Un momento...

06 de julio de 2026

06 de julio de 2026

21 de noviembre de 2025

BITÁCORA DEL DERRUMBE

Tomás Trapé

@tomastrape
Política
Tiempo de lectura: 9 minutos

Algo extraño viene ocurriendo en las discusiones públicas hace tiempo. No sé muy bien cuándo empezó, pero intentaré describirlo como quien escribe una bitácora de adelante para atrás, a partir de recuerdos y lecturas. Algo que no siempre fue así, pero que ya lleva el tiempo suficiente como para volver dificultoso recordar un antes distinto.

Hablo de un espacio al que fuimos invitados donde nos dijeron que todos podían hablar, escucharse y reconocerse. Un simulacro democrático, abierto, casi terapéutico. Como un pequeño paraíso alfonsinista, moldeado por manuales de gobernanza y por la ilusión de una conversación que podía ser, a la vez, racional y amable. Pero en cuanto uno entraba, descubría otra cosa. La superficie amable escondía un recorrido lleno de trampas. Un laberinto de pasos en falso donde cualquier palabra podía convertirse en una transgresión moral y una réplica del ofendido. La línea entre lo aceptable y lo “peligroso” era tan fina que muchos prefirieron callarse antes que arriesgarse a cruzarla. Al fin y al cabo, el ser humano es un bicho como cualquier otro, y aprende por disciplinamiento.

Ese clima no afectó solo a quienes no manejaban la jerga o se sentían ajenos a ciertas sensibilidades. También espantó a quienes sí formaron parte de ese ambiente. Porque la conversación, que supuestamente venía a plantear cuestiones fundamentales, terminó reducida a un protocolo de eslóganes pre ensayados, una liturgia de frases correctas repetidas como un rosario laico. Entonces las preguntas se transformaron: ¿a quién inquieta de verdad esta conversación? ¿A quién convoca? ¿A quién transforma?

Porque la pregunta que atraviesa este tiempo no es “¿quién soy?”, sino “¿qué podemos hacer juntos?”

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El malestar fue silencioso al principio, pero con los años se volvió evidente. Una discusión que se proclamaba inclusiva terminó siendo cada vez más excluyente; aquello que prometía ampliar la participación terminó inhibiéndola. La política se transformó en un examen permanente, donde antes de hablar había que aprender un vocabulario nuevo, preciso, inofensivo, que no remitía a ninguna experiencia concreta pero cuya omisión tenía consecuencias.

Verbo carne

Con el tiempo fui entendiendo que esa incomodidad no se debía solo al clima moralizado de las discusiones, sino también al lenguaje que las ordenaba. Un lenguaje cada vez más especializado, hecho de palabras nuevas que parecían importantes pero que, cuando uno las buscaba en la vida cotidiana, no remitían a nada. Eran términos que sonaban a diagnóstico, a denuncia, a autoridad académica, pero que rara vez lograban describir algo concreto.

Lo más extraño es que ese vocabulario no nació para excluir. Surgió como una herramienta teórica, como un modo de nombrar experiencias que habían quedado largamente invisibilizadas. Pero, en algún punto del camino, se volvió un dialecto autónomo, una especie de esperanto moral donde la fluidez equivalía a legitimidad. Y todo lo que quedaba por fuera de ese léxico —los matices, las dudas, lo que no encaja en una categoría fija— empezó a verse como sospechoso.

En el fondo, el problema no estaba solo en las palabras, sino en la epistemología que las sostenía: “En la raíz se encuentra la epistemología posmoderna y relativista de los ‘puntos de vista’, en oposición a una epistemología basada en el reconocimiento de un mundo independiente y objetivo.” (Eszter Kováts, Políticas de la identidad: una reflexión desde la izquierda)

La experiencia y la perspectiva influyen en cómo vemos el mundo, sí, pero no lo determinan. Sin embargo, ese matiz se perdió. La perspectiva personal dejó de ser un aporte para convertirse en un límite. Una frontera que no se podía cruzar sin pedir permiso, ya que “lo personal es político” era el mantra a repetir compulsivamente. 

En ese esquema, cada uno podía hablar únicamente desde su lugar, su identidad, su herida. Lo que antes era una invitación a compartir la mirada se transformó en medianeras que impedían cualquier conversación transversal. La política -al menos esa política- dejó de ser un espacio para entender el mundo en común y pasó a ser una curaduría de sensibilidades particulares. Una disputa por quién tenía la experiencia más válida, no por quién tenía el mejor argumento.

El resultado fue un lenguaje cada vez más intrincado, cada vez más alejado de los problemas reales. Un discurso que pretendía interpretar la vida pero que, paradójicamente, dejó de nombrarla. Toda esa riqueza teórica, al no encontrar anclaje en la experiencia material de la mayoría, empezó a flotar en el aire: poderosa en el campus, irrelevante en la calle. Un vocabulario más dispuesto para la militancia, que para los trabajadores. 

Argentina coordenada espacial

Si en otros lugares la política identitaria generó tensiones, en Argentina directamente chocó contra una pared. No porque acá seamos más escépticos o más cínicos, sino porque el país tiene una estructura social que no permite sostener ciertas ficciones. Discursos pensados para sociedades con pleno empleo, movilidad ascendente y seguridad material mínima aterrizaron en un territorio donde más de la mitad de la economía funciona en negro y más de la mitad de los chicos crece debajo de la línea de pobreza. Es difícil pedirle a alguien que adopte una narrativa sofisticada cuando su vida transcurre entre changas, inflación y deudas.

Lo notable no fue solo el triunfo de Trump, sino la incapacidad del Partido Demócrata de explicarlo. En lugar de interrogar sus propios límites, eligió un atajo tranquilizador. Reducir el voto a Trump a un acto de racismo blanco masivo

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En ese contexto, la política identitaria apareció como un lenguaje importado, más parecido a un manual académico que a una herramienta para nombrar lo que pasa. No porque sus categorías fueran falsas, sino porque eran insuficientes para explicar la experiencia real de quienes viven en un país quebrado en cámara lenta. Un discurso que pretendía ser inclusivo terminó siendo, sin quererlo, profundamente clasista. Accesible solo para quienes tuvieron el tiempo, la educación o la estabilidad emocional para aprenderlo.

El resultado fue un discurso que circulaba con fluidez en ciertas burbujas urbanas, pero que no lograba atravesar las casas obreras ni las del interior del país. No por falta de nobleza, sino por falta de anclaje. En una sociedad donde el principal eje de dolor es la desigualdad económica y la falta de horizonte, el lenguaje identitario terminaba tapando lo material en nombre de lo simbólico.

La paradoja es que esa retórica, pensada para “dar voz”, terminó silenciando a quienes no encajaban en sus categorías. Y en un país con la fractura social de Argentina, lo que no encaja es, simplemente, la mayoría.

Hillary Vs Sanders: Status quo de la hipocresía.

El mejor laboratorio para entender este desvío tal vez haya sido la campaña demócrata de 2016. En aquellas primarias, Hillary Clinton convirtió la interseccionalidad y el discurso del privilegio en armas electorales para pegarle por izquierda a Bernie Sanders, un socialdemócrata clásico que hablaba de salarios, salud y educación pública. El contraste era tan evidente que terminó funcionando como radiografía. La identidad no estaba siendo usada para ampliar derechos, sino para blindar un proyecto político agotado.

Porque lo que representaba Hillary —y esto se vio aún más claro después— no era una renovación progresista, sino la continuidad de un legado neoliberal y militarista en el que ella misma había participado durante el gobierno de Obama. Un linaje que, en realidad, venía de más atrás: de Clinton, de Bush, de Reagan, de toda una elite política que había administrado el desmantelamiento del Estado social y la expansión global del capital financiero.

En ese marco, la identidad operaba como un mecanismo psicópata perfecto. Permitía hablar de injusticias culturales sin mencionar desigualdades económicas. Permitía denunciar opresiones simbólicas sin tocar intereses materiales. Permitía exhibir sensibilidad progresista mientras se sostenían políticas que profundizaban la precariedad de las mayorías. Una adhesión estética que sonaba radical, pero que en la práctica no alteraba ninguna estructura.

Lo interesante es que estas primarias no solo mostraron el choque entre dos proyectos, sino el fracaso de una narrativa. La idea de que estos enfoques podían sostener por sí mismos una coalición amplia se desmoronó de manera casi instantánea. Y lo que reveló ese derrumbe no fue el conservadurismo del electorado, sino el agotamiento de discursos muy efectivos en platós de televisión pero que habían perdido contacto con el mundo material.

En retrospectiva, 2016 fue el momento en que quedó claro —aunque muchos se negaran a verlo— que lo que podía servir para describir problemas, no servía para construir mayorías. Y cuando un lenguaje no puede construir mayorías, lo inevitable es que las pierda.

Donald Trump “El hombre en el castillo”

La consecuencia de aquel 2016 no tardó en llegar. En enero de 2017, mientras los demócratas seguían discutiendo sobre privilegios, microagresiones y performatividades, Donald Trump juraba como presidente de los Estados Unidos. La escena fue leída en tiempo real como una catástrofe cultural, pero en el fondo revelaba un fenómeno más simple y más antiguo. Cuando un lenguaje no puede nombrar los problemas materiales, termina entregándole el micrófono a quien sí promete hacerlo, aunque sea de manera brutal, demagógica o reactiva.

Lo notable no fue solo el triunfo de Trump, sino la incapacidad del Partido Demócrata de explicarlo. En lugar de interrogar sus propios límites, eligió un atajo tranquilizador. Reducir el voto a Trump a un acto de racismo blanco masivo.El problema es que esa explicación era cómoda, pero falsa. No todos los blancos del Medio Oeste y del Sur votaron a Trump. Ni siquiera la mayoría. En esos estados hay millones de personas —blancas, latinas, negras— que hace décadas no votan, porque sienten que la política no les habla a ellos. Y, para sorpresa de muchos, una porción significativa de latinos y afroamericanos también eligió a Trump.

Los liberals, acostumbrados a pensar en categorías morales antes que en condiciones materiales, no pudieron registrar que detrás del trumpismo había algo más profundo: precariedad, desindustrialización, frustración económica, pérdida de estatus, sensación de abandono estatal y un resentimiento cultural que no encontraba traducción en la jerga de las buenas intenciones. Frente a todo eso, la respuesta fue la indignación. Pero la indignación no construye una mayoría. Apenas consuela a quien ya está convencido.

Toda esa riqueza teórica, al no encontrar anclaje en la experiencia material de la mayoría, empezó a flotar en el aire: poderosa en el campus, irrelevante en la calle

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Proyecto incompleto. Extraer el método. 

Llegados a este punto, la conclusión era inevitable. Las políticas de identidad producen proyectos incompletos. No es casual. La estructura misma del discurso empuja en esa dirección. Fragmenta, sectoriza, delimita. Define quién habla y quién no, desde dónde, pero nunca cómo se construye un “nosotros” ampliado. Y la política, cuando se vuelve incapaz de producir un “nosotros”, se vuelve incapaz de transformar nada.

Son marcos teóricos que funcionan muy bien para crear agrupaciones pequeñas y muy cohesionadas, como las Panteras Negras en su momento. Organizaciones intensas, de raza, con un núcleo militante reducido pero disciplinado. También funcionan para levantar negocios culturales o mediáticos basados en comunidades endogámicas que pagan suscripciones y se reconocen en una narrativa compartida. Ahí el modelo identitario encuentra su escala ideal. Grupos multitudinarios pero pequeños, homogéneos, convencidos.

El problema aparece cuando se pretende que ese modelo pueda escalar y convertirse en un movimiento de masas. Porque para construir mayorías no alcanza con una identidad fuerte; hace falta intereses comunes, materialidad, conflictos compartidos, instituciones, territorio. Hace falta un lenguaje que pueda sumar lo que la identidad, por definición, tiende a separar.

Ahí es donde la experiencia del peronismo clásico resulta ineludible. Nos guste o no, fue una de las pocas experiencias latinoamericanas que logró articular un bloque histórico ampliado. Hablamos de la clase trabajadora, pequeños comerciantes, sectores medios, parte del empresariado industrial, militares nacionalistas, migrantes internos, movimientos sociales, profesionales, juventud. Un movimiento contradictorio, lleno de tensiones, pero capaz de producir un “pueblo” en el sentido histórico, es decir una “identidad” común sostenida por intereses materiales. Porque la pregunta ontológica del peronismo no es sobre el ser sino sobre el hacer.

El día después

Todo este recorrido deja una sensación extraña, algo incómoda. La intuición de que estamos saliendo lentamente de una época y entrando en otra. Que el lenguaje que ordenó buena parte de la conversación pública durante dos décadas ya no alcanza para describir el mundo, y mucho menos para transformarlo. Las identity politics no van a desaparecer —y tampoco deberían—, pero tienen que volver a su escala real: la de nombrar injusticias específicas, no la de organizar un proyecto de país.

Porque la pregunta que atraviesa este tiempo no es “¿quién soy?”, sino “¿qué podemos hacer juntos?”. Y ahí la identidad, con toda su potencia expresiva, se queda corta. No tiene respuestas para: trabajo, inflación, desigualdad, deuda, vivienda, inseguridad, movilidad social. No puede traducir el malestar de quienes viven de changas, no puede hablarle a la clase media caída, no puede interpelar al pueblo sin terminar regañándolo.

La política que viene —si es que viene alguna— va a necesitar otro tipo de gramática. Menos ceremonias morales y más capacidad de conectar experiencias que hoy están dispersas. Menos pedagogía desde arriba y más escucha hacia abajo. Menos curatoría de sensibilidades y más reconstrucción de condiciones materiales. Algo que permita volver a nombrar lo que de verdad duele y lo que de verdad une.

Hace falta un lenguaje que pueda sumar lo que la identidad, por definición, tiende a separar

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La respuesta es evidente y está determinada por algo que estos discursos suelen pasar por alto: la clase social. No la identidad, no la sensibilidad, no el relato que uno tiene sobre uno mismo, sino el lugar concreto que cada uno ocupa en el modo de producción y la acumulación de riqueza. La clase, para bien o para mal, sigue siendo el verdadero idioma universal. El único que atraviesa fronteras, dialectos y experiencias sin necesidad de traducción.

La identidad puede describir injusticias, sí. Puede iluminar desigualdades culturales, sí. Puede nombrar experiencias que antes no tenían palabras, también. Pero no puede organizar una mayoría, ni reconstruir un Estado, ni enfrentar a una élite globalizada cuyo poder está acumulado en proporciones nunca antes vistas.

La identidad interpela sensibilidades; la clase interpela condiciones. Y cuando las condiciones materiales se deterioran, lo que vuelve —aunque nadie lo quiera admitir— es la pregunta por la clase.

Lo que queda, después de tanto ruido, es una oportunidad. El final de una época nunca es solo un derrumbe, también es el comienzo de otra. Quizás sea el momento de volver a algo más simple, más elemental, reconocernos como parte de una misma comunidad herida, pero no vencida. Una que pueda admitir la identidad del individuo, sí, pero sabiendo que importa todavía más el modo en que vivimos, trabajamos, nos endeudamos, nos enfermamos, nos cuidamos, sobrevivimos. Porque un país no se sostiene con diagnósticos, sino con alianzas. No con etiquetas, sino con puentes. No con comunidades cerradas, sino con multitudes que puedan mirar en la misma dirección, aunque no sean iguales. Tiene que ser una apuesta por el futuro. Y para eso, antes que nada, necesitamos recuperar un lenguaje que vuelva a hablarle a la mayoría.

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