Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

16 de noviembre de 2025

VIVO Y SIN ANESTESIA

Gabriela Carpineti

@gabicarpineti
Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

A 10 años de su resurrección, a Lucas Cabello y su mamá Carolina

Cuando Lucas despertó, Mauricio Macri ya era presidente. Girado de los días en coma, saturado de intervenciones quirúrgicas, cumplió 21 años en una clínica de internación aguda. Terapias intensivas, intermedias y altas. Caer todas las veces que hicieran falta, para subir otra vez. La burocracia del call center de las prepagas: la rueda del hámster en el sistema de salud que Lucas tuvo que domar a latigazos. Nunca tanto pero tanto estado y organización a su alrededor, que no pudieron prever ni evitar este desenlace antes, en un complejo habitacional con mucho al borde. Pericias, pánicos y más ambulancias. Esas primeras 72 horas que definen al ganador del relato mediático de los hechos y la balanza judicial del caso policial. Vendrían las madrugadas de querer matarse, resistir la mierda de estar así de vivo. También esas borracheras: las alegrías de River campeón. 

Diez años, tres gobiernos, dos juicios. Uno penal, otro civil. Un final judicial con cárcel al policía culpable y guita para la víctima. Sentencias firmes, sobre sus pies inmóviles. Cuantificación de penas y daños como numerología que viene a purgar lo reparable, lo irreversible. Una médula espinal lesionada, inyectarse anestesias, a morir. Más huevos, que calmantes. Carolina, su mamá, la columna vertebral. Empezar a balbucear, hasta poder volver a hablar. Del polvo venimos, al polvo vamos: la única certeza esencial que le trajo la tragedia visceral a esa humanidad de carne maciza, hoy semi-detenida en su libertad deambulatoria. Avanzar en silla de ruedas, como un gigante que regresa de la guerra. Ser Papá, desde la cuadriplejia, la caricia de una hija, que todo lo levanta y hace andar. Años de usar el celu poco y nada, la capacidad táctil de sus dedos de nulidad cuasi absoluta. Su recuperación paulatina. La capacidad de su conciencia, de escucharlo todo en silencio, la función cerebral intacta. Un sistema nervioso, flama. La pantalla no lo enfermó ni lo hizo infeliz: fue su desgracia, ese sobrepeso de su siempre realidad: “siempre pobres, nunca pobrecitos”, su voz cantante, nunca hecha remera. Rapear, para amortiguar la sentada. ¿Roto? Tal vez él siga vivo, mientras algo –demasiado- de nosotros siga muerto de esta larga década. 

La analogía entre la historia de resurrección de Lucas Cabello y los acontecimientos sociales y políticos de la Argentina entre noviembre de 2015 y noviembre de 2025, merece una crónica aparte y extendida, que edifique el mito que merece un hombre entero de fisuras como Lucas, que le busca la vuelta a la vida desde los 19 años. Un buscador, como limpiavidrios autónomo en el restorán “Il Mattarello” de La Boca hasta ese noviembre fatídico, el que hoy a sus 30 años sigue decidiendo no 

La vida de Lucas también es luz presente a pesar del garrón. Había que seguir, una hija de dos años entonces lo esperaba del otro lado del vitral del Argerich. Donde había ingresado más muerto que vivo

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monetizar su identidad de víctima de la maldita policía con todo a favor para el esquema: discapacitado con certificado premium, habitante vitalicio del IVC -Instituto de Vivienda de la Ciudad-, mamá y hermana solas, todo para empaquetar. Pero no, porque no luce de una generación atrapada en una red: habla despacio, escucha, conversa, pide tiempo; como sabio que llegó de un futuro pasado a decirnos cuestiones que importan. Más que la depresión, la ansiedad, lo trader, la infelicidad, lo excluido. A veces parece que Lucas quiere apostar al milagro.¿ Y si sale bien? Tal vez él ya esté parado, y nosotros cojos y chotos de esta larga década.

Quién pudiera vivir entre los dos. Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios. Quién pudiera vivir entre los dos. Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios. Quién pudiera venir de esta tierra. Y entrar en el cielo y volver a la tierra. Que entre la tierra, la tierra y el cielo. Nunca había el suelo. En el primero Sexo, violencia y llantas. Deportes de sangre, monedas en gargantas.En el segundo.Destellos, palomas y santas. La gracia y el fruto y el beso de la balanza. Quién pudiera vivir entre los dos. Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”. Es la letra de “Sexo, Violencia y Llantas” que canta ROSALIA en su nuevo disco “LUX”. La Motomami Espiritual que inspiró su nuevo disco en santas que piden disposición y entrega, propone un giro en su carrera comercial que de tan diferente a lo anterior, ya logra el récord de mayores reproducciones en un sólo día para una artista mujer de habla hispana. Bajar a tierras diferentes garpa más que “volver mejores”. Esa curiosidad de hasta dónde puede llegar la especie humana en ese viaje de autoconocimiento que requiere toda adversidad cruzan este disco con la historia de Lucas. Estos años hace música para poder vivir en muchos de los segundos que el bajón lo devuelve al instante anterior al zumbido, ya como recuerdo, de los disparos de aquel lunes sofocante de 2015, en el viejo conventillo nunca regularizado por la política pública habitacional que no resolvió ningún gobierno de alguna década. Lucas y ese disco de la estrella pop catalana comparten lo mejor que trae cada generación para darle al resto: preguntas sobre la filosofía de la vida en un mundo dopaminizado y acribillado de información suelta y acumulada

Más que la depresión, la ansiedad, lo trader, la infelicidad, lo excluido. A veces parece que Lucas quiere apostar al milagro.¿ Y si sale bien? Tal vez él ya esté parado, y nosotros cojos y chotos de esta larga década

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Me gustaba la Ofelia que se hacía preguntas, que podía balbucear en público sin vergüenza, que arremetía con desfachatez pero sin tanta altanería contra las certezas de un mundo y de un hacer político necrosado, dejando un lugar y cuidando siempre la posibilidad del error y del conflicto. Nada que ver -según puedo observar- con la sargenta que se arroga y vende cordura frente a una generación -que supone, sin demasiada duda, suya- rota y desorientada. Que muestra su deseo de pastoreo y de gobierno de manera desbocada y sin ninguna sutileza, ofreciendo puras consignas, certezas y nuevo ideologismos aparentemente indiscutibles. Que se ríe de manera cínica pero con nulo ejercicio de la ironía de las vidas y las mentes que no están pudiendo más. A esta posición yo la llamo “mileismo libidinal”, y creo que hoy es transversal a todas las ideologías políticas. Es un modo de estar en el mundo capilarizado en el cuerpo social, donde el “ no hay alternativa” neothatcheriano se puede conjugar de muy distintas formas – incluso en aquellas que dicen oponerse a esta invectiva. Es, me parece, nuestro nido de víboras subjetivo contemporáneo”  leo en Fran Cus- @cuscusilly-, escritor y poeta, sobre el último documental de Ofelia Fernández. 

Sin juzgar un documental que no vi, y una crítica así de frontal y despiadada al respecto, sí intuyo que hay tantos posibles caminos de una generación como vidas en pugna en ella, y que intentar sintetizarla desde el mainstream acota su horizonte potencial. Es –dibujando elipsis– la diferencia entre balas en contra y cualquier otro proyectil hacia adelante. Tal vez, de tanto mapear a la policía, se terminó enyutando a los contemporáneos bajo el efecto de las anestesias dominantes que denunciamos. 

La vida de Lucas también es luz presente a pesar del garrón. Había que seguir, una hija de dos años entonces lo esperaba del otro lado del vitral del Argerich. Donde había ingresado más muerto que vivo, en ese limbo que bordeaba por esas horas frenéticas lo culpable con lo inocente cuando prendías la televisión y mirabas las noticias. Ese limbo del que se sale, sin miedo y sin esperanza a la carta, balbuceando palabras como la forma más rudimentaria de armar un nuevo estado de ánimo, que espera menos del pasado, y más de lo que se venga encima. 

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