Gaza a costa de una población sumergida en una total crisis humanitaria y sobre la base de acuerdos endebles y “alto el fuego” interrumpidos una y otra vez por cada lado de la línea de fuego, justamente. Pero allí está Netanyahu, ese criminal de guerra hecho de hierro oxidado que levanta una y otra vez una promesa que ni su propia vocación criminal pudo todavía volver realidad: terminar con el grupo terrorista Hamas, ese otro grupo criminal de guerra perfecto para su contracara, el premier israelí.

Pero aquí, y usted lector lo sabe, aquí no acaba la cosa. Resulta que ese otro criminal de guerra, al que el “nuevo abanderado de la paz” Donald Trump tanto “estima” parece le tuviera, o al menos con el cual tiene un diálogo siempre “tan honesto y sincero”, Vladimir Putin, anda también algo “basado” y mientras el primero sigue anunciado el acuerdo inminente entre partes, el segundo sigue bombardeando y asediando a la capital ucraniana y sus alrededores. Y mientras tanto, porque siempre hay un mientras tanto, The New King Trump también hace de la suyas: comenzó un inédito y peligroso despliegue militar cerca de las costas venezolanas, militarizando e importando “el clima de guerra” que hace de este año un año tan malo para América Latina: como si tuviéramos pocas cosas de la que ocuparnos. Entiendo que nuevamente un lector precavido podría enumerarme las tantas y muy legítimas razones para que el dictador Nicolás Maduro deje el poder en manos de una Venezuela democrática. Pero si la solución a Maduro es una incursión militar, es decir invadir Venezuela, permítaseme nuevamente la arrogancia: pero es la peor idea. Nada peor para una mala situación o problema que una salida o solución aún peor.

Y eso que todavía, y eso que todavía, no revisamos ni hicimos el balance del escenario local, que no sufre de guerras ni de enfrentamientos bélicos pero sufre de un dólar inquieto, de mercados volátiles y de salarios y de una actividad económica que andan por el subsuelo del último piso del infierno. “¿Cómo está la cosa?”, me pregunta mi viejo cada vez que lo veo. “La cosa está difícil”, se responde a él mismo en una exacta secuencia cinematográfica que se reproduce una y otra vez desde hace rato. Y eso que mi viejo no cayó del lado de los “desgraciados” de la Revolución Libertaria. Mi viejo no es “casta”. Atento como siempre, sin embargo, otra vez el lector podrá ahora hacerme esa objeción tan justa y necesaria que se devela sola: pero el oficialismo ganó las elecciones, no importa cuál sea el signo político que cada cual profese, eso es al menos un dato positivo: el gobierno ganó algo de músculo político, cierto horizonte de confianza, sumó, en una palabra, gobernabilidad o gobernanza, como le dicen ahora los especialistas de los grandes medios y las redes sociales. Esencial para lograr cierta estabilidad cambiaria. Pero justamente ese es el problema: no el de la estabilidad cambiaria, claro, sino el de la posibilidad de encontrarnos ahora con un gobierno que recuperó poder de fuego frente a un adversario (frente a su principal adversario, el peronismo) atravesado por el “rayo estupidizador” de la rosca, la rencilla política, la interna por la conservación del poder y por la detentación de un nuevo liderazgo, es decir: debilitado y fragmentado. Y allí, por supuesto, está Cristina, que repleta de causas penales cargadas en su espalda, y como si ellas no le pesaran, se entretiene entre visita y visita en la prisión domiciliaria, arrojando señales claras: no tiene ni pretende largar “el mando” de mariscal que alguna vez paradójicamente motivó a sus leales a tomarlo. Como una roca que se encastra en el engranaje de una máquina, la expresidenta es hoy el obstáculo político más importante que tiene el peronismo para renovar su repertorio de ideas y de dirigentes. Porque de eso se trata, en política, de renovar ideas y de renovar al mismo tiempo las personas que son llamadas a encarnarlas. Eso que es tan simple e importante es la democracia misma: nadie está llamando aquí pisotear o discutir la importancia que tiene Cristina Kirchner al interior de su propio movimiento. Se está llamando, y óigase bien, a desplegar todas las virtudes de la vida democrática, y eso cuenta para la vida interna de los propios partidos políticos, inclusive del partido político del que ella misma es presidenta.

Porque de eso se trata, en política, de renovar ideas y de renovar al mismo tiempo las personas que son llamadas a encarnarlas. Eso que es tan simple e importante es la democracia misma.

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Todo esto ya condensa, por si al lector le pareciera poco, eso que se respira en el aire: malestar, incertidumbre, agotamiento, miedo, odio. Porque, aunque el más osado lo quisiera, nadie puede escapar al malestar, la incertidumbre, el agotamiento, el miedo y el odio que producen los acontecimientos que caracterizan a determinadas épocas, como particularmente azotan a la nuestra, y que supuran por los poros de los vínculos sociales hasta cubrirlos del todo. Freud hablaba, no por azar, de El malestar en la cultura, para justamente impregnar a su teoría de este modo en el que la vida social sobredetermina la vida personal: los miedos, las dudas, el malestar que nos atormentan en el cuidado y más íntimo silencio que escuchamos cuando cerramos los ojos al apoyar la cabeza en la almohada para darle la bienvenida a un nuevo día.

Me temo, sin embargo, que esto es apenas el comienzo. Digo el comienzo de algo más grande. De algo más grande que por supuesto nos toca de lleno, porque en algún sentido la experiencia libertaria es un “experimento a cielo abierto” de lo más denso y concentrado de este comienzo y de esta, permítaseme anticiparlo, nueva ápoca, pero que es bastante más grande y generalizado que lo que, con sus particularidades y singularidades propias, sucede en nuestro país y en este corto lapso de dos años que gobierna el partido libertario. Por supuesto que es difícil pensar el comienzo de este cambio de época, del comienzo de esta nueva época, porque en primer lugar es ya difícil sino imposible pensar el comienzo en sí mismo (el filósofo francés Jacques Derrida hizo de la reflexión a propósito de esto último un bellísimo pensamiento, en efecto). Pero volvamos nuevamente a abusar de la postura arrogante que habilita a quien escribe, que “somete” a quien lee a lo que dice, y permítaseme esbozar mi hipótesis: yo ubicaría este comienzo allá por principios de 2001, en el inicio del nuevo siglo, más exactamente con ese hecho fundamental y decisivo que cambió la historia para siempre: el atentado del 11 de septiembre a las Torres Gemelas en Estados Unidos. A partir de ese momento, con el inicio de la “guerra contra el Terrorismo” o “contra el Terror”, comenzó a gestarse una gramática política global del Mal que, sucesivamente, se fue desplazando del discurso público hacia distintos colectivos: desde su inicial embestida contra el Mal terrorista, exterior a la sociedad, sobre todo de las democracias occidentales centrales, hacia el Mal expresado en figuras distintas según las condiciones sociales y culturales de su enunciación política, pero con un cambio decisivo con respecto a la economía discursiva del Mal terrorista: ese Mal fue identificado como interior a la sociedad (inmigrantes, colectivos específicos como musulmanes, negros, etc. en Europa y Estados Unidos, por ejemplo, pero empleados estatales, personalidades de la cultura, científicos, políticos tradicionales, etc., tienen su figura bien delimitada en la “casta” del discurso libertario en Argentina, sin ir más lejos).

Freud hablaba, no por azar, de El malestar en la cultura, para justamente impregnar a su teoría de este modo en el que la vida social sobredetermina la vida personal: los miedos, las dudas, el malestar que nos atormentan en el cuidado y más íntimo silencio que escuchamos cuando cerramos los ojos al apoyar la cabeza en la almohada para darle la bienvenida a un nuevo día.

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En el contexto de la última década y media, un contexto lúcidamente definido por Tomás Borovinsky como uno determinado por un estruendoso “tsunami de ira pública”: la primavera árabe en 2010, la emergencia de líderes radicales como Trump, Bolsonaro, Orbán, Kast y Milei más recientemente, esta gramática del Mal se inscribió con fuerza en el universo expresivo de lo que hoy llamamos derechas extremas o, a mi modo de entender, jacobinas, que lograron encarnar, así, la rebeldía que la época pedía. Su jacobinismo compartido, motivado por esa rebeldía pública, delimita una frontera entre el ellos y el nosotros que compone todo movimiento político que se graba en la esfera pública como la consecuencia profunda de la vocación revolucionaria que las motiva. Son jacobinas porque son revolucionarias, o a la inversa: son revolucionarias, por eso son jacobinas. En efecto: de esa frontera política entre el “ellos” y el “nosotros” que delimitan brota su antielitismo, devenido en el amplio y diverso mundo de las alt right como la “batalla cultural”: batalla contra las elites financieras y tecnocráticas de la UE en el caso de las derechas europeas; batalla contra los inmigrantes, los representantes de la cultura (Hollywood), el mundo científico y la universidad, junto con el establishment demócrata en el caso de Trump, la casta, ya lo dijimos, en el caso de Milei, batalla contra el “marxismo cultural” (las elites progresistas y liberales de todo el mundo) en todos los casos. Un filósofo francés de la vieja guardia del mayo del ’68, Jacques Rancière, designa a este proceso como una “revolución contra-intelectual” que se expande, al menos, en todo Occidente.

Algo de este cambio, entonces, se nota, se percibe y se siente en el aire. Porque este bello cuento de la figura del Mal desplazándose en sus diferentes versiones y encarnaciones sociales como un espectro en las democracias occidentales, acechándolas ahora bajo estas figuras emergentes de las derechas jacobinas, no solo es un bello cuento o una sesuda hipótesis política. Lo que ellas describen, los fenómenos que con ellas se intentan, aunque más no sea limitadamente, comprender, tienen sus efectos específicos: derraman y atraviesan la porosidad del tejido social. Y se hacen carne en la sociedad y en los individuos que, en sintonía con lo que encarnan las derechas jacobinas, proclaman mayor libertad individual y menos Estado. Pero cuidado. No se trata de que este universo de individuos tenga un odio visceral al Estado sino de algo mucho más sutil y complejo: de que deciden prescindir del Estado. Y, en todo caso, mantenerlo lo más lejos posible que se pueda, de forma tal que no moleste demasiado. Prescinden, entonces, del Estado para acceder a la información, a la comunicación y a la esfera pública (lo hacen vía Internet y las redes sociales), prescinden del Estado para conseguir trabajo (lo hacen vía las aplicaciones y plataformas digitales), prescinden del Estado para cambiar el estado de cosas (votando justamente a quienes van a hacerlo en su representación y en su nombre: las derechas del nuevo siglo). Es lo que Pablo Semán llama el “mejorismo”, que espeja muy bien este estado de cosas que sucede en parte de nuestra sociedad y en el mundo occidental.

PH: Martin Parr

Vivimos, entonces, en la ola (o mejor aún en la cresta de la ola) de un cambio de época, profundo y quizás duradero, que se viene gestando hace tiempo y que probablemente en la actualidad esté ya mostrando buena parte de sus frutos. Y ese cambio de época, molesta. Es como una cierta sensación de vacío e incertidumbre que evoca un futuro incierto, pero repleto de novedades desafiantes, como la de la Inteligencia Artificial. Una sensación de vacío e incertidumbre que, en efecto, en el caso de nuestro país es particularmente densa, por la velocidad que le imprime el gobierno libertario a sus reformas radicales, con o sin éxito, con más o mejor tino, llevándonos a velocidad crucero a ese destino al que pretende llevarnos este cambio de época.

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