11 de junio de 2026
1. Argentina import/export: un país de primeros y de últimos
¿Qué tienen en común el Papa Francisco, Juan Domingo Perón, Jorge Luis Borges, Carlos Gardel, Eva Perón, René Favaloro, Julio Cortázar, Sandro, Quino, Javier Milei? Ninguno tuvo hijos.
¿Tiene algún significado eso? Los argentinos más internacionales -menos esas dos excepciones, la apolínea nuclear (Messi, Che Guevara) y la dionisíaca desparramada (Maradona, Fangio)- no dejaron descendencia. ¿Qué supone un país relativamente nuevo diseminando el mundo de apellidos últimos, duros, polémicos -y también actuales-? Un país de apellidos arrojados que se cierran sobre sí mismos, que reducen una cadena extensa a una firma puntual, repetimos última.
“Hasta acá bajaba tu abuela todos los días, para ver si había trabajo”, me dijo un familiar muy lejano, en el puerto de Bueu, en Galicia. Fue la primera vez que pensé que mi existencia significaba un hilo hacia atrás de miles de años, y no una tábula rasa iniciada en Argentina, hace una generación, casi presente. Alguna causa subyace en las narraciones de corto alcance. Un silencio sobre lo indígena, lo afro; la fundación de un país joven. Un primer capítulo con alguien llegando, escribiendo cómo se terminó aquello que había antes. Las lecturas de Altamirano y Sarlo de los ensayistas de fin de siglo XIX y la obsesión por un “país nuevo, pueblo sin aristocracia, sin castillos y sin prejuicios formadores”.
Pienso en la casualidad de los nombres, porque es evidente que la lista que inauguró este texto no configura un bloque unificado bajo una decisión puntual, sino múltiples particularidades, fatales o felices, que se abroquelan arbitrariamente en busca de un sentido. Pero, a la vez, hay tanto en esa posibilidad. Representantes argentinos sin hijos, la imagen de un país. Y Argentina como una cadena corta, hacia atrás y hacia adelante: de alguna manera un ethos posible de un país atrevido, plebeyo, pero muchas veces pionero, en un mundo en el que la demografía se derrumba y las reproducciones son digitales.
La no reproducción, la marca personal: la forma que tuvieron los Milei de matar a sus padres.
2. Los ídolos argentinos son -y deben ser, pero ya no serán- oficialistas
Se trata de una tradición que se me terminó de configurar con unas declaraciones de Ricardo Darín en la mesa de Mirtha Legrand, a pocos meses de asumir Macri la presidencia. “Hay que darle una chance a Mauricio Macri”, dijo, con alguito de impostación. Las leí en su momento como la consagración del actor como ídolo popular, como figura de referencia, casi bogando por cierta representación del público.
Siguió con una respuesta reciente de Sergio “Maravilla” Martínez, nueve veces campeón mundial de boxeo -que tampoco tiene hijos-, en la que afirmaba “confiar absolutamente” en Milei. Rápidamente aparecieron en redes fotos suyas anteriores con Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada. Registros que tienen también allí el propio Darín, Messi, Calamaro, Francella, Charly García, Maradona.

Recuerdo las críticas a Charly en su momento, cuando visitó al presidente saliente Carlos Menem, en la Quinta de Olivos. Poco después se enojó con De La Rúa porque no lo recibió -“no te pusiste el brazalete y te fue como el ojete” cantó en el post 2001-; después visitaría a Néstor, tocaría para Cristina. También está el periplo de Francella, desde su visita a Fidel Castro en La Habana en 2003, su crítica a TN en la mesa de Mirtha Legrand en 2014 –“En una hora no hay una noticia linda de mi país. Y yo creo que no es así mi país, todo malo no es mi país”-, hasta las veladas de Milei de Homo Argentum, que explica el movimiento que tuvo el sentido común los últimos veintidós años. Más ejemplos: el reciente twitt de Marcelo Tinelli -que tiene fotos con todos- criticando a CFK, minutos después de una elección legislativa que supuso una hegemonía mileísta -pero esto es Argentina-. Y Maradona, en registros con todos los presidentes, llevándose menos con Macri y con Duhalde, pero por motivos personales. Y, obviamente, el paulatino tránsito de Calamaro, que junto a los poetas de la zurda festejaba que Kirchner fuera chofer de su hermana en los 70s y ponía a Aníbal Fernández en sus videos, pero ahora apoya públicamente a Milei y a sus medidas.
Voy a ser claro: los ídolos populares deben ser oficialistas. Deben superar la grieta, sentir en su identidad el vaivén de la sociedad, ofrecer su piel como fusible; contarnos con su cara el momento, el clima social. Su rol les supone ser parte de una mayoría, ir con el pueblo. Pero, nótese, estoy hablando de ídolos históricos argentinos. Porque la polarización mundial, fenómeno reciente, propone una nueva estrategia -que veremos si se sostiene-: donde antes había ídolos de mayoría con la mayoría ahora hay ídolos blancos, despolitizados. Colapinto, Duki, Messi, la nueva generación de músicos y streamers. Puro silencio, ni siquiera acompañar ni definir el paisaje. Y es ahí donde surge una dolorosa hipótesis posible: ¿la abstención es una nueva mayoría?
No ir con el pueblo sino un poquito lejos: otra forma de no reproducirse para afianzar la marca personal.

